martes, diciembre 21, 2010

Como huellas en la arena


Hay momentos que se borran con un plumazo del viento. Hay otros instantes que se graban en la memoria eternamente.
Las huellas que una tarde dejé en una playa cántabra, hace ya unos meses, se borraron con el tiempo. No recuerdo haber caminado descalza por aquella playa, pero sí la dulce sensación de la arena deslizándose por mis pies. Y recuerdo en aquello en lo que pensaba.
Las sensaciones más dulces de los últimos meses siempre me llevan a pensar en una persona especial de mirada angelical. Quizás porque similar tranquilidad a la que me brinda el mar es la que encuentro cuando miro directamente a esos ojos en los que hay un mundo entero, pero un mundo donde todo es perfecto.
Mis huellas se borraron en aquella playa de Suances, igual que se borraron los días más negros de la semana pasada, las lágrimas amargas que no me permitían dormir por las noches. Lo que jamás se podrá borrar, ni siquiera con fuego, es la grandeza de esa persona que cada mañana me hace sonreír al contemplar su mirada angelical.
Los instantes de él son imperecederos, eternos quizás.

Niebla espesa

Vengo literalmente acojonada. ¿En qué momento se me ha ocurrido salir a la carretera: cuando más niebla hay? No me he fijado a qué velocidad venía a casa, porque iba con los sentidos alerta. Cuando hay tanta niebla se pierde un poco la noción del espacio. Estás tan concentrada mirando las líneas difusas de la carretera que llega un momento que no recuerdas si has pasado la siguiente curva o en qué parte de las obras estás. Y es que es ésa: que la carretera aún tiene las líneas amarillas de obras, que por otro lado se ven mucho peor que las blancas normales. Podría ir a 40 ó 50 por hora por una carretera nacional en obras y, a medida que me acercaba a casa, se veía mucho menos aún.
Me temblaba el pie del embrague. Bueno, eso no es posible, porque no hay embrague, pero he venido un poco temblorosa. Cuando he metido el coche en el garaje he suspirado de tranquilidad.

Ahora bien, tengo que decir que al sacar el coche, hace un rato, he visto otro coche. He sonreído. La cercanía de ese ángel siempre reconforta. Me gustaría contarle mi pánico en la carretera no hace ni media hora.

Lo de la carretera es lo que más me impulsa a comprar una vivienda para evitar situaciones como la de regresar a casa con una niebla tan espesa como la de esta tarde.

La dulzura que emana de un ángel

Hoy el día tiene otro color. Desde media mañana deseaba poder explayarme describiendo un momento indescriptible. Pero como he estado muy ocupada, no ha sido posible hasta ahora.
Podría decir mil cosas y nada se aproximaría a ese instante de él. Hoy me he sentido hechizada por un ángel. No sé si es su dulzura, su sonrisa, su mirada, su voz... Posiblemente sea todo él en conjunto.
Supongo que es algo parecido al orgullo lo que me impedía coincidir con él en ese lugar a esa hora. Pero entonces le he visto tan guapo, tan dulce, tan enigmático... Mi corazón (y quien dice esto se refiere a que mis pasos eran guiados por el corazón) me ha llevado a seguir el mismo camino que él. En unos pocos minutos me encontraba disfrutando de su presencia.
Como una quinceañera me volvía a temblar la voz al preguntarle cómo le iba todo, mientras inconscientemente iba grabando en mi memoria destellos de esa mirada que concentra lo más hermoso del mundo. Estaba guapísimo.
Hacía meses que no me temblaba la voz en su presencia. Si cerrara los ojos recordaría esa voz tan suave y sentiría un escalofrío al rememorar.

¿Cómo he podido vivir tantos días careciendo de ese momento de álgida, aunque fugaz, felicidad que ofrece él con un instante tan enriquecedor? No lo entiendo. ¿Cómo he vivido sin él durante una semana larga? Sigo sin entenderlo.

