domingo, mayo 04, 2008

Cementerios fascinantes


Recorrer cementerios puede parecer algo poco seductor. Sin embargo, el mundo está lleno de cementerios fascinantes donde se pueden encontrar tanto innumerables historias famosas como la última morada de personajes célebres.
Algunas de las tumbas son verdaderas obras de arte. De los siguientes cementerios solo he visitado uno de ellos: el de Père Lachaise en París. Allí también estuve en otro camposanto en Montparnasse, que contaba, igual que el anterior, con numerosas losas de gente famosa. El de Praga estaba cerrado justo el día que íbamos a adentrarnos entre las oscuras y desordenadas lápidas y solo pudimos observar el batiburrillo de piedras y yerba desde la verja cerrada a cal y canto. Cuando fui a Roma no se me ocurrió visitar el Cementerio Protestante, aunque estoy segura de que si ahora volviera a la capital italiana, me pasaría por allí, aunque solo fuera para ver el “Angel of Grief”, inmortalizado para siempre en las carátulas de un disco de Nightwish.


El cementerio judío de Praga: el más extraño

La capital checa es una de las ciudades más hermosas de Europa, con sus iglesias barrocas, sus calles empedradas y sus cervecerías de anchos portones y techos de tejas rojas. Después de cruzar del río Moldava por el histórico puente de Carlos IV desde la Ciudad Vieja en dirección a la Pequeña Ciudad o Malá Strana hay que caminar por una calle empinada. Al final se llega al barrio de Josefov, un antiguo barrio judío con seis sinagogas y muchos bares con ventanas de doble vidrio para que en el crudo invierno no entre el frío que trae la nieve. En los bares no faltan referencias al Golem, personaje legendario creado por un judío que nació y vivió en estas calles, que insufló vida a un muñeco de barro que tuvo que destruir cuando éste de volvió inmanejable.

Esta historia, recogida por escritores como Isaac Bashevis Singer y Jorge Luis Borges, sigue llenando el barrio de misterio. Pero lo más misterioso es cómo se han podido sepultar 30.000 personas desde 1439 hasta 1787 en el pequeño cementerio judío que se encuentra en el centro exacto del barrio. Quita el aliento ver esa gran cantidad de lápidas de piedra gastada y ennegrecida, arrumbadas, inclinadas y apiladas unas sobre otras, como si estuvieran peleando por su lugar en el recuerdo y en el tiempo. Todas están protegidas por un techo verde de robles y castaños. La parte triste de la historia, sin embargo, no está en este cementerio de los que murieron en paz, sino en el Museo Estatal Judío, que exhibe candelabros y estrellas de David, que se recuperaron después de los destrozos y saqueos que sufrió el barrio en la Segunda Guerra Mundial. En la sinagoga de Pinkas figuran los nombres de casi 80.000 judíos asesinados durante el genocidio nazi, la mitad de ellos ciudadanos de Praga. Y en otro museo se exhibe el máximo horror de la guerra: los dibujos de los niños prisioneros que muestran el horror vivido en el campo de concentración de Terezin.

Al lado de esto, el cementerio es un remanso de paz y alegría en torno al cual los jóvenes de Praga se reúnen a tomar sus cervezas Pilsen.

El cementerio protestante de Roma: el de los poetas
En la estación de la Pirámide y caminando por la Via Caio Cestio, se llega a un encantador jardín arbolado, lugar donde yacen las tumbas de algunos de los alemanes e ingleses más famosos del siglo XVIII. Antes de llegar, lo que más sorprende en esa calle es la extraña pirámide de tipo egipcio que mandó construir el pretor (juez) romano Cayo Cestio en el año 12 a. C., cerca de la Porta di San Paolo, para que le sirviera de mausoleo.

Tumba de John Keats y de Joseph Severn
El cementerio protestante funciona como tal desde 1738 para los no católicos de Roma. Entre sus intrincados senderos se encuentra la tumba del famoso poeta romántico John Keats, que falleció de tuberculosis en 1821, cuyo epitafio reza con humildad: “John Keats, joven poeta inglés: Aquí yace un poeta cuyo nombre se escribió en el agua”.

Detalle de la tumba de John Keats
A su lado reposan los restos de su amigo, también poeta, Joseph Severn (fallecido en 1879).

Muy cerca se encuentra la tumba de Percy Bysse Shelley, que fue uno de los mayores exponentes del romanticismo rebelde, autor de ensayos filosóficos en contra de los dogmas y el autoritarismo. Su vida fue tan romántica como su obra: siendo hombre casado, huyó a Roma con la novelista Mary Wollstonecraft (más conocida como Mary W. Shelley), que era hija de la primera feminista del mundo con la que compartía el nombre, y autora de la famosísima historia de Frankenstein. Solo se casó con ella al enterarse de que su esposa se había suicidado ahogándose en un estanque de un parque de Londres. Cultivó amistad con el poeta Lord Byron hasta que en 1822, poco antes de cumplir los 30 años, Shelley murió ahogado en una tormentosa travesía en barco, que iba desde Livorno hasta La Spezia. A su cuerpo, hallado en la playa, se lo sepultó en este cementerio, el favorito de los amantes de la literatura inglesa.

Tumba de Percy Bysse Shelley

El cementerio Père Lachaise: el de los famosos

Al final de la Avenida de la República, en lo alto de una colina, está el más grande y famoso cementerio del mundo, que ya existía en el Medievo. Tal vez porque desde él se obtienen unas magníficas vistas de París y sus castaños están llenos de alondras, este cementerio no tiene en absoluto un clima melancólico. Hay tantos personajes enterrados en este lugar, que parece más una galería de esculturas al aire libre que un camposanto.

Entre los monumentos más admirados están las figuras de Abelardo y Eloísa, los amantes del siglo XII, que yacen uno junto al otro bajo un techo gótico.

Pierre Abailard (Abelardo), fundador de esta abadía, vivió en el siglo XII. Se distinguió por la profundidad de su saber y por la rareza de sus méritos. Publicó un tratado sobre la Trinidad que fue condenado por un concilio en 1120. Se retractó con una sumisión perfecta y por temor no consintió sentimientos ortodoxos. Él solo creó estas tres figuras que representan las tres figuras divinas en conjunción con la naturaleza, después de haber consagrado esta iglesia al Espíritu Santo, que relacionó con el consuelo. Se desposó con Eloísa, que fue la primera abadesa. El amor que unía sus espíritus durante la vida y que se conserva durante su ascenso por cartas más espirituales ha reunido sus cuerpos en esta tumba. Abelardo murió el 21 de abril de 1143, a los 63 años, después de haber dejado las marcas de una vida cristiana y espiritual”.


También se encuentra en este cementerio la bella escultura moderna de la tumba de Oscar Wilde, hecha por Jacob Epstein. La escultura está íntegramente cubierta de besos y fue salvajemente mutilada en sus partes pudendas por dos ingleses.

