En el momento en que he dejado el ordenador y he parado de centrarme en los libros, he pensado en Chini. Su imagen se ha ido formando lentamente en mi recuerdo. Y he sentido esa impotencia al saber que no se puede cambiar, que él ya no está aquí.
Es tan duro. No paro de preguntarme por qué él. En la plenitud de nuestra existencia. Es muy injusto.
El día 14 pensé que quedan cuatro meses para mi cumpleaños, y entonces me di cuenta de que Chini hubiera cumplido 45 en marzo. El año pasado, aunque di muchas vueltas y contaba los días que quedaban, no me atreví a llamarle. Y en su próximo cumpleaños ya no puedo felicitarle. Ojalá me hubiera atrevido. Ya no hay lugar. Lo que no hicimos ya no lo haremos. Y eso no se puede cambiar. Qué pena más grande…
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