Hacía tiempo que quería ver esta trilogía. Me habían contado la importancia de los símbolos, en especial los colores, en cada una de las tres películas de la saga. Tres colores que están íntimamente relacionados con los de la bandera francesa y que hacen referencia a cada uno de los tres principios básicos de la Revolución Francesa: libertad (azul), igualdad (blanco) y fraternidad (rojo).
Las películas son independientes entre sí, pero en realidad guardan ciertos vínculos entre ellas, de tal manera que el director, Krzysztof Kieslowski, consigue unir las tres historias a través de los personajes que en ellas aparecen.
“Azul” está unida irremediablemente a un personaje principal, Julie (Juliette Binoche), en torno a la que ocurren ciertos acontecimientos que dan un revés radical a su vida. Si algo caracteriza a Julie es la bondad, que viene dada quizás gracias al hecho de haberse desprendido de todo lo material, consiguiendo la libertad para hacer y deshacer cosas, pero siempre pensando en lo mejor de cada persona y perdonando. Dos elementos trascendentales que rodean su vida son la música y el color azul.
Está de viaje con su marido, un famoso compositor, y su hija de cinco años, cuando tienen un accidente, y solo Julie sale ilesa, mientras que sus compañeros mueren. A partir de aquí se desarrolla un drama desgarrador sobre lo que es capaz de hacer una persona para luchar contra los recuerdos de aquellos seres queridos y perdidos. En cierto momento decide suicidarse pero lo piensa mejor y lucha por seguir adelante. Su vida era feliz junto a su marido e hija pero al haberlos perdido ya no necesita mucho más para seguir viviendo. Así que se desprende de la casa; el dinero de la venta será entregado a un número de cuenta (se sobreentiende que es para una asociación benéfica). Se asegura de que la vieja criada y el jardinero tengan todo lo que necesiten hasta el final de sus vidas. Da gran alegría al socio de su marido, Olivier, otro compositor que está enamorado de ella, cuando ella le llama para convertir los deseos de él en realidad. Es tolerante con Lucille, una vecina prostituta a la que nadie del edificio donde se ha mudado quiere tener allí, pero al no firmar para echarla de allí Julie se gana una amiga. Visita con frecuencia a su madre, enferma de alzheimer, y le lleva la razón cuando cree ver a su hermana en vez de a su hija. Se preocupa por el músico que toca la flauta en la calle, esa música... Y se entera por los medios de comunicación de que su marido tenía una amante, va a conocerla y descubre que está embarazada... de su marido, pero en vez de odiarla le regala la casa familiar que había puesto en venta. Y finalmente acaba el concierto para el Consejo de Europa. Posiblemente fuera ella quien escribía las partituras a su marido. Y ella es quien desea acabarlo. Intenta destruir esa música pues cree que la olvidará, y sin embargo siempre le viene a la mente, como si su verdadera obligación fuera acabarla. El mendigo de la calle viene a recordársela cada día y ella se sienta en una cafetería enfrente para escuchar las bellas notas que él se ha inventado...
La composición pone a flor de piel nuestros sentidos, con ese fondo musical el espectador tiende a cerrar los ojos y dejarse transportar. Solo cuando plasma las últimas notas sobre el papel se siente libre. El caso es que Julie solo será una persona libre cuando rompa todas sus ataduras.
Otro elemento importante es el color azul. Inevitablemente nuestros ojos se sienten atraídos por el extenso abanico de elementos azules que aparecen a lo largo de la película, dotados de una simbología inaudita. En mi opinión, cada objeto azul conlleva un recuerdo de aquella vida pasada que era perfecta y que un accidente de tráfico truncó.
El colgador de cuentas azules, presente en toda la película, recuerda a la hija perdida. Se nos da a entender que era su color preferido puesto que su habitación también era de color azul y además comía dulces con envoltorios azules.
La carpeta azul que el marido tenía en el Conservatorio contiene un sinfín de partituras, papeles y fotografías. Es una carpeta que recoge Olivier, de la que Julie no quiere saber nada. Ella solo quiere deshacerse de todo lo que quede de su vida anterior.
También el anillo que aparece, que puede ser la alianza matrimonial o no, deslumbra con el color azul.