Tumba de Oscar Wilde
Asimismo en el cementerio se puede encontrar la tumba de la escritora norteamericana Gertrude Stein, mecenas de varios exponentes del modernismo, como Pablo Picasso, Matisse, Braque y Hemingway, a quienes reunía en su casa. Entre las más brillantes figuras de la cultura se encuentran La Fontaine, Molière, Balzac, Daumir, Ingres, Delacroix, Corot, la cantante Edith Piaf y los compositores Rossini y Chopin.

Pero la tumba más visitada, año tras año, es la de Jim Morrison, el líder del grupo The Doors. El mismo Morrison había visitado el cementerio una semana antes de morir por sobredosis en un apartamento de París (7 de julio de 1971) y expresó, proféticamente, el deseo de ser enterrado aquí. Su descanso final es el cuarto lugar más visitado por los turistas que llegan a París, después de la Torre Eiffel, Notre-Dame y el Centro Pompidou. Hay cámaras alrededor de la tumba, debido a que los fans ya han robado cuatro lápidas. Finalmente, los padres de Morrison colocaron en 1991 una lápida que tiene una frase en griego: “Kata Ton Daimona Eaytoy”, que se presta a dos interpretaciones. En griego moderno significa “Al espíritu divino dentro de él” y en griego antiguo se traduciría como “Creó sus propios demonios”.

París, como Roma, está construida sobre siete colinas (Mont Martre, Mont Souris, Montparnasse, Le Mesnil Montart, Le Gross Caillou –llamado Chaillot-, La butte aux cailles y Champ l’Eveque. Esta última colina es la que nos interesa, que, originalmente, era un bosque en cuyas vertientes se cultivaban viñas.

Allí vivía Saint Germain L’Auxerrosis. La leyenda cuenta que Saint Germain se encontró con una niña. El santo, creyendo que la muchacha le pedía la bendición, procedió a otorgársela y entonces se percató de que era ciega. Embotado por la situación, la bendijo dos veces más. Al parecer, el efecto de esta triple bendición devolvió la visión a la niña, que se convirtió en Santa Genoveva, patrona de París.

Años más tarde, un rico especiero, Regnault de Wandonne, tenía una pequeña casa que, con el paso del tiempo, terminó siendo propiedad de los jesuitas, y la casa se convirtió en convento. En 1652, el joven Rey Sol asistió a esta colina en compañía del cardenal Mazzarino, donde se llevaba a cabo una batalla. Los jesuitas, que no habían sido avisados con anticipación, se dieron cuenta de que tenían a sus puertas al rey y al cardenal y no tenían nada para homenajearlos. Entonces se les ocurrió una brillante idea que resultó imborrable para el monarca: desde ese día el monte se llamaría San Luis.
Muerto el padre Mouton, confesor de Luis XIV, le recomendaron al padre Lachaise, uno de los responsables para que revocaran el Edicto de Nantes.
El 31 de agosto de 1763 los jesuitas fueron expulsados de la colina, que pasó a manos del terrateniente Barón de Destuntaines. Con la llegada de la Revolución Francesa, se dispersaron los restos del Antiguo Régimen. Implicó la desacramentalización del acto funerario y su democratización.

Monumento a los muertos
Saint Denis, la cripta real, se destruyó en 1793 y se exhumaron los cadáveres de 25 reyes, 17 reinas y 71 príncipes y princesas. El plomo de los sarcófagos se fundió y se usó para la creación de balas.

Saint Denis
El cardenal de Richelieu fue enterrado en la Sorbona con su familia. Fue decapitado y sus restos fueron exhumados en 1793. En 1866 devolvieron su cabeza y la enterraron junto a sus cenizas.

Lafayette
El cementerio privado de Picpus fue comprado por los Hohenzollern para los descendientes de los guillotinados. Aquí se encuentra Lafayette, cuya losa se reconoce por contar con una bandera americana.
Siendo cónsul Napoleón, propuso al prefecto de París, Frochot, la búsqueda de una zona apta para el cementerio, comprando esta colina a los Desfontaines por la astronómica suma de 180.000 francos.
La construcción del cementerio se encomendó a Prospero Catelin que, junto a Pierre Benoit, introdujo el gusto francés en la arquitectura.

Las dos primeras personas enterradas en el cementerio fueron una niña de cinco años y una mujer de 49, Reube Fevez, en cuya tumba aún se puede leer:
"En terminant sa vie
Elle laisse sese bienfaits
regrets l’on suivie
ne la quitteront jamais".

Ney
En 1807, Napoleón eligió el lugar donde descansarían sus fieles mariscales (Ney, Murat, la Grouchot). Para hacer más encumbrado el lugar, trajo los restos de otros personajes cuyos huesos se habían diseminado durante la Revolución. Así Molière y La Fontaine fueron rescatados del Museo Nacional.

Molière y La Fontaine
Fue el genio de Balzac (cuyo busto fue tallado por D’Angers) el que convirtió este cementerio en un lugar de paseo obligado, por el Père Goriot de su novela que fue enterrado aquí.

Este cementerio no fue ajeno a los avatares históricos. En 1814 fue ocupado el lugar por los rusos y por las tropas de Lavalle, después de regresar de la guerra de Brasil.
En 1871, los comuneros de Versalles se atrincheraron en este cementerio durante una semana (“La Semana Sangrante”), peleando cuerpo a cuerpo. Una escultura de Moreau Vauthiers recuerda el lugar, al igual que el mausoleo del instigador de esas muertes, Adolf Thiers, donde se le acusa de asesino.
También descansa aquí el conde Walewski, hijo natural de Napoleón con la condesa polaca.
Otras celebridades cuyos restos descansan aquí son:
Duque Jean-Jacques Cambaceres (1753-1824), jurisculto, archicanciller del imperio; votó la culpabilidad de Luis XVI, pero después pidió la suspensión de la ejecución. Promotor del Código Civil.

Delfina era hija natural del Duque de Morry, famosa por imponer un corte de cabello que luce en su busto.


Eugène Delacroix (1798-1863). Inspira el movimiento romántico en la pintura.


Théodore Géricault (1791-1824), otro pintor de la pintura romántica francesa. En su tumba hay una réplica en bronce de su más famosa obra: La balsa de la medusa.


Frédéric Chopin, compositor polaco nacido en 1810 y fallecido el 17 de octubre de 1849 de una enfermedad pulmonar. El escultor de la tumba fue Jean-Baptiste, más conocido como Clésinger.


Fernand Arbelot (1880-1942). Escultura en bronce por Adolphe Wansart. Esta sepultura es un cara a cara con aquello que él amaba. Representa el amor absoluto.
Persigue tu camino persigue tu sueño, yo cuando te miro, persigo mi vida, persigo mi sueño.
Te quise tanto, te adoré tanto, que hasta en la muerte quiero guardarte para mirar cómo vacías las lágrimas de la pena y el dolor de mi memoria. Perdóname por haberte abandonado en este mundo en el que solo tienes mi recuerdo
”.



Vivant Denon (1747-1825), diplomático y literato. Estatua en bronce de Pièrre Cartellier.


