jueves, diciembre 15, 2022
Cargada
miércoles, diciembre 14, 2022
A cuatro meses
Dos minutos de la noche
martes, diciembre 13, 2022
Cuando el miedo aprieta
lunes, diciembre 12, 2022
Otros lugares
domingo, diciembre 11, 2022
Todo va a mejorar
Momentos agradables para días de lluvia
sábado, diciembre 10, 2022
Árbol de botellas
viernes, diciembre 09, 2022
Y viernes
jueves, diciembre 08, 2022
Ferias breves
miércoles, diciembre 07, 2022
"Mientras dure la guerra"
En el mercado medieval
martes, diciembre 06, 2022
Tranquilidad
lunes, diciembre 05, 2022
Una copa de vez en cuando
domingo, diciembre 04, 2022
Árbol de Navidad
sábado, diciembre 03, 2022
La violinista roja
viernes, diciembre 02, 2022
Tantos recuerdos
Visita a la casa de Unamuno
jueves, diciembre 01, 2022
De monasterios y otras historias
miércoles, noviembre 30, 2022
La biblioteca de la universidad
martes, noviembre 29, 2022
Entrañables encuentros
lunes, noviembre 28, 2022
Bastantes años después
domingo, noviembre 27, 2022
Gastronomía en Portugal
Ya había estado en Portugal en otras ocasiones, por lo que la comida en Portugal no me resulta desconocida. Es cierto que en Oporto probé la francesinha y no me gustó. Pero por lo general en Portugal se come bastante bien.
Nada más salir del aeropuerto me encontré con un cartel de una Feria de Bacalao, por lo que ya sabía lo que me esperaba, sólo que como no me gusta el bacalao no lo probé, ni tampoco los célebres pasteles de bacalao que venden por todo Lisboa.
Pero hay todo tipo de pescado. De hecho, hay cantidad de tiendas de sardinas. Yo me quedaba fascinada porque había tiendas que únicamente vendían latas de sardinas. Y entrabas y no parecía una tienda de sardinas, sino un lugar sacado de los cuentos de hadas.
La primera noche no encontraba un restaurante abierto cerca del hotel, así que pateé muchas calles y terminé entrando en un restaurante asiático donde cené un plato muy japonés: ramen con ternera, y además pedí palillos, a ver si conseguía comer con palillos tal y como aprendí en Japón casi instintivamente. Va a ser que es una de esas cosas que se aprenden para no olvidar.
El primer día en Lisboa, a media mañana, me apetecía un café, pero pedí un brunch, y cuando lo sacaron recordé que en Portugal siempre sacan cantidades astronómicas de comida. Lo mejor de todo era que estaba en plena Rua Augusta y, por tanto, en el centro de Lisboa en medio del trasiego de gente.
En Nazaré, el guía insistió en llevarnos al restaurante de unos que conocía él, junto a la Plaza del Mercado. Yo me negué. Teníamos un precioso paseo marítimo con muchos restaurantes junto a la playa... Así que fui al paseo marítimo y pedí un arroz con marisco, que estaba de lujo.
Nunca hablo de los desayunos, pero siempre suelo desayunar en el hotel. En este caso me alojé en un hotel cercano al aeropuerto, VIP Zurique, donde se estaba muy bien. Y lo cierto es que adoro los desayunos de los hoteles, aunque siempre termino desayunando lo mismo.
En cuanto a las bebidas, ya he probado el vino Oporto en otras ocasiones, yo soy más del vino que se bebe en las comidas, no de vino dulce. Pero bebía cervezas y café, en eso se parecen mucho a España. Sí recuerdo que en la comida de Sintra pedí una caña y me sacaron un vaso estrecho y alto que me costaba hasta beber de él.
Por supuesto, hay una bebida de licor de cerezas que yo probé en Óbidos. Se trata de la ginja y esta muy rica, aunque recomiendo que se beba en pocas cantidades, tiene pinta subirse a la cabeza rápidamente,
Respecto de los postres, los portugueses son muy golosos. Allí hay que probar los pastéis de Belém, pero además es que tienen un gran abanico de platos dulces.
