martes, julio 12, 2011

La infiel


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Hay libros que no pueden dejarnos indiferentes. Todavía se me pone la piel de gallina al recordar las cien últimas páginas hacia el final. Hay libros que pueden despertar en el lector un sentimiento de congoja, de impotencia y de pena infinitas. Cuando me quedaban cien páginas para terminar se me han caído las lágrimas. No es que esté más o menos sensible, pero si una novela es capaz de sonsacar nuestra tristeza al exterior es, sin duda alguna, una buena novela, una novela capaz de despertar sentimientos muy profundos en nuestro interior.
Si bien se trata de una novela de ficción, es una buena radiografía del oculto enjambre de fanáticos islámicos escondidos en los países occidentales, pequeñas cédulas que se encuentran dormidas esperando el momento oportuno para actuar. Y, pese a que sea ficción, hay ligeros recordatorios a dos momentos cruciales y terribles que se produjeron a finales del siglo XX en el recorrido histórico de España y Estados Unidos, episodios históricos que difícilmente podremos olvidar todos aquellos que vivimos con nuestros ojos, con nuestros oídos, con el sentimiento a flor de piel las fatídicas imágenes de aquellos oscuros 11-S y 11-M.
El libro no trata de aquellos terribles acontecimientos, sino que se dirige hacia otro ámbito del fanatismo religioso islámico: la captación de personas que terminarán inmolándose en cualquier plaza de cualquier país musulmán. Concretamente habla de la captación de mujeres y niños occidentales que pasan más desapercibidos. Una mujer occidental convertida en kamikaze es una pequeña victoria del terrorismo islámico internacional. Este libro nos acerca bastante a la filosofía de vida (o de muerte, más bien) de un integrista islámico.
Sara Dacosta es una madrileña que vive con su padre y su hijo Iván. Maneja varias lenguas y trabaja en una escuela de idiomas, donde da clases de español a inmigrantes. En esos momentos, Sara se siente feliz, porque la vida no le puede deparar algo mejor. Echa de menos el amor de Miguel, un antiguo novio con el que se distanció cuando la profesión de él (policía secreto) se hizo incompatible con la relación.
Una tarde, Sara conoce a Najib, un antiguo alumno marroquí que dominaba perfectamente el español cuando iba a sus clases. Poco a poco, ella termina enamorándose de él, de tal forma que, inconscientemente, termina atrapada en una red que le suena lejana. Najib la ha elegido a ella para consumar sus planes de captación de personas occidentales, a las que intenta cambiar su ideología, incluso someter (lo que llamaríamos “lavar el cerebro”), para seguir perviviendo como uno de los personajes más importantes de la cédula madrileña de Al Qaeda. Cuando ella se da cuenta de que está atrapada ya es tarde. Aunque advertida por su padre y su mejor amiga, sólo cuando su insaciable curiosidad la lleva a descubrir varios pasaportes falsos de Najib, toma la decisión de apartarse definitivamente de él.
En la ausencia, intenta olvidarse de él. No responde a sus mensajes ni a sus llamadas. Hasta que un día, Najib secuestra a Iván y le lleva a un “campamento” en tierras pakistaníes. Es la única manera de chantajear a Sara para que ella no se separe de él. Es entonces cuando comienza el verdadero infierno de Sara, que será enclaustrada en un piso franco, obligada a huir, vejada, golpeada, maltratada tanto física como psicológicamente por Najib. Su último destino es Herata, en Afganistán, donde será obligada a convertirse al Islam y contraer matrimonio con Najib, por el que siente un odio profundo. Él le trae a su hijo, pero ella no sabe que será la última vez que le vea. Najib le hace elegir entre su vida y la de su hijo y ella opta por inmolarse para poner a salvo al pequeño Iván.
Despierta en una cárcel afgana, mientras su rostro aparece en todos los noticiarios españoles. Su antiguo novio, Miguel, y sus compañeros, que llevan varios meses siguiendo la pista de Sara y Najib, vuelan a Afganistán, donde tratan de convencer a la policía afgana de que Sara no es una terrorista. Sólo creerán su testimonio cuando ella se entere de que su hijo iba en un camión cargado de explosivos que estallaba cerca de una base militar española.
La vuelta a Madrid no es fácil. Sara se siente vacía, pero a medida que pasan los meses descubre que está embarazada de su peor enemigo. Cuando cree estar preparada decide comprar un arsenal de elementos químicos para preparar una bomba, adherirla a su cuerpo y hacer estallar la enorme mezquita de Abu Baker, situada en la M-30. Quizás Miguel llegue a tiempo para parar esa locura.


