Pocos hombres pueden jactarse de universalizar su apellido o su título nobiliar para describir alguna faceta de la vida. El “Divino” Marqués de Sade es uno de estos personajes.
El “sádico” es una persona que deriva satisfacción sexual haciendo sufrir cruelmente a su pareja. Etimológicamente la palabra proviene de Donatien Alphonse François (1740-1815), marqués de Sade. Fue hecho prisionero por cometer crímenes sexuales y, pocos años antes de la Revolución Francesa, fue trasladado desde La Bastilla hasta el manicomio de Charenton. En total estuvo encerrado durante 29 años, época durante la que escribió variados relatos eróticos, caracterizados por la libertad extrema, una moral desenfrenada y con la búsqueda del placer sexual como principio más elevado.
El rey firmó para Sade las lettres de cachet, a petición de su familia. Eran órdenes de encarcelamiento que el monarca emitía sin dar cuenta de los motivos ni de las causas que las provocaban.
Cuando en 1790 fue puesto en libertad y, acuciado por necesidades económicas, Sade decidió, a instancias de su editor, publicar una serie de novelas libertinas anónimas, de cuya paternidad renegará una y otra vez. En los años siguientes, sus pretensiones literarias y su afán por salir del anonimato le llevan a preparar meticulosamente las once “nouvelles” que formarán parte de Los crímenes del amor.
La obra apareció en 1800 y es la primera que publicó con su nombre. Para ello, tuvo que suprimir términos escandalosos, escabrosos e impíos, por lo que el erotismo inicial queda suavizado ante el temor de ser acusado de indecencia por la censura.
Estas historias están entremezcladas de manera que una aventura alegre o pícara, siempre bajo las normas del pudor y la decencia, sigue de forma inmediata a una aventura seria o trágica.
Según el autor, la visión de los tortuosos caminos del vicio conmueve, remueve más el corazón del hombre.
Es una época donde la novela comienza a caracterizarse como género literario. Sade, como muchos de sus coetáneos, escribe para esta obra un prólogo donde habla de su idea sobre las novelas. Defiende la novela como espejo de la realidad, y en la realidad hay pasiones que, descritas en toda su crudeza, tienen más posibilidades de aleccionar al lector y, por tanto, de corregirle.
Juliette y Raunai, o la conspiración de Amboise
Con el auge del protestantismo que viene de los países vecinos, gracias al furor religioso de Lutero y Calvino, Francia se ve envuelta en dos bandos enfrentados. Los que apoyan la Reforma religiosa y los que están en contra. Mientras los vientos huracanos del Vaticano se encuentran lejos, los reyes francés, español e inglés forman una alianza para luchar contra los nuevos ideales religiosos. Un anciano Enrique II muere desconociendo que los bandos protestantes están conjurando por regiones para instaurar el protestantismo en Francia. La reina viuda, Catalina de Médicis, se refugia en Amboise, que se ve cercado por el barón de Castelnau. Con éste hombre, un dechado de excelsas virtudes, viaja su hija Juliette, una dama de gran belleza, a la que no le importa luchar por su causa. El segundo mando del barón es Raunai, un joven profundamente enamorado de Juliette. Y el padre aprueba y se enorgullece de esa relación que sabe que algún día se llevará a la práctica.
Cuando el general que está a las órdenes del duque de Guise, defensor de Amboise y de la Corte que allí se aloja, descubre que el barón viene acompañado por todo un ejército, se preparan para la lucha. Pero el general le habla al duque de las virtudes y hermosura de Juliette. La joven es invitada a una entrevista con la reina, pero es engañada por el duque que, en cuanto la ve, la desea para sí mismo, aunque tenga que inmolar a su esposa. Como Juliette se niega a complacerle, al duque no se le ocurre otra cosa que utilizar la vida del barón como moneda de cambio. Castelnau también es engañado para entrar en Amboise, donde es hecho prisionero. Sin embargo, Juliette se mantiene fiel a su amado, a sus virtudes y a su honor, incluso su padre le prohíbe que se entregue a ese hombre perverso, alegando que prefiere perder la vida.
