Cruzar el Arco de la Estrella es entrar en la ciudad que está dentro de la muralla, con sus casas nobles, sus templos religiosos, su barrio judío y las casas de piedra.
Bajo la Torre de Bujaco se encuentra el conjunto arqueológico del mismo nombre, las entrañas de la antigua ciudad, la antigua ciudad romana.
Desde ahí se llega a la Plaza de Santa María, donde se encuentra la Concatedral de Cáceres, también dedicada a Santa María. Se trata de un templo terminado en el siglo XVI que conserva los restos de una fábrica del siglo XIII. Dos puertas góticas con finas arquivoltas y una torre renacentista, en la que intervino el cantero Pedro de Marquina, nos llevan al interior.
El celo desplegado por las principales familias nobiliarias para ser enterradas en la iglesia explica la abundancia de blasones heráldicos que alfombran el suelo e ilustran los sepulcros.
Especial atención requiere el retablo mayor (siglo XVI), obra en madera de cedro sin policromar ejecutada por Roque Balduque y Guillén Ferrant.
También es interesante la imagen del Cristo Negro (siglos XIV-XV), talla anónima que suscita mucha devoción en la ciudad y sale en procesión la noche del Miércoles Santo.
En el momento en que yo entré había mucha gente de las cofradías recogiendo las flores y las figuras que habían salido el día anterior en procesión.
Desde ahí se puede subir a la torre, donde se pueden contemplar las campanas y desde hay unas vistas espléndidas de las almenas y pináculos.
Frente a la Concatedral se encuentra el Palacio Episcopal que, bajo el escudo de los Galarza, cuenta con una ventana y un arco de medio punto formado por doble hilera de dovelas almohadilladas.
Junto a la Concatedral se sitúa el Palacio de Carvajal (siglos XV-XVI), un edificio que acoge el Centro de Interpretación de las Comarcas. Lo interesante de este edificio es el balcón esquinero que da a dos calles y desde sus dueños podían vigilar todo el trasiego de la ciudad. Este tipo de balcones es muy típico de las casas nobiliarias extremeñas.
El Palacio de Carvajal lo mandó construir Pedro de Carvajal. Se trata de un edificio gótico que vivió una importante transformación durante el Renacimiento, momento en que este tipo de edificios se abren al exterior, articulando las estancias alrededor de un patio porticado, creándose así un espacio abierto y diáfano.
Sobre su portada de acceso y enmarcado en un alfiz, destaca el escudo de armas de la familia Carvajal.
En este edificio, además del balcón esquinero y la torre que cuenta con magníficos lienzos, hay una higuera centenaria que preside el patio.
Cuenta la leyenda que los hermanos Pedro y Diego Alonso de Carvajal fueron condenados a muerte por el rey Fernando IV de Castilla, acusados de haber robado las tierras del noble favorito del rey y de haberle asesinado. Antes de morir, los hermanos lanzaron una maldición al monarca y le emplazaron a un juicio ante Dios que tendría lugar antes de treinta días. Cuando llegó la fecha señalada, el rey falleció, pasando a la historia como Fernando IV "el Emplazado". Fue así como los hermanos Carvajal demostraron a todos, una vez muertos, su inocencia. Desde entonces, la banda roja que cruza el escudo de los Carvajal tornó a negra.
De ahí llegué al Palacio de los Golfines de Abajo, que fue construido en los siglos XV y XVI. Luce en su fachada principal un alfiz que acoge una ventana geminada, un vano con rejas, varios blasones y el arco de medio punto con dovelas. Dos torres laterales flanquean la fachada, que se remata con crestería plateresca de granito. La torre más alta, de origen medieval, exhibe matacanes y una galería de dos arcos en cada lado. Sobre la ventana geminada figura el escudo de los Reyes Católicos, quienes, al permitir la instalación de sus símbolos heráldicos, mostraron el reconocimiento debido a la familia por los servicios prestados y el hospedaje brindado en las dos ocasiones que visitaron la ciudad.
