Compré este libro una tarde soleada de abril solamente porque sabía que el argumento transcurría en Canarias. Sólo conozco un lugar donde crecen los dragos.
En un principio, me costó conectar con el libro, pero a partir de la mitad me lo he leído casi sin darme cuenta, y quizás es porque si bien al principio la historia desencanta un poco (una pareja rota y uno de los dos busca la huida como salida y llenar ese vacío con algo, sin saber adónde puede llegar), llega un momento en que el hilo argumental habla por sí solo: de repente han dejado de ser importantes las personas y la historia guanche cobra una importancia vital, tanto que termina enganchando de manera inesperada. Y es que en los dos primeros capítulos no apostaba mucho por esta novela, por lo que me he llevado una magnífica sorpresa.
Marina decide huir de su vida en Madrid cuando rompe su relación con Miguel. Como ha visitado en varias ocasiones la finca Tamadaya en la isla de Tenerife y conoce a los dueños, Ángel y Kristin, decide que es un buen destino para acabar con todo. Nada más llegar, Ángel le enseña la calavera de una mujer encontrada hace 45 años en su finca, junto a varios esqueletos y restos de vasijas de cerámica.
Como Marina necesita llenar su vida y sus pensamientos con algo, y aunque la arqueología está lejos de su profesión (ella es periodista), comienza a tirar de los hilos, preguntando y hablando con profesionales versados en la materia, con el fin de descubrir qué se encontró hace 45 años en la finca.
Aparecen dos personas nuevas en su vida: por una parte, Nacho, ingeniero que se encuentra a cargo de las obras que se realizarán en Tamadaya con el fin de instalar placas solares, y que, por nada del mundo, quiere que se retrase su trabajo; y por otro lado, Fernando Mederos, el profesor arqueólogo, colaborador del Museo de Ciencias y Naturaleza y un estudioso de la tradición guanche. Los dos caerán bajo los encantos de Marina y su perseverancia para conseguir alcanzar su objetivo.


El álter ego de Tamadaya en Tenerife
Con los restos desenterrados hace 45 años había una tablilla que desapareció. Sólo el viejo médico, un personaje cruel que se encuentra entre la vida y la muerte, supo de la importancia de la finca, realizando varias ofertas para comprársela a su legítimo propietario (sin éxito), sólo él sabe que en la finca Tamadaya existe una tumba con un tesoro superior a lo que encontraron. Y antes de que la tablilla desapareciera, él consiguió hacer una copia imperfecta, que entrega a Marina para que ésta encuentre lo que quiera que hay enterrado en el subsuelo. Son caracteres bereberes, de los amazigh, que hablan de Tigedit, una mujer que llegó desde el barranco de los dragos, en Marruecos, de la estirpe real descendiente de Tin Hinan, la reina de los Tuareg, que fue protegida por los bereberes, hasta el día en que llegara una embarcación desde Canarias para recogerla y casarla con uno de los menceys, con el fin de que al juntar las dos sangres reales los descendientes fueran lo suficientemente fuertes como para poder luchar contra los conquistadores. El esqueleto encontrado es el de Tigedit y sus hijos siameses, que se encuentran a la entrada de una tumba que guarda las momias de los menceys guanches de los últimos siglos. Pero los protagonistas de esta historia saben que no pueden hacerla pública.
Una de las figuras más interesantes del libro es la del contador de historias, un hombre ciego que regala una historia por un trago de vino, un hombre anciano que sobrepasa los cien años. Es imposible no encariñarse con él.
Para una persona que ha visitado Tenerife, muchos de las ubicaciones que nombran en el libro son lugares que traen buenos recuerdos, como el drago milenario de Icod de los Vinos. Quizás es que me gustó tanto Tenerife que, al leer el título del libro, quise “regresar” allí.
Esta novela me ha dejado una grata sensación.




