Hace años que leía a Buero Vallejo, y tengo en casa sus obras más importantes. Junto a Lorca, es uno de los autores dramáticos que más admiro. Y es que sus obras siempre me dejan pensando. Sus escenas están cargadas de símbolos, y como hace días que recuerdo la imagen del tren, he optado por releerlo. Recordemos que Buero Vallejo marcó un punto de inflexión en el teatro del siglo XX, al romper las reglas de cómo se venía haciendo e introducir nuevos aspectos.
Una novedad que llega con él son los escenarios simultáneos, esto es, que en el mismo escenario se encuentran recreadas varias escenas completamente diferentes y que se pueden ver a la vez, simultaneando unas y otras, según estén actuando los artistas en una u otra.
Otra novedad que introduce es la aparición de la cuarta pared, es decir, la pared invisible del proscenio, que es donde se encuentra el público. En El tragaluz el elemento que da título a la obra se encuentra en esta cuarta pared, de tal manera que los actores, cuando miran por el tragaluz se ponen frente a la grada de butacas. Así que el espectador lo tiene que imaginar, y ese tragaluz y las sombras que se perciben se encuentra reflejado en la pared del fondo mediante una silueta con barrotes y el reflejo de las personas que pasan. Este efecto reflejo es significativo en esta obra.
También el tragaluz nos recuerda a otros autores, que cabe resaltar. Por un lado, y como similitud más obvia, nos recuerda al Mito de la Caverna de Platón, ya que los que se encuentran dentro en esa especie de caverna únicamente ven las sombras de fuera. También hacen guiños a El Quijote, ya que los que están en ese sótano, en "el pozo", a veces ven gigantes en vez de molinos de viento, es decir, que uno ya ha perdido la cabeza y bien podrían perderla el resto. Finalmente ese tragaluz me recuerda al gran ojo que todo lo ve, ese Gran Hermano, que George Orwell nos describe en su novela 1984, sobre todo porque en realidad el espectador y esos investigadores del futuro vienen a ser como ese ojo que está viendo una historia acaecida mucho tiempo atrás, sin que los propios personajes de la obra se sepan observados.
En otro orden de cosas, los dos hermanos y sus deseos de venganza de uno y otro nos recuerdan a los bíblicos Abel y Caín, sensación que se acrecienta cuando uno de los dos hermanos pierde la vida por las palabras pronunciadas por el otro. Aunque, desde mi punto de vista, ni uno es tan malo ni el otro es tan bueno. El enfrentamiento de los hermanos entra en ebullición cuando descubren que uno se ha enamorado de Encarna y el otro la ha convertido en su amante, es decir, todo por una mujer.

Escena del estreno en 1967 en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Vistas del sótano, con El Padre (Francisco Pierrá), Vicente (Jesús Puente) y Mario (José María Rodero)
En la obra aparecen en varias ocasiones dos personajes, Él y Ella, que son los hilos conductores del drama. En vez de una voz en "off" tenemos a dos personajes del futuro, de un futuro muy lejano, que aparecen caminando por las gradas, hablando de una manera extraña, ya que les cuesta encontrar las palabras con las que se hablaba en el siglo XX. Se presentan como dos investigadores de un siglo futuro que han realizado un experimento. Este experimento ha estudiado a una familia de la posguerra, que vive en un sótano en Madrid, "ciudad que fue capital de un país que se llamaba España". Esta familia vive las penurias de "los vencidos", y mientras descubrimos su drama interior desde dentro del sótano, descubrimos que a través del tragaluz hay una vida más alegre que la de esta familia. La madre intenta siempre sonreír y espera con ansias las visitas de su hijo mayor, Vicente. El padre ha perdido la razón y pasa las horas recortando figuras de revistas y postales, mientras pregunta la cuestión clave de la obra: "¿Quién es ése?". Y Mario ayuda, desde casa, en la editorial que gestiona su hermano. En la primera parte, las visitas de Vicente son muy espaciadas y siempre llega con prisas, pero en la segunda parte esto cambiará, descubriendo el espectador que las visitas son más numerosas por el sentimiento de culpa que tiene Vicente con respecto a su familia.