Es curioso, porque al cruzarme con él he olvidado la amargura de hace unos pocos días. Contemplar la belleza en su mirada me reconforta, siento como si me abrazara con los ojos cada vez. Al reflexionar, no entiendo cómo he podido estar tantos días sin esa dulzura que emana de él.

Le quiero más...

Hacia dónde caminaré mañana

El camino a veces se desvía por extraños atajos de la providencia que, en vez de abreviar los minutos, consiguen que el camino se convierta en algo más arduo.
Un día caminaba por ese sendero en solitario y me encontré con un ángel. De repente todo lo que me rodeaba había cambiado, o quizás simplemente me había parado a contemplar aquello en lo que antes ni por asomo me hubiera fijado.
El azar puso a ese ángel en mi camino, así que si algún día se difuminara debería ser también cosa del azar. Aunque a veces ese ángel me haga llorar.
Cruzaré océanos, subiré montañas, atravesaré países enteros, escucharé dialectos antiquísimos... pero vaya donde vaya esa persona siempre estará en mi corazón.

Y de vez en cuando me permitiré un minuto para soñar que le cubro de besos el rostro, que siento un escalofrío al rozar su piel, que enredo mis dedos en su pelo. Soñaré con sus ojos, con su voz, con sus manos...





Pero nunca será suficiente.

lunes, diciembre 20, 2010

Noches sin estrellas

No hace mucho he hablado con mi primo. Es su cumpleaños y casi se me pasa, pese a que ha aparecido en el periódico.

Me encuentro completamente relajada, pese a que siento que me falta algo. Supongo que me faltan sus pupilas mostrando lo mejor del mundo.

Por la calle


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Mi hermano me ha dicho que me va a regalar un baúl lleno de libros de lectura con varias temáticas para que no me aburra. Le he dicho que un regalo ha de ser sorpresa. Entonces me ha respondido que algo así no podía ser sorpresa, puesto que le tengo que hacer llegar el listado de libros para que no compre ninguno que ya tenga.
No sé si se piensa que es una lista de unas pocas páginas. Con todo lo que conlleva: tengo que apuntar los que no me he leído pero tengo en la estantería, puesto que yo sólo apunto en esa lista cuando los he terminado. Pueden ser veinte o treinta más, así que no requiere tanto esfuerzo.

He estado caminando y hace un frío espantoso.

Mis ojos se han desviado hacia un sitio. Con tanta luz se veían todos los armarios. He sonreído. Creo que me gustaría ser invisible para colarme por esa ventana. Y eso me ha llevado a pensar que quizás podría escribir un email. Podría haber esperado, pero vaya...

Emociones en la memoria

¿Qué es una emoción? No es sólo un instante atrapado en el tiempo, congelado en los recuerdos, metido en un baúl para buscarlo de vez en cuando. Es algo que te hace vibrar, que te pone la piel de gallina, que te hace reír, cantar, llorar y desear.
Últimamente siento una ausencia total de emociones. Quizás porque muchas de esas emociones llegan con un ángel de mirada perfecta. Y cuando le veo sólo está él, su mirada, su voz, su sonrisa. Y en mi mente me imagino besándole, acariciándole, mirándole, tocándole, queriéndole.
Son sensaciones fugaces, pero muy intensas. Necesito mirar a esos ojos en los que se perfila toda la belleza del mundo.
No quiero olvidar ni uno solo de sus rasgos. No quiero que su rostro se difumine con el peso de los recuerdos.

Lo que ocurre es que le estoy echando de menos.

Antes de que se cierren los ojos

Me encuentro un poco a la deriva, en el momento previo a ese en que nos embarcamos en el mundo onírico. Estoy casi segura de que soñaré con un ángel, soñaré con que le toco el rostro y le miro a los ojos sin apartar mi mirada.
Y quizás mañana me encuentre con él. O quizás no.
Si de algo estoy segura es que si me encuentro con él, aunque sea el instante más fugaz que un ser humano puede imaginar, el día tiene un color especial, es más luminoso e interiormente siento cierta alegría. Y cuando no nos cruzamos el día es más oscuro, está más vacío y, en las últimas horas de la tarde, siento que me falta algo y entonces empiezo a echarle de menos.

