
Me apetece escribir algo, algo bonito, algo que llegue, algo que lea mañana o dentro de dos años y no me arrepienta nunca de haberlo escrito.
Y ¿qué puedo decir que esté dotado de una belleza tal que linde con la perfección? Sólo tengo que pensar en una persona para cerrar los ojos y dejarme llevar. Me pregunto hasta qué punto es correcto que yo escriba sobre este tema, dónde están los límites de lo que se debe y no se debe decir, por qué últimamente me guardo tantas cosas... Quizás es porque estoy un tanto desconcertada.
Cuando no sabes a lo que te expones, lo que piensa la otra persona, es muy difícil permitir que los pensamientos fluyan libres. La incertidumbre te lleva a la inseguridad, a la intranquilidad de no saber qué hacer o qué decir; desde hace semanas tengo un nudo en el estómago. Al pensar en otras cosas, al intentar mantener ocupada mi cabeza en el día a día, desvío mi mente, la engaño para que no alimente la desazón. Quizás estoy desanimada, pero es algo en lo que ni siquiera me he parado a pensar.
¡Oh! Iba a ser bonito, pero me cuesta que emane la alegría. Me corroen un sinfín de preguntas que estoy evadiendo, y que finalmente saldrán a la superficie. Es como un torbellino que me está azotando con pasión, una y otra vez. En último término, mal o bien, sales del huracán en que estás inmersa.
Da igual. Sigo cerrando los ojos y le sigo viendo entre brumas, sigo soñando con él aunque al día siguiente no me acuerde, sigo tomando café a la misma hora de siempre (últimamente antes por otras cuestiones que me sacan a la calle antes de tiempo)...
Ante mí se vislumbran dos caminos. Donde empieza uno hay un indígena que siempre miente, el otro está custodiado por un indígena que siempre dice la verdad; un camino lleva a la tribu caníbal, el otro te sacará de la jungla en la que te encuentras. Sólo puedes hacer una pregunta. ¿Qué debes preguntar para que te digan cuál es el camino bueno?
Aprovechando los dos caminos me he acordado de este acertijo. Tampoco recuerdo la solución, aunque es cierto que si la pienso terminaré sacándola. Supongo que siempre nos encontramos ante una moneda de dos caras y tomar decisiones es algo que tenemos que hacer todos, y muchas veces, en esta vida. Yo tengo las cosas bastante claras, pero necesito saber otras cosas que no provienen de mí. He aquí el origen de tanto desconcierto.
Es hora de marchar. Necesito darme una ducha de ésas que duran siglos, en las que sientes que con el agua y el jabón desaparecen todas las cargas y pesares del día. Y aunque parezca que estoy algo descorazonada no es así; realmente me siento con una vitalidad fuera de lo común, pese a la hora.
Hoy quería decir algo bonito, quizás a veces la desazón se tiñe de una belleza inesperada. Lo hermoso no siempre va de la mano con la felicidad. Hoy quería decir algo bonito, pero tendrá que esperar a mañana porque se me ha hecho tarde. Quizás haya en todo lo recién escrito alguna frase que merezca la pena; no voy a pararme a releer.
Siempre hay algo que decir. Cualquier minucia o pequeñez que aparezca en el día a día es escribible. Todo es escribible. Y hay muchas formas de hacerlo.
Hoy toca café donde siempre y el simple hecho de estar con tu gente te depara momentos tan gratos que nunca tienes ganas de marchar. Como ahora, que no me apetece parar y, sin embargo, me veo obligada a hacerlo, porque en un rato oscurecerá. Quiero llegar a casa y que aún sea de día.
Hacía días que no me quedaba aquí hasta tan tarde.