viernes, julio 28, 2006

Ese Catulo...


Odi et amo,
quare id faciam,
fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio
et excrucior.


[Odio y amo,
tal vez te preguntes
cómo puedo hacerlo.
No sé, pero lo siento
y así me torturo.]

Mis abuelos paternos

Cuando mi padre tenía tan sólo ocho años quedó huérfano de madre. Mi abuela Paula muere dejando un marido y varios hijos varones, muy chicos para cuidarse por sí mismos. Mi abuelo Floriano, a pesar de sus depresiones constantes, tiene que sacar adelante a un hijo de su mujer recién fallecida, a mi padre de ocho años y a dos mellizos más pequeños. De pequeña no entendía por qué mi tío P. tenía diferente apellido que mi padre. Esta es la historia que me contaron a mí:
Mi abuela Paula y mi abuelo Floriano eran dos jóvenes enamorados, que son cruelmente separados al estallar la guerra. Mi abuela se casa en un pueblo de Burgos con un militar, que le da dos hijos. Un tiempo después quedaría viuda y regresa con su primer amor. El mayor de sus dos hijos también morirá. Le explotó el corazón. Mi abuelo Floriano le abre los brazos y deciden estrechar sus lazos uniéndose en matrimonio. De esa vida en común nacerán mi padre y los dos mellizos. Mi tío P. comienza a estudiar en un seminario. Poco tiempo después mi abuela moriría también por un problema de corazón. La casa queda desamparada sin una mujer al mando. Después de unos años, unos vecinos de San Sebastián que sólo iban a mi pueblo por vacaciones, al descubrir que mi abuelo seguía solo y triste deciden presentarle a una mujer que paliara su soledad. Hablan con él y le dicen que quieren que conozca a alguien, una chica que también está sola, que decidió dejar su tierra natal, Extremadura, en busca de una vida mejor, y que se dedicaba a cuidar de personas mayores en la capital donostiarra. Así es como comienza una relación entre un hombre y una mujer que se estuvieron carteando durante años hasta el día de la boda. Y sí, ese mismo día se conocieron en persona. Gurmensinda se llamaba, pero todo el mundo la conocía como Tomasa. Esa es la abuela paterna que yo conocí.
En realidad, la historia de mis abuelos paternos, que se estuvieron conociendo por carta durante mucho tiempo, no difiere mucho de las actuales relaciones de internet. Aunque el mundo está muy cambiado desde entonces. Mis abuelos encontraron la compañía que necesitaban el uno del otro y fueron felices...

Recuerdos


Recuerdo un atardecer mejor
Recuerdo tu sonrisa enloquecer
Recuerdo tu mirada desfallecer
Recuerdo palabras ensombrecidas
Recuerdo un lamento renacer
Recuerdo días sin odio, sin engaños, sin traiciones
Recuerdo sonreír ante un frío descomunal
Recuerdo un despertar más feliz
Recuerdo haber vivido esto antes...
Y el recuerdo me lleva al olvido.
Aunque no pueda olvidar...

jueves, julio 27, 2006

Ein Pils, bitte!!


La primera vez que me tomé una jarra de cerveza de medio litro fue en Stuttgart. Casualmente llegué a una cervecería en una especie de sótano. Los porteros te ponían un sello en la mano y te regalaban una botella pequeña de Wozka. No recuerdo el precio de la entrada pero equivalía a una consumición gratis.
Cuando bajé los escalones mi sorpresa fue mayúscula. El garito era inmenso y estaba casi a oscuras. Al fondo cantaban en inglés unos greñas vestidos de escoceses. Había dos barras en los laterales. La cervecería estaba llena de gente. Me acerqué a la barra y no me comí mucho la cabeza, miré a los lados para ver qué tipo de cerveza bebía la gente y pedí: "Ein Pils, bitte!". Personalmente prefiero la Franziskaner o la Paulaner. La Pils es una marca tan generalizada en Alemania que cuando pides una cerveza a secas te ponen una Pils. Si quieres otra marca hay que concretar. Si pides cerveza en general te sirven la Pils. A mí me encanta, aunque prefiero otras. Pero esa noche sólo bebía esa. Las primeras jarras entraban bien, las últimas las veía doble.
Llegó un momento en que decidí marcharme si no quería ir a mayores. Los alemanes están acostumbrados y yo me notaba los colores y los calores.
Cuando el recepcionista de noche me vio llegar seguro que lo primero que le llamó la atención fueron mis mofletes. Alexander Bansa me preguntó: "Willst du ein Bier?". Le dije: "Ja". Ni siquiera necesitaba decirle que la quería grande, pues las noches anteriores me preguntaba y siempre le terminaba diciendo que grande. Gracias a esas jarras de cerveza en el mini-bar del hotel nos hicimos grandes amigos. Hablábamos de todo un poco y me solía corregir, sobre todo en el Genitiv, que por aquel entonces no controlaba bien.
Realmente no fue esa la primera vez que probé una cerveza de medio litro. Fue un año antes, en Berlín, donde me dediqué a catar todas las cervezas alemanas. Pero aquel recuerdo de Stuttgart es como un tesoro que guardo con un cariño especial.
Cuando voy al Molly Mallone siempre pido Franziskaner. Lástima que en la cervecería donde solemos ir en estas noches veraniegas no tengan más que Paulaner. Por supuesto, pedimos pintas. Ahora no me suben tanto como antaño. Quizás es porque me da el aire en la cara mientras saboreo ese sabor amargo.

"The Queen of the Damned"



De repente me han entrado unas inmensas ganas de ver "La Reina de los Condenados". Pero hay un problema y es que no la tengo aquí.

