Para hablar del Palacio Real de Suecia necesitaría al menos un día entero, porque es tan inmenso como majestuoso. Ni que decir tiene que intentaré abreviar, porque no tendría tiempo material para hablar de todo lo que vi allí. Podría decir que vi cien salas y creo que me quedaría corta. De hecho, el primer día, después de visitar la catedral, llegué allí y me negué a entrar. Pero bien merece la pena la visita.
El imponente Palacio Real (Kungliga Slottet) de Estocolmo, con 608 habitaciones (el mayor del mundo aún habitado), se erigió sobre las ruinas del castillo Tre Kronor, que se quemó casi por completo en 1697. El ala norte se conservó y se incorporó al nuevo edificio, que diseñó el arquitecto de la corte Nicodemus Tessin el Joven. Llevó 57 años acabarlo. Es la residencia de la familia real desde 1754. A veces los aposentos se cierran por compromisos de la familia real, aunque yo tuve suerte y pude visitar todas las salas (obviamente no es visitable la parte donde vive la familia real).
El Palacio aparece en la parte trasera de la catedral, con unos edificios que rodean la entrada en forma de semicírculo en una especie de patio exterior, y donde se encuentra la caseta de la guardia real. No soy una persona a la que le guste ver los cambios de guardia, y pese a que estuve en la entrada del Palacio en varias ocasiones, en ninguna me quedé a ver el cambio de guardia.
La primera zona que visité se encuentra en una especie de sótano. Es la parte que quedó en pie, tras el incendio, lo que queda del antiguo castillo Tre Kronor.
Aquí se exhiben los cimientos de las murallas defensivas del siglo XIII, y piezas rescatadas de las cenizas del antiguo castillo. Describe cómo empezó el fuego, mientras un guardia flirteaba con una ayudante de cocina. Explica de manera gráfica el significado de "correr baquetas", que en 1697 era el castigo por distraerse seduciendo a las ayudantes de cocina mientras el fuego destruía el castillo.
En la misma zona, pero subiendo las escaleras, nos encontramos en la gran sala donde se halla el Trono de Plata de la reina María Cristina, que se salvó del incendio de Tre Kronor. Fue un regalo del estadista sueco Magnus Gabriel de la Gardie, hijo de Ebba Brahe, que tuvo un romance con el rey Gustavo Adolfo.
El impresionante salón fue diseñado por los arquitectos Nicodemus Tessin el Joven y Carl Hårleman.
De ahí se accede a los Aposentos Reales, donde hay una cantidad ingente de salas con estrellas al merito, trajes, báculos, órdenes religiosas y un sinfín de elementos de los monarcas.
Las escaleras están llenas de estatuas que dan cierta serenidad.
El Museo de Antigüedades de Gustavo III (Antikmuseum) expone las esculturas que coleccionó el monarca debido a sus viajes por Italia en la década de 1780, por entonces el grand tour de rigor. Sus piezas permitieron al público sueco conocer la escultura clásica. Hacia 1959 empezaron a renovarse las galerías para conservar la colección a salvo en su sede original.
La galería de Carlos XI es una de las salas más bellas del Palacio y aún se usa para despachos reales. Se inspiró en la galería de los Espejos de Versalles y se considera uno de los mejores ejemplos de barroco tardío sueco.
Tras perder Finlandia, el rey Gustavo IV Adolfo se vio obligado a abdicar y los nobles suecos tuvieron que buscar un sustituto, pero no había heredero. Así que un tal barón Mörner invitó a ocupar el trono a uno de los mariscales de Napoleón, Jean-Baptiste Bernardotte (1763-1844). Éste aceptó y cambió su nombre por el de Carlos Juan. Reinó durante 26 años e inauguró la dinastía Bernardotte, que hoy sigue en el trono.
El Palacio tiene una capilla propia desde la década de 1200. La versión actual data de la reforma de 1754 y es fruto de un proyecto de 50 años que supervisó Nicodemus Tessin el Joven. Sin embargo, en los primeros años la familia real asistía a misa en sus cámaras privadas.









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