A la memoria de los españoles derribados y fusilados en las costas de las tropas aliadas. La inscripción se refiere a españoles hechos prisioneros por los nazis y enviados a campos de concentración.


Karmek
Père Lachaise es un cementerio popular, visitado no solo por turistas sino por los mismos franceses. Este culto popular se observa en el monumento a Karmek, fundador del espiritismo y siempre cubierto de flores. Se dice que si se toca su busto da energías.

Es destacable la losa de Victor Noir, joven periodista que murió en un duelo desigual. A su entierro fueron Victor Hugo y el escultor Dafou que, impresionado, dedicó la estatua de la lápida a su amigo, convertida hoy en símbolo de la fertilidad, difundiendo los poderes que emanan de su prominencia fálica.



Catacumbas y huesos: curiosidades romanas
En Roma hay una cantidad enorme de intrincadas catacumbas que eran cementerios subterráneos labrados por los romanos. Contaban con varios niveles de nichos que se extendían hacía abajo y hacia fuera a medida que pasaba el tiempo. Las catacumbas de Santa Domitila, Santa Priscila, San Calixto y San Sebastiano son las más conocidas. Ganaron fama como refugio para los cristianos cuando una ley impedía que el ejército entrara en ellas. Debajo de la Iglesia de San Sebastiano, en las catacumbas del mismo nombre junto a la Vía Appia Antica, hay un templo cristiano antiguo, en cuyas paredes se pueden leer los grafittis en latín que los peregrinos escribían, pidiéndole favores a "Pietros et Paulus" y asegurando en latín que "Claudio estuvo aquí". Y debajo de él se encuentra un templo pagano anterior dedicado a la diosa Mitra, hermosamente decorado con flores de yeso en tonos pastel.

En la Vía Véneto se encuentra la Iglesia de Santa María della Concezione. Guarda una cripta impresionante hecha con huesos de monjes capuchinos. Húmeros, pelvis, omóplatos, costillas y cráneos de 4.000 monjes capuchinos muertos forman decorativas lámparas, cruces, ornamentos en la pared y candelabros. ¿Por qué hicieron eso? Un cartel indica que lo han hecho para recordarnos cuán breve es nuestro paso por la vida.

Highgate Cemetery de Londres: aristocracia y marxismo
El barrio residencial al norte de Londres, lleno de mansiones de mercaderes que se enriquecieron en los siglos XVII y XVIII, es también el lugar donde se encuentra el cementerio histórico de la gran ciudad. Está dividido dos alas: este y oeste. La parte oeste es un museo en sí misma, ya que guarda las tumbas de muchísimos personajes famosos. Está lleno de estrechos senderos arbolados y floridos, luce tumbas de distintas épocas que compiten en estilo y ornamentos.

Es casi un juego descubrir entre sus intrincados senderos las lápidas de pintores y escritores ingleses o de científicos, como el físico Michael Faraday, un precursor tan loco como para arriesgar su vida probando que la electricidad corre por la superficie de los cuerpos sólidos, y no por la parte interior. Para ello diseñó una jaula, se metió adentro, le aplicó una carga de muchísimo voltaje... y salió vivo y feliz de haber probado que su teoría era cierta.

El sector este de este precioso cementerio-jardín tiene la tumba de un hombre que cambió la historia del mundo: el alemán Karl Marx, que nació en Trier y murió en Londres en 1883. El ideólogo del marxismo está representado con fuerza por un busto que Laurence Bradshaw hizo en 1956. Los escritores George Eliot (1818-1880) -seudónimo que escondía a la célebre novelista Mary Anne Evans, admirada por Emily Dickinson y Virginia Woolf-, William Foyle (1885-1963) y William Friese Greene (1855-1921) también están cumpliendo aquí su descanso eterno.

Mary Nichols se encuentra bajo esta maravillosa estatua de un ángel que reposa en el cementerio londinense. Mary murió en 1909 y era la esposa de Arthur Nichols, un director de banco. Fue enterrada junto a su nieto de 18 meses.



Cementerio Trinity Church: el jardín de Wall Street
En Broadway Avenue, en Nueva York, frente a Wall Street y cerca de donde estaban ubicadas las torres gemelas del World Trade Center, se encuentra esta pequeña iglesia gótica de piedra negra. Fue la primera iglesia episcopal de Nueva York, fundada con los dineros otorgados por el rey Guillermo III en 1697 y con la ayuda de William Kidd, un pirata que fue ajusticiado en la horca en Londres en 1701.

La iglesia cambió varias veces de estilo arquitectónico, perteneciendo el último –1846- al diseño de Richard Upjohn. Está rodeada por un jardín protegido por una verja. En él hay pequeños árboles cuyas sombras se alargan sobre una gran cantidad de lápidas ennegrecidas por el tiempo y minimizadas en el contraste con las moles de aluminio, hormigón y cristal que se alzan alrededor, en pleno distrito financiero.

Allí se encuentran las tumbas de Robert Fulton (inventor de la máquina a vapor), del editor William Bradford y de varios personajes influyentes en la historia de los Estados Unidos, entre ellos Francis Smith, representante de Nueva York en la firma de la Declaración de la Independencia.

Este terreno, que vale billones de dólares dada su ubicación estratégica, seguirá siendo el lugar favorito para el almuerzo tranquilo de ejecutivos, yuppies, yetties y brokers de la Bolsa, que se acercan a diario al cementerio.

Cementerio de Martín García: misterios en la isla
Esta pequeña isla del Río de la Plata guarda misterios fascinantes. Tiene una enorme plaza de toros que casi nunca ha sido usada, una reserva natural, un viejo teatro abandonado, una pastelería especializada en los mejores panes dulces del país y uno de los cementerios más raros de Argentina.

Allí se ven cruces ladeadas entre los yuyos y flores silvestres. Hay demasiadas para la pequeña población que siempre albergó la isla. Lo más curioso –y nadie sabe por qué- es que el brazo transversal de todas las cruces está inclinado en diagonal, de manera muy diferente a la tradicional cruz cristiana. Algunos dicen que es una señal extra del duelo por la gran cantidad de víctimas que perecieron al mismo tiempo en una epidemia de fiebre amarilla. En realidad, éste es otro de los misterios de la isla.