Pero quiero verla :(

Y escuchar la banda sonora... Sí :D

Korn: Forsaken (Queen of the Damned)

Correos

Lo que más me gusta de la oficina de Correos de aquí es que cuando voy no tengo que esperar al número. Al ser un horario continuo opto por ir siempre al mediodía. Se respira tranquilidad.
Ayer tuve que ir a recoger una tarjeta que debieron de enviarme el lunes y yo no estaba. Fui, a pesar del calor, al mediodía. No tuve que esperar. Hoy he vuelto. Era más tarde, sobre las 4, pero tampoco he esperado.
Odio las largas esperas. En Roma me las tuve que tragar porque no me quedó más remedio, aunque mereció la pena. Si ahora fuera a la oficina de Correos seguro que tendría que esperar como una hora hasta que toque mi turno
Cuando antes cogía el billete de tren lo reservaba por teléfono. Tenía que ir a recogerlo a la estación de tren. Siempre había muchísima gente, sobre todo cuando había festividades o vacaciones cercanas. Pero había una ventanilla con preferencia para reservas, donde casi nunca había fila.
Una vez un señor mayor que llevaba esperando bastante rato llegó a saltarme que me colaba, que debía coger número... Le dije respetuosamente que tenía reserva y que no tenía que esperar. Empezó a desvariar y a soltar exabruptos por la boca hasta que la señora que había en la ventanilla de reservas le dijo que se callara porque hablaba sin razón.
Ahora ya no reservo porque descubrí que en las agencias de viajes era más rápido sacar el billete y me pillaban más cerca.
Tengo que volver a Correos cualquier día de estos a mandar otro sobre, iré al mediodía, y a pesar del sol estaré poco rato allí.
En otras ciudades, como Logroño, Correos se cierra a las 2 de la tarde. Quizás es una gran suerte que aquí haya jornada continua.

Hoy soñaré contigo y dormiré con los ángeles, pero llegará un día en que soñaré con los ángeles y dormiré contigo

Cuando me voy a la cama intento dejar mi mente en blanco. No puedo. Lo consigo durante cinco minutos, pero de repente empiezan a aparecer imágenes de todo tipo por mi mente. No lo puedo evitar, aunque lo intento.
Me cuesta muchísimo dormir y me da pánico, cada vez más, irme a la cama. Simplemente porque hay imágenes y sueños que se repiten en mi cabeza. Se me encoge el alma cada vez que evoco esos momentos en que camino por mundos que están en otra dimensión.
Sí, soñar es bonito. Pero cuando no quieres soñar es un viaje bastante costoso, donde los obstáculos son difíciles de sortear.
Me gustaría que los sueños desaparecieran esta noche. Lo que más duele es que lo que sueño pertenece a un mundo demasiado maravilloso como para mirarlo con buenos ojos. Es por eso que no quiero soñar hoy. Los sueños, hoy en día, me llevan a una melancolía sin final.

Dos artistas de diferente palo

Hace casi un año de esta foto. No hacía ni dos meses desde que salí del hospital. Ahí quedaban los restos de las "magulladuras" que me dejaron las grapas en el ombligo. Junto a él, un pegaso vuela.
Lo que queda en mi ombligo hoy en día no es nada. No se nota ni siquiera la fina línea que cerraba la herida. Este verano me ha dado el sol y ni siquiera se percibe ese fino hilo de lo que era hace un año. Qué artista el médico, igual o mejor artista que el que me tatuó un pegaso ahí.

No sé por qué de repente me vienen a la mente aquellas palabras de Antonio Machado:

Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.

Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.
¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!

¿Se puede olvidar?

Ducan Dhu: Una calle de París


Hablaba la pasada noche con Mireia. Comentamos muchas cosas. De repente llegó un momento en que no nos pusimos de acuerdo. Ella me decía que es fácil olvidar a una persona. Yo le decía que no, que es imposible, y cuanto más lo deseamos más difícil se hace. Me acordaba de aquel dicho: "Querer olvidar a alguien es recordarlo para siempre".
No es que quiera olvidar a nadie y, aunque lo deseara, sé por experiencia que es imposible. Simplemente fue una conversación que me hizo pensar. Hablamos de generalidades. Ella me decía que había olvidado a alguien con la vieja frase esa de "un clavo saca otro clavo" y yo le decía que para querer a alguien nuevo primero era necesario sacarse de dentro al anterior.
No nos pusimos de acuerdo.
El caso es que llega un momento en que no quieres olvidar nada ni a nadie. Al menos en mi caso prefiero quedarme con todos los recuerdos y con todos esos momentos. No los puedo tirar como si no significaran nada. Me costaría mucho y quizás el vacío sería demasiado doloroso.
Ya una vez me vacié de sentimientos y estaba a todas horas cabreada con el mundo. No merece la pena. Aunque te vacíes por dentro, la cabeza se rige por unas reglas diferentes y nunca olvida nada, como mucho lo deja caer en el subconsciente y lo hace aflorar en los momentos más inesperados.
Olvidar... no, eso es imposible.

martes, julio 25, 2006

La Fontana di Trevi

Vivo per Lei

Anochecía cuando vi la Fontana di Trevi. A pesar de que estaba llena de gente pude admirar la belleza de esas curvas de piedra, la sensualidad de esa imagen que se mostraba ante mis ojos.
Es admirable. En sus límpidas aguas se veían las monedas que la gente tira a diario. Y toqué las aguas. No podía marcharme sin meter mi mano en la fuente.
Cuando miras hacia la colosal escultura, realmente dan ganas de alcanzarla. Es un monumento precioso.
Me hubiera gustado verla de día, pero por falta de tiempo no pudo ser.
Y pedí un deseo...

Perdí la cuenta

Después de llevar dos tarjetas para la cámara y que se me acabara una, perdí la cuenta de las fotos del viaje, pensaba que rondaban entre las 300 y 400, cuando la sorpresa que me acabo de llevar es descomunal.


