miércoles, noviembre 12, 2008

Ansiedad

En mi colegio había un año en que pasaba un psicólogo a hacernos pruebas de todo tipo y tests psicotécnicos de cara a nuestro futuro profesional. Para nosotros significaba perder tres tardes de clases, lo que no estaba mal. Cuando acabaron, el psicólogo se entrevistaba con los padres y con el alumno. Tanto a mí como a mis padres nos informó, entre otras cosas, de mis altos niveles de ansiedad. Mi madre, como madre, ya lo sabía: mis nervios antes de marcharnos de excursión, mis dolores de cabeza inventados y enfermedades imaginarias cuando ese día tenía clase con un profesor que me daba miedo o una timidez disfrazada de risas que nunca ha desaparecido, pese a que los que me conocen me vean como una persona extrovertida.
También me devora la ansiedad cuando creo que he hecho o dicho algo que no debía. Sea por lo que sea, esto es lo que más me afecta de este tema. Supongo que hay quienes nos importan y que, en definitiva, no nos resbalan las cosas tanto como pensamos.
Debería estar durmiendo, pero no paro de dar vueltas. No es bueno esto: mañana necesito tranquilidad. Da igual que lea o que escriba o que haga cualquier cosa, porque cuanto más pienso en que debo dormir, más nerviosa me pongo.
Es curioso, recordando el tema de la timidez me han venido a la cabeza aquellas clases de filosofía sobre la ventana de Johari, los "yo" conocidos, los ocultos, los escondidos. Es interesante saber lo que los demás ven en nosotros que nos pasa desapercibido, pero lo más misterioso es lo que tenemos dentro y desconocen todos, incluso nosotros mismos, cosas que vamos descubriendo con el paso del tiempo. A mí me ven como extrovertida, un poco sinvergüenza, pero desconocen que todo eso es una barrera que oculta la timidez. En el fondo me corto con facilidad, pero es un secreto guardado a buen recaudo. Y nadie sabe mucho de esa ansiedad que me afecta, que intento evitar a toda costa, es como una enfermedad, pero no le doy importancia porque creo que es peor.
Espero que hoy no me afecte más. Necesito dormir.

martes, noviembre 11, 2008

Rincones escondidos

Uno de los rincones que pasan desapercibidos en Salamanca, pese a su majestuosidad, es la parte trasera de la Casa Lis, que sólo se puede ver desde la zona del Tormes. Por la noche se ilumina en una eclosión de color y las vidrieras modernistas tienden sus reflejos sobre las plateadas aguas del río. Desde el interior del museo no se ve la grandeza de esta parte del edificio, y durante el día pasa por ser un monumento más... Y lo querían cerrar.

Gente, gente, gente

En Salamanca siempre hay gente allá donde vayas. Es lo típico. La única vez que he visto las calles vacías fue en el Lunes de Aguas. Es algo parecido a la rebelión de las masas: masas y masas de gente, personas anónimas en las calles, individuos sin rostro, sin nombre, sin identidad.
A propósito de esto hablaba con alguien de lo triste que es el invierno en los pueblos. De que hace unas décadas, cuando salíamos de la escuela, daba igual que hiciera calor o frío, que nevara o lloviera... las calles estabas llenas de gritos, de risas, de peleas y de meriendas esparcidas por las alcantarillas. Me acuerdo de esto especialmente porque cuando había chocolate, nos comíamos las onzas y el pan quedaba por ahí, lo que ponía de mala leche al alguacil, cuya labor era recogerlo. Estoy hablando de una época donde no había muchas papeleras y, sin embargo, las calles estaban más limpias. Al fin y al cabo, el pan de las meriendas terminaba en el estómago de algún perro. Y no eran perros callejeros, sino que estaban sueltos por las calles. Menos Levi, que era el terror.
Levi era un perro lobo, violento, que enseñaba los dientes a los extraños. Mis hermanos y yo nos criamos con él y sólo se daba con la familia. Cualquiera que se acercara y fuera alguien extraño corría el riesgo de llevarse una dentellada de recuerdo. Era un perro agresivo, asocial, terrorífico sin llegar a los niveles de Cujo, pero era mi perro. El único animal por el que lloré de verdad al final de sus días. Tuvimos más perros, aunque ya no fue lo mismo. Luego vinieron una serie de animales de todo tipo: pequeños hámsters que se multiplicaban como las moscas (o más), canarios que te alegraban el día con sus alegres trinos, gatos rencorosos y mimosos... No es lo mismo; no se dice de balde que "el perro es el mejor compañero del hombre".
Es quizás nostalgia. Aunque prefiero el frenesí y el ambiente de Salamanca en invierno. Ya los niños no cogen la merienda después de la escuela y se van a jugar, indiferentes al tiempo, ahora se encierran en las casas con sus ordenadores y consolas. Entre algodones, no han descubierto lo que es sangrar de la nariz porque un amigo le ha dado un golpe, y al día siguiente seguir tan amigos como si nada hubiera pasado. Desconocen el olor a la mercromina, con la que yo pintaba mis piernas, aunque no hubiera heridas. No hacen batallas campales de bolas de nieve, lo que deja en evidencia su latente fragilidad. Nosotros éramos más duros.
Y yo tengo que lidiar en dos meses con estos niños y me tengo que meter en un papel que no me apetece.
En Salamanca siempre habrá gente.

lunes, noviembre 10, 2008

El hilo del silencio

Reconozco que hoy no he encontrado mucho tiempo para pasarme por el blog, pero, en mi eterna obligación de escribir, aunque sólo sean dos párrafos, a diario, me encomiendo a la tarea de esbozar unas cuantas palabras inteligibles antes de ir a tirarme a los brazos de Morfeo.
Ayer hablé con H. Había sido su cumpleaños. Para mí, llamar ese día es importante, no por lo que respecta a mí, sino por escuchar las palabras agradecidas de esas personas, aparte de conocer noticias de mi tierra. Necesito escuchar a esos amigos que ahora parecen tan distantes, pero que están ahí siempre, aquellos con los que has crecido, los que conocen tus virtudes, tus defectos, tus gustos, lo que aborreces...
El hilo del silencio se ha mantenido hoy intacto, porque quería saborear esos instantes de ayer, guardarlos para mí sola. Por eso he tardado tanto en hacer acto de presencia, pues ahora quedan tan sólo como momentos para el recuerdo.

domingo, noviembre 09, 2008

"The Contract"

Vaya tarde-noche de películas de acción. Estoy, en estos momentos, saturada de cine. Esta película también tiene su cosa.

La película empieza desde dos frentes completamente diferentes. Por una parte, Frank Carden (Morgan Freeman) y su banda de mercenarios tienen un contrato que deben cumplir: matar a un obstáculo del progreso. Por otro lado, un profesor, Ray Keene (John Cusack) y su hijo Chris (Jamie Anderson) deciden pasar unos días de acampada para estrechar sus lazos y arreglar sus diferencias.
Mientras que Frank es detenido por la policía, sus secuaces bloquean las carreteras y consiguen liberarle, pero Frank cae en manos de Ray y Chris, que se lo llevan con ellos, lo que crea una complicidad entre los tres.