El Palacio de los Golfines presta una de sus fachadas a la Plaza de San Jorge, donde se encuentran la casa de los Becerra, así como la iglesia y el colegio de San Francisco Javier. En la hornacina de esta plaza se encentra la estatua de San Jorge, patrón de la ciudad, obra del escultor Jesús Rodríguez Aranda.
La iglesia de San Francisco Javier conforma el perfil de Cáceres. Flanqueada por dos torres poderosas, alberga un arco de medio punto entre dobles columnas y, sobre él, una hornacina con la imagen de San Francisco Javier.
El interior de la iglesia está formado por una sola nave, bóveda de cañón y un crucero rematado con cúpula de media naranja. El retablo mayor es barroco y se encuentra ocupado por una gran lienzo pintado por Paolo Matteis, en el que se representa el martirio de San Francisco Javier.
Como se puede subir a las torres, no se me ocurrió otra cosa -con el calor que hacía- que subir a una de las torres. Reconozco que merece la pena por las vistas que hay desde arriba.
En la nave había una exposición de belenes y otra exposición con muñecos de Playmobil replicando las principales procesiones de la Semana Santa de Cáceres.
El Palacio de las Cigüeñas destaca por su alta torre y es una de las pocas torres de la ciudad que no ha sido desmochada. También es la única torre que, por privilegio de Isabel la Católica, conserva las almenas. Es una torre cuadrada, hecha de sillares y mampostería. Este palacio albergaba una exposición temporal sobre la Batalla de Lepanto.
Aquí se abre una preciosa plaza que nos lleva al Palacio de las Veletas, que en su interior alberga el Museo de Cáceres. Este edificio debe su estado actual a las obras realizadas en el año 1600 por Lorenzo de Ulloa y Torres, obras que incluyeron un patio de planta cuadrada formado por ocho columnas toscanas.
Este Museo esconde un aljibe árabe, el mejor conservado del mundo. El museo está formado por magníficas muestras de arqueología y etnografía de épocas dolménica, romana y visigoda.
Lo más interesante es, sin duda, el aljibe árabe que, probablemente, perteneció al alcázar islámico. Ocupa, debajo del patio, el centro de la casa de las Veletas. Se cree que fue construido en el siglo XI. De planta rectangular, dispone de cinco naves cubiertas con bóveda de cañón y sustentadas por 16 arcos de herradura que forman cuatro galerías. El aljibe configura un universo de bóvedas, columnas y arcos que flota en el húmedo silencio de los sótanos.
De allí me fui a comer a una terraza de la Plaza Mayor con el fin de reanudar mi visita turística después de comer, porque aún me faltaban edificios y calles que recorrer.
El Arco de Santa Ana es uno de los postigos que tenía la cerca desde la época musulmana. Se ensanchó en 1758 y se abrió un pasaje configurado por un triple arco cubierto con bóvedas de ladrillo.
El Palacio de los Condes de Adanero es una construcción que destaca por la originalidad de una portada del siglo XVII inspirada en modelos italianos. Grandes sillares almohadillados abrazan dos columnas adosadas y destacan los escudos con armas de los Ovando-Mogollón y los Ulloa.
La Casa del Sol es una casa gótica del siglo XVI. En la fachada se aprecia un matacán semicilíndrico con aspilleras en forma de cruz y el escudo parlante de Solís bajo un yelmo. En el escudo se aprecia el sol cuyos rayos muerden ocho serpientes.
El Hospital de los Caballeros destaca por su exuberancia vegetal, y no se puede visitar porque es una vivienda particular. Tiene una puerta adintelada con modillones y una preciosa ventana gótica.
En la parte opuesta de las murallas llegué a otro postigo y a la torre adosada y a la torre redonda. Y busqué el barrio judío, del que deben quedar algunos vestigios, pero no lo encontré, y como estaba cansada de ver casas señoriales y de patear el centro monumental, donde no hay siquiera una cafetería, decidí regresar a la Plaza Mayor.












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