525 fotos... Anda que no tengo cosas que enseñar ni nada :D

Tiempo de reflexión


Estos últimos días he tenido mucho tiempo para pensar. Recuerdo en el viaje a Madrid, en el autobús, donde cogí una página del periódico y sobre una imagen escribí esto:
"Atrás quedan las enormes cúpulas de Salamanca,
atrás queda todo lo que nunca dije,
atrás queda todo lo que jamás diré.
El Tormes corre tranquilo a mi lado.
9.17 en el autobús.
Hoy dormiré en otro país. Roma tiene los brazos abiertos para mí.
¡Oh, Roma, la bella Roma!"

En el avión tuve un sueño, es demasiado desgarrador para volver de nuevo a él. En otras circunstancias cabría tildarlo de pesadilla, pero en aquellos momentos poco me importaba. Recuerdo que pensaba en ciertas circunstancias y se me caían las lágrimas.
En la capital italiana poco tiempo tuve para pensar. Vivía el momento, ese "Carpe Diem" tan nombrado por tantos autores. Estuve en las alturas y a todas horas estuve rodeada de gente de todo el mundo, sobre todo de españoles.
En cada rincón me encontraba con restos de historia, en cada rincón había un italiano que me saludaba. Entendía el italiano a la perfección, aunque me costaba hablarlo; comprendía a la gente que me hablaba en inglés; y la mayoría debían leer en mis ojos que era española pues muchos me hablaron en mi propio idioma.
Roma es exquisita en cuanto a arte se refiere, pero cojea en otras cosas. Es una ciudad que, para todo lo que tiene, no está bien cuidada ni bien organizada. Los italianos son acogedores y de más de simpáticos. También llega hasta allí la gran riada de inmigrantes, que rondan las zonas turísticas.
Dibujaba el Panteón en las escaleras de enfrente cuando dos niños se me quedaron mirando. Les sonreí. Eran españoles pero yo no dije nada. Estaba sumida en mi mundo y, a pesar de estar rodeada de gente, me sentía demasiado concentrada para notarlo.


De repente llegó la hora de volver. Ayer pensaba que quizás tendría que quedarme una noche más allí (no me hubiera importado). En el avión de vuelta no pensé. Me dediqué a mirar las nubes, el paisaje de abajo. Cuando veía las nubes creando esas imágenes pensaba que eran dioses que estaban durmiendo. Era otro reino, inalcanzable para nosotros. Vi el mar azul abajo, ese mar Mediterráneo en toda su plenitud. Había pedido: "finestra, per cortesia". Aterrizar me da vértigo, y siempre pido ventana en el avión, a pesar de que me dan miedo las alturas. Pensaba que con el retraso perdería el autobús, pero llegué a tiempo. Cuando me senté hice una llamada que me devolvió la sonrisa. Sólo Joan es capaz de hacerme reír. El domingo había sido su cumpleaños. Le llamé muchas veces desde Roma pero ninguna cogió. Ayer me comentó que había pasado el día en la playa y no se había llevado el móvil. Debería hablar más a menudo con él porque tiene salidas que son para soltar grandes carcajadas.
No quería dormirme en el autobús de vuelta, pero no pude evitarlo. A pesar del aire acondicionado y que no tenía ropa para taparme, caí en el delirio onírico hasta que vi el centro comercial "El Tormes", que me despertó con sus luces. Está en Santa Marta de Tormes, a cinco minutos de Salamanca. Me restregué los ojos. También había soñado, recuerdo todo lo que vi pasar mientras mis ojos habían estado cerrados. Era una mezcla de monumentos romanos y una persona que se diluía en el espacio y en el tiempo. Debería mirar en el Diccionario de los sueños. Hay cosas realmente inexplicables y no sé interpretar lo que sueño.

Nadie es más que nadie


En este mundo nadie es más que nadie...

no podemos redimirnos a la voluntad de otras personas,
no podemos dejarnos humillar,
no podemos dejar que nos lleven de aquí para allá
como si fuéramos marionetas
y no podemos permitir que nos pisen.

Y entonces sale a flote eso que se llama ORGULLO, y hacemos cosas que no hubiéramos hecho antes.

Cuando yo me marche...


Cuando yo me marche y te deje...
sabrás entonces... lo mucho que te amé...
buscarás en las estrellas el brillo de mis ojos...
pero estarás decepcionado... porque no lo vas a ver...

Cuando yo me marche y te deje...
sentirás un frío tu cuerpo recorrer...
mirarás el cielo y buscarás mi manto...
pero será tarde porque no te cubriré...

Cuando yo me aleje... cuando yo me marche...
me iré llorando por perder sintiendo tanto dolor...
pero te darás cuenta... de que ambos habremos perdido...
por un malentendido... el verdadero amor...

Pero cuando me marche... en cada paso que dé...
estaré dejando huellas en mi camino...
para que cuando te decidas...
sepas por dónde volver...
y vivir juntos para siempre unidos...
para cuando me marche...