Y finalmente la piscina, el azul en todo su esplendor. Sin duda, la piscina la transporta más allá. Cada vez que va a nadar su mente se llena de recuerdos y de todo aquello que quiere olvidar. Allí es donde el Concierto vuelve una y otra vez, algo de lo que se quiere librar y no puede. También hay una conexión entre la música de esa partitura y el color azul. Teniendo en cuenta que se escribe para el Consejo de Europa es inevitable no pensar en la bandera europea, por el fondo azul bajo las estrellas. Todo nos lleva al azul. Éste y la composición musical son los dos elementos principales de toda la película.
Hay veces en que ella va a responder algo, sobre todo cuando va a tomar una decisión, y se oye de fondo una parte de ese Concierto, como si a través de esas notas se manifestara su marido y le ayudara a tomar una decisión. La pantalla se pone en negro mientras escuchamos parte de la melodía. Y en un nuevo flash, Julie ya ha tomado una decisión.
Lo que podría tildarse de drama acaba dejándote en un reposo y una paz tranquilizadores porque la protagonista suple el vacío por la pérdida de sus dos seres más queridos haciendo el bien a los demás. Y eso termina convirtiéndose en algo reconfortante, no solo para Julie sino para el propio espectador.
“Blanco” trata de un matrimonio que acaba de romperse. Da mucho énfasis a la igualdad. De alguna manera pone en entredicho muchas maneras de igualdad que no practican lo que proclaman. Partiendo de que todos somos iguales a los ojos de Dios, las fronteras nos hacen sentir diferentes. No es lo mismo ser juzgado en Polonia que en Francia y, sin embargo, los jueces en esta película se ponen de parte de su patriota. Termina siendo igualdad en tanto que él consigue darle en su país de la misma medicina que ella le dio en el suyo. Y es que Polonia y Francia son dos países completamente diferentes. Como país recién salido del Comunismo (en el tiempo que transcurre la acción de la película), Polonia es ciertamente inferior a Francia y, como tal, la francesa se cree superior que el polaco, llegando a desposeerle de todo. Dejando de lado los límites territoriales y judiciales, una persona, incluso empezando de cero, puede demostrar su valía a los ojos de todos aunque esté en un país menos desarrollado y terminar vengándose, siempre dentro de unos términos que él considera iguales. Si uno de los credos de Francia es la igualdad, no será la parisina la que lo lleve a la práctica, sino que será un extranjero el que lo exponga en todo su esplendor. Ya desde el principio deja bien claro: “
No se me está juzgando con igualdad de condiciones”. El idioma también es un muro que les separa. Mientras que el polaco intenta aprender francés para estar al mismo nivel que la parisina, ésta habla todo el tiempo en francés; y aquí ella pone en evidencia de nuevo que se considera superior.
El argumento es un tanto enrevesado. Karol (Zbigniew Zamachowski) es un polaco que está casado con una francesa, Dominique (Julie Delpy). Se conocieron en un concurso de peluquería que ganó Karol, uno de los mejores peluqueros de los países del Este. Después de la boda se instalaron en París.
La película comienza cuando él acude a un tribunal donde su esposa quiere el divorcio porque no han consumado el matrimonio. Él la sigue queriendo, pero ella contesta que ya no le ama. El idioma es una traba para Karol pues no controla lo suficiente el francés como para defenderse y el matrimonio, suponemos, queda abolido. Ella le abandona en una calle de París con una maleta que contiene unas pocas pertenencias, le bloquea las tarjetas de crédito y le quema la peluquería. Él se ve obligado a limosna el metro pues no tiene nada, pero llegar a lo más bajo, tocar los límites más ínfimos del ser humano, le hace entrar en razón, le hace luchar por algo y crecer con una finalidad. Tiene un objetivo: la venganza. Pero este objetivo no lo descubrimos hasta el final pues sabemos que él sigue enamoradísimo de su ex mujer. En los túneles del metro de París, con un peine a modo de armónica, toca una antigua melodía polaca. Entonces un hombre le da una propina y después comienza a hablar con él. Ese hombre es Nikolaj (Janusz Gajos), que vuelve a su Polonia natal. Al reconocerse como patriotas, le pide un favor a Karol: matar a un hombre que no se atreve a suicidarse y necesita un empujón. Pero el peluquero no tiene pasaporte. Sin embargo, vacía su maleta para meterse dentro y ése será el equipaje de Nikolaj. En el aeropuerto roban la maleta y Karol es golpeado y abandonado en un descampado lleno de nieve. Por fin está en casa, ahora ya puede hacer planes para conseguir su objetivo final. Vuelve a la peluquería donde vive su hermano y le ayuda. Pero necesita ganar más dinero, así que se busca un segundo trabajo de guardia de seguridad. Un día acompaña a los encargados al campo y, haciéndose el dormido, les escucha cómo quieren engañar a los campesinos para comprarles las tierras y edificar allí. Se les adelanta y compra los terrenos.
