Hace tiempo que no me siento un rato delante del ordenador y escribo sin importarme el tiempo que pueda pasar. Es lo que tiene el verano: leo menos, escribo menos, y trabajo más. Pero también me gustan esos ratos de terracita y cerveza.
No hace ni tres semanas que estaba de vacaciones y me da la sensación de que han pasado varios meses. Tengo pendiente escribir sobre mi viaje a Galicia, pero seguramente lo haré en septiembre, porque en las próximas semanas lo veo complicado. Demasiado trabajo y demasiada vida social. Con casi 40º soy incapaz de estar en casa más de lo necesario.
Aunque no lo parezca, estoy agobiadísima. Pero digamos que me lo tomo con calma. Agobiada por el extra de trabajo en los meses estivales, agobiada porque hoy me ha llegado una notificación de Hacienda que ni siquiera es mía y me he bloqueado. Al final, he optado por tomarme las cosas con una sonrisa y contar que quedan seis semanas para que vuelva la tranquilidad y la rutina.
Hay quien me pregunta por qué me gusta tanto la rutina, y es que no me gustan los cambios bruscos (gente nueva, las cosas para ayer, las exigencias de los que están de vacaciones sin nada mejor que hacer). No puedo (ni quiero) coger vacaciones en agosto, pero también es cierto que la sobrecarga de trabajo es inmensa. Digamos que en septiembre, cuando todo el mundo vuelve a sus quehaceres habituales, yo me tomo otra semana de vacaciones. Llega un momento en que huyo de las multitudes.
Ahora estoy con la lengua fuera, pero he pasado épocas peores, así que lo llevaré lo mejor que pueda...
No hay comentarios:
Publicar un comentario