Roma: una visión, un recuerdo

Tristeza por la vuelta, huelga de controladores en Barcelona, Baleares desde el cielo, aeroporto Fiumicino, tren regional desde la estación de tren de Termini, Eloína y su madre, una ventanilla equivocada, Parco Via Appia Antica, Via Appia Nuova, capucchino en la plaza, paseo por una calle inmensa, Termini Stazione y deposito de baggagio, despedida en el hotel Brasile, desayuno a las 8.00, hacer la maleta, cena en el hotel mientras veía las noticias en italiano de TG2, una hora de internet en el centro, Santa Maria Maggiore, Piazza della Reppublica, despedida del Colosseo, Palatino, circo Massimo, tallarines con cerdo y champiñones en una terraza junto al Foro, Plaza de Venezia, subir los escalones del monumento a Vittorio Emmanuel II bajo un sol terrible, ver el cambio de guardia a las 13.00, Museo Capitolino, refrescarse junto a los pies gigantes de piedra de un dios latino, paseíllo por el Foro Romano, Arco de Tito, el Colosseo (impressive!), unas filas inmensas, Tíber, un italiano de ojos verdes que se me ofreció para enseñarme la ciudad, la Piazza del Popolo, los guapísimos Carabinieri, Piazza Navona, la tienda de Ferrari, hotel con los pies negros, el Tíber y sus puentes, el castillo de Saint´Angelo, las catapultas y los cañones, terraza en la zona vaticana, los Museos Vaticanos, inmensa fila llena de pedigüeños, los Carabinieri haciendo levantar los puestos ilegales de africanos que sólo vendían bolsos, la Capilla Sistina, arte en todas sus dimensiones, esculturas de muchísimos siglos, Laocoonte, San Pietro, la tumba de Juan Pablo II, la plaza del Vaticano, la riqueza del clero, el Panteón, la Fontana di Trevi, la Piazza de Spagna, lasagna a la luz de las velas... Tantas cosas y otras tantas que me he dejado...

viernes, julio 21, 2006

Ligera de equipaje


A las 6.45 sonaban todos los despertadores, aunque yo llevaba varias horas despierta. Al menos el viaje a Roma eclipsa otro tipo de pensamientos. En parte, me alegro.
Me he puesto minifalda, unos tacones de espanto y la maleta no me pesa. Siempre me pongo ropa llamativa cuando voy a coger un avión, es que siempre me pita algo. Acabo de recoger los últimos restos de comida que pueden dar vida a nuevas especies vivas en mi frigorífico.
Me queda poner el candado en la maleta, que va casi vacía, pero volverá hasta los topes. En un cuarto de hora (no llego, no llego) debería coger el urbano para la estación de autobuses. Tendrá que ser el de las 8 menos cuarto. Si es que al final voy a tener que esperar en Filiberto Villalobos. Y me dará tiempo a desayunar por segunda vez.
Lo que más pesa es el monstruo que anida en mi interior. Lo abandonaré en Roma para no volverle a ver nunca más. Lo dejaré con el resto de fauna que vive entre los muros supervivientes a tantos siglos de historia.
Necesito este paréntesis, aunque mi mente a veces viaje a otro sitio y se me vuelvan a rasgar los ojos en señal de duelo ¿o quería decir dolor? Pero desecharé pensamientos tristes estos días.
Disfrutaré al máximo, visitaré lugares nuevos y conoceré italianos, estoy segura: "Prego, signore, per cortesia". Sí, al repasar mis conceptos de italiano, resulta que me acuerdo de cosillas. Y me sale acento como a ellos. Me defenderé hablando (o intentándolo) en italiano.
Es hora de irse. No sé si debo decir Arrivederci! o A presto!, más o menos vienen a decir lo mismo.
Volveré pronto.

Si vales bene est, ego valeo


Hace poco tiempo, Jacques me dijo una frase en latín. Literalmente significa: "Si tú estás bien, yo estoy bien". Me encantó por todo lo que conlleva. Y no podía dejar de ponerla aquí. Sí, Jacques, estaré bien, así sabré que al saber tú que estoy bien también te sentirás bien, y sabiendo yo que tú estás bien, yo también me sentiré bien.
La verdad es que todas las palabras de ese Si vales bene est, ego valeo conectan circularmente unas con otras. Al decir la frase se le da la vuelta y se vuelve al principio. Me gusta. La llevaré en mente todos estos días.
Quizás algún día yo también se la tenga que decir a alguien que esté apesadumbrado. Y quizás le sonsaque una sonrisa.

A las cinco de la tarde


Ayer cruzaba la Plaza Mayor cuando me di la vuelta. A mis espaldas estaba el reloj del Ayuntamiento marcando la hora: 18.45. Casi nunca suelo mirar el reloj cuando paso por la Plaza. No sé por qué ayer me dio por mirarlo.
Me acordé de otra hora y de otra época, de ese gran poeta que la guerra se llevó:

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

La cogida y la muerte

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

El gran Federico. Pensé en él, en su dolor en esos momentos que escribía, y algo murió en mí, como si a mí también me hubiera corneado un toro, aunque más era la pérdida lo que sentía. Se me rasgaron los ojos.
De repente, di la espalda al reloj de la Plaza Mayor y seguí andando, mientras apretaba con fuerza el billete de avión a Roma.

jueves, julio 20, 2006

Roma me espera


Ya tengo un pie en Roma, sí, sí. Acaban de llamarme de Halcón Viajes para que vaya a por los billetes y a por las explicaciones necesarias, y para pagar el resto del viaje, claro.
A veces pienso que, de haber sido las cosas diferentes, yo mañana no me cogería un vuelo a otro país, a otra ciudad. Si el monstruo que llevo dentro no fuera tan terrorífico no me vería con la necesidad de llevármelo a otro lado. Lamentablemente, lo que en otras circunstancias hubiera sido un viaje de placer se convierte en un paseo a la meditación, al cambio (al menos en mi cabeza), al posible olvido y a la inminente desaparición. Sí, será un viaje de placer, aunque no alcance todas las cotas placenteras que se esperarían de mí en otros momentos.
Roma constituye el cambio que necesito ahora. Y dicen que los cambios, si se hacen deben ser para mejor.
Cambiar de aires sé que me va a venir estupendamente, cruzarme con otras personas me va a abrir los ojos, aunque sobre los míos he tendido un sutil velo. Antes brillaban, ahora no. Me leí en la guía de Roma que hay ratas entre sus piedras, y lagartijas y mucha fauna que no me quisiera encontrar.
Roma será la novena capital europea que conoceré, después de: Madrid, Londres, Lisboa, París, Berlín, Budapest, Viena y Praga. No está mal.
Los billetes me esperan, así que tendré que irme ya.

