El rostro que más risas me causó mientras que estuve en La Rioja fue el de un F. sorprendido al encontrarme frente a la puerta de su casa. Fue un acto irreflexivo, porque si me hubiera puesto a pensarlo quizás me hubiera echado para atrás, ante un posible encuentro con sus padres, para mofas generales y sendos vaciles a su hijo, y después me tocaría a mí, porque su padre se lo contaría al mío e incluso serían capaces de llamarse "consuegros". No sería la primera vez.
Lo cierto es que nunca antes había ido a casa de F. Sabía dónde vivía, en el pasado estuve en numerosas ocasiones en su pueblo, pero siempre me lo había encontrado en la calle, en el frontón o en las piscinas. Esta vez sabía que lo encontraría en casa y que no podía ir temprano porque F. acostumbra a levantarse tarde.
En aquel pueblo tres mujeres arreglaban los jardines que se encuentran cerca de la casa de F. Me saludaron. Es obvio que en la zona nos conocemos todos, y más cuando se trata de dos localidades tan cercanas.
La primera situación de risa fue no encontrar el timbre, a lo que volví sobre mis pasos para pedir ayuda a las mujeres del jardín. Una me acompañó y abrió la primera puerta. Detrás, había otra puerta más y el timbre.
-Tienen el pan ahí, así que posiblemente no estén.
-Sí, pero yo busco a F. y él tiene el coche ahí.
La mujer desapareció en el momento en que F. aparecía en la puerta desgreñado, con una mirada perpleja y de estupor y con un rostro de recién levantado de la cama. No era una hora intempestiva, más bien andábamos cerca de las dos de la tarde. Y, por supuesto, una vez más y a solas, su voz temblaba.
La conversación fue breve y yo sólo pensaba en decirle lo que había ido a contarle y marcharme de allí. Supe mantener la compostura, a pesar de que mis músculos parecían fundirse lentamente. Dominé la situación, mejor que él, supongo. Y, de repente, le dije que me iba, que me había costado mucho ir hasta su pueblo y que ya le había dicho todo.
No era verdad. No le dije todo lo que había pensado, me callé mucho. Y cuando conducía de vuelta a casa pensaba no en las palabras que cruzamos sino en su incredulidad al abrir la puerta, de ahí que llegara al chiquiteo toda risueña.
Mi amigo I., uno de los pocos que está al tanto de la situación, me dijo literalmente: "Hay que tener muchos cojones para presentarse en su casa". No sé de dónde saqué la fuerza y el valor para ir a su casa. No sé si considerarlo un acto heroico o un error, pues él estuvo rumiando durante todo aquel día y por la noche explotaría, sin razón. La diferencia es que por la mañana estaba solo y por la noche estaba con amigos y su carácter varía tanto en una como en otra situación.
¿Qué es lo que pasará ahora...? No puedo perdonarle ni ceder ante algo que se ha terminado desbordando, que se me ha escapado de las manos. A veces, cuando pienso en él, me entran unas intensas ganas de llorar. Entonces las lágrimas dejan de fluir y pienso en que no estoy segura de "levantarme el resto de mi vida junto a aquel rostro" que tantas sonrisas me ha sonsacado en los últimos días. Pero algún día me despertaré a su lado y seré feliz en sus brazos. Sólo que ahora le voy a dar de su propia medicina.
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