"Rastro Oculto"

A este paso me quedaré sin uñas. Hacía bastante tiempo que no veía una película de acción en la que mi estómago pareciera a punto de estallar. Lo cierto es que me ha gustado, a pesar de la crueldad de ciertos momentos o de ciertos personajes.

Jennifer Marsh (Diane Lane) trabaja en el departamento del FBI que se dedica exclusivamente a los delitos cybernéticos. Un día encuentra una página en internet, Kill with me, donde se tortura un gatito hasta la muerte; cuantos más usuarios entren en la web antes morirá el animal. Nadie en su departamento le presta importancia hasta que aparece un hombre que es torturado hasta la muerte. Se le asigna el caso y un compañero, el inspector Eric Box (Billy Burke), para que encuentren al psicópata que, tras varias investigaciones, saben que es de la ciudad. Todo el mundo conoce la página y los del FBI buscan sin éxito, pero lo que parecía lejano no lo es tanto cuando Griffin (Colin Hanks), uno de sus compañeros, es metido en una bañera de ácido sulfúrico. A pesar de que en la rueda de prensa se pide que la gente no acceda a la página, el morbo llama y los visitantes se multiplican como la espuma. Con el código morse que Griffin transmite a través de los ojos, Jennifer da con el asesino, un enajenado mental que se escapó varios meses antes del centro psiquiátrico donde le mantenían encerrado, Owen Really (Joseph Cross). Puesta en circulación la orden de búsqueda y captura del joven, Jennifer es invitada a tomarse unas vacaciones, pero entonces la encuentra Owen...

Una de chistes

Es superior a mí, siempre me los tienen que explicar. Y cuando pienso en "no lo pillaré" es cuando me pongo nerviosa y entonces sí es cierto que no lo pillo. Me ha pasado hace un momento, por teléfono.
Contaba yo a mi madre uno que escuché anoche en "El Hormiguero", que me entró la risa tonta.
Está la Familia Real navengando y de repente dice Sofi: "Juancar, vete a por la escopeta, que hay un tiburón". Viene el Rey y le dice Sofi: "Espera, no dispares, que es Letizia nadando de espaldas.
A lo que mi madre, guasona ella y sabiendo mi nulidad para los chistes, me responde con otro:
¿Qué diferencia hay entre un matrimonio bien avenido y uno divorciado?
Mmmmm Mmmmm.
Que en el matrimonio hay arroz y en el divorciado es todo paella.
Aún recuerdo aquel que tardé una semana en pillarlo. Y ahora me descojono.
Va un mendigo por la playa y se acerca a unos turistas con la mano extendida.
-Por favor, llevo dos días sin comer.
Se acerca el hombre de familia, le da dos palmaditas en la espalda y le dice:
-Pues ale, ya te puedes bañar.
En fin, que necesitaba una inyección de risas, que los domingos son deprimentes.

sábado, noviembre 08, 2008

"88 minutos"

Una película entretenida para la tarde del sábado. Lo cierto es que la he visto por Al Pacino.

Jack Gramm (Al Pacino) es un prestigioso doctor especializado en psiquiatría criminal, además de catedrático universitario, que colabora con el FBI.
Ha metido a muchos asesinos en serie entre rejas, aunque muchos piensan que no es del todo justo con sus declaraciones. Jon Forster (Neal McDonough) ha sido condenado a muerte y esa noche se va a cumplir su condena. Y esa mañana Jack recibe una llamada donde se le dice que le quedan 88 minutos de vida. Tiene que encontrar al asesino antes de que éste dé con él, aunque sabe que es alguien que tiene relación con Forster. Los primeros sospechosos son sus alumnos: Kim Cummings (Alicia Witt), su ayudante de cátedra; Lauren Douglas (Leelee Sobieski), una inteligente muchacha lesbiana de rostro angelical; Mike Stempt (Benjamin McKenzie), el alumno más aventajado de la clase, que para colmo sospecha de su propio profesor. Jack se mantiene en contacto con su amigo del FBI, el agente Frank Parks (William Forsythe), que le aclara que todas las pruebas y nuevos asesinatos, imitaciones minuciosas y perfectas de los de Forster, le señalan a él. Sin embargo, Jack está seguro de encontrar al asesino, que termina siendo una de las abogadas defensoras del reo que se ha hecho pasar por alumna, Lauren.

Época de trufas

No me gustan las trufas, pero están ya en todos los estantes, junto a polvorones, mantecados y bombones en un abanico navideño multicolor. Y falta más de un mes... Nos meten todo por los ojos, no sé para qué, porque algún año estás en marzo y aún puedes seguir comiendo turrón duro.
No quiero que las navidades se acerquen tan rápido. Vuelven los recuerdos dolorosos y también los encuentros indeseables.
Si pudiera elegir me iría al Caribe a disfrutar de buena temperatura y del mar. Quien dice al Caribe se refiere a cualquier sitio paradisíaco donde no haga frío ni mal tiempo.

viernes, noviembre 07, 2008

"El niño con el pijama de rayas"

No hace mucho que me leí el libro y me encantó. No se me ha caído la lagrimilla porque ya sabía el final. La película es bastante fiel a la novela. Sigo pensando en el elemento simbólico de la alambrada, el muro que separa, que aquí sirve para unir y forjar una amistad entre dos niños que no saben lo que está pasando en sus respectivos mundos, pero los describen como bien saben o pueden, con la sabiduría inocente de los ocho años.
He echado de menos que a Bruno no le hayan rapado el pelo, para que pasara por preso con más facilidad. En el libro le habían salido piojos y su padre optó por rasurarle. También he echado en falta el momento en que él habla a su hermana de un amigo imaginario.
Los personajes son geniales, sobre todo Bruno (Asa Butterfield), que borda su papel. Un niño curioso, despierto, creativo, imaginativo, y al que no se le escapa ni una. Su vasta curiosidad es la que le impulsa a pasar al otro lado.
No digo más porque para el argumento ya lo conté cuando me leí el libro. Es genial, pero era cosa esperada.

Lovecraft vs Hemingway

A medida que me leo a Hemingway, he optado por retomar el segundo volumen de H.P. Lovecraft. Es más extenso que el primero y las historias también son más largas, pero me apetece.
Supongo que lo dejaré encima de la mesilla de noche e iré metiéndome en ello poco a poco, ya que después de leerme el prólogo de Por quién doblan las campanas quizás el contenido de una historia basada en las experiencias de Hemingway durante la Guerra Civil española pueda atragantarse, por lo que tiene de atroz, violento, por lo que nos toca.