Raunai entra en la ciudad a escondidas y Juliette encuentra una treta para burlar al duque de Guise: que el amado se intercambie por su padre, de tal forma que éste recupere su derecho a la vida, mientras los amantes después se quitarán la vida.
Pero en el tribunal, ante la sensatez de las respuestas del barón que sumen a todos en un caos total, el duque decide perdonarle la vida, así como permitir que los dos amantes sigan su camino juntos sin intentar ponerse en su camino.
Como colofón, es necesario resumir la historia en una frase puntual: “que el poder cuando es omnímodo puede cometer todas las monstruosidades capaces de ser engendradas por la imaginación”.
La doble prueba
Ceilcour era un noble de París, joven, apuesto y mujeriego. Pero ya se había cansado de la vanidad e interés de las mujeres; ahora quería una esposa. Tenía puestos los ojos en dos viudas: la baronesa Dolsé, una joven muy virtuosa; la condesa de Nelmours, una mujer acostumbrada a las cosas de la calle, perversa y coqueta. Estas dos personalidades tan opuestas son puestas a prueba a modo de las invitaciones y fiestas más imaginativas por parte del galán, que observa sus comportamientos, aunque está seguro de que será Dolsé la elegida por su benevolencia. Después de gastar de una manera exagerada en ellas, les escribe diciéndoles que está arruinado. Las dos conocen la existencia de la otra y mientras Nelmours se desinteresa y no quiere saber nada de él, la baronesa le presta dinero pero no le perdona que haya otra mujer, pese a que él le explica la prueba a la que las ha sometido, hastiado de la naturaleza perversa de las mujeres que han pasado por su vida. Sin embargo, Dolsé está enferma de amor.
“Por haber jugado con las dos, ha terminado perdiéndolas y quedándose solo”.
Miss Henriette Stralson, o los efectos de la desesperación
Lord Granwell era un joven lujurioso, lascivo e incestuoso de Londres. No había mujer que no cayera rendida a sus ardides para la conquista, llegando incluso a tratarlas mal, porque no había para él ninguna que fuera lo suficientemente virtuosa para que recibiera de él amor y dulzura. Una noche, acompañado de sus amigos, el bribón descubre a una belleza a la que nunca había visto. Se trata de Miss Henriette Stralton, que ha venido de visita a Londres. Va acompañada por su madre y su prometido, Williams.
Granwell enseguida desea que esa mujer sea suya, así que decide seducirla, pensando que no será una tarea ardua tratándose de una fémina criada en el campo. Coloca espías en todos los lugares desde donde se la pueda espiar y envía a su mejor amigo al hotel donde se aloja Williams para que le saque información de todo tipo.
Intenta hacerla suya en varias ocasiones, pero Henriette sabe librarse de él a tiempo, siempre con engaños y súplicas que enternecen el corazón del malvado Granwell, que empieza a enamorarse de ella. De seductor se ha convertido en seducido. Los encantos y virtudes de esa mujer son excelsas. Después de muchos engaños consigue secuestrarla, mientras sus amigos se han encargado de arruinar a Williams. Pero a Henriette no le importa la fortuna de su prometido, porque le ama verdaderamente y porque además sabe que están siendo víctimas de las locuras del lord.
Cuando se la lleva a un castillo lejos de Londres, cree que ya la tiene bajo su poder y consigue engañarla implorándole el perdón, a cambio de saldar las deudas de Williams mientras consigue que vaya al castillo, donde supuestamente se van a casar bajo su consentimiento. Pero en la capilla Henriette se encuentra con el féretro de su amado. Finge que esa noche se entregará a Granwell y que después se casará con él, pero le clava un puñal y después se quita la vida ella misma.
Faxelange, o los errores de la ambición
El señor y la señora Faxelange formaban parte de la burguesía acomodada de las inmediaciones de París. Tenían una hija tan bella y virtuosa que habían decidido buscar un buen partido para ella, aunque la joven amaba a su primo Goé, un dragón que no contaba con muchos recursos económicos.