Reviviendo mi paseo por las galerías del Louvre




En sus ocho siglos de existencia, el Louvre pasó por varias etapas: comenzó siendo un castillo fortificado, después un palacio real, abandonado en el momento en que el rey Sol se traslada a Versalles, fue residencia de artistas durante un tiempo, y unido al Palacio de las Tullerías, se convierte, finalmente, en el mayor museo del mundo, que atrae a más de 5 millones de turistas al año.
Yo me perdí entre sus galerías. Llegué desde la parada de metro y aconsejaría a todo el mundo que lo visitara que es el acceso más rápido, pues desde la pirámide invertida del subsuelo se podía comprobar la inmensa cola de gente esperando en la calle. Me llevó más de una hora encontrar el tan ansiado cuadro que todo turista como tal busca entre los rincones del museo: La Gioconda. Mi estupor fue inmenso: una sala gigante y un cuadro minúsculo empotrado en una pared tras varias cristaleras bien gruesas. El único cuadro vigilado por dos guardas que decían a todo el mundo que no se pararan delante, el embotellamiento de la gente delante de la pintura del genio Da Vinci. El único cuadro en todo el museo al que estaba prohibido hacer fotos. Porque si algo me sorprendió de París es que en todos los museos se podía llevar cámara y fotografiar las obras de arte, incluso en el Louvre, todos... excepto a la Mona Lisa.
De la guía del museo sólo voy a hablar de los cuadros que tengan un interés especial, bien sea por su historia o bien porque son lo suficientemente importantes como para hablar de ellos, o bien desde un punto de vista subjetivo, es decir, porque me gustan a mí.
Escuela de Fontainebleau, Gabrielle d´Estrées y una de sus hermanas en el baño, hacia 1595.


A la derecha, Gabrielle d´Estrées, amante de Enrique IV, en su baño, acompañada probablemente de su hermana, la duquesa de Villars. Ésta pellizca entre sus dedos el pezón de Gabrielle. El resto, en clave, alude al nacimiento en 1594 del duque de Vendôme, fruto de los amores del rey y su amante. Ésta última sostiene en su mano izquierda un anillo en prueba de amor.

 
Georges de La Tour, Magdalena con lamparilla, 1640-1645.
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Se han conservado cuatro versiones de este tema, sin contar con las numerosas copias que existen de él. El rostro de santa Magdalena aparece siempre de perfil, iluminado por la alta llama de la lamparilla. En esta versión, junto a la santa hay dos libros cerrados, una cruz y un silicio. Después de una vida de pecado, la santa, convertida en ermitaña, reflexiona sobre su vida y sobre la muerte. El cráneo, apoyado en sus rodillas y que ocupa el centro del cuadro, evoca, como la lamparilla que se consume, el tiempo que pasa y la vanidad de las cosas de la tierra. La extrema estilización de las formas, bañadas por la luz dorada, invita a la meditación.

Nicolas Poussin, El rapto de las Sabinas, 1637-1638.

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Poussin narra aquí un episodio de los inicios de la historia romana: una vez fundada Roma, Rómulo invita a la gente de las ciudades vecinas a participar en los juegos que han organizado. La invitación es en realidad una estratagema, porque dada una señal, los hombres todavía sin pareja se apoderan de las jóvenes Sabinas. El movimiento y la agitación, la factura de los rostros y la composición permiten leer el cuadro como un libro, según el propio deseo de Poussin.

Hyacinthe Rigaud, Luis XIV, rey de Francia, 1701.

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Pintado para ser regalado a Felipe V, nieto de Felipe XIV y rey de España, este retrato fue tan del gusto del rey que se lo guardó para sí. El monarca, que entonces tenía 63 años, aparece vestido con la capa de la coronación y los emblemas de su poder.

Jean-Antoine Watteau, Peregrinaje a la isla de Citera, 1717.

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Para su trozo de recepción en la Academia, Watteau pintó una obra que no podía ser clasificada en ninguna de las categorías definidas por esa Academia. Se crea así para él el género de las "fiestas galantes". Este cuadro ha dado lugar a muchas discusiones en cuanto a la escena representada: todas estas parejas ¿zarpan hacia la isla de Venus? ¿O bien, melódicas y lánguidas, se preparan para dejar la isla encantada? ¿Se trata de una partida alegre hacia los éxtasis de Citera o se una elegía sobre la fugacidad de los amores, que no escapan al desgaste del tiempo? Las figuras, muchas de las cuales son representadas de espaldas, se destacan entre ese fondo vaporoso que confiere al conjunto de un tono melancólico y misterioso.

Jacques-Louis David, La coronación de Napoleón I, 1806-1807.

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"¡Qué relieve, qué veracidad! No es pintura: ¡uno puede caminar dentro de su cuadro!" dicen que exclamó Napoleón cuando vio este inmenso lienzo que exigió a David más de dos años de trabajo. Doscientos dignatarios, algunos de los cuales son perfectamente identificables, asisten aquí al momento en que Napoleón está por colocar la corona en la cabeza de Josefina. David ha representado incluso a los ausentes, la más famosa de las cuales es Madame, la madre del Emperador. Después de haber exaltado en sus lienzos a los héroes de la Antigüedad, David ha encontrado un nuevo héroe, esta vez contemporáneo: Napoleón.

Eugène Delacroix, La Libertad guía al pueblo, 1830.