En Cascáis fui a tomar un café y pedí un pastel que se llamaba Jesuíta de Amêndoa. Debe ser típico de allí. Lo cierto es que me dio al ojo. Es un pastel de almendras que estaba rico.
No tengo queja de la comida portuguesa.
Al rico mojito
sábado, noviembre 26, 2022
Algo dulce
viernes, noviembre 25, 2022
Situaciones extrañas
jueves, noviembre 24, 2022
Viaje a Lisboa: Alfama
Cuando fui por primera vez a Lisboa no llegué a visitar Alfama. Este barrio es uno de los más peculiares de la ciudad, también el más antiguo. Sus orígenes son árabes y, como tal, las calles de Alfama serpentean en callejuelas llenas de bares, restaurantes, ropa tendida y melancólicos fados.
En la parte más alta de Alfama se encuentra el Castillo de San Jorge, que yo no visité porque ya me informé que está en ruinas, y al final Alfama está llena de numerosos miradores para ver la ciudad desde las alturas.
Llegué a la freguesia (parroquia) de São Vicente de Fora, que entre otras cosas es interesante porque tiene una de las cisternas más antiguas del mundo, muy bien conservada, así como el panteón de los Duques de Bragança, entre los que se encuentran varios antiguos reyes de Portugal. Pero sobre todo, lo más impactante es una enorme terraza-mirador con vistas al río Tajo.
En São Vicente de Fora también hay una exposición de restos arqueológicos y otra exposición de cerámicas portuguesas.
Cuando salí de esta parroquia me encontré que bajaba el famoso tranvía 28, que siempre va abarrotado de gente. Este tranvía conecta Rossio con el Castillo de San Jorge, por cuestas muy empinadas, y es el tranvía más famoso de la ciudad.
De allí marché al Panteão Nacional, un edificio impresionante cuya cúpula se ve desde cualquier rincón de Alfama. Se puede salir a la terraza, que merece la pena porque se ve Lisboa desde los cuatro puntos cardinales.
En el Panteão Nacional se encuentran las tumbas de una serie de figuras importantes de Portugal (escritores, presidentes de la República, cantantes de fado), así como los cenotafios de navegantes y descubridores (como el de Vasco de Gama, cuyos restos en realidad se encuentran en el Monasterio de los Jerónimos.
En la terraza del Panteão Nacional no te puedes acercar a los pilares de piedra, ya que hay un pasillo más hondo, a fin de que la gente no se acerque, pero las imágenes son impresionantes.
Y a partir de ahí, me dejé llevar por las callejuelas serpenteantes hasta llegar a la parte baja de la Alfama, justo donde se encuentra el Museu do Fado. Y es que es tan pintoresco este barrio que da gusto pasear por allí.
Tras el terremoto de Lisboa, otros barrios fueron remodelados y ordenados, pero no ocurrió lo mismo con Alfama, que era un barrio pobre, lleno de pescadores en la parte baja y de gentes de baja estofa y malas calañas en la parte alta.
Hoy en día el barrio se ha poblado de muchos inmigrantes, se puede probar comida de cualquier parte del mundo. Hay miradores y ventanas desde donde se pueden conseguir magníficas vistas de la ciudad. Puedes pasear entre las casas de colores pastel, siempre con el predominio del amarillo. Y claro, llenas las ventanas de ropa tendida. Es muy pintoresco, un lugar que merece la pena visitar. Un lugar al que volveré.
Antes de desembocar en el Museu do Fado, me encontré con la estación de Santa Apolónia. Me trae recuerdos, porque la primera vez que visité Lisboa cogimos un tren de vuelta a Salamanca desde aquí. Además comí cerca en una terraza y tuve la suerte de conocer a una pareja de mexicanos que se marchaban a Oporto.









