
Cuando por las noches alzo los ojos al cielo y me encuentro con esa oscuridad cargada de estrellas me siento muy diminuta, pero siento también que formo parte de esa inmensidad, que sólo soy una pequeña pieza de un puzzle gigantesco.
En las noches de verano me quedo extasiada mirando hacia el firmamento, me gusta observar las estrellas e intentar reconocerlas.
Intento buscar a Andrómeda, galaxia cercana a la Vía Láctea, que siempre cuesta mucho esfuerzo encontrar. Es complicado dar con ella, aunque haya un deseo terrible por encontrarla. Eso me recuerda a él: las pocas veces que le veo, la inexistencia de coincidencias para que nos encontremos de manera fortuita, con ese anhelo ferviente por cruzarme con él en cualquier lugar. Y disfrutando del momento en que eso ocurre.
Más allá, muy cerca se encuentra la constelación de Casiopea, que es más sencilla de encontrar, en forma de W, que siempre, desde la primera vez que me la enseñaron, me ha aportado tranquilidad, como esa persona. Siento que esa constelación me reconforta, me abraza con su brillo….
También a veces soy capaz de encontrar partes de la constelación de Orión, que me recuerdan lo mucho que le quiero, a pesar de no saber nada de él, que me recuerdan que cada día le quiero más que el anterior.
Pero hay una estrella única, que no necesita la oscuridad para regalar su brillo y su luz. Se trata de él, porque cuando aparece se oscurece todo lo que está alrededor y camina con luz propia. Con su única presencia todo lo demás carece de importancia. Él tiene su propia luz, su propio magnetismo, su propio brillo, su magia…
¿Para qué quiero estrellas en el cielo si conozco una estrella aquí abajo?