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El tema es todavía de candente actualidad cuando Delacroix decide pintar esta obra histórica en que se conmemoran los Tres Gloriosos, los tres días de la revolución de julio de 1830 que puso fin al reinado de Carlos X. Pero en la realidad histórica de la violencia de los combates, Delacroix añade un soplo místico con la figura de la Libertad en marcha. Más grande que las otras figuras, su pecho desnudo evoca inevitablemente la alegoría de la Victoria. Si bien la obra fue observada por muchos en el Salón, se dijo que la Libertad era "populachera" y se le reprochó al pintor haber hecho apología de "la chusma".

Théodore Géricault, La Balsa de la Medusa, 1819.

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En 1816, una fragata francesa naufraga a la altura de Senegal; los oficiales hicieron construir entonces una balsa improvisada donde pronto se hacinan 150 náufragos. Rápidamente comienzan a faltar los víveres. Sólo 15 personas saldrán vivas de esta pesadilla. Atribuyendo la culpa al comandante de La Medusa, un emigrado que había sido reintegrado por dispensa especial en la Marina Real, a pesar de no haber navegado en 25 años, se dice que Géricault quiso extender el descrédito al gobierno de la Restauración. El realismo mórbido de los cuerpos también desagradó a parte del público. Géricault había obtenido en el hospital Beaujon cercano trozos de cadáveres: brazos, troncos y piernas.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, La Gran Odalisca, 1814.

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Desde las campañas napoleónicas, el Oriente se pone de moda, no sólo entre los pintores sino también entre los escritores: basta pensar en las Orientales de Victor Hugo. Muchos incluso viajan: Delacroix a Marruecos, Byron a Grecia, etc. Ingres no escapa a esta tendencia. Aquí el abanico de plumas de pavo real, el narguile, el turbante tornasolado y el tema mismo de la odalisca confieren al lienzo un ambiente orientalizante. Este desnudo destaca en particular la línea: es la belleza del trazo la que hace la belleza del cuerpo. No importa que el dibujo no soporte escrupulosamente la anatomía: los detractores de Ingres afirman que la Odalisca tiene demasiadas vértebras.

Jan Van Eyck, La Virgen del canciller Rolin, hacia 1434.

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La Virgen y el Niño, con un ángel que está a punto de coronarla, se aparecen como una visión a Nicolas Rolin, canciller de Felipe "el Bueno", duque de Borgoña. El realismo meticuloso de la pintura de Van Eyck, pintor oficial del duque, hace que todo esté presente y vivo: las baldosas son frías, el abrigo de brocado de oro del canciller es un poco rígido, la piel ya arrugada de su cuello se ve algo caída y la vena de su sien palpita. La luz modela el espacio y las formas. Restituye a las cosas su sustancia. Pero este realismo no debe engañar, porque esta realidad material, pintada con tanta meticulosidad, ilustra la significación espiritual del cuadro. Las flores representadas en el pequeño jardín cerrado, por ejemplo, son alusiones a la Virgen o a Cristo: el lirio simboliza la castidad y la virginidad de la Virgen, las margaritas su humildad... Todo aquí tiene un sentido. Cada detalle cuenta. Al contrario de lo que se ha pretendido durante mucho tiempo, no fue Van Eyck quien inventó la pintura al óleo, con sus muchas ventajas: saturación y brillo de los colores, fundido de las pinceladas, etc. Pero este pintor perfecciona una mezcla que no ha sido aún identificada y que le permitía un secado más rápido del óleo, de modo que el artista podía superponer capas levemente coloreadas (veladuras), que dan a las obras de los "primitivos flamencos" ese aspecto liso y esmaltado.

Hieronymus Bosch, llamado "El Bosco", La Nave de los Locos, comienzos del siglo XVI.

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Bosch no fue el único que se interesó en la locura: en 1494, Sebastian Brant publica una obra también titulada la Nave de los Locos, en la cual hace una sátira de los vicios y defectos de una sociedad corrupta, obra que probablemente inspiró a Bosch. En 1509, Erasmo publica el Elogio de la Locura, donde critica a las diferentes clases sociales, especialmente al clero.

Quentin Metsys, El Prestamista y su mujer, 1514.

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Según Van Mander, "el Arte llegó a Amberes tras los pasos de la riqueza". Efectivamente, a partir del siglo XVI, Amberes reemplaza progresivamente a la ciudad de Brujas y se convierte en un centro comercial internacional, con un floreciente mercado del arte. Se instalan allí muchos pintores, como Quentin Metsys, que representa aquí a un prestamista y a su mujer en su tienda, sentados en un banco uno junto al otro, delante de las estanterías llenas de objetos. Como los pintores flamencos del siglo anterior, Quentin Metsys describe todo de manera analítica, llevando el arte del trampantojo a su cima: los reflejos de la luz en la botella o en las perlas, el grano de los materiales o el paisaje que se refleja en el espejo han sido reproducidos admirablemente. Ninguno de estos objetos ha sido elegido al azar. El espejo entre ambos personajes, así como la vela en el estante, recuerdan que la vida pasa y que no hay que atarse a los valores materiales, es decir, a las piezas de oro y perlas aquí representadas. La balanza alude al peso de las almas en el Juicio Final; el libro piadoso frente a la mujer se abre en una imagen de la Virgen: será ella la que podrá intervenir a favor de los pecadores en el momento del Juicio Final.

Pier Paul Rubens, La llegada de María de Médicis a Marsella el 3 de noviembre de 1600, 1622-1625.

