
En un claro del bosque Pindo quedaron en reunirse todos los silfos y sílfides de Grecia. El asunto a debatir aquella tarde debía de ser muy grave, pues habían convocado a los silfos más antiguos y sabios del lugar. Había tal revuelo por todo el bosque que hasta las diez de la noche no pudieron comenzar la sesión. A esa hora, llamaron al silfo Tomeo y lo obligaron a sentarse en una piedra en mitad del claro; a su alrededor se sentaron el resto de los convocados. Casi daba pena verlo allí solito, rodeado por todos los espíritus del aire e iluminado tan sólo por un rayo de luna. Las alas del silfo caían ligeramente hacia el suelo, como avergonzadas, quizás porque sospechaban el castigo que iba a recibir.
El silfo más viejo de toda Grecia se puso en pie y comenzó su exposición:
-Queridos amigos, espíritus del aire y genios hermanos míos. A mí me toca explicar el atroz pecado que ha cometido nuestro hermano Tomeo. A pesar de las estrictas normas de nuestro pueblo, las cuales prohíben el amor entre un silfo y una mujer, Tomeo ha decidido por su cuenta saltarse la prohibición, poniendo de este modo en peligro a toda nuestra raza. El castigo por esta falta ya lo conocéis: Tomeo tendrá que entregar sus alas y vagar por la tierra como si fuera un hombre normal.
Los espíritus del aire no comprendían cómo un buen silfo como Tomeo podía haber cometido tamaño disparate, pero sabían que nada podían hacer para salvarlo. Entre murmullos, Tomeo agachó la cabeza y aceptó su pena. Poco después de cortarle las alas, los silfos desaparecieron.
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