A su casa llegó el barón de Franlo, educado, culto, riquísimo y con buen gusto, que les sedujo a todos, tanto a los padres como a la hija. Finalmente pidió su mano, pese a que Goé había avisado a su prima de que había algo turbio en las maquinaciones de Franlo, que era un estafador. Ella ignora sus palabras, creyendo que todo se debe a los celos. Pero en cuanto se marchan de París, creyendo que vivirá en América donde el supuesto barón tiene posesiones, él comienza a frecuentar tabernas y hostales cada vez más sombríos y sucios y, paulatinamente, su dulzura y formas suaves empiezan a desaparecer. Finalmente, cerca de su guarida, le explica a su esposa que es el jefe de una banda que se dedica a robar y matar, aunque su título y nombre son verdaderos, pero se arruinó y se desvió por el camino del crimen. Ella será tratada como una reina y respetada y obedecida, hasta el día que una cuadrilla de dragones, entre los que se encuentra Goé, encuentra la guarida. El primo, lloroso de pena, se marcha a la guerra y desaparece para siempre.
Y esto es lo que resulta de la avaricia de los padres y la ambición de las hijas.
Florville y Courval, o el fatalismo
El señor de Courval era un hombre que sobrepasaba los cincuenta años, pero aún apuesto y con dinero, pero necesitaba una mujer sensata para que le acompañara el resto de sus días. Y así se lo hizo saber a sus amigos, que encontraron a una treintañera, Florville, protegida de un hombre adinerado, el señor de Saint-Prat. Su primera esposa le había abandonado, su hijo siguió los pasos de esa pérfida mujer y su hija había muerto siendo aún un bebé. Se sentía solo y, después de lo que le contaron sobre Florville, concertó varias entrevistas con ellas y descubrió que era una muchacha de su gusto.
Pero la virtuosa y sensata joven debía hacerle partícipe de la historia de su vida. Así fue como le explicó que su cuna había aparecido a las puertas de la casa del matrimonio de Saint-Prat, deseosos de un hijo, y que la cuidaron y educaron como si fuera propia. Pero la muerte de la esposa, Saint-Prat no consideró adecuado que la joven siguiera en aquella casa y la envió a Nancy con una hermana suya, Mme. de Verquin, creyendo que allí recibiría una educación adecuada. Sin embargo, aquella mujer estaba entregada al libertinaje ilimitado y sus actos y palabras influyeron en la adolescente, que muy pronto cayó rendida ante los brazos de un joven soldado, Senneval, que la dejó encinta. Dejó el bebé a una familia para que lo cuidara y después abandonó a la desdichada joven, que estaba deseosa de marchar a París. Su protector la envió entonces a casa de otra pariente, Mme. de Lérince, una mujer virtuosa y temerosa de Dios, con la que Florville se sentía a gusto. Sin embargo, seguía carteándose con Mme. de Verquin. Un día, llegó un joven muy apuesto a casa de las damas y se enamoró de Florville, a pesar de la diferencia de edad. La quería como esposa, pero ella recordó su desliz del pasado y lamentó la pérdida de su hijo, y le instó a que se fuera y la olvidara. Pero el joven entró una noche en sus aposentos y la hizo suya, Florville se defendió y le clavó unas tijeras en el corazón. Después de este crimen, pidió ayuda a su protector y enterraron al muchacho en el más íntimo secreto.
Después, Florville volvió a visitar a Mme. de Verquin, a la que encontró en el lecho de muerte y que murió en sus manos. Se alojó en una posada, donde vio cometer un crimen y tanto ella como sus criados testificaron contra una mujer que fue a la horca al día siguiente. Volvió de nuevo a París y se alejó de la sociedad, creyendo que siempre sería desdichada, hasta que conoció al señor de Courval, con el que terminó casándose.
Un día tuvo un sueño premonitorio que desembocó en la visita del hijo de su esposo, que le había abandonado años atrás.
