
Uno de mis mejores amigos de Salamanca se llama Rober. Para los amigos, Rober Ramalazzing. El día que le conocí se creó un vínculo que era imposible de romper. Mis compañeras de piso de entonces, compañeras de clase de él, apenas habían hablado con él. Esa noche éramos todas chicas, menos Rober. Le observé como dos horas y les comenté a mis compañeras que ese chico era gay. Ellas me explicaron que un año atrás había tenido novia. Ante la duda, le pregunté. Fue algo como:
-Hola, me llamo A. Perdona mi osadía, pero nos estamos preguntando si eres homosexual o no.
-Sí, ¿por?
-Porque tienes un ramalazo...
Y desde entonces es Rober Ramalazzing. A partir de ahí, comenzó a frecuentar nuestro piso y empezó a ser asiduo a nuestras fiestas.
El día antes de irme, la misma semana en que había sido mi cumpleaños y con el camión de la mudanza abajo, apareció con un libro dedicado. Aguanté las lágrimas y me consta que él también. A veces recuerdo las cosas que hicimos juntos, pero también las que no hicimos; las conversaciones en que no nos dábamos a razones, las fiestas en las que él siempre acababa cediendo debido a mis prejuicios para permanecer en uno de esos locales para la troupe homosexual durante más de cinco minutos y un largo etcétera. Incluso recuerdo los seis meses durante los que dejé de hablarle por un enfado mío descomunal, meses que se terminaron olvidando, meses que se acallaron con una palabra de perdón.
Entonces me acuerdo de la música jazz que sonaba de fondo en el Capitán Haddock.
-¡Rober! ¡No soporto el jazz!
-Venga, quedémonos un ratito más.
Me vienen a la mente las películas en el cine que elegía él.
-El protagonista no estaba mal.
-Rober, la película era pura bazofia. La próxima vez elijo yo.
De hecho, no le permití nunca más elegir películas pastelosas de las que a él le gustaban.
Recuerdo los momentos en que hemos ido de compras.
-Tengo una boda, acompáñame a comprarme una camisa entallada.
(...)
-Pero Rober, si esa camisa es de tía.
-No me importa. ¿A que me queda bien?
Yo me encogía de hombros y esbozaba una sonrisa traviesa.
O cuando se 'maqueaba'.
-¿Te has depilado el pecho?
-Sí.
-Pues ciérrate la camisa, que te queda fatal.
-No, quien no quiera mirar que no mire.
Y es que hay gente con la que simplemente te sientes a gusto, sin pararte a pensar en ese momento, sin pararte a pensar en que esos días pueden quedar guardados para siempre y que no se repetirán. Hay personas con las que te explayas, con las que no es necesario ocultar nada, con las que puedes hablar de todo. Ahora sólo son recuerdos de aquella ciudad donde dejé un trocito de mi corazón.
Hay un sinfín de historias. A veces le picaba mucho y se picaba con enorme facilidad. Hoy es su cumpleaños. Supongo que en un rato le llamaré, aunque me da que va a ser una conversación larga y triste a la vez. Llevamos cuatro meses sin vernos.