Málaga es una ciudad donde pasear por sus calles se convierte en un deleite. Vayas donde vayas, en esta ciudad se vive en la calle.
Tomando como eje principal la calle Larios, en una u otra dirección siempre hay gente. Así, cuando recorremos la calle más famosa de Málaga, llena de tiendas y cafés, llegamos a la plaza de la Constitución, donde desembocan varias de las arterias más importantes de Málaga y seguimos caminando en dirección a la catedral... siempre podremos disfrutar del paseo.
Y si vamos en la dirección opuesta, cruzaremos la Alameda para desembocar en el majestuoso Muelle Uno, con sus músicos callejeros, sus restaurantes frente al mar y un sinfín de tiendas. Y la vida se muestra en la calle en todo su esplendor.
Algo tiene Málaga que está llena de chaflanes y cubillos. El chaflán es la unión de dos planos por otro que los corta antes de que aquéllos lleguen a unirse. El cubillo es como el chaflán, pero curvo, formando un cuerpo que adelanta la línea de las fachadas, una especie de torre cilíndrica adosada donde debería haber una esquina. Bellísimos son los edificios y estos chaflanes y cubillos dotan a la ciudad de una belleza espectacular.
La calle Larios es la calle más famosa de Málaga, calle con cuya apertura el marqués se forró, pero fue la calle que marcó en la ciudad el arranque de los tiempos modernos. Se inauguró en 1891 con arcos triunfales y grandes charangas. Tuvo treinta farolas de gas y su calzada era a base de tacos de madera, que arrancó de cuajo y se llevó hasta el mar la riada del Guadalmedina en 1907. En aquel momento fue la calle más importante de toda Andalucía, convirtiéndose en el principal eje residencial, comercial y social de la ciudad. La "gente bien" abandonó la Alameda para venir a pasear por sus aceras, encontrándose con sus amistades, tomar un aperitivo, comprarse un traje o comer.
Si seguimos la calle Larios desembocamos en la Plaza de la Constitución, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. La Plaza de la Constitución se convirtió en el corazón de la ciudad a partir del momento en que, tras la conquista de Málaga, los cristianos la erigieron como su Plaza Mayor. En esta plaza se han celebrado toda clase de actos, desde autos de fe, en los que la Iglesia, por mano civil, quemaba a sus herejes, hasta corridas de toros, pasando por proclamaciones varias, paradas militares y procesionales, etc. Hoy, convertida en peatonal, luce brillante y magnífica.
En el suelo pueden verse, grabadas en bronce las portadas de varios periódicos de fecha 6 de diciembre de 1978, fecha en que se aprobó la Constitución española, que da nombre a la plaza.
Justo aquí al lado desemboca el pasaje de Chinitas, a través de un arco de medio punto entre robustas columnas, inmortalizado por Federico García Lorca, al narrar en verso una historia en el antiguo café de Chinitas que jamás ocurrió. El pasaje, que forma parte de un entresijo de callejuelas, fue lugar de chipichangas, es decir, de negociantes de poca monta que andaban todo el día al aliquindoy o acecho de una oportunidad de limpiabotas, de vendedores de lotería, de aspirantes a artistas de varietés, etc. Entre los variados establecimientos que albergó estaba el Café de Chinitas, nombre que recibió gracias al cómico que actuaba en él. Allí actuó un gran elenco de artistas de flamenco, después cambió su nombre y fue degenerando hasta que fue clausurado en 1937.
En el café de Chinitas
dijo a Paquiro un hermano:
"Soy más valiente que tú,
más torero y más gitano".
En el café de Chinitas
dijo a Paquiro un Frascuelo:
"Soy más valiente que tú,
más gitano y más torero".
(...) Federico García Lorca
Otra de las calles que desemboca en la Plaza de la Constitución es la Calle Compañía. Y si en una ciudad nos encontramos una calle que se llama así podemos asegurar casi al 100% que por aquí estuvieron los jesuitas (Compañía de Jesús). Al principio se encuentra la iglesia del Cristo de la Salud, un antiguo templo de los jesuitas, de sencilla traza. Llama la atención por su magnífica cúpula de media naranja.
Si seguimos esta calle, en otro entramado de calles de origen nazarí, nos encontramos con la entrada a Hamman, famosos baños árabes, donde yo quise entrar como turista, pero me dijeron que si quería entrar había de ser para bañarme.
Finalmente, si seguimos la Plaza de la Constitución por la calle Caldererías y la Plaza del Carbón en dirección a la catedral nos encontraremos, sobre todo al anochecer, un espectáculo de gente, aromas y color. Porque al caer la tarde sus terrazas ofrecen unas cenas espectaculares. Ya adelanto que es difícil pillar sitio...
Si retornamos sobre nuestros pasos hasta el inicio de la calle Larios nos encontramos con una amplia avenida que también está llena de gente, cafés y restaurantes. Es el Paseo de la Alameda. Este precioso paseo fue un gran lujo inventado por Málaga en el siglo XVIII. Antes, la zona era un arenal entre el mar y las crecidas del Guadalmedina, espacio marinero que ya se había formado en la época musulmana y que fue llenándose de viviendas de pésima calidad. Aquí estuvo, adosada a la muralla, la célebre isla de Arriarán, mencionada en El Quijote, trozo de tierra concedida por los Reyes Católicos a Garci Rodríguez de Arriarán, donde el caballero construyó viviendas, tascas, mesones, casas de prostitución y de juego, por lo que el lugar atraía a tipos malencarados y de baja reputación que por mar llegaban a Málaga.
La creación de la Alameda surgió de la moda por el amor a la naturaleza que tuvo su epicentro en Francia y se extendió por todas las capitales europeas importantes. El aprovechamiento de aquel tremendo arenal se tradujo en un paseo arbolado de perfecta delineación, un auténtico salón público al aire libre. Tanto era así que en el siglo XIX la Alameda recibía el nombre de Salón Bilbao. Fue su gran momento, cuando la burguesía industrial y comercial montó aquí sus mansiones y la sede principal de sus negocios, convirtiéndolo en el lugar de referencia de la ciudad, condición que se mantendría hasta la inauguración de la calle Larios.
En la actualidad, la Alameda Principal mantiene en todo su esplendor el conjunto vegetal. Con su longitud y amplitud cuenta con cuarenta y un ejemplares de ficus nitida, conocido como laurel de Indias; nueve plátanos; un conjunto de palmeras y yucas, y una serie de hibiscos espléndidos. Una de las cosas que me llamó la atención de la Alameda fue las numerosas casetas de floristas que había, incluso les podías ver mientras preparaban algún bouquet.
Del centro histórico me dejo muchas cosas, como algunas fachadas musulmanas que requieren especial atención, o las imágenes de vírgenes y Cristos en vanos exteriores, que a mí me llamó la atención por su profusión. Esto me da una idea de lo incrustado que se encuentra el fervor religioso en Málaga. Habría que ver la ciudad en Semana Santa. También entré en algunas iglesias, pero no voy a hablar de ellas. Sí que impone su magnificencia y, sobre todo, la cantidad de templos cristianos que pueblan el centro histórico de Málaga.
Otro de los paseos que merece la pena de Málaga es el Muelle Uno, un lugar habilitado para el turista, protegido por espacios con sombra, donde se puede ver una mínima parte del puerto de la ciudad (ya que aquí no entran más que unos pocos barcos, como una fragata de la Guardia Civil). Aquí salen los catamaranes para dar una vuelta por la costa y ver la ciudad desde el mar. Y está lleno de tiendas y restaurantes.
Estatua del cenachero (personaje popular de Málaga que vendía pescado por sus calles)














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