Cuando elegí marcharme a Dubrovnik de vacaciones fue algo inesperado, porque llevaba dos meses con los ojos puestos en Estocolmo. Que no fuera a Estocolmo fue una cuestión de conexiones aéreas: cuando me puse a mirar los vuelos encontré que todos los viajes de regreso con todas las compañías pasaban por Londres y tenía que esperar en Heathrow entre cinco y seis horas. Es decir, que aunque me guste viajar y no me desagradaba mucho quedarme rondando por el Duty Free del aeropuerto de Londres, alargar el regreso al doble de horas no me apetecía mucho, así que me puse a buscar otros destinos.
Una noche en la cama miré infinitos destinos que no conozco, entre ellos Grecia, La Habana, Copenhague o Ámsterdam. Y entonces puse mis ojos en Croacia. Miraba Dubrovnik y cuanto más miraba más me apetecía visitarlo. Miré vuelos, la moneda y alojamientos, y al día siguiente lo tenía todo decidido: Dubrovnik era un destino ideal.
Pero antes de salir de aquí busqué excursiones y en esa semana iba a pisar tres países diferentes. Para mí, estudiante de Periodismo en el fin de la guerra de la ex Yugoslavia, visitar aquellos países era algo extraordinario. Mi dossier de prensa de 1º de carrera fue expresamente sobre esa guerra, y veía el puente de Mostar día sí y día también. Así que Mostar era parada obligada y, de hecho, Bosnia-Herzegovina es uno de los lugares que más me gustó. Y si hubiera estado más días, seguramente hubiera pasado a más países de los que conformaban la antigua Yugoslavia.
Cuando salí de España, sabía que Dubrovnik era uno de los escenarios de Juego de Tronos, pero no sabía hasta qué punto. Que yo leí la serie cuando había únicamente tres libros publicados y no se había hecho famosa, se vendían en librerías virtuales y lo había conocido a través de un foro literario de internet. Para cuando llegó la serie de HBO y la gente hablaba de la magnificencia de la serie yo ya conocía lo que iba a pasar, pero entonces la serie terminó y yo me preguntaba: "¿Cómo es posible que haya terminado si George R.R. Martin no ha terminado de escribir la saga?". No obstante, me propuse ver la serie y sólo vi las dos primeras temporadas: en la primera aparecía The Azure Window en Malta, y ahora me he encontrado con que Dubrovnik es Desembarco del Rey. Es decir, que ha aparecido por lo menos en todas las temporadas y cada cual se puede imaginar la cantidad de merchandising que hay al respecto, incluido Trono de Hierro y una réplica de tamaño real de Tyrion Lannister.
El Stradun, la calle principal de la ciudad amurallada de Dubrovnik, está lleno de vida, de gente, de bares y de músicos callejeros, es lugar de paseo de noche y de día. Subí al teleférico al atardecer, he paseado por sus murallas, he visitado islas cercanas en barco y me he bañado en el Adriático, he pasado todos los días de 40º y cierro los ojos pensando en la magnífica ciudad que es Dubrovnik.
Bosnia aún tiene mucho que reconstruir, más de veinte años después hay muchísimos edificios que aún tienen las balas de la guerra. Es más verde, no tiene costa y, sin duda, tiene menos turismo, aunque Mostar es un trasiego infinito de gente que cruza el tristemente célebre puente. Pero Bosnia se ve más pobre que Croacia y Montenegro, en Mostar hay mucho artesano y predomina lo árabe, allí me tomé un café bosnio, que en realidad es una réplica del café turco. Y sí, reconozco, que en Mostar se me puso la piel de gallina. Además en Bosnia visité un santuario muy célebre y que recibe miles de peregrinaciones al año.
Montenegro es una zona rica, bordeando la costa pasas por pueblos idílicos y pintorescos, descubres Our Lady on the Rocks en medio de la bahía, y al fondo, después de rodear la costa (no hay puentes que crucen de un lado a otro, aunque sí transbordadores), se encuentra Kotor, la ciudad de los gatos, una ciudad amurallada preciosa.
Lo disfruté mucho. Me encantó la gente, esa amabilidad tan sublime en cualquiera de los tres países. Cambié moneda. En Croacia, país de la Unión Europea, cambié a kunas croatas (algo más de siete kunas es un euro); en Bosnia cambié a marcos bosnioherzegovinos (un euro es 1,91 marcos, aunque redondean a dos); en Montenegro, pese a no formar parte de la UE, la moneda oficial es el euro.
En los próximos días seguiré hablando de este viaje tan especial.




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