El joven Courval les contó a su padre y a su esposa las últimas palabras de su madre, antes de morir ahorcada, acusada de homicida. La incestuosa historia comienza cuando la mujer abandonó a su hija a las puertas de la casa de Saint-Prat, creyendo protegerla de las maldades del mundo. Por su lado Courval confiesa que sedujo a una adolescente en Nancy, con la que tuvo un hijo, y después la abandonó. Pero arrepentido por sus actos, volvió a por su hijo, al que dejó a cargo de varias mujeres que se ocupaban por temporadas de su educación. El joven llegó entonces a casa de Mme. de Lérince, donde se enamoró de una mujer mayor, y a manos de la que terminó muriendo.
Florville reconoce en el joven Courval a Senneval, a su hijo en su amante muerto, a su madre a la mujer contra la que testificó y a su padre en su esposo, con que sólo tiene una salida para acabar con aquella locura: volarse la tapa de los sesos.
Rodrigo, o la torre encantada
Rodrigo, rey de España, era un hombre afeminado que abusaba de su poder, habiéndose convertido en un tirano y en un perverso que obtenía placeres de muchachas aprovechándose de su real poder.
Entre las jóvenes que llevó a su corte estaba Florinda, hija del conde don Julián, que andaba en África combatiendo a los moros. La chica, antes de morir, tuvo tiempo de escribir a su padre y contarle metafóricamente lo que había pasado. El conde arma todo un ejército de moros y se alía a otros hombres que estaban hartos de los abusos del rey.
Rodrigo que tiene las arcas vacías y no cuenta con un ejército para enfrentarse a don Julián se va en busca de un tesoro a una torre encantada cerca de Toledo. Allí ve todos los horrores que ha cometido en vida, así como la sangre que ha derramado. Entre las jóvenes destaca Florinda que le dice que aún le verá una vez más antes de morir. Rodrigo sigue adelante con gran valor y consigue al fin el tesoro. Ahora puede armar a un ejército y lugar contra los moros. En una de las batallas, un hombre se presenta a él y le reta a luchar ellos dos solos para no derramar tanta sangre. Le vence y, cuando se quita el casco, es Florinda la que ve ante sus ojos.
Porque “quien abusa de su autoridad, antes o después, encuentra, en la justicia del cielo, el castigo de sus infamias”.
Lorenza y Antonio
En épocas de intrigas italianas, con los Médicis gobernando en Florencia y los Strozzi como enemigos más acérrimos, ocurre esta oscura trama en el seno de los segundos.
Carlo Strozzi es conocido por varios crímenes cometidos abusando de las cualidades varoniles que le otorgan superioridad sobre sus esposas, fallecidas bajo su perversidad. Sin embargo, de su primer matrimonio nació un hijo, Antonio, tan casto, valiente y virtuoso como pérfido era su padre. Aunque Carlo intentaba inculcar en su hijo toda una serie de malignidades, el muchacho estaba dispuesto a luchar contra los Médicis junto a su tío Luigi, un ejemplo a seguir. Ama con locura, desde la más tierna infancia, a Lorenza Pazzi, cuya familia también era contraria a los Médicis. Cuando la joven se queda huérfana, con trece años, se va a vivir con su futura familia política, donde todo va bien hasta que su prometido se marcha a combatir. Carlo, que ahora la tiene bajo su poder, se encapricha de la que será su futura nueva y entreteje toda una maraña de artimañas y tejemanejes para que la muchacha olvide a su hijo. En el momento en que Antonio no sea el dueño de su corazón podrá aprovecharse de ella. Pero no cuenta Carlo con que el primer amor, ese amor de juventud, es tan férreo como imposible de destruir. La joven se mantiene fiel, pura y virtuosa hasta que cumple los catorce años, edad en que ya puede casarse con Antonio, que viene a casa para que la boda se lleve a cabo. Pero Luigi llama de nuevo a su sobrino para que vuelva al campo de batalla, dejando a Lorenza bajo los auspicios y cuidados de su padre, sin sospechar nada, aunque ella desea ir con él.