Por otro lado, Vicente dirige una editorial que va a ser absorbida por un grupo editorial mayor. Con él trabaja Encarna, una joven a la que no se le dan bien las letras. Encarna no tiene a nadie y no le queda más remedio que acostarse con Vicente para intentar ascender (y también para conservar su puesto de trabajo). Sin embargo, descubrimos que dos días a la semana Encarna queda con una amiga del pueblo, que no es tal, sino que es Mario, del que se está enamorando, pero este hermano no puede aportarle la estabilidad que le podría dar Vicente. Y aunque Mario le pide en matrimonio, ella sólo se quiere casar con Vicente.
En las conversaciones de los diferentes personajes, descubrimos que al final de la guerra Vicente subió a un tren por una ventana, y que el resto de la familia se quedó en el andén. Vicente no pudo bajar de ese tren, aunque Mario sabe que le empujaban para que bajara. Dos días después murió de inanición su hermana Elvirita, recién nacida. Mario culpará a su hermano al llevar éste colgadas al cuello las bolsas de leche de la hermana, y también le culpa porque este hecho desembocó en que El padre perdiera la razón.
Mario comprende que su hermano es un canalla cuando recuerda que no es como lo cuenta Vicente, cuando comprende que se siente culpable y cada vez va más veces a visitarles, y cuando descubre que Encarna se ha quedado embarazada y su hermano no se quiere casar con ella, porque "no es nadie".
Cuando Mario se lo restriega por la cara, Vicente pide quedarse a solas con el padre, y entonces aflora el sentimiento de culpabilidad. Es entonces cuando el padre le reconoce y "le castiga" a su manera.

Postal de tren antiguo
La imagen del tren me parece uno de los elementos más importantes de la obra. El tren se oye a lo lejos cuando un personaje se encuentra pensando o recordando, pero además es el tren quien une a la familia en su trauma del pasado. También es el tren en el que Vicente subió y prosperó, mientras que el resto de la familia, que no subió al tren y quedó atrás, no logró superar la pobreza y se encuentran viviendo en un sótano que sólo tiene un tragaluz por donde ven sombras.
Para mí es una de las mejores obras de teatro que he leído nunca. Ya sólo me falta verla representada.
Una novedad que llega con él son los escenarios simultáneos, esto es, que en el mismo escenario se encuentran recreadas varias escenas completamente diferentes y que se pueden ver a la vez, simultaneando unas y otras, según estén actuando los artistas en una u otra.
Otra novedad que introduce es la aparición de la cuarta pared, es decir, la pared invisible del proscenio, que es donde se encuentra el público. En El tragaluz el elemento que da título a la obra se encuentra en esta cuarta pared, de tal manera que los actores, cuando miran por el tragaluz se ponen frente a la grada de butacas. Así que el espectador lo tiene que imaginar, y ese tragaluz y las sombras que se perciben se encuentra reflejado en la pared del fondo mediante una silueta con barrotes y el reflejo de las personas que pasan. Este efecto reflejo es significativo en esta obra.
También el tragaluz nos recuerda a otros autores, que cabe resaltar. Por un lado, y como similitud más obvia, nos recuerda al Mito de la Caverna de Platón, ya que los que se encuentran dentro en esa especie de caverna únicamente ven las sombras de fuera. También hacen guiños a El Quijote, ya que los que están en ese sótano, en "el pozo", a veces ven gigantes en vez de molinos de viento, es decir, que uno ya ha perdido la cabeza y bien podrían perderla el resto. Finalmente ese tragaluz me recuerda al gran ojo que todo lo ve, ese Gran Hermano, que George Orwell nos describe en su novela 1984, sobre todo porque en realidad el espectador y esos investigadores del futuro vienen a ser como ese ojo que está viendo una historia acaecida mucho tiempo atrás, sin que los propios personajes de la obra se sepan observados.