"El más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida".
(Federico García Lorca)

La tormenta de las cuatro


He salido de la oficina a las cuatro de la tarde, he comido unas alitas de pollo a las cinco y ahora me está entrando un sueño inmenso.
Justamente he salido cuando más llovía, que escuchaba más las enormes gotas de lluvia sobre la luna del coche que la música a tope que llevaba en la radio.
Tengo mala suerte, que justo la tarde que libro tiene que llover, con lo bien que estaría yo ahora en las piscinas.

Y la lluvia me ha llevado a pensar en una noche no muy lejana...

Las Meninas viajeras

Las Meninas viajeras en Salamanca


Estaba recordando Burgos y Burgos me ha llevado a recordar Salamanca. Son dos ciudades que en realidad no se parecen en nada. En mi vida pasada fueron dos ciudades de paso. Burgos era la parada obligada de camino a Salamanca. Y sin embargo son dos lugares que me inspiran recuerdos magníficos e inolvidables.
En las dos ciudades pasé por un proceso de disgusto tal que quería marcharme de allí. En Salamanca, cuando empecé la carrera, quería irme, echaba mucho de menos mi casa, mi gente, mi tierra y mis montañas. Entonces me dejé llevar por las piedras doradas de Villamayor, por la magia en los rincones más inhóspitos de la ciudad, por la gente variopinta que la convierte en una ciudad cosmopolita. Quizás no pase de 2011 sin que la visite de nuevo, sin que vuelva a caminar por las baldosas grises de la Plaza Mayor, sin que vuelva a pararme en el escaparate de una de sus innumerables librerías, sin que vuelva a quedarme anonadada ante la magnificencia selecta que termina dejando huella en nuestro corazón.
Burgos, en cambio, es una ciudad que odiaba. La veía como una ciudad gris y fría. Quizás porque siempre tenía que ponerme el abrigo al pisar el primer escalón del tren. ¿Qué hace que una ciudad termine gustándonos como jamás hubiéramos imaginado? La gente, obvio. Así fue en Salamanca y así ocurrió en Burgos.
Nunca se sabe lo que nos espera al torcer la siguiente esquina. Sólo sé que a veces nuestra percepción del mundo cambia de repente. Iba a decir que ocurre "inexplicablemente", pero todo apunta a una razón: la gente, la compañía, las anécdotas, las risas, el humor, los momentos compartidos, la confianza, la complicidad, la afinidad.
Sé que si visitara Burgos en los próximos meses miraría la ciudad con otros ojos. Quizás no vuelva hasta que no vuelva a tocarme para no contaminar los recuerdos tan magníficos de las dos últimas veces que he estado allí, porque al final los recuerdos son tesoros muy valiosos.

Las coincidencias en mi memoria me recuerdan a otra coincidencia. Hace unos años, un sinfín de esculturas visitaban todo el país. Era fácil que yo me encontrara entonces con Las Meninas en la Plaza Mayor de Salamanca, aunque sólo las vi en una ocasión. Lo que era más complicado es que me las encontrara en una de mis pocas y espaciadas paradas en Burgos. Pero allí estaban: las mismas Meninas, las mismas estatuas en fila entre los viandantes. Y allí, cuando las vi, comprendí que las coincidencias existen y a veces son inexplicables.



Las Meninas viajeras en Burgos


Esto me recuerda a que si tengo que ver a cierta persona simplemente los planetas se alinearán para que nos encontremos en cualquier momento, sobre todo cuando menos lo esperemos. Siempre he pensado que no valía la pena forzar las situaciones, que simplemente -y como también me dijo él una vez- si algo tiene que ocurrir... ocurrirá. Simplemente.

lunes, julio 11, 2011

Momento piscina

En los dos meses y medio de verano en que las piscinas permanecen abiertas casi nunca suelo entrar dentro. Casi siempre me quedo fuera, tomando cervecitas. Aunque mañana, que libro por la tarde, quizás me eche unos largos. Todo siempre y cuando no llueva, que para mañana han vaticinado aires de tormenta.
Se está bien aquí.