Carlo pone a disposición de la joven esposa un sinfín de hermosos criados y descubre que ella consigue sonreír con uno de ellos, Urbano, al que el suegro impulsa a seducir a Lorenza. También se alía con la sirvienta más fiel de la joven, Camila, prometiéndole bienes y riquezas. Y un día se lleva a Lorenza a su castillo en el campo, un lugar inaccesible. La muchacha es consciente de que aquello es como una prisión. Carlo y sus esbirros no consiguen doblegar a la joven, que se mantiene fiel a Antonio. Sin embargo, Carlo escribe a su hijo alentándole a regresar, afirmando que su esposa le ha sido infiel. Engañada ella, su marido mata a Urbano y duda de su lealtad, creyendo ciegamente las palabras de su padre. Decide vengarse y permite una lenta muerte a manos de su padre, mientras se aleja del castillo. Camila y Carlo encierran en un calabozo a Lorenza, que se mantiene fiel y pide una muerte justa. Camila intenta convencerla: su libertad a cambio de su honor. Pero nada hace cambiar de opinión a Lorenza. Carlo, que no es un adalid de paciencia, decide abusar de ella, no sin antes envenenar a la criada. Pero Camila, sabiendo que su final está cercano y con el remordimiento que precede a la muerte, le escribe a Antonio contándole toda la verdad respecto a la fidelidad de su esposa, y contándole quién es el traidor.
Antonio y Luigi llegan a tiempo para impedir los abusos de Carlo y rescatan a Lorenza de su celda.
Hay una segunda versión, otro final –que me parece más interesante, porque está en la línea de los escritos del marqués de Sade, ya que casi ninguna de sus historias acaba bien-.
Carlo va a matar a Lorenza en el baño, pero en ese momento llegan su hijo y su hermano. Como no puede soportarlo, clava un puñal a la muchacha y luego a Antonio, y luego se quita la vida él mismo.
Ernestina
El narrador va a visitar las minas suecas de Taperg, junto a un guía llamado Falkeneim. Cuando vayan a las minas se encuentran con una ciudad subterránea, donde trabajan personas condenadas por la justicia. Mientras están en una taberna, se les acerca un hombre para pedirles que les lleve una carta al exterior. El guía entonces dice que es un famoso senador, el conde Oxtiern. Pero un malvado, sin duda alguna. Así cuenta la historia.
En un pequeño pueblo lleno de comerciantes, Nordkoping, vivía un coronel ya retirado, Sanders, con su bella y virtuosa hija, Ernestina, enamorada desde la infancia del joven y leal Herman y con el que esperaba casarse muy pronto.
Herman, huérfano desde niño, fue educado en casa de un amigo íntimo de su padre, Scholtz, uno de los más ricos y prósperos comerciantes de la región. A la muerte de su tutor, la viuda se le insinúa, pero él la rechaza. Ella promete venganza, pero él la desoye, mientras les confía todo esto a los Sanders.
Entonces llega a casa de la viuda Scholtz el conde Oxtiern, y celebran fiestas donde es invitada Ernestina, que queda cautivada por la riqueza y los piropos del apuesto conde, aunque su corazón es fiel a su amado Herman. Oxtiern se apasiona con la joven, que también le rechaza. Entre la viuda Scholtz y el conde tienden las trampas idóneas a los jóvenes para que no consigan su felicidad. Mientras los Sanders son atraídos a Estocolmo, con la promesa del conde de que casará a los dos enamorados, Herman es acusado de robo por la viuda, aunque él es inocente. Es encerrado y juzgado en Estocolmo, aunque todo en el silencio aconsejado por el conde Oxtiern. Visto que la joven no quiere entregarse a su pasión, es llevada a su casa, donde desde la ventana ve a Herman en el cadalso. Si Ernestina se entrega, el conde aún puede permitir vivir al joven, pero ella se niega. Sin embargo, el conde la deshonra en el mismo momento en que Herman pierde la vida injustamente.
La muchacha vuelve a la casa de su tía, donde se alojan el coronel Sanders y ella, y se lo cuenta todo a su padre. Le envía una carta al conde para enfrentarse a él, haciéndole creer que un primo vengará la muerte de Herman y la deshonra de Ernestina. Su padre va al lugar donde se van a retar, pero en ese momento se le acerca un desconocido que le dice a quién debe herir, matando con su propia espada a la que descubre demasiado tarde, Ernestina. En ese momento, decide contar toda la verdad a los jueces, que apresan al conde Oxtiern y a la viuda Scholtz. Ésta paga con su vida, de la misma forma en que la perdió Herman, pero el rey concede al conde una gracia: le permite seguir viviendo, pero en las minas.