En otro orden de cosas, los dos hermanos y sus deseos de venganza de uno y otro nos recuerdan a los bíblicos Abel y Caín, sensación que se acrecienta cuando uno de los dos hermanos pierde la vida por las palabras pronunciadas por el otro. Aunque, desde mi punto de vista, ni uno es tan malo ni el otro es tan bueno. El enfrentamiento de los hermanos entra en ebullición cuando descubren que uno se ha enamorado de Encarna y el otro la ha convertido en su amante, es decir, todo por una mujer.

Escena del estreno en 1967 en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Vistas del sótano, con El Padre (Francisco Pierrá), Vicente (Jesús Puente) y Mario (José María Rodero)
En la obra aparecen en varias ocasiones dos personajes, Él y Ella, que son los hilos conductores del drama. En vez de una voz en "off" tenemos a dos personajes del futuro, de un futuro muy lejano, que aparecen caminando por las gradas, hablando de una manera extraña, ya que les cuesta encontrar las palabras con las que se hablaba en el siglo XX. Se presentan como dos investigadores de un siglo futuro que han realizado un experimento. Este experimento ha estudiado a una familia de la posguerra, que vive en un sótano en Madrid, "ciudad que fue capital de un país que se llamaba España". Esta familia vive las penurias de "los vencidos", y mientras descubrimos su drama interior desde dentro del sótano, descubrimos que a través del tragaluz hay una vida más alegre que la de esta familia. La madre intenta siempre sonreír y espera con ansias las visitas de su hijo mayor, Vicente. El padre ha perdido la razón y pasa las horas recortando figuras de revistas y postales, mientras pregunta la cuestión clave de la obra: "¿Quién es ése?". Y Mario ayuda, desde casa, en la editorial que gestiona su hermano. En la primera parte, las visitas de Vicente son muy espaciadas y siempre llega con prisas, pero en la segunda parte esto cambiará, descubriendo el espectador que las visitas son más numerosas por el sentimiento de culpa que tiene Vicente con respecto a su familia.
Por otro lado, Vicente dirige una editorial que va a ser absorbida por un grupo editorial mayor. Con él trabaja Encarna, una joven a la que no se le dan bien las letras. Encarna no tiene a nadie y no le queda más remedio que acostarse con Vicente para intentar ascender (y también para conservar su puesto de trabajo). Sin embargo, descubrimos que dos días a la semana Encarna queda con una amiga del pueblo, que no es tal, sino que es Mario, del que se está enamorando, pero este hermano no puede aportarle la estabilidad que le podría dar Vicente. Y aunque Mario le pide en matrimonio, ella sólo se quiere casar con Vicente.
En las conversaciones de los diferentes personajes, descubrimos que al final de la guerra Vicente subió a un tren por una ventana, y que el resto de la familia se quedó en el andén. Vicente no pudo bajar de ese tren, aunque Mario sabe que le empujaban para que bajara. Dos días después murió de inanición su hermana Elvirita, recién nacida. Mario culpará a su hermano al llevar éste colgadas al cuello las bolsas de leche de la hermana, y también le culpa porque este hecho desembocó en que El padre perdiera la razón.
Mario comprende que su hermano es un canalla cuando recuerda que no es como lo cuenta Vicente, cuando comprende que se siente culpable y cada vez va más veces a visitarles, y cuando descubre que Encarna se ha quedado embarazada y su hermano no se quiere casar con ella, porque "no es nadie".
Cuando Mario se lo restriega por la cara, Vicente pide quedarse a solas con el padre, y entonces aflora el sentimiento de culpabilidad. Es entonces cuando el padre le reconoce y "le castiga" a su manera.
