domingo, junio 30, 2024
Prodotto italiano
sábado, junio 29, 2024
La vuelta a casa
viernes, junio 28, 2024
Enero sangriento
jueves, junio 27, 2024
Paseando por Roma
miércoles, junio 26, 2024
Cenando en el Trastévere
martes, junio 25, 2024
lunes, junio 24, 2024
Coliseo
domingo, junio 23, 2024
En Roma
sábado, junio 22, 2024
Tan poca vida
Hacía mucho tiempo que no leía un libro tan duro. Es cierto que tenía ganas de leer esta novela porque las críticas y opiniones que he leído siempre acerca de ella la tildan como una novela magnífica. Pero es dura, muy dura.
Estamos en Nueva York en los años 90. En una habitación de una residencia universitaria comparten su vida cuatro muchachos: Willem, JB, Malcolm y Jude, cuatro desconocidos que terminarán compartiendo sus vidas y su futuro, porque se convertirán en grandes amigos.
Willem sale de Wyoming con una beca universitaria. No quiere saber nada de sus padres, tiene un hermano mayor tetrapléjico y sus padres ya han visto morir a dos hijos más. Nadie se ocupa de su hermano Hemming, así que llegar a Nueva York es un descanso para Willem. Allí estudiará arte dramático para convertirse en actor, y mientras le llega la fama trabaja en un restaurante.
JB es un mulato que no comprende que alguien pueda ser tan desprendido con su familia, ya que a él sus hermanas, madre y tías le adoran y le tratan como un rey. JB pretende convertirse en artista, y mientras le llega la fama empieza a probar con diferentes objetos para convertir en una obra artística, hasta que se da cuenta de que puede pintar a sus amigos haciendo cosas cotidianas de la vida real, por lo que empieza a fotografiarlos para después poder pintarlos.
Malcolm es un joven adinerado, proveniente de una familia de color que ha salido florecer a pesar del color de su piel. Tiene una vida normal, con unos padres que le quieren, aspira a ser arquitecto, a tener una esposa y a vivir una vida tranquila. Será Malcolm el que diseñe algunas de las casas de sus amigos cuando éstos tengan dinero para pagarlas.
Y Jude. Jude St. Francis es el alma de la novela. Vamos conociendo su vida a través de las miradas de sus amigos, a través de retazos que él deja caer mediante recuerdos muy, muy dolorosos. Y, pese a todo, Jude se convertirá en un abogado de éxito.
Jude fue encontrado en una bolsa de basura que habían encontrado en un contenedor. Era un recién nacido que terminó en un monasterio donde los hermanos le cuidaban. Pero cuando se convirtió en adolescente, varios hermanos empezaron a cometer abusos sexuales con él. Jude lo odiaba, pero sólo encontraba la paz con el hermano Luke, el jardinero, con el que termina escapando.
Luke y Jude huyen atravesando estados, pero Luke al final también le lleva hombres, por lo que le convierte en un prostituto. Jude odia esos momentos y, pese al tormento, sabe que Luke a su manera también le quiere. Hasta que un día llega la policía...
Jude termina en un centro de acogida donde los tutores, que saben por qué motivo está allí, también se aprovechan sexualmente de él. Al final decide huir y termina parando a camiones y se prostituye, porque él sólo quiere llegar a Boston para estudiar una carrera. En una gasolinera le recoge el doctor Tracey, que le lleva a su casa, le cuida porque descubre que tiene una enfermedad venérea, le da de comer y le encierra en el sótano. Cuando se recupera, también Tracey, que dice que es psiquiatra, abusa de él.
Jude quiere escapar, pero sólo conseguirá salir cuando Tracey le lleve a un descampado helado y le haga correr, terminando por atropellarle.
Jude se encuentra enfermo, tiene llagas en las piernas, pero se convierte en uno de los mejores abogados de Nueva York. Después de trabajar en la fiscalía, termina en un despacho de abogados donde se convertirá en un hombre rico. Además su profesor Harold, que sabe que no ha tenido una buena vida, decide adoptarle junto a su esposa Julia.