La isla fue descubierta en 1516, cuando don Juan Díaz de Solís tuvo que desembarcar allí para enterrar al despensero de su nave, que había muerto a bordo. Como el despensero se llamaba Martín García, don Solís decidió no solo dejar su tumba sino también bautizar el lugar con su nombre. Por su posición estratégica, la isla fue escenario de batallas navales, y por su aislamiento insular fue elegida para instalar allí un lazareto y un crematorio durante la epidemia de fiebre amarilla del siglo pasado. La isla también fue la sede de un penal civil y militar, donde estuvieron recluidos como presos políticos los ex presidentes Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y Arturo Frondizi.

sábado, mayo 03, 2008

Eterna bruma

Aunque te aferras a las últimas ráfagas de luz del atardecer, sabes que los nubarrones oscuros que se ciernen sobre el cielo volverán a traerte recuerdos del pasado, migajas momentáneas que desaparecerán tan rápidamente como han venido, legajos de las preguntas que te haces cada día y cuyas respuestas están escondidas, quizás para siempre.
El sol te ciega, pero la dulce caricia de los rayos contra tu cara te hace resplandecer, como si algo superior estuviera susurrándote algo en la brisa que viene y va. Y de repente descubres que las oscuras nubes cada vez están más cercana. Sabes que tienes que huir. Huir de esos recuerdos que te están atormentando.

viernes, mayo 02, 2008

Melancolía

Son crudos los días de recuerdos. No podría expresar cómo es la magnitud de tal tristeza, además de que me pregunto si es una tristeza en sí misma, pues siento más como una especie de desazón nostálgica que me descorazona al pensar en ciertos momentos de mi vida pasada que se quedaron grabados como a fuego.
Son duros los días de recuerdos, las añoranzas concretas, de ciertos instantes que martillean tu cabeza sin parar. Y no puedes evitar volver a revivirlos. Y no quieres que terminen nunca, pues al cerrar los ojos estás viviendo en un sueño, en otra época y otro lugar. Y no quieres que llegue el cruel punto final que te hará abrir los ojos e instantáneamente la magia se esfumará...

Torres Villarroel. El último hombre de la leyenda

Torres Villarroel, el 'Gran Piscator'

Hay ocasiones en que épocas enteras se resumen en un personaje que pasa a ser símbolo del momento que vivió. Si Calígula o Nerón pueden representar la decadencia de Roma y da Vinci el fervor de la Italia renacentista, Diego de Torres y Villarroel es el emblema de la Salamanca barroca, inteligente, pícara y holgazana y de su Universidad. Aunque nació en los estertores del siglo XVII –que dio en llamarse “Siglo de Oro”- permaneció fiel al espíritu de esa época, a caballo entre lo épico y lo caricaturesco. Había heredado esta constitución de su idolatrado Quevedo, y tejió una vida a tenor de la suya, superándola –si cabe- en desmanes, imprudencias y extravagancias. Recogió todas sus andanzas en una autobiografía publicada en 1751 a la que tituló Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres y Villarroel. En ella puede leerse una descripción que hace de sí mismo:
“Yo tengo dos varas y siete dedos de persona; los miembros que la abultan y componen tienen una simetría sin reprehensión; la piel del rostro está llena, aunque ya me van asomando hacia los lagrimales de los ojos algunas patas de gallo; no hay en él colorido enfadoso, pecas ni otros manchones desmayados. El cabello (a pesar de mis cuarenta y seis años) todavía es rubio; alguna cana suele salir a acusarme lo viejo, pero yo las procuro echar fuera. Los ojos son azules, pequeños y retirados hacia el colodrillo. Las cejas y la barba, bien rebutidas de un pelambre alazán, algo más pajizo que el bermejo de la cabeza. La nariz es el solecismo más reprehensible que tengo en mi rostro, porque es muy caudalosa y abierta de faldones: remata sobre la mandíbula superior en figura de coroza, apagahumos de iglesia, rabadilla de pavo o cubilete de titiritero, pero, gracias a Dios, no tiene trompicones ni caballete, no otras señales farisaicas. Los labios, frescos, sin humedad exterior, partidos sin miseria y rasgados con rectitud. Los dientes, cabales, bien cultivados, estrechamente unidos y libres del sarro, el escorbuto y otros asquerosos pegotes. El pie, la pierna y la mano son correspondientes a la magnitud de mi cuerpo; éste se va ya torciendo hacia la tierra y ha empezado a descubrir un semicírculo a los costillares, que los maldicientes llaman corcova. Soy, todo junto, un hombrón alto, picante en seco, blanco, rubio, con más catadura de alemán que de castellano o extremeño. Para los bien hablados, soy bien parecido; pero los marcadores de estaturas dicen que soy largo con demasía, algo tartamudo de movimientos y un si es no es derrengado de portante. Mirando a distancia, parezco melancólico de fisonomía, aturdido de facciones y triste de guiñaduras; pero, examinado en la conversación, soy generalmente risueño, humilde y afectuoso con los superiores, agradable y entretenido con los inferiores, y un poco libre y desvergonzado con los iguales”.
Antes de pintarse en este retrato, Torres Villarroel nació de un librero, como sus diecisiete hermanos, y estudió retórica en la Universidad hasta los veinte años. Durante ese tiempo, más que al estudio, se dedicó a graduarse en las artes de la guitarra, el baile, los naipes, el toreo y el chascarrillo. Podemos decir que se licenció en disfraces –de vieja, de cura, de borracho, de amolador francés, de sastre, de sacristán, de sopón, hasta treinta veces los mudaba en una noche- y se doctoró en robo. Según él mismo confiesa, llegó a atesorar en su cuarto de estudiante todo artefacto conocido que pudiera valer para abrir una puerta, forzar un candado o escalar un muro. Sus fechorías fueron célebres –una de ellas fue robar unos chorizos al mismo rector-. Harto del estudio, pese a su parca dedicación, se escapó a Portugal con unos reales y un pan bajo el brazo. Allí ejerció de ermitaño, soldado –y después, desertor-, curandero y profesor de baile. Vuelve a Salamanca alistado en una troupe de toreros. Abandona el capote y vuelve a estudiar, tal vez prefiriendo el hastío de la biblioteca a las fatigas del camino. Elige a “los autores rancios de Filosofía Natural, la Crisopeya, la Mágica, la Transmutatoria, la Separatoria...”, doctrinas poco ortodoxas que empiezan a granjearle fama de brujo y alquimista. A través de estas artes llega a las matemáticas, de las que consigue cátedra en la Universidad. Abandona la ciudad y regresa varias veces, sea por su voluntad o por persecución de la justicia. En uno de estos vaivenes por el extranjero compra los globos terráqueos que hay en la biblioteca de la Universidad y los bautiza como “libros redondos”.
Entre todo este embrollo ha escrito varias obras, entre las que destacan sus Almanaques y Pronósticos. No tienen buena acogida y, en Madrid, Diego subsiste bordando chinelas y gorras para el dueño de un garito portátil, además de dedicarse al contrabando. Su fortuna no tardará en virar, y sus Almanaques comienzan a reportar beneficios. Además, recibe la protección de la condesa de Arcos de una manera muy particular cuando intenta expulsar, espadón en mano, a un supuesto duende que había en su casa. En algún momento estudia medicina. Retoma la cátedra.
Ya asentado en Salamanca, tal vez definitivamente, se ordenará sacerdote y fundará una academia de matemáticas con un sobrino. La muerte le sorprendería en 1770 en el palacio de Monterrey, mientras ejercía de contable para el duque de Alba.
Diego de Torres Villarroel nos legó una obra literaria deudora de Quevedo. Visiones y visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por la corte, Los ladrones más famosos no están en los caminos, El presente siglo, A los doctores de la Universidad de Salamanca o la citada Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres y Villarroel le reportaron gran fama y dineros, aunque fueron sus Almanaques y Pronósticos –que editaba bajo el seudónimo de “Gran Piscator de Salamanca”- los que le elevaron a la categoría de figura de renombre y le reportaron una verdadera fortuna. A ellos se hallaban suscritos grandes de la nobleza, la casa real, las universidades y algunas órdenes religiosas. En sus páginas mezclaba astrología, medicina, recetas de cocina, alquimia y crítica social, y llegó a predecir con exactitud la muerte de Luis I, el Motín de Esquilache y la Revolución Francesa.
Éste fue Torres. Reducido, resumido y seguramente caricaturizado. Emblema de la heterodoxia, de la curiosidad, de la sabiduría errática. Como le pasó a Quevedo, la figura ensombrece a la obra. A diferencia de él, Torres ha sido prácticamente olvidado. Dura competencia ha sido la suya. Larga sería la lista que enumerara todas las glorias que la Universidad ha dado e interminable el elogio de sus logros.