Postal de tren antiguo
La imagen del tren me parece uno de los elementos más importantes de la obra. El tren se oye a lo lejos cuando un personaje se encuentra pensando o recordando, pero además es el tren quien une a la familia en su trauma del pasado. También es el tren en el que Vicente subió y prosperó, mientras que el resto de la familia, que no subió al tren y quedó atrás, no logró superar la pobreza y se encuentran viviendo en un sótano que sólo tiene un tragaluz por donde ven sombras.
Para mí es una de las mejores obras de teatro que he leído nunca. Ya sólo me falta verla representada.
EL AUTOR:
Antonio Buero Vallejo nació el 29 de septiembre de 1916 en Guadalajara. Su padre Francisco, capitán del ejército y profesor de Cálculo en la Academia Militar de Ingenieros, era natural de Cádiz; su madre Mª Cruz era de Taracena (Guadalajara).
Desde muy temprana edad se aficionó a la lectura gracias a la completa biblioteca que tenía su padre, lo que le permitió el acceso a textos literarios y dramáticos. Aficionado a la música y a la pintura y el dibujo, desde los cuatro años dibujaba incansablemente, porque quería ser pintor.
Estudió Bachillerato en Guadalajara, y en 1932 recibió el primer premio de un concurso literario para alumnos de Segunda Enseñanza y Magisterio de Guadalajara, por la narración El único hombre, que no fue editado hasta 2001. En esa época comenzó a redactar unas Confesiones que posteriormente destruyó.
En 1934 se trasladó a vivir a Madrid con su familia, y allí ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Aunque le seguía interesando la pintura, seguía leyendo sin parar, y asistía asiduamente al teatro. Aunque no militaba en ningún partido, empezó a acentuarse su sensibilidad por la política y se empezó a sentir cercano al marxismo. Al comienzo de la Guerra Civil, pensó en alistarse como voluntario para ir al frente, pero terminó desechando esta idea por la oposición de su familia. En la guerra su padre fue detenido y fusilado en diciembre de 1936.
Buero Vallejo participó en la Guerra Civil en el banco republicano, motivo por el que estuvo en la cárcel. Cuando salió, se concentró en el teatro, en el que nunca dejó de imprimir una profunda denuncia social y política, que le valió incluso la imposibilidad de estrenar algunas de sus obras.
Durante la Guerra, trabajó el el taller de propaganda plástica de la F.U.E., hasta que cuando movilizaron a su quinta fue destinado a un batallón de infantería. Cuando terminó la contienda fue condenado a muerte, pero la pena le fue conmutada ocho meses después. Tras peregrinar por diversas cárceles (en la de Conde de Toreno realizó un famoso retrato de Miguel Hernández, con quien intimó mucho), recibió la libertad condicional en 1946, pero fue desterrado de Madrid.
Buero Vallejo fijó su residencia en Carabanchel Bajo, aunque se pasaba la mayor parte del día en la capital. Se hizo socio del Ateneo y comenzó a publicar dibujos en revistas para conseguir ingresos, pero su afición pictórica fue desplazada por su afición a la escritura. A través de la narrativa reflejó los pensamientos de su último año de cárcel, pero pronto abandonó este género por el teatro.
El tema de la ceguera, que siempre lle había interesado, se convirtió en el centro argumental de su primer drama, En la ardiente oscuridad, redactado en una semana en agosto de 1946. Dos años después escribió Historia despiadada y Otro juicio de Salomón.
En 1949 recibió el Premio Lope de Vega por Historia de una escalera y el Premio de la Asociación de Amigos de los Quinteros por Las palabras en la arena. Historia de una escalera, obra que marcó un hito en nuestro teatro de la posguerra, se puede calificar como el drama de frustración social visto a través de tres generaciones de la clase media baja.
Desde muy temprana edad se aficionó a la lectura gracias a la completa biblioteca que tenía su padre, lo que le permitió el acceso a textos literarios y dramáticos. Aficionado a la música y a la pintura y el dibujo, desde los cuatro años dibujaba incansablemente, porque quería ser pintor.
