La prima Rosa
El protagonista es un seminarista al que le ha ido tan mal el curso que sus padres le han enviado a un pueblo con unos familiares y donde se pondrá a cargo de su prima Rosa, estudiante de Magisterio.
Ella le envía, con sus libros, a un viejo molino. Desde allí, el muchacho la ve nadar todos los días en el río que pasa junto al molino y decide espiarla. Entonces ve una enorme trucha en el agua. Adora pescar y se ha prometido pescar a la trucha. Pero cuando la caza, varios días después, descubre en los ojos moribundos del pez la misma mirada de su prima, así que decide soltarla. Cuando vuelve a casa, Rosa se ha arañado, sus ojos miran igual que la trucha.
La noche más larga
Un hombre regresa, después de cinco años, a su ciudad natal, León. Allí se reúne con los amigos y, de repente, recuerda a un borrachín que solía sentarse con ellos en las tascas, Gundo. Sus amigos de la infancia le dicen que ya había muerto. Entonces recuerda la historia de aquel hombre, que un día abandonó a su familia, se marchó a América donde se volvió a casar y un buen día volvió a casa.
Gundo les contó que nunca había estado en América. Que simplemente se fue a cazar y se alejó mucho. Llegó a una casa donde vivían tres mujeres, que le dieron de cenar y le dijeron que podía quedarse allí a dormir. Cuando despertó, al día siguiente, el techo de la casa estaba derruido, no había aves a su lado, todo estaba lleno de telarañas y no había ninguna mujer. Sus pelos y barba habían crecido muchísimo, él había envejecido y su ropa estaba hecha jirones. Se montó en el tren, donde todos le miraban de un modo extraño, y volvió a León.
Valle del silencio
Lucius Pompeius ha perdido a su amigo Marcellus, en unas cuevas cercanas a donde acampa la Legión. Desde que trabó amistad con un hebreo su amigo se había convertido en un místico. Una vez le acompañó a una cueva, donde se quedó dormido y, al despertar, tenía la sensación de formar parte de la naturaleza. Pero ahora ha pasado a formar parte de ella y Lucius Pompeius no ha podido hacer nada para evitarlo.
La casa de los dos portales
Unos muchachos estaban subyugados por la casa deshabitada que había en una de las calles. Tenía dos portales, que no daban a la calle y, un día, decidieron entrar. Después de curiosear por toda la casa se dieron cuenta de que no habían visto ningún acceso que diera al portal de atrás. Después de un rato, encontraron una pequeña puerta en la pared y entraron en un recibidor muy pequeño. La noche se echó encima y decidieron volver a casa, pero al salir a las calles de la ciudad todo era diferente. La basura se acumulaba en las plazas, el ambiente era triste y lóbrego, no se veía un alma en la ciudad y en sus casas habitaban personajes desconocidos. Decidieron volver a la casona a dormir y, al levantar una persiana, volvieron a ver la ciudad cotidiana que ellos conocían.
El anillo judío
Marcos tenía, a pesar de su juventud, una fuerza insólita. Don Fortunato era sacerdote y enseguida le ofreció trabajo en su casa. El hombre era aficionado a coleccionar anillos de todo tipo. Tenía un amigo, Don Pedro, un anticuario que vendía de todo. Un buen día, Don Pedro apareció en su casa con un anillo judío, que tenía un edificio esculpido en miniatura, pero no se lo quería vender a Don Fortunato.
Poco tiempo después, Don Pedro murió y en el lecho de muerte Don Fortunato intentó sacarle el anillo, pero no pudo. Esa noche, se fue al cementerio con Marcos y le cortaron el dedo.
Al día siguiente, Marcos escuchó voces y se encontró al sacerdote y a Don Pedro, que le cortó el dedo, para quedarse con el anillo. Don Fortunato murió desangrado y Marcos fue hecho preso, pero el anillo judío estaba en su bolsillo.
Ahora ha salido de la cárcel y todas las tardes se va a las afueras del pueblo a contemplar la panorámica. Allí se encuentra con Don Fortunato, que le pide el anillo para contemplarlo.
El soñador
Un hombre se despierta en su cama, sin saber muy bien quién es. Su criada le dice que un peregrino le está esperando, porque la tierra se está moviendo a las afueras del pueblo, un corrimiento de tierras algo extraño.
Coge su caballo y se dirige hacia donde está aconteciendo el extraño y supuesto terremoto. Y entonces descubre una masa blanca acostada en la tierra y consigue ver los brazos titánicos y el rostro de un durmiente que empieza a despertar. Cuando abre los ojos se da cuenta de que todo ha sido un sueño.
El viajero perdidoUn periodista se encuentra una noche lluviosa con un hombre empapado y con el rostro aterrorizado, que le pregunta dónde está la Estación del Norte. El periodista le señala la estación de metro, ya que está lejos y no se ve un taxi por la calle.
Comienza a escribir un relato sobre ese viajero que vaga por las calles y se lo cuenta a su compañera Berta. Ella se interesa por el personaje del relato y alienta al periodista a que termine la historia, sin embargo, durante meses no escribe nada.