Dos curiosas actas fundacionales. Creación del Colegio de Huérfanos y del Seminario de Carvajal

Muy apreciada ha sido siempre la caridad de los opulentos y pocos han desdeñado agradecerla. Pero caridades debe haber tantas como hombres y algunas son tan peculiares como los caracteres de quienes las practicaron.

Junto a la antiquísima iglesia de Santo Tomás se encuentra un colegio de estilo renacentista que fue fundado en 1545 por don Francisco de Solís. Este Francisco no gastó título de “don” por derecho de nacimiento, sino por adopción. Andaba en su niñez Francisco hecho un pillastre de doce años por las calles de Salamanca. Era huérfano de padre y madre y no tenía ni zapatos. Un día olvidó –o no quiso- quitarse la gorra ante el paso de gentes de Iglesia. Un vecino que andaba por allí le reprendió por el gesto y el huerfanito no dudó en insultarle con toda la artillería de su breve vocabulario. El otro le agarró por el pescuezo y comenzó a propinarle una sonora paliza. El violento represor era uno de los criados de los Maldonado, y su señora, al oír los aullidos del chiquillo, acudió al lugar. Esta dama no era otra que la madre del comunero Pedro Maldonado. Libró al muchacho de las garras de su lacayo y le dio ropa, calzado, alguna lección de urbanismo y un puesto en el servicio de la casa. Pronto se puso de manifiesto la valía de Francisco, que hacía gala de una natural y despierta inteligencia.
Tanto fue el afecto que la señora de Maldonado tomó a Francisco que se ofreció a pagarle estudios. Francisco aceptó y se decantó por la medicina. Se dice que pronto superó en habilidades y conocimientos a alumnos y maestros, ganando una gran reputación como académico y como médico. No habían pasado siete años desde su ingreso en el Estudio cuando se desató la revuelta “de las Comunidades”. Esta sublevación reflejaba el descontento general de los castellanos respecto a la política de Carlos V y sus asesores flamencos. Estando el emperador ausente de la península, Toledo, Segovia, Burgos, Madrid, Cuenca, Ávila, León, Plasencia, Badajoz, Soria, Palencia, Salamanca y otras localidades se levantan en armas bajo el control de la “Santa Junta” de los “comuneros”. Proclaman el respaldo de la reina Juana, “retirada” en Tordesillas, villa también sublevada. Las traiciones, los errores tácticos y la oposición de la nobleza feudal dieron al traste con la rebelión. La caballería leal al emperador les derrotó en Villalar y sus líderes –Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado- fueron ejecutados.
Pedro Maldonado también fue hecho preso, pero la intercesión de su tío, el conde de Benavente, lo libró del cadalso. Fue un indulto momentáneo, pues al regreso de Carlos V fue sentenciado y ejecutado por rebelde. Cuando su madre se enteró, cayó víctima de una terrible postración. Francisco dedicó todas sus fuerzas a la curación de su benefactora y buscó desesperado su remedio. No hubo resultado. Su amada madre de adopción había perdido las ganas de vivir y murió al poco. “¡Pobre ciencia!”, se decía Francisco mirando sus doctos volúmenes de medicina.

"¡Pobre ciencia!"

Para amortiguar su dolor, el muchacho quiso alejarse de Salamanca. Viajó hasta Trento, que entonces era víctima de una terrible epidemia y luchó contra la enfermedad exponiendo su propia vida con desapego. Salvó a muchos y su notable fama le llevó hasta la cabecera del Papa Pablo III.
Llegó la hora del regreso, y no era el pequeño Francisco sino don Francisco de Solís el que volvía. El caballero quiso invertir sus riquezas en una obra de caridad y fundó el Colegio de Huérfanos. Avisado por sus dolorosas experiencias incluyó en sus actas dos condiciones: que los niños allí acogidos jamás se cubrieran con gorra o sombrero –para evitar castigos como el sufrido por él- y que tuvieran prohibido estudiar la inútil medicina que falló a Francisco cuando más la necesitó.

Es parecida a ésta la historia del Seminario de Carvajal. Más intrascendente y más mezquina, pero de parejos resultados.
Frente a un puesto del mercado del Corrillo se encuentran el señor de Carvajal y Vargas, corregidor de la villa, y un orondo zapatero llamado “el tío Blas”. Los dos observan golosos una gran anguila que, aún viva, se retuerce en el cesto de un pescadero. El ejemplar está tasado en sesenta reales, un precio bastante elevado a juicio del corregidor, que no se decide a pagar. Aprovechando la duda, el orondo y manirroto tío Blas echa mano a la bolsa y lo mismo hace el caballero precipitadamente. Para evitar disputas, el pescadero decide subastarla y la puja se salda en favor del remendón, menos provisto de medios que el corregidor pero más tragón, desprendido y –tal vez- orgulloso. “¿Cómo os podéis permitir malgastar así?”, le reprende el ofendido caballero. “¿Y si mañana cayerais enfermo, cómo pagaríais vuestra cura?”. El tío Blas se encoge de hombros. “No me preocupa”, responde, “que para eso está el Santo Hospital”.
Al parecer, la pícara respuesta del zapatero mucho divirtió a los presentes. El corregidor, señor de Carvajal y Vargas, se debió de sentir triplemente ofendido. En primer lugar por haber perdido la subasta de la anguila ante un zapatero, lo que ya no tenía remedio. En segundo lugar, por haber sido desairado con ese orgulloso comentario, lo que tampoco ya se podía remediar. Y en tercer lugar, ofendido por tener legados sus bienes a ese Santo Hospital al que pretendía acogerse el zapatero burlador en caso de necesidad. Esta tercera situación sí podía solucionarse. De inmediato el corregidor cambió su testamento, usando esos fondos para fundar el Seminario que llevaría su nombre. De él podrían disfrutar cuantos mozos necesitados quisiesen pero nunca –ah, venganza- los hijos de zapateros.

¿Hay alguien ahí fuera?

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Anna Walsh vive en Nueva York, es relaciones públicas de una empresa de cosmética, trabajo que su madre y hermanas adoran por la cantidad de productos gratis que pueden conseguir. Su familia es irlandesa, pero ella un día decidió irse a Estados Unidos, junto a su mejor amiga, Jacquie.

