Mi novio y yo nos dimos un largo paseo por todo el paseo marítimo de Santander, desde la Playa del Sardinero, donde teníamos el hotel, hasta el centro de la ciudad. Fue un paseo largo, pero íbamos parando a mirar el paisaje.
El tiempo nos dio tregua ese fin de semana y visitamos la Península de la Magdalena, para seguir caminando por una serie de playas hacia el centro.
Tras dejar atrás la Península nos adentramos en una amplia avenida, la Avenida Reina Victoria, un paseo marítimo con idílicos chalets a un lado (la zona es bastante acomodada). Hay chalets, edificios acristalados, mansiones que surgieron a raíz de las estancias estivales del rey. Hay miradores para disfrutar de la bahía, con la Magdalena a un lado y el centro de Santander, al otro.
En esta zona se encuentra El Promontorio, una de las sedes santanderinas de la Fundación Marcelino Botín, que es una casa de estilo montañés construida entre 1915 y 1918. La que fue residencia familiar de esta saga de banqueros acoge hoy actos de carácter cultural. Detrás se encuentra el Hotel Real, que data de 1917, y se ve casi desde cualquier punto de Santander. De color blanco y con cinco plantas y una hermosa terraza orientada a la bahía, representa una de las obras más conocidas del arquitecto Riancho, así como la mejor instalación hotelera de Cantabria.
Enfrente se encuentra el mirador donde se ubica la estatua de Gerardo Diego frente a la bahía de Santander y, un poco más abajo, el Museo Marítimo de Cantabria.
Caminamos junto a la Playa de los Peligros, una playa tranquila pese a su nombre, y la Playa de Bikinis, llamada así porque fue pionera en acoger el uso de los bikinis por parte de las alumnas extranjeras de los cursos de verano.
También tuvimos ocasión de escuchar -más que ver- el juego de las palas. Los santanderinos son grandes aficionados de las palas, para el que sólo se necesitan un par de palas, una pelota y una playa. En Santander se practica todo el año. Empezaron a practicarlo en la década de 1920, se cree que en la Playa de la Magdalena, frente al club de tenis, con las pelotas que se perdían e iban a parar a la playa, y desde entonces no ha dejado de ganar adeptos. El objetivo del juego es intercambiar la pelota entre dos o más participantes y conseguir que aquélla no toque la arena. Las zonas para palistas están delimitadas con balizas azules en varias playas, y es frecuente que se arremoline una gran cantidad de público para observar el desarrollo del juego.




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