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En 1622, María de Médicis, reina de Francia y viuda de Enrique IV, asesinado en 1610, acude al flamenco Rubens para pintar "las historias de la vida muy ilustre y de las gestas heroicas" de la reina y su regencia. Estos 24 cuadros debían decorar una galería del palacio de Luxemburgo, cuya construcción acababa de terminar. El contrato especifica que Rubens debía pintar de su mano el conjunto: cerca de 300 metros cuadrados de pintura, que realizaría en menos de tres años. El proyecto es muy original porque se cuenta la vida de un personaje histórico, María de Médicis, no mediante un juego de alegorías complejas o de relatos mitológicos, sino en un modo a la vez narrativo y épico. Cada escena ilustra un acontecimiento de la vida de la reina, que aparece como una "heroína" idealizada y protegida por los dioses. El artista, entonces célebre en toda Europa, reúne aquí las características del estilo barroco: composiciones de gran claridad, profundidad del espacio, dinamismo de las escenas, colores refinados obtenidos por medio de veladuras superpuestas que dan a las carnes su legendaria transparencia.

Antoon Van Dyck, Carlos I, rey de Inglaterra, cazando, 1635-1638.

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Después de haber trabajado en el taller de Rubens, Van Dyck viaja a Italia e Inglaterra, donde termina instalándose. Continuando el linaje de Tiziano, aquel a quien se ha bautizado como el "Mozart de la pintura" definió el modelo del retrato aristocrático en Inglaterra con este cuadro del rey Carlos I, de quien fue pintor oficial. Su influencia en ese país será considerable.

Frans Hals, La Gitana, 1630.

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Frans Hals, que pasó toda su vida en Haarlem, sólo pintó retratos. En La Gitana, su pincelada extremadamente libre y amplia, magistral en la reproducción de la tela de la blusa blanca, modela verdaderamente su figura. Esta factura tendrá una influencia perdurable, y se la encuentra así en las "figuras de fantasía" de Fragonard y, más tarde, durante el siglo XIX, en Manet.

Rembrandt Van Rijn, llamado "Rembrandt", Filósofo meditando, 1632.

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Cerca de una ventana que difunde una luz dorada, un anciano sentado con las manos unidas, medita. La escalera de caracol junto a él, ¿evoca acaso los meandros de su pensamiento?

Johannes Vermeer, El Astrónomo, 1668.

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El Astrónomo es uno de los escasos lienzos fechados y firmados por Vermeer que se han conservado. La fecha en cifras romanas y el monograma del pintor aparecen, efectivamente, en la puerta del armario. Sentado en su mesa recubierta con un grueso tapiz, el astrónomo tiende la mano hacia un globo celeste. El libro frente a él ha sido identificado: se trata de un tratado de Adriaen Metius, Sobre la observación de las estrellas, abierto en las primeras páginas del tomo III. La composición del lienzo es muy próxima a la de otro cuadro de Vermeer que también representa a un sabio en su estudio, El Geógrafo. Mientras una ventana a la izquierda deja entrar la luz, el sabio, absorto en su reflexión, domina una mesa detrás de la cual se ha dispuesto un armario. Es posible que el modelo de ambos cuadros haya sido Van Leeuwenhoek, el famoso constructor de microscopios de Delft, designado más tarde administrador de la sucesión Vermeer. En ambas obras Vermeer se aleja de su tema predilecto: la mujer, sorprendida en su entorno doméstico.

Hans Holbein, llamado "el Joven", Erasmo, 1523.

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"Quisiera que Durero pintara mi retrato: ¿y por qué no debería yo desear eso de un tal artista?" escribió Erasmo. ¿Cabe lamentar que este retrato de Erasmo haya sido pintado por Holbein, también gran retratista de sus contemporáneos? Sobre un fondo constituido por una colgadura con motivos orientales y un entablado, Erasmo es representado de perfil, como en las medallas antiguas. Se encuentra envuelto en un inmenso abrigo oscuro y tocado con una boina negra: por su importante correspondencia, se sabe que era muy friolero. Su rostro y sus manos bañadas de luz atraen la mirada del espectador. Con los ojos bajos sobre su página, Erasmo está absorto en lo que escribe: pasará a la posteridad gracias a su obra. El cuadro de Holbein pasa a ser así la imagen tipo del humanista en el trabajo.

Guido di Pietro, llamado "Fra Angelico", La coronación de la Virgen, 1430-1435.

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Este retablo fue pintado por Fra Angelico, dominicano encargado de la decoración del convento dominicano de Fiesole. Tanto los hermosos colores como el tema pertenecen todavía a la Edad Media. La composición, en cambio, fundada a la vez en un triángulo y en el círculo formado por la asamblea de los santos, así como el manejo del espacio, determinado por el juego de las líneas de las baldosas y por los escalones, pertenecen al Renacimiento. Así lo había establecido Brunelleschi para la arquitectura, Masaccio para la pintura y Donatello para la escultura. Bajo la escena principal están representados, en la predela, episodios de la vida de santo Domingo a uno y otro lado de un Hombre doloroso.

Leonardo da Vinci, La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, 1508-1510.

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Este tema, tratado varias veces por Leonardo, se apoya en una composición piramidal no exenta de dinamismo: la Virgen, sobre las rodillas de santa Ana, trata de retener al Niño, que está inclinado sobre el cordero que prefigura su Pasión. Como a menudo en Leonardo, sfumato y perspectiva aérea prestan a la escena un carácter sobrenatural y misterioso.

Leonardo da Vinci, La Gioconda, 1503-1506.