Como en una tela de araña

Es esa sensación que parece atraparte como los frágiles hilos de una telaraña, que te hace cosquillas en la piel y, por mucho que intentas romperlos, sigues ahí, atrapada, débil, contagiada por unas palabras emponzoñadas.
Atrapada por inocentes palabras malinterpretadas sin razón. Atrapada por invisibles tentáculos peludos que no te dan opción a escapar. Atrapada por un veneno lenguaraz y locuaz que aún no has llegado a comprender.
Son los finos hilos tejidos por la araña los que te tienen de brazos cruzados, mientras esperas el momento para soltarlos o para ser engullido por algo a lo que no puedes escapar.

jueves, noviembre 06, 2008

Los peces de la amargura


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Hay libros que sensibilizan de una manera atroz, bien sea por los temas que tocan, bien sea por la delicadeza con que están escritos, bien sea porque es algo que afecta o que te hace pensar.
Fernando Aramburu cuenta a través de magistrales relatos y con personajes anónimos lo que es la realidad del País Vasco. Diferentes puntos de vista de un problema que nos concierne a todos. Historias que llegan a todos, que nos hacen sentirnos momentáneamente como si estuviéramos dentro de la piel del protagonista. A la sazón...
Un joven que vive traumatizado desde la infancia. Introvertido, tímido y volcado en un trabajo que le hace "olvidar", con fobia a los cines, una notoria disfunción sexual, terror por las pistolas y una psicosis reiterada por garabatear unos símbolos que nadie entiende. Sólo su pareja podrá ponerle de frente a lo que ocurrió y "curarle" en cierto sentido.
La madre de un terrorista que no entiende cómo sus vecinos son, de repente, tan amables con ella, que la regalan lo que va a comprar, con amenazas de muñecos desmembrados y cubiertos de sangre, que nadie la cree. De repente, su hijo es un héroe en su pueblo, y Maritxu se siente desubicada.
Una joven, que fue a sacar dinero al cajero cercano a su casa y tuvo la mala fortuna de que una explosión terrorista la alcanzara y la dejara inválida para el resto de sus días. Después de seis meses en el hospital, su vida queda destrozada y su humor se ha tornado irascible.
Dos enfermos coinciden en un hospital: uno acaba de ser ingresado por una botella incendiaria que le ha producido quemaduras graves en las piernas, el otro es un abertzale que termina pidiéndole perdón. Ante la muerte no hay etiquetas, colores, banderas ni diferencias.
Un preso etarra en régimen de aislamiento recuerda a su compañero de juegos, y luego de comando terrorista. Su amigo murió tiroteado, pero él prefirió hablar.
Un hombre es condenado por chivato, aunque nadie se ha molestado en verificarlo. De repente su vida se ha convertido en un infierno: sus amigos ahora son enemigos, sus negocio ha ardido y toda su familia es una proscrita. Sólo tiene una salida: suicidarse.
Una familia se siente amenazada porque no tienen raíces vascas. Les instan a marcharse, pero no lo hacen. Cuando asesinan al marido, policía local, la madre intenta aguantar allí todo lo que puede, pero finalmente tiene que escapar de aquel infierno cuanto antes, necesita que cesen las amenazas... por sus hijos.
Un matrimonio desea que su vecino, concejal, se marche del edificio, porque a diario soportan ataques de la kale borroka y temen que puedan afectarles.
Una niña está en el colegio cuando se escucha un fuerte estruendo. Durante horas, su hermano y ella están albergados en casa de unos amigos, y en la televisión descubren el retrato de su padre. Su madre tiene que confesarles que su padre ha muerto (asesinado).
Íñigo está en una edad en que las chicas empiezan a declararse: una es hija de un socialista, la otra es abertzale. Él no se decide, pero entonces se homenajea a la hermana etarra de Bego. Ese día él tiene que marcharse amenazado de la manifestación y su abuelo le cuenta que esa mujer asesinó a su padre cuando él tenía solo unos meses. Íñigo acaba de decidir a la chica con la que quiere estar.

La Reina muy de cerca


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Es el libro del que se comenta en todos los medios de comunicación. Es el libro de la polémica. El libro "conmemorativo" a los 70 años de la Reina. Y yo, después de leído, pregunto: ¿Por qué tanta polémica? ¿Por qué esos grupos de comentaristas de turno de lengua vivaraz se ceban tanto con las palabras de la Reina? ¿Por qué se sacan tantas cosas fuera de contexto y se exageran de tal forma en los medios? Sí, es cierto que un libro sobre Doña Sofía estaría en el punto de mira, pero sus palabras corroboran lo que es: toda una Señora, de los pies a la cabeza, con gran personalidad, y una Reina con todas las letras.
Doña Sofía toca muchos temas de actualidad, algunos no tan actuales, que nos conciernen a todos. Como dice varias veces, ella está "para servir" y "las cosas que se hacen con el corazón no necesitan condecoraciones".
¿Por qué no se habla en los medios del capítulo titulado La otra silla de la Reina, ese donde vemos a una Doña Sofía profunda, como persona, responsable con una parte del mundo desconocida para muchos -su mirada a la pobreza y miserias humanas-, de los microcréditos y su trabajo de cooperación y colaboración con el Tercer Mundo? ¿Por qué no se ha dicho nada de su filantropía? Claro, no interesa. Es más fácil criticar.
Es más fácil decir que la Reina ha dicho que Obama es negro, pero no se ha concretado que no lo dice de un modo despectivo, sino como el triunfo de que pueda ocupar la Casa Blanca sin tener en cuenta el color de la piel.
Cuando habla de los homosexuales, deja muy claro que aunque por ley se puedan casar eso no es un matrimonio, que puede haber otros nombres para calificarlo: contrato social, contrato de unión... Pero no como matrimonio. Y en esto tiene razón. Quizás en el DRAE dentro de unos años se añada una acepción más, pero de momento:
matrimonio.

(Del lat. matrimonĭum).
1. m. Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.
2. m. En el catolicismo, sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia.
3. m. coloq. Marido y mujer. En este cuarto vive un matrimonio.
4. m. P. Rico p. us. Plato que se hace de arroz blanco y habichuelas guisadas.

Sí, se tiende a sacar todo del contexto en el que se ha dicho. La Reina no dice nada fuera de lugar. Es una mujer, quizás inalcanzable, pero en el libro se muestra muy humana, derrochando personalidad, hablando de su familia, de sus nietos (da la sensación de que su preferida es Leonor), se muestra cercana. No opina más que lo justo, dando una visión y muchas veces desviando el tema, sin "mojarse" en ciertos asuntos. Demuestra ser una Señora, con las ideas claras, satisfecha de su vida pasada, orgullosa de sus nietos. Defiende a Letizia a capa y espada, pese a las habladurías, que le llegan. Sorprende en muchos de sus hábitos.
Escuché en un programa de estos donde se tiende a satanizar lo que se dice en el libro que la Reina hablaba de las amantes de Don Juan Carlos. En ningún párrafo se dice nada al respecto. Mon Dieu! Eso verifica que muchos de los que tanto critican ni siquiera se han leído el libro. ¡Qué triste!
Como contrapartida, cuando habla del Rey lo hace con cariño, con el conocimiento, la complicidad, la convivencia de muchos años juntos. No sabía que le llamara "Juanito".
La Reina demuestra que es muy inteligente y confiesa que es muy tímida, que a veces "desconecta" y, por eso, parece que está ausente en muchos actos oficiales.
Habla del Grupo Bilderberg, una reunión selecta donde van los representantes de las grandes empresas mundiales, personas de las monarquías y ministros, donde se "cuece" lo que está ocurriendo en el mundo y se prevé lo que va a pasar y las medidas para hacer frente. Por ejemplo, si va a estallar una guerra, los del Grupo Bilderberg lo saben como dos años antes que el resto de los mortales.
La Reina habla de que pasa la mitad de su vida en el aire y la otra mitad en tierra, de todo lo que tiene que viajar y moverse, un estar cerca de todos, pero no lo dice como si se tratara de una queja.
Y cuenta cómo intuyó lo de Letizia porque, estando en Palma de Mallorca de vacaciones, Don Felipe se levantaba de la mesa diciendo: "Me voy a ver el telediario de las 3".
Entre la gente de la que habla, con la que mantienen contacto, me llamó la atención especialmente el tema de Adolfo Suárez, con un estado avanzado de alzheimer, que en una visita de los Reyes le preguntó a Don Juan Carlos quién era.
Entre toisones de oro, masonería, Perejil, atentados, celebraciones y la Zarzuela se me ha acabado el libro. No, no hace falta cebarse tanto con Doña Sofía.

