Eran más de las tres de la tarde y quemaba el sol de una manera atroz. Como muchos días a esa hora cojo el coche para comer en casa de mis padres, a seis kilómetros.
En el puente dos peregrinos haciendo dedo, reconocibles por sus enormes mochilas, cayados modernos y sombreros para ocultarse del sol.
No suelo parar, pero... he vuelto a mirar y me ha dado tiempo a ver que los dos eran dos polvorones, así que he parado.
Como iban al mismo sitio que yo les he dicho que subieran.
Eran franceses, pero hemos hablado en castellano. Les miraba y pensaba en que parecían modelos. Y eran simpáticos. Cuando he parado en la puerta del albergue de peregrinos estaban muy agradecidos. Es que si llegan a caminar al sol les podía haber dado algo.
Tengo que reconocer que cuando he parado me he arrepentido, pero ya era tarde. Y en realidad he parado porque eran guapísimos. Si yo nunca paro a gente que está haciendo autostop, ni aunque se les vea a leguas que son peregrinos.
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