miércoles, septiembre 18, 2019

Ocho millones de dioses


La expresión "ocho millones de dioses" (en japonés, yaoyorozu no kami八百万の神) se emplea en la religión sintoísta para referirse al conjunto de divinidades que pueblan el cielo y la tierra. La cifra, por tanto, no debe tomarse en sentido literal, sino que es una fórmula para invocar a todos lo sagrado de este mundo.

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Sugegasa, sombrero tradicional japonés

Leer un libro de David B. Gil siempre es un placer. Ya adoré su anterior novela sobre el Japón feudal, y ésta me ha hecho disfrutar mucho también. He saboreado cada página de principio a fin, y es que el autor adora realmente todo lo relacionado con Japón, porque en sus páginas se destila una narración con mucha sensibilidad, amén de lo magníficamente documentado que está.
Nos encontramos en la segunda mitad del siglo XVI. Una serie de asesinatos a varios hermanos jesuitas afincados en comunidades cristianas en Japón empuja a Roma a enviar al país a un visitador, el padre Martín Ayala, que ya había estado antes en las primeras misiones junto al padre Francisco Javier, pero Ayala no es investigador, sino traductor, y sin duda es enviado por su don para comunicarse en japonés.
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Imagen de Akechi Mitsuhide

Cuando llega a Nagasaki, el padre Francisco Cabral, el viceprovincial que rige sobre las comunidades cristianas en el país, le informa sobre las muertes de varios hermanos en diferentes monasterios y ciudades. Además, el daimio Akechi Mitsuhide ha decidido ponerle como guardaespaldas (yojimbo) a Kudō Kenjirō, el hijo de un goshi (samurái rural) que lleva toda su vida cultivando arroz. Sin embargo, su padre Kudō Masashige tiene una daisho (espada corta y katana) de buena factura y le ha enseñado a luchar. El joven goshi teme que su hermano mayor, el primogénito, se enfade por ser él el elegido. Así que el joven Kenjiro se presenta en Anotsu, donde le hacen entrega de los ropajes con el emblema de Oda Nobunaga, el señor a quien el resto de daimios, entre ellos Akechi, rinden vasallaje.
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Emblema del clan Oda

El padre Ayala comprende que le han puesto a su lado un joven guardaespaldas para protegerle, pero alguien a quien han subestimado por ser un goshi y por su juventud, y entiende que Akechi da poca importancia a su misión al no haber puesto a su servicio a un samurái curtido y de más edad.
Sin embargo, cuando comienzan su andadura, el padre Ayala empieza a preguntar por Junko, una mujer a la que no le quedó más remedio que abandonar cuando fue obligado a abandonar el país, lo que sorprende al joven que le acompaña. El señor Akechi no sólo pone a su servicio un guardaespaldas, sino que además buscan a un hombre que se encuentra en las montañas buscando la espiritualidad, Igarashi Bokuden.
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Monte Hiei, cerca de Kioto

En esa época únicamente la región de Iga se encuentra libre de rendir vasallaje al clan Oda, y tiene un Tribunal de Máscaras que juzga. Bokuden descubre, como espía, quién es Junko, actualmente Reiko, una contrabandista que roba a los barcos negros de la Compañía de Coimbra, y además descubre que los jesuitas asesinados han sido paralizados antes de morir mediante un veneno que sólo se conoce en la región de Iga. Considerado un traidor en Iga, Igarashi regresa a su antiguo hogar, donde es obligado a matar al jesuita si no quiere perder a su familia, una familia que no le habla desde que tuviera que entregar al primogénito al Tribunal de Máscaras, y perdiera todas las pistas sobre él.
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Seiza, forma tradicional de sentarse sobre las rodillas

Ayala descubrirá quién es el traidor en un mundo donde todos los señores daimios quieren derrocar a Oda Nobunaga, se encontrará en el frente del monte Hiei, donde Fuwa Torayasu está luchando contra los bonzos (monjes budistas), descubrirá la traición a Fuwa de otro de los vasallos de Oda, verá en primera línea el seppuku de Fuwa, saldrá huyendo hasta encontrar una aldea donde se esconden armas jamás vistas (que disparan pólvora sin mecha) y allí se reencontrará con su pupila Junko.
En un mundo de traiciones, Kudō, el padre Ayala y Bokuden siguen luchando por lo que creen correcto. Pero el padre Ayala ha comprendido que no pueden imponer una religión como el cristianismo en un país con dioses mucho más antiguos que el Dios de los cristianos.