Berta comienza a tener pesadillas con un rostro varonil que la mira fijamente y se da cuenta de que es el personaje del relato. Varios días después tiene que irse de viaje a Melilla por asuntos de trabajo, pero el viento la retiene unos días allí. En la sala de espera del aeropuerto se encuentra con el hombre con quien ha estado soñando y traba con él una tierna amistad. Mientras, el periodista escribe la misma historia que, simultáneamente, está ocurriendo al otro lado del estrecho.
Después de varios días, el periodista tiene que ir a recoger a Berta al aeropuerto, pero tiene un presentimiento, así que, antes de nada, destruye el relato que había escrito en los últimos días.
Las palabras del mundo
El profesor universitario Eduardo Souto ha desaparecido en la Costa de la Muerte. Una profesora adjunta, Celina Vallejo, quiere saber las circunstancias de tal desaparición y viaja a Galicia para hablar con la policía.
Llevaba unos meses extraño. De repente, las palabras dejaron de ser palabras para convertirse en fonemas, sonidos independientes unos de otros. No conseguía comunicarse con el resto de las personas y escribía sus conversaciones en unos cuadernos, ya que sólo lo escrito permanece. Celina descubre que la posición de las ropas en el coche del profesor es sumamente extraña: estaban colocadas como si las tuviera puestas y se hubiera esfumado sin más.
La última tonada
Un anciano se había trasladado a la capital, por instancia de su hijo y su nuera, que no querían que se quedara solo en el pueblo. Se albergaba en una fonda donde, al principio, no salía. Tocaba la flauta, pero la patrona le dijo que era imprescindible que no molestara.
Un día, al atardecer, entre las sombras, descubrió la cola reptiliana que se dirigía hacia la fonda. Sólo la tonada de la música alejó a aquella enorme sombra de allí. Entonces recordó a su abuelo en su lecho de muerte, cuando hablaba de algo parecido que estaba detrás de la puerta y nadie más que él podía ver.
Para no molestar en la fonda, el anciano se iba al parque del Retiro a tocar la flauta. Un día, se quedó dormido y, cuando abrió los ojos, la oscuridad se cernía en torno a él. Oyó el ruido que reptaba y se puso a tocar la flauta, aunque le costaba coger aire.
Al día siguiente, un jardinero encontró su cadáver en el parque.
Bifurcaciones
Han pasado 25 años desde que Gabriel terminó la carrera. Acaba de recibir una invitación para una cena con todos los compañeros de la Facultad de Derecho. Entonces va a su despacho y mira la orla, donde sale Irene, la mujer inaccesible de la que siempre estuvo enamorado y a la que nunca se atrevió a acercarse.
Esa noche va hasta la casa donde ella vivía y, casualmente, se encuentra con ella, que sigue conservando su porte juvenil. Pero él ha olvidado algo, y ella le pide que lo recuerde. Se acuestan juntos y él vuelve a casa muy tarde.
Cuando llega la noche de la cena, le pregunta al organizador dónde está Irene y le dice que murió poco después de acabar la carrera, ahogada. Entonces Gabriel recuerda que sí que tuvo un escarceo amoroso con ella, que estaban practicando vela cuando el barco se descontroló.
De repente, vuelve a estar en el salón de su casa con la invitación en las manos. Anuncia a su familia que irá a la cena.
Signo y mensaje
El editor Moya reconoce, entre el grupo de africanos de la plaza de España, el rostro del profesor desaparecido unos meses atrás, Eduardo Souto. Se acerca a él y le convence para que se quede a dormir en los locales de su editorial, a cambio de que dé de comer a los gatos que ha ido recogiendo poco a poco de la calle.
Souto le dice que ahora está investigando las pintadas que se dejan por las calles, pero que ha descubierto una en los pasillos del metro que es diferente. Sabe que es un mensaje, y descubre que el destinatario es él. Ahora se tiene que ir en busca del mandala y, ante los ojos de Moya, el viejo profesor desaparece.
“
Un mandala es una ventana abierta al punto en que se juntan lo disperso y lo unitario, lo confuso y lo claro, lo imaginario y lo real”.
Los libros vacíos
Un asiduo a la librería entra en pijama una mañana y todos los empleados le entregan los libros que pide. Entonces el hombre les dice que, al levantarse la víspera, se encontró que los libros de su biblioteca habían variado de contenido, que el aspecto externo era el mismo, pero en su interior las historias eran nuevas, sin la sustancia imaginativa. Y creyó que la literatura había desaparecido del mundo, por eso había acudido raudo a la librería a ver si eran ciertas sus sospechas.
El adivino confuso
José sobrepasaba los cien años. Vivía en tierra de Faraones, rodeado de una numerosa familia. Su vista había empeorado pero, bajo una higuera, veía la sombra de un camellero. Habló con él, que le contó un sueño que no supo interpretar.
José era famoso por interpretar los sueños del Faraón y de muchas otras personas importante y por adivinar el futuro, aunque él tenía sus secretos: todo había sido inventado. Sin embargo, esa noche soñó por primera vez y mandó buscar al camellero. Le dio dinero para que preguntara en su patria a unos pastores si tenían algún esclavo que vender y que lo trajera a Egipto. Sentía que había salvado a alguien muy cercano a sí mismo.