
Está amaneciendo. El amanecer es uno de los momentos más mágicos del día. Al menos, a mí me lo parece. Es el despertar de la luz, es como nacer de nuevo, sobrevivir a la oscuridad... No sé, son múltiples y variadas sensaciones.
He visto muchas veces amanecer. Los recuerdos se agolpan en mi mente en estos momentos. Uno de aquellos recuerdos es precioso. Quizás es por la edad, aquella época de cambio donde nos comíamos el mundo, donde éramos inconscientes de nuestra osadía y por supuesto hacíamos cosas que no haríamos años después.
En aquellas noches veraniegas donde vivíamos inmersos en una imaginación sin límite: juegos de cartas, escondite, cazar los saltamontes que se posaban pacíficamente bajo la luz de las farolas, recorrer todo el pueblo jugando a tierra descubierta... Eso sí, había cosas que teníamos vetadas en aquellas noches de verano: al ponerse el sol ninguno de nosotros se atrevería a sacar la bicicleta ni tampoco a salir con un balón a la calle. Nadie nos había dicho que no había que hacerlo. Casi todos salíamos la mayoría de las veces con los bocatas, no parábamos un segundo en casa ni nos sentábamos en la mesa. Cenábamos en la calle.
Memorables eran también las noches en que nos daba por contar historias de miedo. Y nada como salir a los arrabales, tumbarse en la tierra y mirar el cielo porque en la televisión habían anunciado una lluvia de estrellas fugaces.
Era nuestra adolescencia, aparecieron nuestros primeros amores... Tampoco nos alejábamos de las protectoras calles del pueblo. Había rincones oscuros que nos daban miedo, llegándonos a imaginar historias de toda índole.
Entonces uno de aquellos veranos cambiamos el ritmo y en grupo nos fuimos a Castillo. Se llama así a una montaña que está al otro lado de la carretera, una montaña desde donde se ve toda la comarca. No hay ningún castillo, pero cuentan las antiguas leyendas que allí en la punta había una gran fortaleza medieval, con túneles que comunicaban con una casa de mi pueblo. Ni que decir tiene que esa casa, con escudo en su fachada, nos imponía respeto al pasar junto a ella. Es un caserón inmensamente grande. Debió existir en la época medieval, efectivamente, un castillo y túneles, ya bien por su posición elevada, pero también porque hay documentos históricos que hacen referencia al hundimiento de carros en sus laderas aproximadamente en los años 50.
Era de noche, pero no importaba porque íbamos en grupo, y el grupo era lo suficientemente numeroso para no temer nada. ¿Cómo sería dominar todo desde las alturas, a altas horas de la madrugada, junto a la persona que te gustaba?
Aproximadamente la caminata dura unas tres horas durante el día. Por la noche, a pesar de llevar linternas, mucho más. Solamente hasta la carretera hay un kilómetro de distancia, y luego empiezas a subir. Y lo más peligroso era la carretera, pero éramos jóvenes, necesitábamos nuevas experiencias, nuevas sensaciones.
Aquel verano nos dio por salir, bien a Castillo, bien a la ermita... lo importante era que nuestros mayores no nos tuvieran controlados. Y subimos muchas veces a aquel otero. Una de aquellas noches subimos tarde y vimos amanecer desde allí. Fue una panorámica demasiado perfecta para que se borre de nuestra memoria nunca. El silencio fue el único protagonista entonces ante aquellas vistas tan perfectas.
Me gustaría volver a pasar por una experiencia así, aunque vaya pereza subir ahora y de noche hasta allí. Para empezar, iría en coche y lo dejaría allí donde ya sólo se pueda subir caminando. Por supuesto, la compañía también hace mucho.
A mí que no me hablen de amaneceres junto al mar, que los amaneceres que yo he vivido (y los que tengan que venir) hablan por sí solos.
He visto muchas veces amanecer. Los recuerdos se agolpan en mi mente en estos momentos. Uno de aquellos recuerdos es precioso. Quizás es por la edad, aquella época de cambio donde nos comíamos el mundo, donde éramos inconscientes de nuestra osadía y por supuesto hacíamos cosas que no haríamos años después.