Algunos lo llaman amor. Yo prefiero no llamarlo de ningún modo.

domingo, diciembre 19, 2010

Con mucho más brillo

Una vez oí que los mejores brillan mucho más en las peores circunstancias. Quizás sea cierto.
Sería incapaz de calcular desde hace cuánto tiempo le veo brillar o descubro un brillo especial en esos ojos llenos de bondad. Pero quizás ahora, cuando intento distanciarme, redescubro en él un esplendor aún mayor.
Le echo tanto de menos...

Sol de diciembre


Esta mañana me he despertado absurdamente temprano. Como el perrito no quería más que salir a la calle y había salido el sol, he optado por ir a la ermita en busca de la tranquilidad de un domingo a las once de la mañana.
El suelo estaba húmedo, pero no importaba. El sol invernal lo teñía todo de una belleza solitaria. Se estaba bien allí, con la ausencia de gente que llegaría más tarde.
Era inevitable no pensar en una persona. La paz de esta mañana me gustaría poder describírsela a esa persona tan especial.
Hacía frío, pero no importaba...
En cierto momento he sentido el calor de las lágrimas que resbalaban por mis mejillas.


Crónicas de un sábado por la noche

Quizás debería haber salido, pero con el frío que hace he optado por quedarme en casa. Quizás es porque recuerdo el último sábado y siento una oleada de rigidez que se me terminan quitando todas las ganas de ir de fiesta.
Quizás lo que ocurre es que no me apetece ver a una persona, aunque creo que hoy no iba a estar. O quizás porque no le veré es lo que hace que la balanza se incline para quedarme en casa.
Lo cierto es que me apetecía un sábado tranquilo. Un sábado que quería dedicarme a mí.
Creo que no estoy preparada para encontrarme con él. Esté o no esté...

Leeré un rato.

sábado, diciembre 18, 2010

De belenes y otras historias


Cuando he regresado de Ezcaray he ido a comprar el pan. Ni siquiera recordaba que estaban con los preparativos del belén. Y, en vez de ir en coche, he caminado entre los puestos. Había demasiada gente. Se supone que empieza a las cinco, pero yo no creo que salga hasta que anochezca (y sin disfrazar).
Lo que me apetece es leer durante un rato. Quizás pensar en todo lo que ha pasado (y no ha pasado) esta semana.

La brisa fría de Ezcaray

Para venir a Ezcaray me he encontrado tramos del camino completamente helados. Lo que peor estaba era el puente de Ojacastro. Aquí hace mucho más frío.
Allí he visto un coche que no se ha movido del sitio desde ayer. Tenía una fina capa de escarcha y me ha entrado un frío... He venido todo el camino pensando en él.

En Ezcaray hace mucho frío.

viernes, diciembre 17, 2010

Un instante de magia

Mañana por la mañana tengo trabajo, pero por la tarde hay belén. No creo que me disfrace, aunque sí que me mezclaré entre la gente...

No me gustan los sábados que tengo que madrugar.

Hoy he vuelto a sentir la magia. Es curioso cómo un pequeño instante después de muchos días casi vacuos hace que el día se convierta en un día casi perfecto.

Había perdido la sonrisa

Esta mañana he llegado como cualquier otro día, es decir, que me he dado media vuelta en la cama y cuando he abierto los ojos eran las 8.30. He llegado una hora más tarde de lo que debería haber llegado.
Por eso aún estoy todavía en la oficina. Pero considero que ya debo marcharme, quizás para echarme una siesta y soñar con él. Porque hoy he visto a esa persona especial. No debería admitirlo, pero he vuelto a sonreír.
Y es que esta semana había perdido la sonrisa. Sólo que en un instante puedes ver a alguien que te brinde las alegrías suficientes como para hacerte sonreír. Con sólo mirarle a los ojos y ver en ellos tantas cosas buenas. En ese momento me hubiera gustado abrazarle, susurrarle "gracias" y perderme en esos ojos que siempre contienen todo lo mejor del mundo, dejarme contagiar por su dulzura...