También busca a Nikolaj para matar al hombre que no se atrevía a quitarse la vida. Creo que Karol sabe que se trata del mismo Nikolaj y por eso tiene una pistola con dos balas: una de fogueo y otra de verdad. Utiliza la de fogueo y Nikolaj se lo piensa y decide vivir. Eso sellará su amistad. Karol recibe el dinero aunque no le haya dado muerte y crea una empresa, ofreciéndole a Nikolaj ser su socio.
Ha pasado el tiempo y Karol sigue soñando con Dominique. Una noche la llama y ella le cuelga el teléfono después de decirle toda serie de improperios. El plan sigue en marcha. Karol se ha convertido en un gran señor, en un hombre respetable y tiene mucho dinero, además de poder. Así que planea su propia muerte. Busca un cadáver y cambia el testamento a favor de Dominique. Se cambia el nombre y desaparece del mapa. Dominique llega al entierro y es la beneficiaria de todos los bienes de su ex esposo. Él aparece en su hotel y terminan consumando finalmente. Karol se va y ella se despierta sola, pensando que su ex marido va a volver. Quien llama a la puerta es la policía, que la juzga porque en su pasaporte consta que ha llegado mucho antes de lo que ella alega. Traen a un intérprete, pero por mucho que ella diga que está vivo y que todo es una farsa, para las autoridades polacas ella ha matado a su marido para quedarse con su fortuna. Termina cuando él va a visitarla a la prisión y se comunican por señas. Siguen enamorados, y ahora son iguales. Cada ha pagado su castigo, y ha sido en igualdad.
El color blanco es fundamental, aunque no tiene tanto peso como el azul en la película anterior. Lo vemos siempre como algo breve, efímero, pasajero, momentáneo. Aparece dos veces la misma imagen de la boda, cuando se acaban de casar, las dos veces en que se les juzga, una en París y otra en Varsovia. La pantalla se queda en blanco en la única vez que copulan, al llegar al orgasmo.
Hay un elemento que tiene una simbología vital. Se trata de una escultura de escayola (que tiene cierto parecido a Dominique), que Karol compra en París y se lleva a su país. Siempre la tendrá junto a la cabecera de su cama. Esa escultura en cierto modo da sentido a su vida, le recuerda a su ex mujer, de tal forma que en cierto modo está unida a la consecución de su objetivo final. Pero es inevitable pensar en la estatua de la que se enamoró Pigmalión, sobre todo cuando él llega a posar un beso en los labios del busto.
La película está cargada de elementos blancos, como telón de fondo, menos importantes que los anteriores: la ciudad de Varsovia nevada y el patinaje sobre el hielo de los alrededores, el paisaje nevado donde es abandonado el protagonista, la peluquería y los batines, la oficina de la empresa, las paredes del metro de París, la niebla sobre los campos polacos...
Como guiño final, hay una alusión que no se puede dejar de lado. El protagonista se llama Karol y es polaco. Es inevitable no relacionarle con Juan Pablo II.
“Rojo”: Cuando reflexionamos sobre el color rojo casi siempre terminamos pensando en el amor y la pasión, en el corazón de los enamorados. Sin embargo, en esta película no hay un amor explícito, como podía esperarse, sino signos puntuales que nos van pronosticando lentamente lo que terminará ocurriendo. Y esos símbolos están dirigidos por un director de orquesta, un juez retirado, que conoce demasiado bien la forma de actuar de los seres humanos. Y en su sinceridad termina siendo un personaje cruel y sin remordimientos, pero indudablemente una pieza vital en la historia.