Nací un 14 de abril, pero no fue en 1931. Desde muy pequeña todo el mundo me llamaba "republicana". Yo entonces desconocía el significado de la República. Profesores de historia, literatos y gente del mundo del periodismo seguían preguntándome si el hecho de haber nacido ese día me hacía más proclive al republicanismo. Yo esbozaba una caricatura de sonrisa, pero no contestaba. Después de mucho tiempo, cuando estudié a fondo la Transición y el papel del Rey... me di cuenta de que el día de nacimiento era indiferente. Tengo una predisposición positiva hacia los Reyes. No me considero monárquica, pero sí juancarlista. Quizás es que a muy temprana edad vi su perfil humano como Reyes del pueblo. Y sí, que me llamen "republicana" cada vez que cumplo un año más, pero ¡Viva el Rey!

miércoles, noviembre 05, 2008

Silfo


El silfo es un espíritu elemental del aire. Para muchos, es el macho del hada. Están hechos de aire. Piensan y flotan. Son sutiles y evasivos. No reaccionan a los sentimientos, así como tampoco sienten. No se les puede alabar, alimentar o entusiasmar. Son seres del viento, del pensamiento y del vuelo. No es posible hacer que un silfo se preocupe por algo, pues la preocupación es una emoción, y ellos no se emocionan nunca.
Esta criatura habita encerrada en cuevas de bosques tupidos, ya que la luz del sol le hace daño.
Se cree que los silfos son las criaturas más sabias de la tierra, pues su memoria comprende antes de la creación del mundo.
A pesar de ser calificados de espíritus, carecen de espíritu, por lo que no evolucionan; son la naturaleza misma.

El nuevo AMO del Universo

Esta madrugada medio mundo esperaba expectante los resultados de las elecciones de Estados Unidos (el otro medio mundo dormía, como es mi caso). Barack Obama, el candidato demócrata, derrotaba a su oponente republicano, John McCain.
Este hombre significa el cambio, la vuelta a la esperanza, el cese de un terror infundado en manos de su predecesor que ha hundido el sueño americano en la miseria, gracias a unos métodos prepotentes y un sistema que podría definirse con el "aquí mando yo". Ya es hora de que Bush se vaya, con sus engaños, sus guerras y su arrogancia. Que se vaya a cuidar vaquitas a su finca texana, ya que del mundo no ha sabido cuidar...
Por muy mal que lo haga Obama es imposible que lo haga peor que Bush.
Por otro lado, me alegro de que por fin un hombre de color pueda entrar en la Casa Blanca sin que nadie le prohíba el paso por el color de su piel. Con Obama caen muchas barreras, desaparecen innumerables prejuicios. Es como una luz que romperá unas cadenas que estrecharon no sólo a Estados Unidos, sino a todo el mundo, durante ocho años.

No soy una persona a la que le guste mojarse en política, pero reconozco que cuando he sabido el resultado me he emocionado. Es lo que significa todo esto. Barack Obama no es sólo el presidente de Estados Unidos, primera potencia mundial, sino que es el AMO del Universo. Esto es, muchas de sus decisiones nos afectan al resto del mundo, de ahí mi interés por este tema, de ahí que me parezca genial el resultado. Por su significado.

Lluvia

La lluvia trae consigo melancolía, tristeza, pesar... O quizás los días grises decoloran el cielo dando la misma tonalidad que atrae los recuerdos, la nostalgia.
Hace mucho tiempo odiaba la lluvia. Supongo que sigue produciéndome rechazo. Pero en los últimos tiempos, siempre que me ha pillado en la calle y me ha calado hasta los huesos me he sentido liberada. No sé por qué. Sólo sentía las gotas en mi rostro, en mi pelo... y me sentía transportada a otro lugar...

Sigue lloviendo intensamente.

martes, noviembre 04, 2008

Los crímenes del amor

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Pocos hombres pueden jactarse de universalizar su apellido o su título nobiliar para describir alguna faceta de la vida. El “Divino” Marqués de Sade es uno de estos personajes.
El “sádico” es una persona que deriva satisfacción sexual haciendo sufrir cruelmente a su pareja. Etimológicamente la palabra proviene de Donatien Alphonse François (1740-1815), marqués de Sade. Fue hecho prisionero por cometer crímenes sexuales y, pocos años antes de la Revolución Francesa, fue trasladado desde La Bastilla hasta el manicomio de Charenton. En total estuvo encerrado durante 29 años, época durante la que escribió variados relatos eróticos, caracterizados por la libertad extrema, una moral desenfrenada y con la búsqueda del placer sexual como principio más elevado.
El rey firmó para Sade las lettres de cachet, a petición de su familia. Eran órdenes de encarcelamiento que el monarca emitía sin dar cuenta de los motivos ni de las causas que las provocaban.
Cuando en 1790 fue puesto en libertad y, acuciado por necesidades económicas, Sade decidió, a instancias de su editor, publicar una serie de novelas libertinas anónimas, de cuya paternidad renegará una y otra vez. En los años siguientes, sus pretensiones literarias y su afán por salir del anonimato le llevan a preparar meticulosamente las once “nouvelles” que formarán parte de Los crímenes del amor.
La obra apareció en 1800 y es la primera que publicó con su nombre. Para ello, tuvo que suprimir términos escandalosos, escabrosos e impíos, por lo que el erotismo inicial queda suavizado ante el temor de ser acusado de indecencia por la censura.
Estas historias están entremezcladas de manera que una aventura alegre o pícara, siempre bajo las normas del pudor y la decencia, sigue de forma inmediata a una aventura seria o trágica.
Según el autor, la visión de los tortuosos caminos del vicio conmueve, remueve más el corazón del hombre.
Es una época donde la novela comienza a caracterizarse como género literario. Sade, como muchos de sus coetáneos, escribe para esta obra un prólogo donde habla de su idea sobre las novelas. Defiende la novela como espejo de la realidad, y en la realidad hay pasiones que, descritas en toda su crudeza, tienen más posibilidades de aleccionar al lector y, por tanto, de corregirle.