Anna se despierta amodorrada en el salón de su casa. Sus hermanas y sus padres se muestran más cariñosos y pendientes de ella de lo habitual. ¿Dónde está Aidan? Aidan Maddox es su marido, del que está muy enamorada, y le extraña que no esté junto a ella.
Anna está tomando mucha medicación, tiene la cara magullada de cicatrices y el brazo en cabestrillo, aparte de que cojea por una herida en la rodilla. Casi todos los días los pasa durmiendo y, después, todas las tardes salen todos a pasear.
A pesar de que no está curada del todo, necesita volver a Nueva York, a su trabajo y... a Aidan. Todo el mundo le recomienda ayuda psicológica, pero ella rechaza todos esos consejos. Comienza a recordar, y entonces se acuerda del accidente. De repente, sabe que Aidan ha muerto y empieza a pensar que puede ponerse en contacto con él. Va a una iglesia espiritista, se pone en contacto con la médium estadounidense más famosa que resulta ser una farsante... Y en estos lugares conoce a mucha gente que ha perdido a seres queridos, que saben por lo que ella está pasando. Anna simplemente no acepta que Aidan ya no esté allí.
Tendrá que pasar un año completo para que empiece a asumir que ya no volverá a verle. En ese año, asciende en el trabajo, su amiga Jacquie se enamora y se queda embarazada, su hermana Rachel y el fantástico Luke se casan, conoce a Mitch que ha perdido a su mujer... Y descubre que Aidan, la noche del accidente, iba a decirle algo muy importante: su ex novia había tenido un hijo suyo. Finalmente Anna sabe que tiene que ir a conocer al niño, que una parte de Aidan está ahí...

Un año y un día

Necesitamos un año y un día para saber de verdad, desde el corazón, que alguien ha muerto. Necesitamos vivir durante un año entero sin esa persona, para experimentar cada día de nuestra vida sin ella –los cumpleaños, los aniversarios, los días especiales, el aniversario de su muerte...- y solo cuando lo hemos hecho y vemos que seguimos vivos empezamos a aceptar.

jueves, mayo 01, 2008

1º de mayo

Hoy he revivido una fiesta en la que hace años no aparezco. Este año podía haber ido, aprovechando que el fin de semana era largo, pero al final opté por quedarme.
Hoy era un día de emociones. Sacas de la caja de latón viejas fotos y sabes que tus hermanos estarán en las primeras filas de la ermita, en el lugar de los cofrades. El mismo lugar donde mi tío se sentaba. De pequeña siempre le preguntaba por qué ese día siempre llevaba un pequeño cirio y por qué solo lo llevaban unos pocos hombres. Obviamente no sabía lo que era una cofradía.
Mi madre se ha emocionado, porque es un día de recuerdos, porque ha visto allí a mis hermanos, y porque antes ese lugar estaba ocupado por otra persona, una persona que ya no volverá a ocupar aquel sitio.
Le he explicado a mi madre mis perspectivas respecto a los recuerdos y al vacío. El hecho de llegar a casa y ver el coche de mi tío en la puerta e inconscientemente pensar: "¡Qué bien! Está el tío", para luego caer en la cruda realidad de que no es él quien está. Y me ha confesado que a ella también le pasa. La razón es simple: aunque nosotros intentemos hacer ver que vamos recuperándonos, que lo aceptamos, inconscientemente no lo hemos asimilado, pues el subconsciente todavía no lo ha asumido. Tiempo al tiempo.
Tomar conciencia de la muerte no es fácil. Jamás había vivido este sentimiento de una manera tan cercana. Es duro, demasiado duro, y solo el tiempo ayuda, aunque no cura, porque ni siquiera el tiempo puede borrar los recuerdos ni los pensamientos.

El 1º de mayo es el día en que una multitudinaria procesión que dura horas trae a la Virgen al pueblo, donde pasará los meses de calor en la parroquia, para luego volver a la ermita a finales de agosto. La danza se alarga durante horas y horas bajo un día radiante (excepto el año pasado que llovió). Hace unos años que no me asomo por el pueblo en este día, quizás el día más especial entre todas las fiestas.

Otro año será...

Un tesoro bajo una concha. Leyenda en tres versiones

La leyenda del supuesto tesoro bajo una de las vieiras de la fachada de la Casa de las Conchas es tal vez la más conocida por vecinos y visitantes de Salamanca. Tal vez por ello sea la que más versiones posee, muchas de ellas contradictorias.

Lo primero que se sabe de la construcción es que el doctor Rodrigo Arias Maldonado de Talavera compra al cabildo unas casas en diciembre de 1482. Hubo algunos problemas que retrasaron la adquisición de forma efectiva hasta 1486. Se pagan entonces quinientos mil maravedíes por las ocho casas del lote. A esto hay que sumar los ciento cincuenta mil que se pagan al zapatero Juan de Toriella por otros dos inmuebles que ocupaban el actual solar. El doctor Rodrigo Arias, más conocido por “el doctor Talavera” era catedrático, regidor de la ciudad, canciller y caballero de Santiago. Su vínculo con la orden santiaguesa justifica la decoración a base de vieiras que da nombre a la casa. Otra razón para esta decoración la encontramos en el hecho de que su hijo, Arias Maldonado, acababa de contraer nupcias con Juana, hija del importante linaje de los Pimentel, que llevan conchas en su escudo de armas. Los recién casados se instalarán en la casa y harán varias reformas hasta dejarla a su gusto.
Las obras datan de finales del XV, y en su trazado se mezclan una estructura gótica y un diseño de tendencias moriscas e italianas. Esta última se percibe, entre otras cosas, en el hecho de que las columnas del patio superior fueran traídas desde las canteras de Carrara y también en la disposición de las figuras heráldicas “a la italiana”. Entre los escudos predominan las cinco flores de lis de los Maldonado, de cuya adquisición encontraremos eco en una historia muy al uso de la época.
Al parecer, un impetuoso mozo salmantino apellidado Aldana paseaba por las calles de la villa cuando un desconocido le propinó un pisotón. Si fue éste voluntario o no, tuvo poca importancia para el orgulloso mancebo, que exigió disculpas a su “agresor”. Éste no se dignó a concedérselas y las palabras fueron creciendo de tono. En la disputa se evidenciaban las buenas maneras del desconocido y un marcado acento francés. Al final, como no podía ser de otra forma, se convoca un duelo. El salmantino elige el arma –espada- y el francés terreno. Cuando se decanta por el palacio de su padre, el mismísimo rey de Francia, se pinta la sorpresa en la cara de los presentes. Pero esto no arredra al agraviado y, con testigos y padrinos, emprende el camino a París. Llega el día de la confrontación y toda la corte del país vecino acude a presenciarla. El príncipe lucha con elegancia, caballerosidad y depurada esgrima, pero cede terreno ante los embates del joven Aldana. Al final, el francés pierde su arma y se encuentra con la del enemigo apoyada en su cuello. Su padre, el Rey, pide clemencia y promete conceder al extranjero lo que desee a cambio de la vida de su hijo. Sin dudar, llega la insólita petición: el cetro real y la licencia para usar sus regios emblemas en las armas de su familia. El monarca accede con desgana y en el momento de arrojar su cetro al campo del honor pronuncia las palabras: “C’est mal donné”, que significan “Está mal dado” o “Sea mal donado”. No sabemos si fueron ganas de burla por parte del vencedor, o simplemente un equívoco, pero el mozo fundó una noble casa obedeciendo al pie de la letra la frase del Rey. La casa de los Maldonado.
El rey de Francia