Sí, hay dos historias, dos personas que viven cerca, se cruzan en muchas ocasiones y, sin embargo, no se conocen. Solo una tragedia puede unirles. Es evidente que todos los símbolos de lo que ocurrirá vienen marcados por una vasta profusión de elementos e instrumentos de color rojo.
Valentina (Irene Jacob) es una joven modelo que vive en Ginebra. Su novio Michel está en Inglaterra, le acosa llamándola por teléfono y se pone extremadamente posesivo si ella no contesta, incluso celoso, creyendo que ella tiene otra relación. Su familia también está en Inglaterra y ella debe ir a ver a su madre, ya que su hermano Mark, adicto a la heroína, pasa pocas temporadas en casa.
Una noche atropella a un perro pastor alemán. Se lo lleva a su dueño, pero este hombre la ignora, incluso la llega a gritar. Ella no comprende que a ese hombre no le importe lo que le pueda pasar a su perra Rita, así que se la lleva y la envía al veterinario, que la cura y le dice que está preñada.
Valentina no solo recorre pasarelas de moda, sino que su foto se cuelga en carteles inmensos por toda la ciudad. Un día, saca a Rita a pasear y la perra huye. Valentina sabe adónde ha ido y vuelve a casa del dueño. Se trata de un juez retirado cuyo hobby es escuchar las conversaciones telefónicas de todos sus vecinos. Conoce todos los rumores y las historias de todos y cada uno de ellos. Valentina le hace entrar en razón, haciéndole ver que aquello no está bien. Él la convence para que pase a casa de unos vecinos a contarles lo que hace el juez, pero al llegar a la casa y descubrir a una familia feliz se da cuenta que si les hacía daño podía arrepentirse después, y ese daño era algo que debía evitar.
Pero cuando se marcha, el juez escribe cartas a sus vecinos y a la policía contándoles lo que acostumbra a hacer. Le citan ante el juez, aunque es exculpado. Valentina se entera por el periódico y vuelve a visitarle para decirle que ella no ha contado nada de su extraño hobby. Él le dice quién ha sido y después le invita a entrar a su casa para ver a los cachorros recién nacidos. La velada se alarga y hablan por primera vez del amor. Él asegura no amar a nadie y le cuenta un sueño a Valentina, un sueño premonitorio. Pero él si ama, solo hay que observar la delicadeza con la que trata a los cachorros, y el cariño que le toma a la modelo, que podría incluso interpretarse como una especie de amor platónico, una alusión directa a la
Lolita de Nabokov.
Ella le invita a un desfile y cuando termina está decepcionada porque no ha visto al juez. Pero, aunque ella no le haya encontrado entre el público, él sí que ha acudido. Esa noche se despiden. Al día siguiente ella cogerá el ferry que la llevará a Inglaterra, y ha decidido tomar el barco porque se lo recomendó el juez.
Se ha cruzado en numerosas ocasiones con Valentina, pero nunca han prestado atención el uno en el otro. La única vez que Auguste (Jean-Pierre Lorit) la observa fijamente es cuando se detiene delante de uno de los inmensos carteles donde aparece la imagen de la modelo.
Auguste es un estudiante de Derecho que sale con una joven que informa de la previsión meteorológica por teléfono. Por supuesto, el juez escucha sus conversaciones porque la chica del tiempo es su vecina. Les augura el final y una noche Auguste trepa por la ventana para descubrir que su novia se ha acostado con otro. Para entonces ya se ha licenciado y decide marchar a Inglaterra en el mismo ferry que coge Valentina.
Lo más extraordinario de todo es que el juez retirado se ha apropiado de esa historia, no solo de lo que ha ocurrido sino que además le vaticina a la modelo lo que ocurrirá.
El barco sale pero termina hundido en el Canal de La Mancha. Solo se salvan siete personas, y he aquí la conexión con las otras dos partes de la saga. Los que se salvan son: Julie, viuda de un famoso compositor que falleció el año anterior; Stephan, uno de los trabajadores del barco (desconocido para nosotros); Karol, un empresario polaco; Dominique, ciudadana francesa; Olivier, compositor, socio del marido de Julie; Auguste, jurista suizo que acaba de salir de la Universidad; y Valentina, modelo y estudiante de la Universidad de Ginebra. Nosotros lo vemos desde la televisión que Valentina ha regalado al juez. Y vemos también que algo ha surgido entre Auguste y Valentina cuando el abogado abraza protectoramente a la chica. En el rostro del juez se observa un gesto de alivio tras ver a Valentina sana y salva.