En aquellas noches veraniegas donde vivíamos inmersos en una imaginación sin límite: juegos de cartas, escondite, cazar los saltamontes que se posaban pacíficamente bajo la luz de las farolas, recorrer todo el pueblo jugando a tierra descubierta... Eso sí, había cosas que teníamos vetadas en aquellas noches de verano: al ponerse el sol ninguno de nosotros se atrevería a sacar la bicicleta ni tampoco a salir con un balón a la calle. Nadie nos había dicho que no había que hacerlo. Casi todos salíamos la mayoría de las veces con los bocatas, no parábamos un segundo en casa ni nos sentábamos en la mesa. Cenábamos en la calle.
Memorables eran también las noches en que nos daba por contar historias de miedo. Y nada como salir a los arrabales, tumbarse en la tierra y mirar el cielo porque en la televisión habían anunciado una lluvia de estrellas fugaces.
Era nuestra adolescencia, aparecieron nuestros primeros amores... Tampoco nos alejábamos de las protectoras calles del pueblo. Había rincones oscuros que nos daban miedo, llegándonos a imaginar historias de toda índole.
Entonces uno de aquellos veranos cambiamos el ritmo y en grupo nos fuimos a Castillo. Se llama así a una montaña que está al otro lado de la carretera, una montaña desde donde se ve toda la comarca. No hay ningún castillo, pero cuentan las antiguas leyendas que allí en la punta había una gran fortaleza medieval, con túneles que comunicaban con una casa de mi pueblo. Ni que decir tiene que esa casa, con escudo en su fachada, nos imponía respeto al pasar junto a ella. Es un caserón inmensamente grande. Debió existir en la época medieval, efectivamente, un castillo y túneles, ya bien por su posición elevada, pero también porque hay documentos históricos que hacen referencia al hundimiento de carros en sus laderas aproximadamente en los años 50.
Era de noche, pero no importaba porque íbamos en grupo, y el grupo era lo suficientemente numeroso para no temer nada. ¿Cómo sería dominar todo desde las alturas, a altas horas de la madrugada, junto a la persona que te gustaba?
Aproximadamente la caminata dura unas tres horas durante el día. Por la noche, a pesar de llevar linternas, mucho más. Solamente hasta la carretera hay un kilómetro de distancia, y luego empiezas a subir. Y lo más peligroso era la carretera, pero éramos jóvenes, necesitábamos nuevas experiencias, nuevas sensaciones.
Aquel verano nos dio por salir, bien a Castillo, bien a la ermita... lo importante era que nuestros mayores no nos tuvieran controlados. Y subimos muchas veces a aquel otero. Una de aquellas noches subimos tarde y vimos amanecer desde allí. Fue una panorámica demasiado perfecta para que se borre de nuestra memoria nunca. El silencio fue el único protagonista entonces ante aquellas vistas tan perfectas.
Me gustaría volver a pasar por una experiencia así, aunque vaya pereza subir ahora y de noche hasta allí. Para empezar, iría en coche y lo dejaría allí donde ya sólo se pueda subir caminando. Por supuesto, la compañía también hace mucho.
A mí que no me hablen de amaneceres junto al mar, que los amaneceres que yo he vivido (y los que tengan que venir) hablan por sí solos.
2 comentarios:
Yo he tenido una preadolescencia bastante peculiar.
Luego llegaria la adolescencia y las ganas de salir de fiesta, y cambiariamos completamente los hábitos.
Por cierto creo que nunca he visto un amanecer.
¿Ni siquiera al volver de fiesta? No es lo mismo o quizás nos fijamos menos, dadas las circunstancias.
En verano vas por la carretera, cuando ya está aclarando y te encuentras con los peregrinos de Compostela. Yo siempre les pito, infundiéndoles ánimos y tal, aunque luego pienses: Joe, ellos se acaban de levantar, y yo me voy al sobre ahora :D
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