La historia es digna de oírse, y los expertos en genealogía efectivamente derivan el apellido Maldonado del de Aldana, aunque sitúan su origen en Galicia sobre el 1200. Otros, tal vez menos autorizados, lo suponen nacionalización de McDonalds, traído por alguna rama disidente del clan británico. El caso es que el palacio resistirá los tiempos mostrando las flores de lis del escudo de su fundador sin preguntar su origen, así como las armas de los Reyes Católicos y unas trescientas cincuenta conchas sobre su fachada. No había leyenda acerca de tesoro alguno hasta que a los jesuitas se les ocurre construir justo enfrente. Margarita de Austria cede a la Compañía de Jesús siete mil metros cuadrados en pleno centro de la ciudad, derribando dos iglesias y las casas de quinientas familias. Los jesuitas pretendían construir un enorme edificio que representara, según unos, la paloma del Espíritu Santo y, según otros, el águila de los Austria. Con los terrenos concedidos, solo pudieron levantar el cuerpo –lo que es la clerecía de San Marcos- y una de sus alas. La otra se hubiera extendido casi hasta rozar el orgullo de sus rivales dominicos. Las obras comienzan en 1617. La intermitencia de fondos prolonga la construcción durante más de ciento cincuenta años. Tras ese período, un gigante se ha alzado en el centro de Salamanca.
Desde su proyección, los propietarios del coloso se apercibieron de un grave problema. La calle a la que mira su grandiosa fachada es demasiado estrecha y los transeúntes no podrán tomar distancia para admirar su magnificencia. Para obtener el efecto deseado habría que crear una plaza ante ella. Bastaría con derribar un edificio: la Casa de las Conchas. Ahí nace la leyenda, de la que se ofrecen varias versiones conocidas, aunque tal vez haya una variante por cada persona que la cuenta.
Según una primera versión, la más simple, una de las conchas de la fachada oculta un tesoro. Su primera variante afirma que esto es falso y que no es más que un rumor extendido por los ambiciosos jesuitas para excitar la codicia popular. Mediante el bulo, tratan de conseguir que la plebe arranque las conchas, reduciendo el valor del palacio. Una vez devaluado, su demolición presentaría menos trabas. La segunda variante deja a los jesuitas en peor lugar aún: pagarán una moneda de oro a todo el que les entregue una concha de la casa. La finalidad es la misma: echar abajo el inmueble.
Buscando el tesoro

Todas estas especulaciones, probablemente malintencionadas, surgen de la certeza de que la Compañía de Jesús tuvo intención de comprar la casa para derribarla. En el origen de la leyenda estaría el peculiar modo de tasación que los jesuitas ofrecieron a los Maldonado, propietarios entonces del palacio. Prometían pagar una moneda de oro por cada una de las conchas que adornan su fachada. Un joven poeta salmantino calculó que la suma precisa ascendería a 373 monedas, contantes y sonantes. Por lo que parece, no bastaron.De todas formas, aun salvándose de la desaparición, la Casa de las Conchas no tuvo un destino halagüeño. Fue cayendo en un progresivo abandono y dividida en lotes. En ella se instalaron comercios como una pastelería, un bar, una carnicería, una hojalatería... Hace pocos años, las autoridades se interesaron por tan amenazado edificio, lo restauraron y lo convirtieron en una bonita biblioteca así que, de momento, parece que su supervivencia está garantizada, por lo que todos podremos seguir asomándonos a su pozo –de aguas milagrosas para males de la vista, se dice- e imaginar los tiempos en que el maestrescuela utilizó sus sótanos como cárcel de la Universidad.

Cosas acontecidas a moros y judíos. Atropellos varios

Dos veces fue destruida la ciudad en las horrendas luchas entre defensores de la Biblia y partidarios del Corán. La refriega termina con Salamanca en manos cristianas y, aunque la villa acoge a los hijos del Islam, nunca cederá la enconada desconfianza con la que se les contempla. A ellos se imputa popularmente la fundación de la escuela de nigromancia de la Cueva de Salamanca. Cervantes recoge una mención a ello algo ripiosa en un entremés que dedica a la Cueva:
“... en ella se hacen discretos los moros de la Palanca;
y el estudiante más burdo ciencias de su pecho arranca.
A los que estudian en ella, ninguna cosa les manca;
viva, pues, siglos eternos
la Cueva de Salamanca
”.
Los judíos, llegados a la villa a la vez que la Universidad, tampoco gozan de la pública aceptación, aunque tal vez disfrutan de mayor respeto por haber entre ellos muchos prestamistas y banqueros. Aunque se dedicaban a otros oficios, poseían éstos en exclusiva, así como el –también impopular- de recaudador de impuestos.
La judería de Salamanca estaba bien poblada, y en el siglo XV se extendía bordeando la muralla desde la vaguada de la Palma hasta la altura del Puente Romano. Tenía, por su importancia, categoría de aljama y llegó a tener rabinato, tres sinagogas, carnicería –adecuada a su credo-, cementerio y posada. Al igual que en el resto del reino, los judíos dependían directamente del monarca, y declaraban impuestos al rey sin pasar por sus habituales intermediarios: los nobles, los concejos y la Iglesia. Esto les otorgaba protección real, pero también una cierta vulnerabilidad local. Su desamparo se puso de manifiesto en varias persecuciones que modificaban a menudo la utilidad de los muros de las juderías. Unas veces protegían a sus ocupantes y otras les encerraban. En el fondo de estas oleadas antisemitas estaba el deseo de los vecinos de usurpar o destruir las cartas de crédito de los prestamistas, única prueba de las deudas contraídas.
La guerra de los Trastámara, que provocó la segunda crisis de la contienda de los Bandos, marca el declive de los hebreos en todo el reino. Cuando el llamado “drama de Montiel” se salda con la muerte de Pedro I de Castilla a manos del antisemita Enrique de Trastámara, la suerte queda echada. El hijo de Enrique, Juan I, compartirá su animadversión, y su nieto, Fernando I de Aragón, será un poderoso aliado de San Vicente Ferrer, que ostenta el récord de conversiones en los reinos peninsulares. Este santo dominico aconseja al rey Juan II que separe en barrios diferentes a árabes y hebreos, lo que hace en 1411. Además, los moros deberán llevar una caperuza verde con una luna clara y los judíos un tabardo con una señal roja.