Hay una imagen que se repite también en las tres películas. El protagonista en cada una de las partes se queda observando a una persona encorvada, anciana, que lleva una botella al contenedor de vidrio. Esa persona no llega al agujero, pero consigue meter la botella, en la última parte con ayuda de Valentina. Esa imagen se reitera en las tres películas, como si se tratara de un vínculo.
De los tres colores el más utilizado es el rojo. Si antes aparecían los colores para llamar nuestra atención sobre determinado objeto, en la tercera película el color rojo inunda todo. Dejando aparte el amor que se lee entre líneas, lo vemos en sofás, sillas, adornos, tazas, lámparas, paredes, en la bolera, el paquete de Marlboro, toldos de tiendas, luces del coche, sangre del perro, semáforo, cortinas, bolsos, puertas de la consulta del veterinario, sala de gimnasia, teatro, pasarela, butacas del teatro, tirantes de Auguste, correa del perro, tragaperras, atardecer de Ginebra, pintura del ferry, el Jeep... En todos los sitios el color rojo enciende el escenario de una manera bastante activa, como si fuera una explosión de color, o como si realmente el amor fuera a explotar en cualquier momento.
La ropa de los personajes también dice mucho de ellos. Valentina siempre lleva una prenda roja y Auguste de vez en cuando también. De hecho, Valentina posa sobre fondos de telas rojas y el inmenso cartel que cuelgan por las calles luce ese contraste del rojo con la piel clara de su rostro.
Entre esta tercera parte y la segunda podemos observar que el envoltorio de las botellas cambia. Valentina recibe una botella de licor de pera envuelta con papel colorado, mientras que Karol compra una botella del mejor vozka que le envuelven en papel blanco.
Hay ciertas alusiones a las otras dos películas, pequeños guiños que no pasan desapercibidos. Por ejemplo, Michel acaba de llegar de Polonia, donde les robaron maletas, pasaportes y todo lo que llevaban encima. Por otra parte, la música aquí nos recuerda de alguna manera a la primera parte. La ópera nos insta de nuevo a cerrar los ojos y escuchar...
Considero que hay elementos frutos del azar en las tres películas, instrumentos cotidianos que por sí solos no significan nada, pero unidos a las circunstancias es como si nos pusieran sobre aviso de algo que va a ocurrir. Por ejemplo, en la primera un chico hace autostop, está jugando con un juego de puntería y no consigue hacer encajar el palo en la bola. Cuando finalmente lo consigue, el coche que acaba de pasar tiene un accidente. En la segunda película, Karol tiene una moneda de dos francos. Decide deshacerse de ella tirándola al río, pero la moneda se le queda pegada a la mano. Para él esto significa que no debe romper todas sus raíces con Francia. Cuando haya cumplido su propósito la enterrará junto a su supuesto cadáver. En la tercera parte, Valentina siempre echa una moneda en una máquina tragaperras, pero nunca le toca. Cuando toca el premio sabe que algo malo va a ocurrir y entonces ve a su hermano en el periódico, en una noticia relacionada con las drogas.
En mi opinión, la mejor es la tercera parte. Es como si conjugara todo lo que les falta a las otras dos. La interpretación de Juliette Binoche hay que dejarla aparte porque borda el papel, pero en la última se cierra el círculo con una gran maestría. El juez retirado es auténtico y admirable. Nos llega a sorprender porque hace cosas que nadie se atrevería a hacer, actividades que se salen de lo legal, y eso choca cuando en su pasado se dedicaba a la justicia. El encuentro entre Valentina y el juez es muy beneficioso para los dos, puesto que él necesitaba un ángel de la guarda que encuentra en la modelo y ella necesitaba un maestro que le contara las experiencias de su vida.
Creo que toda la trilogía está sometida a unos efectos psicológicos terribles. Estoy segura de que si volviera a ver estas películas encontraría muchas cosas que he pasado por alto la primera vez.