Estudió Bachillerato en Guadalajara, y en 1932 recibió el primer premio de un concurso literario para alumnos de Segunda Enseñanza y Magisterio de Guadalajara, por la narración El único hombre, que no fue editado hasta 2001. En esa época comenzó a redactar unas Confesiones que posteriormente destruyó.
En 1934 se trasladó a vivir a Madrid con su familia, y allí ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Aunque le seguía interesando la pintura, seguía leyendo sin parar, y asistía asiduamente al teatro. Aunque no militaba en ningún partido, empezó a acentuarse su sensibilidad por la política y se empezó a sentir cercano al marxismo. Al comienzo de la Guerra Civil, pensó en alistarse como voluntario para ir al frente, pero terminó desechando esta idea por la oposición de su familia. En la guerra su padre fue detenido y fusilado en diciembre de 1936.
Buero Vallejo participó en la Guerra Civil en el banco republicano, motivo por el que estuvo en la cárcel. Cuando salió, se concentró en el teatro, en el que nunca dejó de imprimir una profunda denuncia social y política, que le valió incluso la imposibilidad de estrenar algunas de sus obras.
Durante la Guerra, trabajó el el taller de propaganda plástica de la F.U.E., hasta que cuando movilizaron a su quinta fue destinado a un batallón de infantería. Cuando terminó la contienda fue condenado a muerte, pero la pena le fue conmutada ocho meses después. Tras peregrinar por diversas cárceles (en la de Conde de Toreno realizó un famoso retrato de Miguel Hernández, con quien intimó mucho), recibió la libertad condicional en 1946, pero fue desterrado de Madrid.
Buero Vallejo fijó su residencia en Carabanchel Bajo, aunque se pasaba la mayor parte del día en la capital. Se hizo socio del Ateneo y comenzó a publicar dibujos en revistas para conseguir ingresos, pero su afición pictórica fue desplazada por su afición a la escritura. A través de la narrativa reflejó los pensamientos de su último año de cárcel, pero pronto abandonó este género por el teatro.
El tema de la ceguera, que siempre lle había interesado, se convirtió en el centro argumental de su primer drama, En la ardiente oscuridad, redactado en una semana en agosto de 1946. Dos años después escribió Historia despiadada y Otro juicio de Salomón.
En 1949 recibió el Premio Lope de Vega por Historia de una escalera y el Premio de la Asociación de Amigos de los Quinteros por Las palabras en la arena. Historia de una escalera, obra que marcó un hito en nuestro teatro de la posguerra, se puede calificar como el drama de frustración social visto a través de tres generaciones de la clase media baja.
Su labor como dramaturgo se amplió, y comenzó a estrenar de forma constante sus obras en varios teatros de Madrid. El tema común que vincula toda su producción es la tragedia del individuo, analizada desde un punto de vista social, ético y moral. Los principales problemas que angustian al hombre se reflejan en la mayoría de sus obras. La crítica ha clasificado su obra como teatro simbolista, de crítica social y drama histórico.
En los años 60, Buero Vallejo consiguió estrenar algunos títulos, pero seguía teniendo problemas con la censura. En 1963 se le propuso incorporarse al Consejo Superior de Teatro, pero renunció a ello. Encabezados por Bergamín, firmó, junto a otros cien intelectuales, una carta dirigida al Ministro de Información y Turismo solicitando explicaciones sobre el trato dado por la policía a algunos mineros asturianos. El Ministerio publicó la carta en la prensa con una respuesta, y aunque no se adoptaron medidas públicas contra los firmante, hubo una especie de condena al silencio por parte de la prensa. Buero Vallejo no podrá estrenar hasta 1967 pese al interés que suscita su obra La doble historia del doctor Valmy (1964), que no se pudo representar en España hasta 1976.
Con motivo de las dificultades económicas, Buero Vallejo se vio obligado a viajar a Estados Unidos, donde comenzó a dar charlas sobre el teatro en varias universidades.