Juliette y Raunai, o la conspiración de Amboise
Con el auge del protestantismo que viene de los países vecinos, gracias al furor religioso de Lutero y Calvino, Francia se ve envuelta en dos bandos enfrentados. Los que apoyan la Reforma religiosa y los que están en contra. Mientras los vientos huracanos del Vaticano se encuentran lejos, los reyes francés, español e inglés forman una alianza para luchar contra los nuevos ideales religiosos. Un anciano Enrique II muere desconociendo que los bandos protestantes están conjurando por regiones para instaurar el protestantismo en Francia. La reina viuda, Catalina de Médicis, se refugia en Amboise, que se ve cercado por el barón de Castelnau. Con éste hombre, un dechado de excelsas virtudes, viaja su hija Juliette, una dama de gran belleza, a la que no le importa luchar por su causa. El segundo mando del barón es Raunai, un joven profundamente enamorado de Juliette. Y el padre aprueba y se enorgullece de esa relación que sabe que algún día se llevará a la práctica.
Cuando el general que está a las órdenes del duque de Guise, defensor de Amboise y de la Corte que allí se aloja, descubre que el barón viene acompañado por todo un ejército, se preparan para la lucha. Pero el general le habla al duque de las virtudes y hermosura de Juliette. La joven es invitada a una entrevista con la reina, pero es engañada por el duque que, en cuanto la ve, la desea para sí mismo, aunque tenga que inmolar a su esposa. Como Juliette se niega a complacerle, al duque no se le ocurre otra cosa que utilizar la vida del barón como moneda de cambio. Castelnau también es engañado para entrar en Amboise, donde es hecho prisionero. Sin embargo, Juliette se mantiene fiel a su amado, a sus virtudes y a su honor, incluso su padre le prohíbe que se entregue a ese hombre perverso, alegando que prefiere perder la vida.
Raunai entra en la ciudad a escondidas y Juliette encuentra una treta para burlar al duque de Guise: que el amado se intercambie por su padre, de tal forma que éste recupere su derecho a la vida, mientras los amantes después se quitarán la vida.
Pero en el tribunal, ante la sensatez de las respuestas del barón que sumen a todos en un caos total, el duque decide perdonarle la vida, así como permitir que los dos amantes sigan su camino juntos sin intentar ponerse en su camino.
Como colofón, es necesario resumir la historia en una frase puntual: “que el poder cuando es omnímodo puede cometer todas las monstruosidades capaces de ser engendradas por la imaginación”.

La doble prueba
Ceilcour era un noble de París, joven, apuesto y mujeriego. Pero ya se había cansado de la vanidad e interés de las mujeres; ahora quería una esposa. Tenía puestos los ojos en dos viudas: la baronesa Dolsé, una joven muy virtuosa; la condesa de Nelmours, una mujer acostumbrada a las cosas de la calle, perversa y coqueta. Estas dos personalidades tan opuestas son puestas a prueba a modo de las invitaciones y fiestas más imaginativas por parte del galán, que observa sus comportamientos, aunque está seguro de que será Dolsé la elegida por su benevolencia. Después de gastar de una manera exagerada en ellas, les escribe diciéndoles que está arruinado. Las dos conocen la existencia de la otra y mientras Nelmours se desinteresa y no quiere saber nada de él, la baronesa le presta dinero pero no le perdona que haya otra mujer, pese a que él le explica la prueba a la que las ha sometido, hastiado de la naturaleza perversa de las mujeres que han pasado por su vida. Sin embargo, Dolsé está enferma de amor.
“Por haber jugado con las dos, ha terminado perdiéndolas y quedándose solo”.

Miss Henriette Stralson, o los efectos de la desesperación
Lord Granwell era un joven lujurioso, lascivo e incestuoso de Londres. No había mujer que no cayera rendida a sus ardides para la conquista, llegando incluso a tratarlas mal, porque no había para él ninguna que fuera lo suficientemente virtuosa para que recibiera de él amor y dulzura. Una noche, acompañado de sus amigos, el bribón descubre a una belleza a la que nunca había visto. Se trata de Miss Henriette Stralton, que ha venido de visita a Londres. Va acompañada por su madre y su prometido, Williams.
Granwell enseguida desea que esa mujer sea suya, así que decide seducirla, pensando que no será una tarea ardua tratándose de una fémina criada en el campo. Coloca espías en todos los lugares desde donde se la pueda espiar y envía a su mejor amigo al hotel donde se aloja Williams para que le saque información de todo tipo.
Intenta hacerla suya en varias ocasiones, pero Henriette sabe librarse de él a tiempo, siempre con engaños y súplicas que enternecen el corazón del malvado Granwell, que empieza a enamorarse de ella. De seductor se ha convertido en seducido. Los encantos y virtudes de esa mujer son excelsas. Después de muchos engaños consigue secuestrarla, mientras sus amigos se han encargado de arruinar a Williams. Pero a Henriette no le importa la fortuna de su prometido, porque le ama verdaderamente y porque además sabe que están siendo víctimas de las locuras del lord.
Cuando se la lleva a un castillo lejos de Londres, cree que ya la tiene bajo su poder y consigue engañarla implorándole el perdón, a cambio de saldar las deudas de Williams mientras consigue que vaya al castillo, donde supuestamente se van a casar bajo su consentimiento. Pero en la capilla Henriette se encuentra con el féretro de su amado. Finge que esa noche se entregará a Granwell y que después se casará con él, pero le clava un puñal y después se quita la vida ella misma.

Faxelange, o los errores de la ambición
El señor y la señora Faxelange formaban parte de la burguesía acomodada de las inmediaciones de París. Tenían una hija tan bella y virtuosa que habían decidido buscar un buen partido para ella, aunque la joven amaba a su primo Goé, un dragón que no contaba con muchos recursos económicos.
A su casa llegó el barón de Franlo, educado, culto, riquísimo y con buen gusto, que les sedujo a todos, tanto a los padres como a la hija. Finalmente pidió su mano, pese a que Goé había avisado a su prima de que había algo turbio en las maquinaciones de Franlo, que era un estafador. Ella ignora sus palabras, creyendo que todo se debe a los celos. Pero en cuanto se marchan de París, creyendo que vivirá en América donde el supuesto barón tiene posesiones, él comienza a frecuentar tabernas y hostales cada vez más sombríos y sucios y, paulatinamente, su dulzura y formas suaves empiezan a desaparecer. Finalmente, cerca de su guarida, le explica a su esposa que es el jefe de una banda que se dedica a robar y matar, aunque su título y nombre son verdaderos, pero se arruinó y se desvió por el camino del crimen. Ella será tratada como una reina y respetada y obedecida, hasta el día que una cuadrilla de dragones, entre los que se encuentra Goé, encuentra la guarida. El primo, lloroso de pena, se marcha a la guerra y desaparece para siempre.
Y esto es lo que resulta de la avaricia de los padres y la ambición de las hijas.

