Salamanca es una ciudad de estudiantes y, como tal, está llena de bares. Es uno de esos lugares donde además los bares tienen su propia decoración, todos están decorados, siempre en sintonía con el nombre del bar.
En las calles que salen desde la Plaza Mayor y dependiendo del tipo de bares que prefieras hay zonas de fiesta.
En la calle Varillas se concentran unos pocos bares, que siguen igual de viejos que cuando yo estudiaba allí.
El Paniagua, mítico y especial, con las paredes pintadas y firmadas, llenas de antiguas fotos recortadas de revistas ochenteras, con unas escaleras rojas que ahora no recuerdo que estuvieran muy rectas. El problema de esas escaleras no era subir, sino bajar.
Al lado estaba La Imprenta, que en mi época de estudiante era del mismo dueño que el Pani. Estaba regentado por el cuñado latino de mi amiga Luisa. Ponían música española, se llenaba en la planta baja y casi nadie subía a la otra planta.
En la misma calle se encontraban el Harley Davidson (que hoy ya no se llama así) y el Daniel's. En el Daniel's había gente muy rara, con un portero que no te dejaba entrar en deportivas. Digo que era rara porque había bastantes peleas en ese bar.
Al fondo de la calle hay una cervecería tipo irlandés, el Molly Mallone, donde puedes tomar tal cantidad de cervezas distintas que merece mucho la pena entrar.
Muy cerca, y en una calle perpendicular, se encontraba la Discoteca Potemkim, donde yo he visto en directo cantar a Manolo Kabezabolo. Era (y supongo que sigue siendo) una discoteca punk, que se llenaba cuando cerraban todos los bares de alrededor.
Aunque en mis últimos años prefería andar un poco más y terminábamos en el Calle Mayor, que se encontraba en una pequeña plaza y donde escuchábamos a Sabina durante horas. Hoy el Calle Mayor ya no existe como bar.
Muy cerca, aunque no es un bar de copas, o por lo menos no lo era en mis tiempos, se encuentra el Tiovivo, donde fui varias veces en mi estancia en Salamanca y lo encontré cerrado. Adoro este bar porque tiene tiovivos de feria colgados del techo, de tamaño real.
También del mismo dueño y algo más escondido (Plaza San Boal) se encuentra La Posada de las Ánimas. Sigue siendo un bar de copas, pero entré cuando lo acababan de abrir. Lo cierto es que quería ver la pared que albergaba una casa de muñecas desde el suelo hasta el techo (dos plantas), donde no te cansabas de mirar. Pero entré y ya no había casa de muñecas, me explicaron que el dueño del bar se la llevó hace unos años.
Si nos vamos hacia la calle Bordadores, hay una plaza con algunos bares. Allí se encuentra La Chupitería, que no ha cambiado de nombre y seguramente seguirá ofreciendo los mejores chupitos de Salamanca.
Y junto a la casa de Unamuno, donde vivía de alquiler y falleció, se encuentran el Gatsby y La Hacienda, aunque yo aquí no iba mucho. Alguna vez entré pero no me gustaban mucho.
Y un poco más allá, en esa misma plaza, en un edificio de piedra sillar a una altura, se encuentra la Discoteca Camelot, bastante pija, y donde había gogós bailando en jaulas. Tengo recuerdos no muy agradables, ya que la música siempre estaba muy alta. Pero se llenaba.
Del mismo dueño y muy cerca hay otra discoteca llamada Morgana. Parece ser que quien puso los nombres estaba impactado con el mundo del Rey Arturo. A mí me gustaba mucho más ésta que Camelot.
Ya hacia la Gran Vía, otra zona de bares de carácter más pijo, se encuentra El Puerto de Chus, que imitaba un barco. En Gran Vía se encuentra el Submarino también, donde parece que entras en un submarino. Pero es una zona donde la mayor parte de los bares cambiaban de nombre en cuestión de meses. Éstos siguen sobreviviendo.
Otra zona de bares estaba junto a la iglesia de San Juan Bautista. Ahora está muy cambiado: sigue habiendo una calle llena de bares donde te ponían katxis, pero ya no te puedes sentar a tomarlos junto a la iglesia.
Un bar que, sin duda alguna, hay que visitar es el Theatre Café, la antigua estación de autobuses, cuyos grandes portones aún se conservan, convertido en un teatro, con su escenario y sus palcos. Es un bar precioso. Y además está junto a la Ponti.
Una cafetería preciosa y muy romántica es el Bécquer, con mesas llenas de escritos, dibujos y textos que deja la gente allí.
Hay tal cantidad de bares en Salamanca que es casi imposible ponerlos por aquí. Pero merece la pena ver que algunos casi veinte años después siguen existiendo.
Termino con un lugar que ya no existe como tal, la Cafetería Gran Vía. Era una especie de bar para jugar a las cartas, de señores mayores que iban a menudo, con camareros de uniforme. No entraba mucho, pero allí vi las noticias del 11 de septiembre de 2001, el ataque a las Torres Gemelas. Yo tenía exámenes y no tenía acceso a una televisión, así que lo vi allí. Se ve que cerró hace mucho tiempo. Es entonces cuando sientes una especie extraña de nostalgia...

















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