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Templo Honno-ji, Kioto 

Durante siglos, Japón fue un mito para los europeos, la isla dorada de Cipango que los chinos referían a Marco Polo, pero de la que nunca se tuvo constancia en carta náutica alguna. Y así continuó hasta que, en 1543, un junco chino con varios mercaderes portugueses a bordo naufragó en la isla de Tanegashima, lo que condujo a un descubrimiento mutuo: los europeos ponían por fin en el mapa aquel archipiélago de leyenda al tiempo que los japoneses entraban en contacto directo, por primera vez en su historia, con los occidentales.
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Gran Santuario de Ise

A estos primeros encuentros fortuitos de índole comercial les siguió otro cuidadosamente planificado durante seis años: la llegada de la misión jesuita a Japón de 1549, auspiciada por el rey de Portugal y encabezada por el misionero navarro Francisco de Jasso y Azpilicueta (a la postre, san Francisco Javier). Debe tenerse en cuenta que, merced al Tratado de Tordesillas, que repartía las rutas marítimas entre España y Portugal, Japón se hallaba en latitudes portuguesas, por lo que correspondía a dicho reino la explotación mercantil y cristianización del nuevo territorio.
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Shokunin, artesano japonés

La corona lusa decidió encomendar la labor evangelizadora a la Compañía de Jesús, una élite intelectual y científica dentro de la Iglesia católica, muy diferente a los frailes franciscanos y dominicos que solían acompañar a los españoles en sus conquistas y descubrimientos. Ya fuera por su deseo de evitar a estas congregaciones de ascendencia más "castellana", o porque Juan III de Portugal comprendió que la conversión de Japón era un reto muy diferente a la evangelización de las Américas, la elección de los jesuitas resultó providencial.
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Chonmage, estilo de peinado masculino usado por los antiguos samuráis y por los luchadores de sumo en la actualidad

Francisco Javier supo ver en Japón un país de gran complejidad social y cultural: "el pueblo más elevado moralmente de cuantos se han hallado", por lo que aleccionó a sus misioneros para que se empaparan de los usos locales, aprendieran el idioma en la medida de lo posible e incluso acostumbraran a vestir, comer y conducirse al modo de aquel extraño pueblo. El objetivo último era desprender el discurso evangelizador del etnocentrismo europeo y adaptarlo a la mentalidad y protocolos japoneses, de modo que fuera más fácil de asimilar por las clases altas y, de ahí, permeara a los estratos más bajos de la sociedad.
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Imagen de Oda Nobunaga

Los jesuitas llegaron al país en pleno Sengoku jidai ("Era de los Estados en Guerra", que se prolongó desde la segunda mitad del siglo XV hasta finales del siglo XVI), por lo que hallaron una nación dividida en cientos de feudos enfrentados entre sí, cada uno gobernado por un señor samurái con sus propios ejércitos e intereses, sin un poder central capaz de apaciguarlos. Entre estos señores de la guerra destacaba la figura de Oda Nobunaga (el apellido precede al nombre, según la onomástica japonesa), considerado primer unificador de Japón, que había conseguido someter bajo su mando a gran parte del centro del país, incluida la capital imperial: Kioto.
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Tengu, criatura sobrenatural

Oda, no obstante, estaba lejos de una victoria completa, pues aún contaba con la oposición de poderosas familias samuráis, como los clanes Takeda y Hojo, además de sufrir el constante hostigamiento de las beligerantes sectas budistas (muchas de las cuales disponían de sus propios ejércitos). No es de extrañar, por tanto, que Nobunaga viera en los sacerdotes extranjeros una baza que podía jugar a su favor: por una parte, los "barcos negros" portugueses, con sus armas de fuego y sus valiosas mercancías de ultramar, sólo atracaban en aquellos puertos que contaran con el beneplácito de los misioneros. Por otra, allí donde prosperaba el cristianismo, los bonzos budistas perdían influencia entre la población.
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Yatate, método tradicional japonés de escritura de viaje

No sólo Oda Nobunaga se convirtió en un inesperado aliado de la misión jesuita, otros daimios (señores feudales) abrieron sus puertas a los extranjeros en su afán de entablar relaciones comerciales con ellos, llegando incluso a convertirse al cristianismo. Pero la protección de Oda y de los daimios conversos no llegaba a todos los rincones de Japón, y los "padres cristianos" debieron enfrentarse a no pocas penurias en su afán evangelizador, sufriendo a menudo desprecio, persecución y muerte.

EL AUTOR:

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David B. Gil (Cádiz, 1979) es licenciado en Periodismo, posgraduado en Diseño Multimedia y máster en Dirección de Redes Sociales. Ha trabajado como redactor editorial para DC Comics en España y Latinoamérica y ha sido responsable de comunicación en diferentes organizaciones políticas, además de redactor en varios medios de comunicación. Autopublicó El guerrero a la sombra del cerezo, que fue finalista del Premio Fernando Lara y única obra autoeditada en ganar un Premio Hislibris de Novela Histórica. Actualmente publicada por Suma de Letras (2017), continúa siendo la ficción histórica mejor valorada por los lectores de Amazon España. Su segundo trabajo, Hijos de un dios binario (2016), fue finalista del Premio Ignotus y elegida como la mejor obra de ciencia ficción en español de 2016 por publicaciones como Xataka, Hobby Consolas o La Casa de El. Ocho millones de dioses (2019) es su tercera novela.


EL LIBRO:

Título original: Ocho millones de dioses
Autor: David B. Gil
Editorial: Suma de Letras (1ª edición, en mayo de 2019)
Número de páginas: 613
ISBN: 9788491293620

Valoración: 9/10

RETOS:

* 2019 Reading Challenge: Un libro que contenga en el título un signo del zodíaco o algún término relacionado con la astrología.
* Desafío "24 retos de lectura para 2019": Un libro que transcurra en una isla.
* Retos Literarios Olímpicos: GenOlímpico - Mitología.

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