Todos sus amigos saben que Jude ha tenido problemas en su pasado, pero ninguno se imagina hasta qué punto. Sólo Willem se da cuenta de que no puede dejarle solo, o quizás le recuerda en cierto modo a su hermano Hemming, pero Willem decide vivir con él, aunque éste se ha convertido en actor y tiene que marcharse a rodar por el mundo durante largas temporadas.
Y en cierto momento, Willem se da cuenta de que se ha enamorado de Jude. Ojalá cada Jude tuviera un Willem que cuidara de él, en la vida misma.
Es un libro duro, está muy bien escrito y merece la pena leerlo. Pese a que se te rompa el corazón.
Una mención para la portada, que a primera vista parece un hombre llorando, pero es un hombre teniendo un orgasmo (muy a propósito con la trama de la novela). La fotografía es de Peter Hujar.
LA AUTORA:
Hanya Yanagihara es novelista, editora y escritora de viajes. Vive en Nueva York.
EL LIBRO:
Título original: A Little Life
Autora: Hanya Yanagihara
Traductora: Aurora Echevarría
Editorial: Lumen (22ª edición, en enero de 2024)
Número de páginas: 1004
ISBN: 9788426403278
Valoración: 9/10
RETOS:
* PopSugar Reading Challenge: Un libro con un personaje principal que tiene 42 años.
viernes, junio 21, 2024
jueves, junio 20, 2024
Una postal de Roma
Y nosotros volamos a Roma el sábado, también me ha pedido que le envíe una postal.
miércoles, junio 19, 2024
Viaje a Atenas: Algunas curiosidades
Grecia está muy influida por los mitos clásicos, así que toda la vida ateniense se rodea de historias mitológicas. Proliferan los ojos y las lechuzas.
El ojo turco o griego se utiliza para la protección contra la influencia negativa de la envidia y del mal de ojo. En cuanto a la lechuza -o mochuelo- es el ave que acompaña siempre a Atenea.
También llamaban la atención las estatuas de burros en las entradas de los restaurantes. Se asocia a Dioniso.
El nivel de vida de los griegos es mucho más bajo que en España. Viven casi totalmente del turismo. Y hay en sus calles mucha gente pidiendo limosna, mucha pobreza y miseria en general.
Sus calles están llenas de gatos, por todos los sitios donde vayas. No se asustan de la gente, y muchos se acercan melosos a las mesas de los restaurantes para que les des comida.
En Atenas me desplazaba en metro. Sólo tiene tres líneas que se entrecruzan entre sí, pero está muy bien señalizado.
La señal de la boca de metro es una especie de M azul con un punto sobre un círculo claro.
Me llamó la atención una señal en Omonia donde aparecía la imagen de un hombre con un niño, es decir, que no es una zona donde los niños deban ir solos, sino acompañados por adultos.
También tuve ocasión de ver la estación central del tren, donde teníamos que coger el autobús para Meteora. Llegué caminando por la mañana, pero por la tarde el guía nos recomendó que cogiéramos el autobús o el metro, ya que era una zona peligrosa por la noche. Eso me recuerda a que también nos explicó que había muchos peajes en Grecia, ya que al menos ese día pasamos por diez o quince en el trayecto de ida y otros tantos en el trayecto de vuelta. Es decir, que salir a las carreteras griegas sale caro.
Una cosa que me sorprendió mucho es la cantidad ingente de farmacias que había. Cada dos pasos había una farmacia.
En resumen, a mí Atenas me gustó mucho. Volvería mañana mismo. La gente es magnífica, la comida está riquísima, y te rodea tanta historia que da gusto. Y volveré, claro que volveré.
Viaje a Atenas: Omonia
Tenía el hotel en el barrio de Omonia, un lugar cercano a la universidad, pero no del todo recomendable, aunque el hotel se encontraba a dos manzanas de la parada del metro y la plaza principal estaba llena de restaurantes y tiendas.
En Omonia vi manifestaciones en contra de la guerra de Israel, pero también vi prostitutas y drogadictos.
Lo cierto es que está cerca de la Plaza Syntagma, y siempre estaba lleno de gente. Pero siempre echa para atrás el nivel de miseria a pie de calle...
Viaje a Atenas: Gastronomía
Ya cuando estudiaba en Salamanca visitaba a veces un restaurante griego que se ubicaba en la Plaza San Justo, en plena zona de bares, y que hoy no existe. Por tanto, la comida griega no se me hace desconocida.
