Hace una semana estaba estudiando cómo meter todo en la maleta, o quizás no, quizás estuviera paseando por la noche de Times Square por última vez, deseando que Nueva York no acabara nunca, que ése era un sueño que no me apetecía acabar. Lo único que fallaba de ese sueño era la ausencia del ángel, y eso que yo le comenté que se viniera. Hubiera sido un viaje perfecto si él hubiera recorrido las grandes avenidas conmigo. No pierdo la esperanza de que algún día volemos a Argentina los dos juntos.
Quería compartir con él todo y, de alguna manera, lo he compartido, pero no es lo mismo que si hubiéramos vivido estas dos semanas los dos juntos la aventura americana.
Es hora de ir a soñar con ese ángel en cuya mirada se concentran todas las cosas buenas del mundo.
Quería compartir con él todo y, de alguna manera, lo he compartido, pero no es lo mismo que si hubiéramos vivido estas dos semanas los dos juntos la aventura americana.
Es hora de ir a soñar con ese ángel en cuya mirada se concentran todas las cosas buenas del mundo.

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