Florville y Courval, o el fatalismo
El señor de Courval era un hombre que sobrepasaba los cincuenta años, pero aún apuesto y con dinero, pero necesitaba una mujer sensata para que le acompañara el resto de sus días. Y así se lo hizo saber a sus amigos, que encontraron a una treintañera, Florville, protegida de un hombre adinerado, el señor de Saint-Prat. Su primera esposa le había abandonado, su hijo siguió los pasos de esa pérfida mujer y su hija había muerto siendo aún un bebé. Se sentía solo y, después de lo que le contaron sobre Florville, concertó varias entrevistas con ellas y descubrió que era una muchacha de su gusto.
Pero la virtuosa y sensata joven debía hacerle partícipe de la historia de su vida. Así fue como le explicó que su cuna había aparecido a las puertas de la casa del matrimonio de Saint-Prat, deseosos de un hijo, y que la cuidaron y educaron como si fuera propia. Pero la muerte de la esposa, Saint-Prat no consideró adecuado que la joven siguiera en aquella casa y la envió a Nancy con una hermana suya, Mme. de Verquin, creyendo que allí recibiría una educación adecuada. Sin embargo, aquella mujer estaba entregada al libertinaje ilimitado y sus actos y palabras influyeron en la adolescente, que muy pronto cayó rendida ante los brazos de un joven soldado, Senneval, que la dejó encinta. Dejó el bebé a una familia para que lo cuidara y después abandonó a la desdichada joven, que estaba deseosa de marchar a París. Su protector la envió entonces a casa de otra pariente, Mme. de Lérince, una mujer virtuosa y temerosa de Dios, con la que Florville se sentía a gusto. Sin embargo, seguía carteándose con Mme. de Verquin. Un día, llegó un joven muy apuesto a casa de las damas y se enamoró de Florville, a pesar de la diferencia de edad. La quería como esposa, pero ella recordó su desliz del pasado y lamentó la pérdida de su hijo, y le instó a que se fuera y la olvidara. Pero el joven entró una noche en sus aposentos y la hizo suya, Florville se defendió y le clavó unas tijeras en el corazón. Después de este crimen, pidió ayuda a su protector y enterraron al muchacho en el más íntimo secreto.
Después, Florville volvió a visitar a Mme. de Verquin, a la que encontró en el lecho de muerte y que murió en sus manos. Se alojó en una posada, donde vio cometer un crimen y tanto ella como sus criados testificaron contra una mujer que fue a la horca al día siguiente. Volvió de nuevo a París y se alejó de la sociedad, creyendo que siempre sería desdichada, hasta que conoció al señor de Courval, con el que terminó casándose.
Un día tuvo un sueño premonitorio que desembocó en la visita del hijo de su esposo, que le había abandonado años atrás.
El joven Courval les contó a su padre y a su esposa las últimas palabras de su madre, antes de morir ahorcada, acusada de homicida. La incestuosa historia comienza cuando la mujer abandonó a su hija a las puertas de la casa de Saint-Prat, creyendo protegerla de las maldades del mundo. Por su lado Courval confiesa que sedujo a una adolescente en Nancy, con la que tuvo un hijo, y después la abandonó. Pero arrepentido por sus actos, volvió a por su hijo, al que dejó a cargo de varias mujeres que se ocupaban por temporadas de su educación. El joven llegó entonces a casa de Mme. de Lérince, donde se enamoró de una mujer mayor, y a manos de la que terminó muriendo.
Florville reconoce en el joven Courval a Senneval, a su hijo en su amante muerto, a su madre a la mujer contra la que testificó y a su padre en su esposo, con que sólo tiene una salida para acabar con aquella locura: volarse la tapa de los sesos.

Rodrigo, o la torre encantada
Rodrigo, rey de España, era un hombre afeminado que abusaba de su poder, habiéndose convertido en un tirano y en un perverso que obtenía placeres de muchachas aprovechándose de su real poder.
Entre las jóvenes que llevó a su corte estaba Florinda, hija del conde don Julián, que andaba en África combatiendo a los moros. La chica, antes de morir, tuvo tiempo de escribir a su padre y contarle metafóricamente lo que había pasado. El conde arma todo un ejército de moros y se alía a otros hombres que estaban hartos de los abusos del rey.
Rodrigo que tiene las arcas vacías y no cuenta con un ejército para enfrentarse a don Julián se va en busca de un tesoro a una torre encantada cerca de Toledo. Allí ve todos los horrores que ha cometido en vida, así como la sangre que ha derramado. Entre las jóvenes destaca Florinda que le dice que aún le verá una vez más antes de morir. Rodrigo sigue adelante con gran valor y consigue al fin el tesoro. Ahora puede armar a un ejército y lugar contra los moros. En una de las batallas, un hombre se presenta a él y le reta a luchar ellos dos solos para no derramar tanta sangre. Le vence y, cuando se quita el casco, es Florinda la que ve ante sus ojos.
Porque “quien abusa de su autoridad, antes o después, encuentra, en la justicia del cielo, el castigo de sus infamias”.

Lorenza y Antonio
En épocas de intrigas italianas, con los Médicis gobernando en Florencia y los Strozzi como enemigos más acérrimos, ocurre esta oscura trama en el seno de los segundos.
Carlo Strozzi es conocido por varios crímenes cometidos abusando de las cualidades varoniles que le otorgan superioridad sobre sus esposas, fallecidas bajo su perversidad. Sin embargo, de su primer matrimonio nació un hijo, Antonio, tan casto, valiente y virtuoso como pérfido era su padre. Aunque Carlo intentaba inculcar en su hijo toda una serie de malignidades, el muchacho estaba dispuesto a luchar contra los Médicis junto a su tío Luigi, un ejemplo a seguir. Ama con locura, desde la más tierna infancia, a Lorenza Pazzi, cuya familia también era contraria a los Médicis. Cuando la joven se queda huérfana, con trece años, se va a vivir con su futura familia política, donde todo va bien hasta que su prometido se marcha a combatir. Carlo, que ahora la tiene bajo su poder, se encapricha de la que será su futura nueva y entreteje toda una maraña de artimañas y tejemanejes para que la muchacha olvide a su hijo. En el momento en que Antonio no sea el dueño de su corazón podrá aprovecharse de ella. Pero no cuenta Carlo con que el primer amor, ese amor de juventud, es tan férreo como imposible de destruir. La joven se mantiene fiel, pura y virtuosa hasta que cumple los catorce años, edad en que ya puede casarse con Antonio, que viene a casa para que la boda se lleve a cabo. Pero Luigi llama de nuevo a su sobrino para que vuelva al campo de batalla, dejando a Lorenza bajo los auspicios y cuidados de su padre, sin sospechar nada, aunque ella desea ir con él.
Carlo pone a disposición de la joven esposa un sinfín de hermosos criados y descubre que ella consigue sonreír con uno de ellos, Urbano, al que el suegro impulsa a seducir a Lorenza. También se alía con la sirvienta más fiel de la joven, Camila, prometiéndole bienes y riquezas. Y un día se lleva a Lorenza a su castillo en el campo, un lugar inaccesible. La muchacha es consciente de que aquello es como una prisión. Carlo y sus esbirros no consiguen doblegar a la joven, que se mantiene fiel a Antonio. Sin embargo, Carlo escribe a su hijo alentándole a regresar, afirmando que su esposa le ha sido infiel. Engañada ella, su marido mata a Urbano y duda de su lealtad, creyendo ciegamente las palabras de su padre. Decide vengarse y permite una lenta muerte a manos de su padre, mientras se aleja del castillo. Camila y Carlo encierran en un calabozo a Lorenza, que se mantiene fiel y pide una muerte justa. Camila intenta convencerla: su libertad a cambio de su honor. Pero nada hace cambiar de opinión a Lorenza. Carlo, que no es un adalid de paciencia, decide abusar de ella, no sin antes envenenar a la criada. Pero Camila, sabiendo que su final está cercano y con el remordimiento que precede a la muerte, le escribe a Antonio contándole toda la verdad respecto a la fidelidad de su esposa, y contándole quién es el traidor.
Antonio y Luigi llegan a tiempo para impedir los abusos de Carlo y rescatan a Lorenza de su celda.
Hay una segunda versión, otro final –que me parece más interesante, porque está en la línea de los escritos del marqués de Sade, ya que casi ninguna de sus historias acaba bien-.
Carlo va a matar a Lorenza en el baño, pero en ese momento llegan su hijo y su hermano. Como no puede soportarlo, clava un puñal a la muchacha y luego a Antonio, y luego se quita la vida él mismo.