San Vicente Ferrer, martillo de infieles

San Vicente Ferrer se acercó a Salamanca a predicar el año siguiente para, entre otras cosas, instar a los infieles a abrazar la fe de Cristo. No le debió bastar con sus fuerzas para la tarea, así que echó mano de las divinas. Estaban los judíos de la Sinagoga Menor en plenos oficios religiosos cuando el dominico irrumpió, crucifijo en mano, exhortándoles a la conversión. Los feligreses debieron quedar perplejos por la aparición y aún más al ver que de las alturas bajaba una lluvia de cruces de luz blanca que se situaron sobre sus cabezas. Según se dice, todos se hicieron bautizar de inmediato y la sinagoga se convirtió en la iglesia de la Vera Cruz.

En el marco de esta cruzada de carácter local se encuadra un hecho milagroso que da nombre a otra de las capillas de la Catedral: la capilla de la Virgen de la Verdad. El prodigio tiene como protagonistas a un cristiano y a un prestamista judío. El caso es que, si hacemos caso a la literalidad de la leyenda, un honrado cristiano, en un momento en el que atravesaba insalvables dificultades, pide un préstamo a un avariento judío. Con grandes trabajos el deudor junta la suma más los abusivos intereses y los entrega a su acreedor, saldando así la deuda. Pero el pérfido sayón no ha terminado aún de sangrar al pobre cristiano y lo denuncia ante la justicia real. Dice que el deudor no ha pagado. El astuto banquero urde una telaraña de intrigas que confunde a los jueces y alguaciles. El honrado y piadoso salmantino está a punto de dar con sus huesos en prisión. En el último momento propone un trato a las autoridades: acudir a la Catedral a rogar por la intercesión de la Santa Virgen. Van para allá en comitiva, el judío acusador tal vez con una sonrisilla irónica. Ante la imagen de Nuestra Señora cae el inocente y pregunta con devoción: “¿Señora, diríais vos que soy inocente?”. Para asombro de la concurrencia, la Virgen de madera movió la cabeza afirmativamente. Ante prueba de tal envergadura, se desecharon las acusaciones del malvado usurero. Esto es lo que se cuenta, aunque no es difícil de imaginar a un banquero judío asistiendo estupefacto a la farsa milagrera de quienes, más que hacer justicia, pretenden buscar la ruina a todos los de su condición.

En 1492, los Reyes Católicos destierran a los judíos que rechazan la conversión al cristianismo y poco después les seguirán los musulmanes. Se calcula que el año de la expulsión salieron por la frontera de Portugal entre cien mil y doscientos mil judíos. Muchas de sus propiedades pasan a manos de los vecinos de la ciudad o del Concejo. Es el caso de la Sinagoga Mayor, que es derribada para la construcción de viviendas. Así, poca memoria queda del paso de estas gentes por la ciudad salvo una casa en la calle Veracruz y una placa en un pasillo de la facultad de matemáticas, lugar en el que se alzaba una sinagoga. La losa exhibe una cita de los salmos: “Ésta es la puerta de Dios, por ella entrarán los justos”.

Pocas son también las historias que quedan sobre moros, fuera de las hazañas militares. No obstante, hay una digna de mención que tiene por espectral protagonista –como muchas otras leyendas en otros lugares- a una mora encantada. Se dice de esta mora que era un alma en pena condenada a hilar para siempre un copo de oro. Su fantasma aparecía en la torre de la puerta de Villamayor a medianoche, y se la veía sobre todo durante la noche de San Juan. Era una visión de ultratumba, pero aliviaba el pavor contemplar sus grandes ojos almendrados, sus negros cabellos, su escote de nácar. Trenzaba sus hilos con gran habilidad en una hermosa rueca mientras exhalaba dolorosos suspiros. Se cree que, al final del siglo XVIII, un tal Juan Iñigo quebró el encantamiento, al echar mano a la materia prima de la espectral hilandera. El tal Juan enloqueció y, encima, espantó a la encantadora fantasma.

La mora encantada

Como remate, recordaremos brevemente el relato de don Guzmán de Gonzaga, secretario del virrey del Perú, tal y como aparece en Relación del orbe planeta español, paisajes, semblanças y sus enclaves más fecundos y sus próceres, adereços y actos de fe, editado en Lima en el XVII. En el capítulo dedicado a Castilla, don Guzmán cuenta su viaje hacia Salamanca en un carruaje, acompañado de un clérigo y un judío. Mientras sus acompañantes dormían profundamente, nuestro viajero observaba el paisaje y tomaba notas en un cuadernito. De repente, el judío despertó y le pidió una mandarina. Inmediatamente, volvió a dormirse. Minutos después, el carro traqueteaba sobre el empedrado del Puente Romano.
Don Guzmán se apeó del carruaje en la Puerta de Aníbal, donde le esperaba un joven criado. Le contó al muchacho el suceso de la mandarina y dijo: “Tal vez, el judío estaba soñando”. El mozo, que era avispado, respondió: “O tal vez fuisteis vos quien soñó que el judío despertaba y os pedía la mandarina”. Ahí quedó la cosa hasta que, ya de noche, el criado se juntó con su enamorada. Le contó la historia del judío y el caballero: “El caballero pensaba que el judío soñaba, pero tal vez quien soñaba era él”. La moza, que era fácil de palabra, respondió: “Quizá fuiste tú quien soñó que el caballero te contaba que un judío, en sueños, le pidió una mandarina”. Y con una risotada jovial, la rapaza salió a atender unos asuntos. Esos asuntos se referían a ciertos tratos carnales que mantenía con un cura cuyo nombre omitiremos por piedad. La moza le contó el enredo y el cura respondió: “Con astucia respondiste a tu amigo pero, ¿cómo estarás segura de que no fuiste tú quien soñó que tu enamorado te dijo que su señor había soñado que un judío le había pedido, entre sueños, una mandarina?”. Mucha chanza hizo el cura de la ocurrencia y a la mañana siguiente la contó a su barbero. El barbero, que era discreto, fue oír y callar, pero le vino a las mientes si no sería el viejo sacerdote quien había soñado que su amante le contaba que su amigo había soñado que su amo había soñado que un judío, en sueños, le pedía una mandarina en su viaje a Salamanca.
Algo tardó el barbero en aclarar en su cabeza tal embrollo mientras preparaba las maletas. Iba a Zamora, a un entierro. Cuál no sería su sorpresa cuando, al subir en el carruaje, vio que viajaba a su lado un judío. Sin poderse contener, le contó el relato del cura. El judío contestó: “Es probable que lo hayáis soñado todo vos. Es más, es probable que sea yo quien ahora mismo sueña que un barbero me cuenta que un cura ha soñado con una moza que ha soñado que su amante ha soñado que su señor ha soñado que un judío –que bien podría ser yo- le ha pedido, entre sueños, una mandarina”. De pronto el judío despertó y abrió los ojos. El carruaje traqueteaba sobre el empedrado del Puente Romano. El judío despertó a don Guzmán, que iba dormido y le contó su sueño, para que lo apuntara en el cuadernito. Cuando don Guzmán terminó la redacción del sueño del judío, esa noche en la posada, pensó si no habría soñado todo aquello.