No recuerdo cuándo fue la última vez que hice lo que acabo de hacer con este libro. Directamente le he dado 'carpetazo' a cien páginas del final. Me resulta soporífero, y no por eso quiere decir que sea un mal libro, porque no lo será para todo aquel cuyo argumento le satisfaga. Es paradójico, lo sé, pero la historia se cuenta desde la cercanía, por lo que puede llegarle a mucha gente. De hecho, la historia en sí, el amor juvenil de un joven madrileño poco comunicativo (o anti-comunicativo) por una joven rumana afincada en España desde hace varios años, es magnífica. De hecho, no es esa parte de la historia lo que me ha hecho abandonar, sino la historia paralela. Esa historia que parece una larga carta del padre del chico, Juan Montenegro, a su hijo, con el que le resulta complicado la comunicación, que cuenta sus estudios, sus viajes a Rumanía, sus primeros encuentros con la madre, sus escarceos con el comunismo, etc.
¿Quién no le ha dicho alguna vez a sus padres cuando era joven una frase como la que encabeza el título del libro o similar, por el simple hecho de que la realidad de los padres es muy diferente a la propia realidad de los jóvenes? Esto es realmente lo que trata el autor de ofrecernos en el libro, a través de la historia de dos generaciones diferentes, con diferentes vivencias y puntos de vista, y lo más curioso es que tanto padre como hijo son como dos gotas de agua.
Y a mí misma me sorprende no haberlo terminado, pero no puedo seguir con ello. Estoy leyendo aburrida por la historia y tiende a entrarme el sueño rápido. Así que prefiero dejarlo, tras rumiarlo durante unos días. Es mejor que lo deje donde está.