Ernestina
El narrador va a visitar las minas suecas de Taperg, junto a un guía llamado Falkeneim. Cuando vayan a las minas se encuentran con una ciudad subterránea, donde trabajan personas condenadas por la justicia. Mientras están en una taberna, se les acerca un hombre para pedirles que les lleve una carta al exterior. El guía entonces dice que es un famoso senador, el conde Oxtiern. Pero un malvado, sin duda alguna. Así cuenta la historia.
En un pequeño pueblo lleno de comerciantes, Nordkoping, vivía un coronel ya retirado, Sanders, con su bella y virtuosa hija, Ernestina, enamorada desde la infancia del joven y leal Herman y con el que esperaba casarse muy pronto.
Herman, huérfano desde niño, fue educado en casa de un amigo íntimo de su padre, Scholtz, uno de los más ricos y prósperos comerciantes de la región. A la muerte de su tutor, la viuda se le insinúa, pero él la rechaza. Ella promete venganza, pero él la desoye, mientras les confía todo esto a los Sanders.
Entonces llega a casa de la viuda Scholtz el conde Oxtiern, y celebran fiestas donde es invitada Ernestina, que queda cautivada por la riqueza y los piropos del apuesto conde, aunque su corazón es fiel a su amado Herman. Oxtiern se apasiona con la joven, que también le rechaza. Entre la viuda Scholtz y el conde tienden las trampas idóneas a los jóvenes para que no consigan su felicidad. Mientras los Sanders son atraídos a Estocolmo, con la promesa del conde de que casará a los dos enamorados, Herman es acusado de robo por la viuda, aunque él es inocente. Es encerrado y juzgado en Estocolmo, aunque todo en el silencio aconsejado por el conde Oxtiern. Visto que la joven no quiere entregarse a su pasión, es llevada a su casa, donde desde la ventana ve a Herman en el cadalso. Si Ernestina se entrega, el conde aún puede permitir vivir al joven, pero ella se niega. Sin embargo, el conde la deshonra en el mismo momento en que Herman pierde la vida injustamente.
La muchacha vuelve a la casa de su tía, donde se alojan el coronel Sanders y ella, y se lo cuenta todo a su padre. Le envía una carta al conde para enfrentarse a él, haciéndole creer que un primo vengará la muerte de Herman y la deshonra de Ernestina. Su padre va al lugar donde se van a retar, pero en ese momento se le acerca un desconocido que le dice a quién debe herir, matando con su propia espada a la que descubre demasiado tarde, Ernestina. En ese momento, decide contar toda la verdad a los jueces, que apresan al conde Oxtiern y a la viuda Scholtz. Ésta paga con su vida, de la misma forma en que la perdió Herman, pero el rey concede al conde una gracia: le permite seguir viviendo, pero en las minas.
En ese momento, un tumulto se deja oír en las minas. El coronel Sanders se acerca al grupo y Oxtiern tiembla. El rey le ha dado la libertad, pero fuera de las minas quiere batirse con él. Sin embargo, el conde no lucha, sino que se entrega a él, para redimir sus pecados y se tira sobre la espada de Sanders, quedando malherido. El coronel le permite seguir viviendo, siempre que no vuelva a cometer fechorías y crímenes. Así es como Oxtiern convirtió su vida en un dechado de virtudes y benevolencias.
“Vuestro rango, vuestra fortuna, vuestro nacimiento..., todo os situaba por encima de Sanders, y sus virtudes lo elevan a él donde no le alcanzaréis jamás” (el rey a Oxtiern).

Dorgeville, o el criminal por virtud
Dorgeville había salido con doce años de La Rochelle con destino a América para aprender con su tío de los asuntos y hacerse cargo de todo a su muerte. A los diez años y fallecido el tío, los amigos que habían ido a pedirle préstamos y ayuda le dejaron en la ruina. En ese momento recibe una carta desde Francia que le insta a regresar para administrar los bienes familiares, ya que sus padres han sido asesinados por su hermana Virginia y por su amante y la pareja ha huido a Inglaterra.
Después de lo que ha aprendido de la vida, decide llevar una vida retirada y virtuosa, beneficiando a los desdichados. Su nombre empieza a sonar como un gran benefactor, un hombre bueno.
Un día, se encuentra con la mujer más bella que ha visto nunca. Ha sido deshonrada y pretende matar al fruto de su error. Él la convence de lo contrario y cuida de Cécile y de su bebé. Dorgeville va a casa de los padres de la muchacha para que la perdonen, pero ellos se niegan. Allí conoce a uno de los criados, Saint-Surin, que tiene especial cariño por Cécile. La segunda vez les pide la mano de su hija, pero a ellos les da igual.
A los seis meses de casados, aparece el criado esposado; los guardias vienen a por Cécile, que resulta ser una criminal, amante del criado y cuya verdadera identidad es Virginia, su propia hermana. Ella no se arrepiente de nada y, junto a su amante, morirá en la hoguera al día siguiente. Tenían intención de envenenar a Dorgeville y quedarse con sus pertenencias.

La condesa de Sancerre, o la rival de su hija
Carlos el Temerario, duque de Borgoña, luchaba contra el rey Luis XI. El conde de Sancerre lucha al lado de Carlos, pero pierde la vida, no sin antes dejar dispuestas sus últimas voluntades: que su hija Amélie contraiga matrimonio con Monrevel, un apuesto y valiente soldado que la ama. También ella, aunque siempre lo haya disimulado, profesa un gran amor hacia él.
Es imposible saber cómo la dulce Amélie es hija de la terrible y pérfida condesa de Sancerre, llena de maldades inabarcables. La condesa se ha encaprichado del prometido de su hija y, como viuda, dispone de recursos innumerables para anular la boda, buscarle otro marido a su hija y hacer suyo a Monrevel. Para ello, habla con su hija y le dice que debe fingir ante el joven su amor. Amélie, obediente, así lo hace, ante la desesperación de Monrevel, ante quien se insinúa sin ningún tipo de pudor la condesa. Pero él disimula y pretende ignorar la pasión desenfrenada que le tiende la madre de su amada.
Amélie, obediente siempre, sigue las directrices de su madre y, cuando le busca un nuevo prometido que es otro ardid, le promete que es sólo para comprobar si el amor de Monrevel es sincero, mientras al joven le explica que nunca optará al amor de su hija, que ama a Salins. Busca entre sus criados a un pariente que aparece en el castillo disfrazado, haciéndose pasar por Salins. La condesa impulsa a Monrevel a asesinarle, pero el joven se guía por el honor y prefiere batirse justamente. La condesa tiende la trampa final: le dice que su hija va a huir con Salins y le da un puñal para que le apuñale en una sala donde apenas hay luz, mientras disfraza a su hija para que se parezca al supuesto joven. De tal guisa, Monrevel acaba con la vida de su amada, que le confiesa su amor por él antes de expirar, y Monrevel se quita después la vida.
La condesa se da cuenta del error y vive con el remordimiento el resto de sus días en solitario.