El primer día, en cuanto bajé de la Acrópolis, sólo quería comer moussaka, esa especie de lasaña con berenjenas. Me encanta este plato griego...
También comí souvlaki, una especie de brochetas de carne que suelen ir acompañadas e intercaladas con verduras.
El día que fui a Meteora nos indicaron que teníamos un restaurante bufete donde comí una ensalada y pollo con pasta.
Un día para almorzar también comí una especie de empanada de espinacas. Y es que en Grecia se come mucha espinaca.
Un día en el centro de Atenas comí el típico tzaziki, una salsa de yogur, zumo de limón y eneldo que se suele tomar como entrante o primer plato. Está riquísima.
Recuerdo que en el mismo restaurante pedí un segundo plato que no había y el camarero, que chapurreaba algo de español, me recomendó un stifado, una especie de estofado de ternera guisada con cebollas enteras (pequeñas pero enteras y bien cocidas). Estaba delicioso.
Pero lo que me trae grandes recuerdos es el famoso yogur griego, que aunque no se inventó aquí, tiene tanta fama que bien merece la pena. El yogur griego es más amargo de lo que estamos acostumbrados, por lo que lo sirven con miel para darle dulzor, y en un plato hondo. Se me hace la boca agua sólo de pensar en lo bueno que estaba. Jamás antes he probado un yogur tan rico.
¿Qué decir del café griego? En cualquier sitio te preguntan si quieres café normal o café griego. De cazuela, con posos, negro. Tienen una forma especial de hacerlo. Y aunque yo no soporto los posos en la taza de café, tenía que probarlo.
En cuanto a las cervezas, la que más bebí es la Mythos, pero también Amstel o Sparta.
En cuanto al vino... El vino griego tiene mucha fama, así que no es de sorprender que el regalo de bienvenida del hotel fuera una botella de vino tinto, que vino a España igual que me la habían dejado. Además en el aeropuerto compré más vino. Es cierto que allí no lo probé pero tendré oportunidad de probar vino griego aquí.
Nunca había estado antes en Grecia, pero volveré. Y la comida, en general, es exquisita. También probé los gyros, que viene a parecerse a los bocadillos turcos.
También me sorprendía ver los puestos de fruta en las calles del centro de Atenas.
Viaje a Atenas: Monastiraki
La víspera de marchar caminé mucho por Atenas, entré en varias tiendas de deporte porque mi hermano pequeño y mi sobrina de diez años querían una camiseta cada uno del Olympiakos. En todas las tiendas que entré junto a la Plaza Syntagma me dijeron que encontraría en Monastiraki.
Cuando salí del metro me encontré con una pequeña pero populosa plaza que, a su vez, es uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Desde el centro de la plaza se veía la Acrópolis y muchos de los edificios tienen terrazas para admirar el Partenón al atardecer.
En el medio de la plaza había gente cantando o bailando mientras la gente hacía corro a su alrededor, y desde allí había infinitas arterias plagadas de tiendas de todo tipo, donde predominaban las tiendas de sandalias y de souvenirs.
Cogí una de las calles, llena de gente y de tiendas, y entonces, desconociendo los colores, me encontré de frente con una tienda del Olympiakos. La persona que me atendió se sorprendió cuando le pedí la camiseta para una niña de diez años, pero salí de la tienda con las dos camisetas oficiales del Olympiakos.
Y como era un lugar para soñar me dejé caer en una y otra tienda, donde había cantidad de regalos, lo que no estaba mal, ya que siempre quedaba algo que no había comprado. Allí fue donde traje unas máscaras de teatro griego, una para mi pared y otra para mi novio, nuestras tazas de Grecia, pero también detalles con el ojo griego o una lapicera con figuras negras sobre fondo naranja, igual que las antiguas cráteras griegas.
En ocasiones, hablando de Grecia, he nombrado las Grandes Panateneas, sin explicar lo que eran. El acontecimiento capital de la antigua Grecia era la procesión de las Panateneas, momento culminante de los Juegos Panatenaicos o Panateneas, que se celebraba para venerar a la diosa Atenea. La ruta atravesaba toda la ciudad, pasando por el Ágora antigua. El friso de 160 metros del Partenón en el Museo de la Acrópolis representa escenas de la procesión.
