Desde las cuatro de la tarde una parte de mí anhelaba ponerse en contacto con él, le quería decir que si me invitaba a un café, pero eso sólo era una excusa para estar cerca de él.
Una parte de mí deseaba pasar las horas de la tarde junto a él. Para mirarle a los ojos y susurrarle palabras de amor. Desconozco qué es lo que me da miedo en realidad. No encontrarme con él, pues al final anoche podía haber ocurrido. Pero hace más de dos meses sobrepasé un límite y habiéndolo franqueado ya no existe esa timidez que, por mi parte, había desde hace casi tres años. Ahora podría hablar con él de lo que siento con toda la naturalidad, aunque eso no signifique que no me terminara ruborizando o que no me temblara la voz.
Hay una parte de mí que me seduce con intensidad todos los fines de semana. Sé dónde encontrarle, pero no podría ir a verle sin decirle nada antes. Puedo soportarlo, pero siento que el deseo crece más cada día que pasa sin él.
Me pregunto si le veré mañana. Los días sin él son demasiado grises.
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