Eugénie de Franval
El señor de Franval había conocido a muchas mujeres y sus placeres ilimitados le habían llevado a convertirse en un personaje depravado, pecaminoso e impúdico. Había llegado la hora de encontrar una esposa y la elegida fue Mlle. de Farneille, una mujer sensata, buena y virtuosa que vivía únicamente con su madre, una mujer muy beata. Preguntaron a los pocos amigos que tenían en París y les recomendaron que Franval era un buen partido para la joven.
Cuando se celebró la boda, Mme. de Franval se convirtió en una esposa sumisa, esclava de los deseos de su marido, a quien amaba más que nada en el mundo. Muy pronto nació Eugénie, a quien Franval se encomendó en cuerpo y alma. Quitó el bebé a su madre y lo dejó en manos de mujeres de su máxima confianza hasta que cumplió los siete años. Después fue él mismo quien se ocupó de su educación, en la que había eliminado, para horror de la madre y la abuela, todas las materias que tuvieran que ver con la religión. En el alma de Eugénie fue floreciendo una adoración extrema, mientras que la semilla del odio hacia su madre empezaba a germinar alentada por las cándidas palabras de su padre. Con catorce años, la muchacha se entregó completamente enamorada a Franval. Con el paso del tiempo los dos amantes son descubiertos, gracias a las sospechas de Mme. de Farneille y por la confianza depositada por Franval en uno de sus amigos, Valmont, que enamorado de la virtuosa e incrédula esposa se lo dice intentando seducirla. La abuela envía a la casa de su yerno a su confesor espiritual, Clervil, para que hable con los incestuosos amantes y les haga ser conscientes de sus abominables fechorías. La entrevista fracasa. Valmont tiene como misión seducir a Mme. de Franval, para que ésta no pueda culpar los encuentros secretos de su marido y de su hija, pero será él mismo seducido por Eugénie, a la que quiere convertir en esposa. Mientras Clervil es encerrado en una celda de un alejado castillo perteneciente a Franval, Valmont rapta a Eugénie, alentado por la madre. Pero Franval descubre el secuestro y va detrás, matando al amigo que le ha traicionado.
Perseguido por su suegra y por la familia de Valmont, acosado por la justicia, Franval decide hacer las paces con su esposa, aunque todo es fingimiento, y se marcha con ella y con su hija de París, a Alsacia, donde tiene una de sus propiedades. Por Mme. de Farneille descubren que Franval podría ser arrestado por su crimen y huye a Basilea, no sin antes darle un veneno mortal a Eugénie para que asesine a su madre.
El tiempo que madre e hija pasan juntas produce cambios en el carácter de la joven, que empieza a ver que su madre no es el monstruo que le ha pintado Franval. Sin embargo, ella lleva a cabo su crimen.
Cuando las noticias cesan, Franval decide ir a su propiedad a ver qué es lo que ocurre. En un bosque cercano es atracado y golpeado. Oye a lo lejos unas campanas y empieza a tener remordimientos. Entonces se acerca un caballo. Se trata del padre Clervil, que le explica lo que ha ocurrido en su castillo: Eugénie ha envenenado a su madre, pero ha muerto después de desdicha y desesperación, a la vez que descubría el alma bondadosa de su progenitora.
Franval se arrepiente y comprende lo virtuosa que era su esposa y lo mal que él la trató en vida. El clérigo le impide quitarse la vida allí mismo, pero se encuentran con el cortejo fúnebre y cuando Franval ve a su esposa, la pide perdón y después se suicida, pidiendo como último deseo que le pongan en el mismo ataúd que ella.

lunes, noviembre 03, 2008

Procesiones de muertos

Muchos y de muchas clases son los cortejos que acompañan a las apariciones.
La estantigua o la estadea es una agrupación de muertos de carácter violento, que portan cirios con luces de colores y suelen andar a cierta altura sobre el suelo, arrastrando a cuantos encuentran en su furiosa carrera para despositarles después bruscamente y a gran distancia, completamente magullados y con las ropas destrozadas.
La estantigua venía a atemorizar, siempre en grupo, tocando una campanilla. Las personas que ven esta procesión se apartaban y si no les daba tiempo eran arrastrados. La estantigua anda a “trastazos” con los que encuentra en su camino.
La Santa Compaña o a Comunidad es otro tipo de procesión. Se trata de fantasmas –tanto de muertos como de los que están a punto de fallecer- de la parroquia donde son vistos, que se dirigen pacíficamente, al son de tambores o música, a la casa donde va a morir alguien; en ocasiones portan a hombros un ataúd con el difunto. A las doce de la noche salen en procesión formando dos filas, vestidos de blanco y con una pequeña luz en las manos. Para guiarles en su recorrido les precede una candeliña y un vecino vivo portando la cruz parroquial, que se une necesariamente a la procesión.
Solamente salen cuando alguien se encuentra próximo a la muerte, caminan unas veces por tierra y otras por el aire. Si por alguna razón han de procesionar de día, los humanos no las ven, pero gallos y gallinas cantan a su paso. La persona que les precede portando la cruz no suele hacerlo de manera voluntaria, de ahí que se encuentre malicento y demacrado.
Otros nombres con que se conoce a estas procesiones en nuestro país son: Güéstiga, Buena gente, Ronda, Recua, etc.
Si alguien se encuentra con ellas, tiene que tirarse al suelo formando una cruz con el cuerpo, no coger la vela que le dan (pues si lo hace tiene que devolvérsela al día siguiente), abrazarse a algo determinado, hacer un círculo y meterse en su interior. Y no debe mirarles pasar. En caso contrario, pueden llevarle con ellas o golpearle al pasar. Si alguien ha cogido la vela o el cirio, es posible que al día siguiente vea que lo que le habían dado era un hueso, o un cadáver, o el brazo de alguien.
En el Pirineo aragonés, as Lumbretas es una procesión de ánimas que caminan en fila portando un candil. La luz de éste es lo que suelen ver los humanos que con ellas se encuentran.
En Cantabria, a menudo, son las cabalgadas de ánimas furiosas las causantes de galernas y de los fuertes temporales que arrasan cuanto encuentran a su paso.
Y en Cataluña se habla de la cabalgada del conde Arnau, que en el aniversario de su fallecimiento se levanta de la tumba para comenzar una cacería, por lo que aparecen con él monteros y sirvientes. Una vez que el conde da la señal de partida, todos se lanzan a una loca carrera a través de los campos, sembrados y bosques, aullando, gritando y arrollando todo lo que encuentran a su paso para desgracia de los pobres campesinos que se cruzan en su camino.

Fantasmas y aparecidos

El mundo de fantasmas y aparecidos siempre ha estado presente en nuestra cultura. Nos resistimos a dejar escapar por completo a nuestros difuntos. Las ánimas se ven y se sienten a nuestro alrededor, bien con la forma que tuvieron en vida, bien adoptando la de animales o elementos inanimados de la naturaleza, o como un aroma o como una ráfaga de aire frío.
Los fantasmas y visiones suelen aparecerse por la noche.
En todos los lugares hay casos de auténticas apariciones. Pueden pedir que se les diga una misa o un funeral, o tienen problemas con las herencias, o piden cristiana sepultura, o simplemente visitan o aconsejan a sus deudos. Los fantasmas también se aparecen a sus familiares, bien para avisarles de algo, bien para aconsejarles o ayudarles en algún brete.