Hace unos minutos me iba a casa.

El retorno de la magia

Entonces una fuerza invisible me impulsa a mirar hacia atrás y ahí está... guapísimo. Como un ángel.
No me lo creía. De repente he sentido su magia, su dulzura, su belleza interior. Un imán me impulsaba hacia él.
Le echaba mucho de menos, por eso me siento como 'tocada' por ese instante. Y me veo de nuevo atrapada en su hechizo.

Estaba guapo. Creo que no puedo estar sin él, sin su mirada, sin su sonrisa, sin sus palabras. Es que además en ese preciso instante he sentido que le quería más que nunca.

Y de repente llega el insomnio

Lo más crudo de las noches es intentar embarcarte en el mundo de los sueños y no poder pegar ojo. Lo que me alegra de mañana es que llega el fin de semana.

Creo que debería intentar dormir.

jueves, diciembre 16, 2010

Poco más de las siete

Es una buena hora para marchar a casa. Tengo frío y me apetece desconectar un poco de todo.

Pienso en él, porque a veces su imagen perfecta, angelical, tranquila me hace sonreír. Su recuerdo me trae un poco de brillo.

Es un buen momento para marchar.

La mariposa invisible

En estos momentos me gustaría ser una mariposa. Tiene que ser de vivos colores porque, de lo contrario, no podría sonreír. Me convertiría en un ser tan diminuto como para pasar desapercibida. Saldría volando a la calle y empezaría a aletear: un metro, diez metros, ciento veinte metros, doscientos y pico metros, me asomaría a la ventana y esperaría a que alguien la abriera para colarme por la ranura y posarme en su hombro.
Seguro que está guapísimo, aunque en los ojos de la mariposa no se distinguen los colores.

Esto me lleva a pensar en todo lo que le echo de menos. Y que lo que yo creía que no me iba a afectar tanto, me está afectando realmente. Quizás mañana a la hora en que suelo coincidir con él intente estar donde podría estar él. Necesito la vida que hay en sus ojos, necesito ver todo lo mejor del mundo en él, necesito su sonrisa, su mirada, su saludo. Sin él nada tiene sentido...

La mariposa invisible ve lo que yo no puedo ver en estos precisos momentos. Aunque esa mariposa sea un trozo de mi alma. Quién fuera mariposa para poder acercarme a él.

Sí que le echo de menos. Y además, si la memoria no me falla, este fin de semana no le voy a ver.

El cuaderno azul


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Hacía tiempo que un libro no me producía tanto desagrado como para arrepentirme de leer lo que estaba leyendo. No es que el libro sea malo, sino que lo que narra es terrible. Tanto que hay ciertas partes que eran complicadas de digerir.

La novela cuenta la historia de Batuk, una niña hindú que termina en las redes de prostitución de Bombay. Había aprendido a leer y a escribir en un hospital cuando había sufrido la tuberculosis.
Con once años, su padre, el que le contaba historias, la lleva a Bombay, donde la vende a unos proxenetas que la terminarán enviando a la calle. Batuk sólo cuenta con su belleza y con sus palabras.
Habitando un cubículo en la Calle Común, uno de sus clientes la recomienda a una familia adinerada que la llevan a un hotel, donde unos corruptos jóvenes que siempre han tenido de todo crearán el caos.
Batuk termina en un hospital, como única superviviente de un fraudulento crimen.

La historia que se cuenta en estas páginas está basada en hechos reales. El autor es médico de un hospital donde acuden niñas hindúes, que viven en las calles, aquejadas de todo tipo de enfermedades. Lo que hizo fue preguntarles acerca de sus vidas. De ahí surgió este libro. Es crudo.