Mi novio y yo somos aficionados a la comida japonesa. Yo, desde que en 2010 estuve en Japón, él desde hace dos años, cuando empezamos a frecuentar el restaurante Sibuya en Logroño. Pero en estos años, nuestro restaurante japonés favorito había pegado un cambio importante: cuando regresamos después del verano sentimos una enorme decepción. Los camareros y la sabiduría de los que te recomendaban los mejores platillos japoneses (¡oh! ese pez mantequilla flambeado) brillaban por su ausencia, no se requería reserva y estuvimos media hora esperando hasta que nos preguntaron qué queríamos beber, además de que las porciones eran más pequeñas e incluso un camarero nos llegó a preguntar si estaba bien de proporción... Al final, si te hacen esperar en la mesa más de media hora sin preguntarte siquiera qué quieres tomar y yo a punto de levartarme y abandonar el restaurante, sopesas si volverás. Lo cierto es que no hemos vuelto al Sibuya, pero con la cantidad de restaurantes japoneses que han abierto en Logroño, siempre podemos conocer otros.
En Gran Vía habían abierto hace tiempo el Miyako, por donde habitualmente pasamos, pero nunca nos había dado por entrar. El tema es que mi madre me preguntó si lo conocíamos y anoche decidimos ir. Es un restaurante moderno, con decoración floral y mesas-mostrador, muy similar realmente a los restaurantes japoneses. Supongo que a veces los cocineros se ponen en medio de las mesas a cocinar en directo.
Allí hay dos opciones: una es la del bufet, que en realidad te sirven ellos, con cinco platillos para cada comensal, y la otra es a la carta, donde eliges los platos que quieras. Como nos habían dado una mesa que estaba reservada para una hora después, decidimos el menú a la carta.
Lo primero que pedimos fue una ensalada Wakame, que ya teníamos probada del otro restaurante, una ensalada verde de algas que está riquísima.
Pedimos unos langostinos con panko, fritos y rebozados, que estaban riquísimos.
Pedimos dos baos con pollo. A mí me encantan los baos, así que no podía perder la oportunidad de pedir uno, aunque reconozco que el pan del bao me gusta un poco más hecho. Pero estaban ricos.
También pedimos un tartar de salmón con aguacate y almendras. Otro plato que a mí me encanta, aunque es cierto que prefiero el tartar de atún, pero la mezcla del aguacate con salmón me parece exquisita.
Y otro plato que también pedimos para compartir fue un Gunkan Maguro, que son rollitos de arroz envueltos en atún, relleno de atún, almendras y salsa terinori.
Con el postre nos pasó una cosa curiosa, porque había mucha variedad, pero yo miré con lupa los dos postres que habíamos que pedir, y pedí un pankake de coco y tiramisú de té verde, para que compartiéramos.
Lo que ocurrió es que nos plantaron delante un plato de plátano frito que no habíamos pedido, y que a mi novio le encantó.
Me levanté a aclarar la situación, cuando un japonés muy educado me explicó que se habían equivocado con el número y nos habían sacado un postre que no era, pero que a ese postre nos invitaba la casa.
Luego nos dijeron que el pankake se había acabado, cosa que no nos importó, porque con dos postres nos era suficiente. El tiramisú de té verde estaba delicioso.
Efectivamente, cuando fuimos a pagar no nos cobraron el plátano frito. Lo cierto es que calculamos que a la carta viene a salir parecido a si hubiéramos cogido los cinco platillos por cabeza (unos 22-24 € por comensal).
Seguramente que volveremos a este restaurante.








No hay comentarios:
Publicar un comentario