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Este retrato se encuentra modelado por la sombra y por la luz que proviene a la vez del paisaje y desde la izquierda. La pincelada es fina y sutil: no hay marcas de ella. El horizonte, colocado muy alto, se abre sobre un paisaje donde se funden agua, tierra y aire, y donde los diferentes planos se suceden gracias a la perspectiva aérea: en la medida que las cosas se alejan, los colores cambian y pasan de la gama de los rojos a una paleta más azulada. El contorno de la Gioconda, apoyada en una balaustrada, está difuminado: es el famoso sfumato. "El contorno de las cosas es lo que tiene menos importancia en ellas... por lo tanto, oh pintor, no rodees jamás los cuerpos con un trazo", afirma Leonardo, que no quiere describir con precisión los rasgos de la Gioconda sino pintar su alma, sensible en su mirada y en su sonrisa enigmática. Colgada en la habitación de Bonaparte, La Gioconda fue después expuesta en el Louvre, donde suscitó muchos comentarios. Robada en 1911, víctima de una agresión en 1956, será objeto de numerosas variaciones por parte de los artistas del siglo XX que demuestran así, a su manera, su fascinación.

Rafaello Sanzio, llamado "Rafael", La Virgen, el Niño y el pequeño San Juan, llamado La Bella Jardinera, 1507.

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El peinado muy elaborado de la Virgen y su expresión suave la vinculan con la tradición florentina. Pero la escena, que tiene lugar en un paisaje apacible, no es menos intensa, probablemente por la actitud y las miradas intercambiadas entre los tres protagonistas, dispuestos en un esquema piramidal clásico. Atentos y en recogimiento, la Virgen y san Juan Bautista miran hacia el Niño. Éste trata de coger el libro apoyado en el brazo de la Virgen, donde está anunciada su Pasión, mientras san Juan Bautista sostiene la cruz, otra prefiguración del sacrificio futuro.

Paolo Caliari, llamado "Veronés", Las Bodas de Caná, 1562-1563.

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Este inmenso lienzo fue encargado en 1562 para el refectorio del convento benedictino de San Giorgio Maggiore, restaurado por Palladio. El espacio pictórico se encuentra perfectamente integrado al espacio real: el suelo y las columnas del cuadro prolongan la arquitectura de la pieza, escenografía conforme las tesis de Vitruvio. Este espacio pictórico es demasiado amplio para ser abarcado con una sola mirada y, como ocurre a menudo, coexisten varios puntos de fuga: uno a nivel de los personajes y el otro en la parte superior, atrayendo así la mirada del espectador hacia el cielo, que abre el espacio del refectorio al exterior. Veronés aparece aquí como un gran decorador, llenando su lienzo con personajes en ropajes contemporáneos y de objetos sin relación directa con la escena del Evangelio, lo que le será reprochado por los censores eclesiásticos en el caso de otro lienzo. A lo cual replicará Veronés: "Nosotros, los pintores, nos tomamos la misma libertad que los poetas y los locos", citando libremente al poeta Horacio.

Michelangelo Merisi, llamado "Caravaggio", La Muerte de la Virgen, 1605-1606.

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Caravaggio entrega este cuadro a los Carmelitas Descalzos para su iglesia en Roma, pero es rechazado por indecente. Rubens, entonces en la corte de Mantua, aconseja al duque, su mecenas, adquirirla para su colección. Los monjes reprochaban a Caravaggio haber presentado a la Virgen como un verdadero cadáver. Se cree que el pintor tomó como modelo a una prostituta ahogada: el cuerpo de la Virgen se ve hinchado y muy blanco. Al representarla así se cuestiona la idea de que, apenas muerta, ascendió al cielo. El haz de luz oblicuo destaca el drama y el dolor de los discípulos. Poco después de terminar este lienzo, Caravaggio tuvo que huir de Roma, acusado de asesinato.

Francesco Guardi, La partida del Bucentauro hacia el Lido de Venecia el día de la Ascensión, 1766-1770.

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Este lienzo pertenece a una serie de 12 cuadros (de los cuales 10 se encuentran en el Louvre) que ilustra las fiestas organizadas en Venecia en honor a la elección del dogo Alviso IV Mocenigo. Pintados unos 10 años después de las ceremonias, se inspiran en grabados, copiados a su vez de Antonio Canaletto. En éste se asiste a la partida de la galera del Bucentauro hacia el Lido, donde el dogo celebraba cada año, el día de la Ascensión, las bodas de Venecia y el Adriático. Esta escena es para Guardi el pretexto para esbozar con su pincelada vibrante y desenvuelta, de sensibilidad eternamente moderna con respecto a la atmósfera, una vista de Venecia y de sus habitantes dentro de una luminosidad diáfana y plateada. Guardi ha renovado enteramente la pintura del vedute, sustituyendo el punto de vista preciso de Canaletto, su predecesor y compatriota, con una visión más poética e incluso fantástica.

Domenicos Theotocopoulos, llamado "El Greco", Cristo en la cruz adorado por dos donantes, 1585-1590.

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"Había visto antes algunos de sus cuadros, que me habían impresionado mucho... Si mis personajes de la época azul se estiran, es probable que sea por influencia suya" (Picasso, en una carta a Brasaï).

Bartolomé Esteban Murillo, El Joven Mendigo, hacia 1650.

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En esta obra de juventud, Murillo aborda un tema que retomará a menudo: el de los chicos andaluces que corretean por las calles y se alimentan de poco (en algunos casos de melones, aquí de algunos cangrejos), tema de la picaresca que también trata la literatura. Este mismo pintor multiplicará las representaciones de la Inmaculada Concepción, cuya suavidad se encuentra en las antípodas del claroscuro brutal y realista de esta escena.
Aparte de cuadros, en el museo del Louvre hay una infinidad de esculturas, tallas, objetos decorativos, e incluso salones que llaman especialmente la atención, bien sea por su profusión, como el Salón Dorado, o por su sencillez, como la Sala de las Cariátides, o por los innumerables restos de Egipto. Pero de momento, hoy me he limitado a la pintura. Si algún día me apetece escribo sobre otros tipos de arte del Louvre.