En ese momento, un tumulto se deja oír en las minas. El coronel Sanders se acerca al grupo y Oxtiern tiembla. El rey le ha dado la libertad, pero fuera de las minas quiere batirse con él. Sin embargo, el conde no lucha, sino que se entrega a él, para redimir sus pecados y se tira sobre la espada de Sanders, quedando malherido. El coronel le permite seguir viviendo, siempre que no vuelva a cometer fechorías y crímenes. Así es como Oxtiern convirtió su vida en un dechado de virtudes y benevolencias.
“Vuestro rango, vuestra fortuna, vuestro nacimiento..., todo os situaba por encima de Sanders, y sus virtudes lo elevan a él donde no le alcanzaréis jamás” (el rey a Oxtiern).
Dorgeville, o el criminal por virtud
Dorgeville había salido con doce años de La Rochelle con destino a América para aprender con su tío de los asuntos y hacerse cargo de todo a su muerte. A los diez años y fallecido el tío, los amigos que habían ido a pedirle préstamos y ayuda le dejaron en la ruina. En ese momento recibe una carta desde Francia que le insta a regresar para administrar los bienes familiares, ya que sus padres han sido asesinados por su hermana Virginia y por su amante y la pareja ha huido a Inglaterra.
Después de lo que ha aprendido de la vida, decide llevar una vida retirada y virtuosa, beneficiando a los desdichados. Su nombre empieza a sonar como un gran benefactor, un hombre bueno.
Un día, se encuentra con la mujer más bella que ha visto nunca. Ha sido deshonrada y pretende matar al fruto de su error. Él la convence de lo contrario y cuida de Cécile y de su bebé. Dorgeville va a casa de los padres de la muchacha para que la perdonen, pero ellos se niegan. Allí conoce a uno de los criados, Saint-Surin, que tiene especial cariño por Cécile. La segunda vez les pide la mano de su hija, pero a ellos les da igual.
A los seis meses de casados, aparece el criado esposado; los guardias vienen a por Cécile, que resulta ser una criminal, amante del criado y cuya verdadera identidad es Virginia, su propia hermana. Ella no se arrepiente de nada y, junto a su amante, morirá en la hoguera al día siguiente. Tenían intención de envenenar a Dorgeville y quedarse con sus pertenencias.
La condesa de Sancerre, o la rival de su hija
Carlos el Temerario, duque de Borgoña, luchaba contra el rey Luis XI. El conde de Sancerre lucha al lado de Carlos, pero pierde la vida, no sin antes dejar dispuestas sus últimas voluntades: que su hija Amélie contraiga matrimonio con Monrevel, un apuesto y valiente soldado que la ama. También ella, aunque siempre lo haya disimulado, profesa un gran amor hacia él.
Es imposible saber cómo la dulce Amélie es hija de la terrible y pérfida condesa de Sancerre, llena de maldades inabarcables. La condesa se ha encaprichado del prometido de su hija y, como viuda, dispone de recursos innumerables para anular la boda, buscarle otro marido a su hija y hacer suyo a Monrevel. Para ello, habla con su hija y le dice que debe fingir ante el joven su amor. Amélie, obediente, así lo hace, ante la desesperación de Monrevel, ante quien se insinúa sin ningún tipo de pudor la condesa. Pero él disimula y pretende ignorar la pasión desenfrenada que le tiende la madre de su amada.
Amélie, obediente siempre, sigue las directrices de su madre y, cuando le busca un nuevo prometido que es otro ardid, le promete que es sólo para comprobar si el amor de Monrevel es sincero, mientras al joven le explica que nunca optará al amor de su hija, que ama a Salins. Busca entre sus criados a un pariente que aparece en el castillo disfrazado, haciéndose pasar por Salins. La condesa impulsa a Monrevel a asesinarle, pero el joven se guía por el honor y prefiere batirse justamente. La condesa tiende la trampa final: le dice que su hija va a huir con Salins y le da un puñal para que le apuñale en una sala donde apenas hay luz, mientras disfraza a su hija para que se parezca al supuesto joven. De tal guisa, Monrevel acaba con la vida de su amada, que le confiesa su amor por él antes de expirar, y Monrevel se quita después la vida.
