Llevo quince días que apenas tengo tiempo para mí. En mi trabajo, los meses de enero y agosto son los más ajetreados. Otros meses de enero se me han hecho más cuesta arriba, pero este año se me está pasando casi sin enterarme. De todas formas, ya no queda nada para que termine.
Estaba en la oficina y me he visto muy pillada de trabajo, así que he terminado lo programado para mañana, con una congestión catarral impresionante, así que mañana me toca cama y casa. Es decir, que si trabajo lo haré desde casa.
Ése es uno de los privilegios que tengo, aunque no lo use mucho. Pero es que mañana necesitaré dormir mucho. A ver si al menos se atenúa este catarro.
Ya veremos a ver si me dejan dormir tranquila por lo menos hasta las diez. Esta semana me lo he ganado a pulso.
También leeré más de lo que vengo haciéndolo en los últimos días. Y cocinaré, algo que no suelo hacer por falta de tiempo y que me encanta. En realidad, me gusta experimentar en la cocina. He heredado la mano de mi abuela que, cuando era joven, trabajó en un restaurante vasco. De todas formas, las abuelas siempre cocinan "para chuparse los dedos".

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