En los inicios de la democracia aumentaron en España los ataques al autor, incluso con anónimas amenazas de muerte, aunque la admiración internacional hacia él fue en aumento.
Fue miembro fundador de la Unión de Ex Combatientes de la Guerra de España y de la Asociación de Ex Presos y Represaliados de la Guerra Civil. También fue miembro de número de la Real Academia Española, donde ocupó el sillón X.
En 1986, perdió a su hijo menor, el actor Enrique Buero Rodríguez, que falleció en un accidente de tráfico. A su memoria le dedicó Lázaro en el laberinto. El día del estreno se le concedió el Premio de Literatura Castellana Miguel de Cervantes; era la primera vez que este galardón se le entregaba a un dramaturgo.
En 1987 se celebró en Murcia el Simposio "Buero Vallejo (Cuarenta años de teatro)", que contó con la participación del autor, así como diversos estudiosos de su teatro y directores de sus obras.
Entre los diversos premios que recibió, cabe destacar el Premio Nacional de las Letras Españolas (1996), otorgado por primera vez a un autor teatral.
En 1997 publicó su última obra, Misión al pueblo desierto, que se estrenó en Madrid dos años después.
Buero Vallejo falleció el 29 de abril de 2000 en una clínica madrileña, donde había sido ingresado tras sufrir un infarto cerebral.
En los años 60, Buero Vallejo consiguió estrenar algunos títulos, pero seguía teniendo problemas con la censura. En 1963 se le propuso incorporarse al Consejo Superior de Teatro, pero renunció a ello. Encabezados por Bergamín, firmó, junto a otros cien intelectuales, una carta dirigida al Ministro de Información y Turismo solicitando explicaciones sobre el trato dado por la policía a algunos mineros asturianos. El Ministerio publicó la carta en la prensa con una respuesta, y aunque no se adoptaron medidas públicas contra los firmante, hubo una especie de condena al silencio por parte de la prensa. Buero Vallejo no podrá estrenar hasta 1967 pese al interés que suscita su obra La doble historia del doctor Valmy (1964), que no se pudo representar en España hasta 1976.
Con motivo de las dificultades económicas, Buero Vallejo se vio obligado a viajar a Estados Unidos, donde comenzó a dar charlas sobre el teatro en varias universidades.
En los inicios de la democracia aumentaron en España los ataques al autor, incluso con anónimas amenazas de muerte, aunque la admiración internacional hacia él fue en aumento.
Fue miembro fundador de la Unión de Ex Combatientes de la Guerra de España y de la Asociación de Ex Presos y Represaliados de la Guerra Civil. También fue miembro de número de la Real Academia Española, donde ocupó el sillón X.
En 1986, perdió a su hijo menor, el actor Enrique Buero Rodríguez, que falleció en un accidente de tráfico. A su memoria le dedicó Lázaro en el laberinto. El día del estreno se le concedió el Premio de Literatura Castellana Miguel de Cervantes; era la primera vez que este galardón se le entregaba a un dramaturgo.
En 1987 se celebró en Murcia el Simposio "Buero Vallejo (Cuarenta años de teatro)", que contó con la participación del autor, así como diversos estudiosos de su teatro y directores de sus obras.
Entre los diversos premios que recibió, cabe destacar el Premio Nacional de las Letras Españolas (1996), otorgado por primera vez a un autor teatral.
En 1997 publicó su última obra, Misión al pueblo desierto, que se estrenó en Madrid dos años después.
Buero Vallejo falleció el 29 de abril de 2000 en una clínica madrileña, donde había sido ingresado tras sufrir un infarto cerebral.
EL LIBRO:
Título original: El tragaluz
Autor: Antonio Buero Vallejo
Editorial: Espasa Calpe (23ª edición, en noviembre de 1996)
Colección: Austral nº 302
Número de páginas: 169
ISBN: 9788423973026
Valoración: 9/10
RETOS:

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