
La verdad es que hoy me sorprendo a mí misma por apenas haber entrado aquí o, al menos, por no haber escrito más que al comienzo del día. Me pregunto de dónde sale esta dejadez y sólo encuentro una posible respuesta.
Lo cierto es que, hasta hace días, quise creer que él entraba aquí. Ahora no estoy tan segura y me temo que me quedaré con esa duda. La razón es que durante dos o tres semanas coincidía con alguien que aparecía con una localización invisible, pero había dos personas navegando. Quise creer que era él y eso, aunque en realidad no fuera él, era un aliciente para escribir de cualquier cosa. Ahora no lo veo, porque considero que a veces es mejor mantenerse en la ignorancia.
Si de verdad fuera él como a mí me gustaba creer, me temo que sabe cosas que jamás hubiera osado decirle. Si de verdad fuera él, a estas alturas es posible que conozca mucho de mí, más incluso que muchas personas que se encuentran a mi alrededor.
Pero, ¿y si no fuera?
Siempre me quedará esa duda. Es mejor no saberlo.
No necesito pensar que él podría entrar para escribir. Pero no es la única vez que me da un aliciente. Ya una vez me dijo que escribiera un libro, me hizo reflexionar en que si escribir me gustaba no debía cejar en el intento, tenía que escribirlo. Lo mejor de todo es que tenía razón. Esos ojitos han hecho que cree un personaje que, en definitiva, no se parece mucho a él, pero está basado en su persona. Es inevitable no fijarse en su personalidad magnética e intentar describir los rasgos más distintivos de su carácter.
Le echo muchísimo de menos. Hoy le hubiera llamado para quedar a tomar algo con él, pero me da la sensación de que temo lo que pueda decirme. Y soy consciente de que, cuando le vea, le voy a preguntar. Nunca antes nadie había conseguido doblegar mi impaciencia hasta límites insospechados. En el fondo estoy ansiosa por saber lo que pasa por su cabeza y, sin embargo, soy capaz de esperar. Lo que nunca hago con nadie. Llega un momento en que te sorprendes pensando en que si alguien quiere de verdad algo (o a alguien) no le importará esperar el tiempo que haga falta.
Me muero por verle de nuevo, por perderme en su franca mirada, por congelar esos momentos. Me muero por irme con él, lejos, no sólo donde él quiera, sino cuando él quiera. Nuevamente tenía razón: puedo irme de vacaciones cuando quiera. Y él sabe por qué.
Temo encontrármelo, tengo miedo a que se haya perdido la magia. Aunque... me da que eso es casi imposible. Sé que le veré cualquier día de estos y me sentiré feliz. Aunque no me diga nada respecto 'a lo otro'.
La de veces que me he preguntado últimamente si hubiera venido conmigo a Bélgica o a Malta si se lo hubiera preguntado. Quizás debiera haberlo hecho. Nunca se sabe lo que hay en la otra orilla. No fui capaz de preguntárselo en el pasado, pero como el pasado ya no existe, siempre nos quedan las ilusiones del futuro. Y no cogeré un avión sin haberle dicho antes a él que podemos irnos al fin del mundo juntos, con una maleta de sueños aún pendientes de cumplir.
Le quiero tanto, tanto, tanto, que no se puede abarcar con los brazos abiertos. A él, que me ha devuelto las ilusiones y la risa (y que también podría robármelas con una sola palabra).