Tengo pendiente aún escribir sobre mi viaje a Mallorca, y esta semana se va a cumplir un mes desde que decidí conocer la más grande de las islas Baleares.
Todo empezó una semana antes, cuando había decidido marchar a Barcelona con motivo de las fiestas locales, pero cuando comprobé que un alojamiento normalito durante cinco días que ni siquiera estaba en el centro ascendía a 1.200€, sólo por dormir y sin desayuno, me replanteé otras opciones.
Así que por mucho menos busqué un avión a Palma, autobús hasta la T4, alojamiento de 4 estrellas en la propia Palma con desayuno y dos excursiones. Ni por asomo todo alcanzaba lo que me costaba en Barcelona sólo el alojamiento.
Nunca había estado en ninguna de las islas Baleares, así que la opción era muy atractiva, y allá que fui. Vine enamorada de la isla, de sus aguas color turquesa, del variopinto caos de idiomas en las calles centrales de Palma, de los magníficos edificios y del sabor de las ensaimadas.
Visité Palma capital, el cabo Formentor, la ciudad amurallada de Alcudia, monté en barco en Puerto Pollença, me perdí en el mercadillo de Sineu, descendí a dos de las cuevas más famosas de la isla, vi una fábrica de perlas en Manacor y me hice una foto junto al catamarán de Rafa Nadal en Porto Cristo. Y me dejé sin ver Sóller y tampoco monté en el tren de madera que lleva a la ciudad, ni visité Valldemossa ni Deia ni Andratx, que bien merecerán una nueva visita en un futuro.
Es hora de desempolvar las fotos de mi viaje a Mallorca, así que en los próximos días hablaré de esos días idílicos en una isla que recomiendo visitar a todo el mundo.


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