Cuando suena el timbre de la puerta de casa sin esperar efectivamente a alguien no sé a qué atenerme. Generalmente son comerciales, aunque a veces son... testigos de Jehová.
Hoy me han preguntado qué opino sobre la pérdida de un ser querido. Cortésmente les he explicado que mi punto de vista no lo iba a compartir con dos desconocidos.
Me han dado ganas de decirle a ella (que tenía modales de monja) y a él (que parecía uno de los apóstoles del retablo de mi pueblo) que les acompañaba a la calle. Yo respeto los ideales de todo el mundo, pero no me parece bien que unos desconocidos intenten indagar sobre las pérdidas de personas queridas en la puerta de mi casa sin haber sido invitados.
Como no me apetecía bajar tantas escaleras, les he dicho que tenía mucho que hacer. Vamos, que lo mejor es no dar cuerda a esta gente.
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