Aunque lleve sólo poco más de una semana en casa, lo cierto es que me parece que llevo aquí siglos. El tiempo pasa lentamente, tan despacio como los días que restan para las fiestas se van acercando un poco más.
Sigo preguntándome si le veré o no, porque lo mío es demasiada mala suerte como para no encontrármelo en los días que todavía estaré aquí. Al final terminaré dándome cabezazos contra la pared. Sé que sólo tendría que coger el coche para ir a verle, pero si aparezco en su pueblo daría tanto cante que me echo para atrás únicamente con pensarlo.
Justo cuando podría "encontrarme" con él en los diez minutos que me cuesta ir a las piscinas en bicicleta (años hacía que no la cogía) es cuando cambia el tiempo y no está para pasarnos toda la tarde en el agua.
Me he quedado sola en casa. Con mis hermanos en Logroño, sólo tengo al loro, al canario y a la gata (a la que no he visto en todo el día) como acompañantes silenciosos, excepto cuando tienen hambre. También he ido a ver a las gallinas, que me han picoteado los pies en cuanto he empezado a echarles lechuga. Tenían siete huevos.
Aunque den algo más de trabajo preferiría que estuvieran mis hermanos aquí. Mi casa se me hace muy grande y vacía sin el resto de la gente.
Pero, por otra parte, adoro esta soledad donde nadie te dice nada. Si me encontraría a F. esta noche seguro que le diría que durmiera conmigo porque me da miedo estar sola. No está bien por mi parte decirle esas cosas, pero me encanta verle cómo se pone nervioso poco a poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario