Conocí Berlín en el año 2002. Lo recuerdo porque el verano siguiente volví a Alemania y me hicieron un retrato a carboncillo en una pintoresca calle de Stuttgart. El retrato lo enmarqué y ahora cuelga en una pared de mi dormitorio; bajo la firma del dibujante aparece la fecha.
Para mí, visitar Berlín fue especial, de hecho me encontré con un pedacito de Historia. Una de las cosas que requiere una visita a la capital alemana es la visita a la Puerta de Brandeburgo (Brandenburger Tor) y no sólo la visita, sino que es necesario pasar al otro lado por debajo de esa famosa puerta que, durante tantas décadas, se mantuvo cerrada. Junto a la Puerta de Brandeburgo se encuentra una oficina turística donde venden pedruscos del muro que fue destruido una invernal noche de noviembre de 1989, justamente hoy hace 25 años. Sobre esta hora, multitudes de alemanes se agolpaban en ese muro donde la apertura era inminente.
En aquella época yo era una chiquilla que estudiaba ciencias sociales y que nada sabía aún de la Historia mundial. Y aunque recuerdo que las noticias me llamaron la atención entonces aunque no entendía su significado real, con mi corta edad no podía apreciar el simbolismo que llevaba la caída del Muro de Berlín, y la consiguiente reunificación de Alemania.
Después, al pasar los años, cuando estudié Historia Universal entonces pude comprender el significado.
En el verano de 2002 visité Berlín. Sí que se aprecian los edificios más rígidos y sin decoración en lo que fue Berlín del Este. Me impresionó el enorme parque lleno de homenajes silenciosos a todas aquellas personas que un día intentaron cruzar y perdieron la vida en el intento. A veces, la historia nos avergüenza y en aquel lugar yo me sentí avergonzada de la crueldad del ser humano.
Recuerdo que se me puso la piel de gallina cuando cruzaba por debajo de las elevadas columnas que forman la Puerta de Brandeburgo y que, justo cuando terminé de cruzar, pensando que estaba haciendo algo que durante décadas se había privado a una gran cantidad de alemanes, miré a mi derecha y me encontré con un carrito de perritos calientes con enormes weisswurst (típica salchicha blanca alemana de un grosor más grande de lo habitual). Y allí mismo, comí un perrito caliente típicamente alemán mientras daba vueltas sobre mí misma, intentando que no se me desparramara la mostaza, pensando que "la otra parte" no tenía tanta vitalidad de Unter den Linden (literalmente "Bajo los Tilos"), el bulevard más ajetreado de la capital alemana.. Incluso llegué a pensar que en el comunismo seguramente estaba prohibido que se vendieran salchichas en la calle.
Hoy he recordado aquel día.
Berlín es una ciudad para volver.
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