Una vez fui a hacer un curso de verano a El Escorial que trataba sobre viajes, aventura, periodismo y literatura. Allí tuve el honor de escuchar a algunos escritores como Sánchez Dragó o Javier Reverte, y a incansables aventureros, como Miguel de la Quadra.
Pero una pregunta se quedó grabada, porque siempre me he preguntado si soy viajera o turista. Supongo que depende del momento: cuando me encuentro esperando en la larga fila de un museo con mucha gente alrededor me veo como una turista más, pero cuando me vuelvo camaleónica y doy conversación a cualquiera que se me acerque me considero una viajera.
Hoy recuerdo la noche que pasé en el aeropuerto de Lisboa y en ningún momento me quejé. Sí, estábamos incómodos, pero era una aventura más. Claro que no me tiemblan las manos para escribir una reclamación ni la lengua para llamarles por teléfono y preguntarles qué pasa con lo mío aunque me hablaran en portugués.
Tengo una amiga que lleva unos años esperando a irse conmigo de viaje. Cada vez que voy a marcharme le digo pero nunca se decide. Igual es porque una vez le dije que caía en el etnocentrismo con relativa facilidad. Y es que para viajar hay que mantener la mente abierta, y ella tiende a comparar todo con nuestro pueblo y, más ampliamente, con nuestra tierra. Yo antes también lo hacía, pero llegó un momento en que comprendí que cada lugar tiene su encanto, y que mi tierra no era el centro del mundo.
Esto lo llevo pensando porque, a propósito de una conversación, he empezado a pensar en lugares donde lo haya pasado mal o que no me hayan gustado. Creo que Qatar se lleva la palma, pero no porque me desagradara, sino porque era una mujer occidental sola en un país musulmán y machista, donde las mujeres sólo muestran los ojos aunque vistan con sedas, casi 40º porque estábamos en el desierto y sin maleta aunque aguanto bien el calor, porque me miraban raro porque iba enseñando los brazos. Pero para mí fue una experiencia más. Ahí radica la diferencia entre ser turista y ser viajero: que el turista sólo quiere llegar al destino y el viajero disfruta de cada momento del viaje.
De todas formas, a mí me gusta todo, vaya donde vaya.
Hay momentos en la vida en que lo importante es disfrutar con todo. La foto es de Casalarreina el sábado. Estaba trabajando, pero nada como disfrutar de lo que se hace en cada momento.
Quizás esa manera de pensar cuando voy de viaje también la traslado al día a día. Y pese a todo lo disfruto.
No merece la pena desperdiciar minutos quejándose. Mejor tomar las cosas como vienen, porque incluso en la tierra más yerma puede crecer una planta. Y ahí está la belleza de disfrutar de cada minuto, de lo que nos rodea, de la gente... Nunca se sabe lo que nos depara a la vuelta de la esquina.
Con el año que llevo (accidente de mi hermano, allanamiento de morada y robo en mi casa, pérdida de mi querida abuela) todo lo que venga sólo puede mejorar, que este año ya he hecho el cupo de la mala suerte.
1 comentario:
También me lo paso bien donde vaya y todos los sitios me gustan.
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