La condesa se da cuenta del error y vive con el remordimiento el resto de sus días en solitario.
Eugénie de Franval
El señor de Franval había conocido a muchas mujeres y sus placeres ilimitados le habían llevado a convertirse en un personaje depravado, pecaminoso e impúdico. Había llegado la hora de encontrar una esposa y la elegida fue Mlle. de Farneille, una mujer sensata, buena y virtuosa que vivía únicamente con su madre, una mujer muy beata. Preguntaron a los pocos amigos que tenían en París y les recomendaron que Franval era un buen partido para la joven.
Cuando se celebró la boda, Mme. de Franval se convirtió en una esposa sumisa, esclava de los deseos de su marido, a quien amaba más que nada en el mundo. Muy pronto nació Eugénie, a quien Franval se encomendó en cuerpo y alma. Quitó el bebé a su madre y lo dejó en manos de mujeres de su máxima confianza hasta que cumplió los siete años. Después fue él mismo quien se ocupó de su educación, en la que había eliminado, para horror de la madre y la abuela, todas las materias que tuvieran que ver con la religión. En el alma de Eugénie fue floreciendo una adoración extrema, mientras que la semilla del odio hacia su madre empezaba a germinar alentada por las cándidas palabras de su padre. Con catorce años, la muchacha se entregó completamente enamorada a Franval. Con el paso del tiempo los dos amantes son descubiertos, gracias a las sospechas de Mme. de Farneille y por la confianza depositada por Franval en uno de sus amigos, Valmont, que enamorado de la virtuosa e incrédula esposa se lo dice intentando seducirla. La abuela envía a la casa de su yerno a su confesor espiritual, Clervil, para que hable con los incestuosos amantes y les haga ser conscientes de sus abominables fechorías. La entrevista fracasa. Valmont tiene como misión seducir a Mme. de Franval, para que ésta no pueda culpar los encuentros secretos de su marido y de su hija, pero será él mismo seducido por Eugénie, a la que quiere convertir en esposa. Mientras Clervil es encerrado en una celda de un alejado castillo perteneciente a Franval, Valmont rapta a Eugénie, alentado por la madre. Pero Franval descubre el secuestro y va detrás, matando al amigo que le ha traicionado.
Perseguido por su suegra y por la familia de Valmont, acosado por la justicia, Franval decide hacer las paces con su esposa, aunque todo es fingimiento, y se marcha con ella y con su hija de París, a Alsacia, donde tiene una de sus propiedades. Por Mme. de Farneille descubren que Franval podría ser arrestado por su crimen y huye a Basilea, no sin antes darle un veneno mortal a Eugénie para que asesine a su madre.
El tiempo que madre e hija pasan juntas produce cambios en el carácter de la joven, que empieza a ver que su madre no es el monstruo que le ha pintado Franval. Sin embargo, ella lleva a cabo su crimen.
Cuando las noticias cesan, Franval decide ir a su propiedad a ver qué es lo que ocurre. En un bosque cercano es atracado y golpeado. Oye a lo lejos unas campanas y empieza a tener remordimientos. Entonces se acerca un caballo. Se trata del padre Clervil, que le explica lo que ha ocurrido en su castillo: Eugénie ha envenenado a su madre, pero ha muerto después de desdicha y desesperación, a la vez que descubría el alma bondadosa de su progenitora.
Franval se arrepiente y comprende lo virtuosa que era su esposa y lo mal que él la trató en vida. El clérigo le impide quitarse la vida allí mismo, pero se encuentran con el cortejo fúnebre y cuando Franval ve a su esposa, la pide perdón y después se suicida, pidiendo como último deseo que le pongan en el mismo ataúd que ella.