Una de las cosas que me encantó de Palma de Mallorca es que es una ciudad idónea para callejear. Y caminando te encuentras verdaderos tesoros.
Así, caminando por el centro, llegué a la Plaza Mayor, que destaca por sus fachadas amarillas que contrastan con las contraventanas de color verde. Ni que decir tiene que la plaza es un centro neurálgico, con muchas terrazas y mucha gente, y en las calles de alrededor hay una cantidad inabarcable de comercios de todo tipo.
La Rambla, como muchas ciudades del Levante español, es un paseo lleno de árboles, y me apeé de un autobús al final de ésta, cuando vi una librería. Concretamente me senté en una terraza en la Plaza Weyler. La librería estaba cerraba, la terraza correspondía a un hotel de lujo y vi cómo los camareros del hotel acompañaban a la calle a un extranjero borracho que decía que había perdido el móvil.
Y frente a mí, en una de las fachadas más espectaculares de la ciudad, un par de músicos callejeros se ponían a cantar junto a una de las fachadas más interesantes de Palma, el Forn des Teatre, que es la entrada de una pastelería.
Por supuesto, en el centro de Palma tenía que entrar a probar una de las famosas ensaimadas, en el más tradicional y antiguo Horno, el del Santo Cristo.
Al salir me encontré con una de las fachadas más espectaculares, que se encontraba junto al Museo de la Perla.






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