La festividad tenía dos versiones: una anual y relativamente tranquila para recordar el nacimiento de Atenea, más o menos en julio, y otra más populosa cada cuatro años. Ésta, las Grandes Panateneas, empezaba con bailes, seguidos de torneos atléticos, teatrales y musicales. A partir del siglo IV a.C., el Estadio Panatenaico acogía muchas de las competiciones atléticas, como un pentatlón (carrera, lanzamiento de disco y jabalina, salto de longitud y lucha), carreras de cuadrigas y un combate de lucha libre llamado pankration.
Los ganadores recibían como premio ánforas con aceite de los olivos sagrados de Atenas; algunas se exponen en el Museo Arqueológico Nacional.
El último día del festival, la procesión de las Panateneas partía de la puerta del Dípilon de Kerameikos, encabezada por hombres que portaban animales sacrificados a Atenea, a quienes seguían doncellas con ritones (vasos corniformes) y músicos que tocaban mientras las muchachas nobles sostenían en alto el peplo sagrado (una preciosa túnica de color azafrán); durante el año anterior, estas jóvenes escogidas habían tejido dicho peplo para el festival, lo que constituía un alto honor.
La procesión discurría por la Vía Panatenaica, que atravesaba el Ágora antigua y pasaba por medio de la Acrópolis. La entrada a ésta no estaba permitida a todo el mundo, pero durante la conclusión del festival, las agraciadas colocaban el peplo sobre la estatua de Atenea Polias en el Erecteión.
Junto a la plaza de Monastiraki se encuentra la antigua Biblioteca de Adriano. Son los restos de la mayor estructura levantada por Adriano (siglo II), que no sólo era una biblioteca, ya que funcionaba también como sala de lectura y centro de reunión.
Su planta era la de un típico foro romano, con un estanque en el centro de un peristilo con 100 columnas. La fachada de poniente, junto a la entrada, ha sido restaurada. Aparte de eso sólo quedan los restos de la biblioteca, además de las dos iglesias construidas en los siglos VII y XII. Lamentablemente no pude entrar porque cuando llegué estaban cerrando.
El Imperio Romano se apoderó por primera vez de una parte de Grecia en el 146 a.C. En el 86 a.C. Atenas se sumó a una malhadada rebelión en el Asia Menor encabezada por el rey del Ponto, Mitrídates VI. En castigo, el dictador romano Sila invadió Atenas y la despojó de sus esculturas más valiosas. Convertida en provincia de Aquea, la península griega quedó oficialmente sometida a Roma, pero a algunas ciudades grandes se les concedió un autogobierno limitado.
A la obtención de tal privilegio ayudó también la veneración que los romanos sentían por la cultura griega, y así Atenas conservó su posición como centro del saber. La ciudad floreció bajo el poder de los emperadores romanos Augusto, Nerón y Adriano. Adriano la consideró capital cultural de su imperio e invirtió en una biblioteca, templos y un acueducto. La Pax Romana, un período de relativa prosperidad, duró en Grecia hasta mediados del siglo II.
martes, junio 18, 2024
Exposición de los Milagros del Santo
Viaje a Atenas: Librería Books Plus +
En pleno centro de Exarhia, frente a la Biblioteca Nacional, entré en una librería. Se llamaba Books Plus +.
Adoro las librerías aunque no podría comprar un libro en griego en ellas, pero sí que me gustó pasearme entre libros.
La librería era muy moderna, pero en una pared había una réplica del lienzo de La Academia de Atenas, de Rafael, que era impactante (muy en consonancia estando casi enfrente la Academia de Atenas).
Había una estatua de un gato gigante en las escaleras y recuerdos de Atenas atípicos, es decir, los que no venden en las tiendas de souvenirs. Y allí compré una serie de marcapáginas preciosos, pero también una libreta para escribir sobre Atenas, con imágenes en sus páginas, como a carboncillo, de los lugares más emblemáticos de la ciudad.
Y también me topé con las novelas de Ken Follett en griego. Reconozco que a mí el griego tampoco me resulta tan desconocido, ya que en 3º de BUP dio clases de griego clásico, pero verlo en griego fue algo... increíble.

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