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domingo, julio 10, 2011

Dos años de tantas cosas


Mañana por la noche o, más bien, la madrugada que va del día once al día doce de julio es quizás un día difícil de olvidar. Hace dos años, tal día como ése, era sábado y conocí a una persona magnífica.
Le había visto antes, mucho antes, pero hasta ese día no había mirado en sus profundos ojos. Recuerdo el lugar donde le di dos besos, donde una amiga le dijo que tomábamos café juntos cada día. Recuerdo perfectamente la ropa que llevaba. Y sobre todo recuerdo la intensidad de su mirada, el misterio enmarcado en las comisuras de sus labios y su voz. Recuerdo que cuando le escuché, por primera vez, sentí que me estremecía.
La de emociones que he sentido desde entonces. La vida sin él no es vida. Falta el color, la luz, me falta su mirada y me falta su voz. Y es posible que mañana me cruce con él. Porque le echo de menos. Dos meses sin él han sido demasiado vacíos. Me pregunto por qué a veces damos la espalda a aquello que tanto queremos.
En dos años me he terminado enamorando. Antes no creía en el amor. Y puede que me vaya bien lejos, pero él seguirá en mi corazón. ¿Acaso no le escribí cada día desde el otro lado del mundo, aunque el orgullo no me permitiera acercarme a ningún buzón? ¿Acaso no pensaba en él cada noche, cuando la oscuridad me rodeaba como si me inmiscuyera en la boca de un infierno demasiado cruel? ¿Acaso no pensaba en compartir con él todo y siempre pensaba: “Si él estuviera aquí…”? Para más inri, anoche tampoco me encontré con él. Parece ser que las estrellas no estaban alineadas, de tal forma que termináramos encontrándonos.
Y es curioso, porque ayer, después de dos meses de silencio, rompí el hielo. Desconozco si eso es un paso hacia adelante o hacia atrás.
En estos dos años he derramado muchas lágrimas, me he visto inmersa en noches de insomnio imposible, le he evitado y me he encontrado atrapada por los despojos que deja la tristeza tras de sí. Incluso llegué a pensar que tardaría otros dos años en tratar de olvidarle. Pero lo que mejor recuerdo son los momentos de él. Buenos momentos. Sigue siendo un ángel y yo le sigo queriendo muchísimo. A veces duele, a veces me reconforta, a veces me parece simplemente que acabo de despertar de un sueño y él es sólo fruto de mi imaginación. Pero bien sé que no es cierto.
Estos dos años han sido demasiado intensos en lo que se refiere al terreno emocional.

¿Cómo voy a caminar en dirección opuesta a la que me dicta el corazón?

Domingo de café

Se está de lujo en la ermita, aunque empieza a refrescar.

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En dónde terminaremos


Anoche me preguntó una amiga que no conocía Salamanca y le respondí que no sería porque no la hubiera invitado yo en el pasado. Decidimos que iríamos un fin de semana. Ella decía "en verano", yo le dije "en octubre". Lo que ocurre es que a Salamanca le falta, en verano, la esencia que tiene durante el curso. Recuerdo que mis palabras fueron: "Vamos, por mi parte a recordar viejos tiempos; por la tuya, irás acompañada por una cicerone de lujo, que tiene un amplio abanico de historias en cada rincón de la ciudad".
Al final iremos un fin de semana este verano a León, donde tenemos otra amiga que se ha quedado a vivir allí. Y en octubre es posible que vayamos a Salamanca.
A ver si cumplimos, que luego las palabras se las lleva el viento y, al final, nos encontramos con que pasan los meses y no nos hemos movido.

He quedado en un cuarto de hora para trapichear con fotos. En la ermita con los portátiles.

A las tres en casa


Anoche llegué a casa antes que el viernes. Parece ser que el trasiego de la semana ha dejado su marca de cansancio. Y lo peor que me puede pasar el domingo es que me suene el teléfono de urgencias y me obligue a abrir los ojos bruscamente, pensando: "Ya parará de sonar", para inmediatamente darme cuenta de que no es mi móvil sino ese otro, que preferiría que no sonara.
Ahora recapacito: ¿Y anoche? Anoche me tomé unas cervezas. Anoche debieron ponerse los guardias al principio, aunque cuando yo pasaba por el puente el color verde brillaba por su ausencia. Anoche no vi a cierta persona. Quería volver a casa, porque me encontraba en tensión.
Podría ir más atrás... Hace una semana estaba preparando la maleta. Recuerdo haber metido en ella la ilusión y las risas. Qué pronto pasa todo.

Estoy contenta hoy. Aunque me haya despertado el móvil, y aunque haya dormido pocas horas.

En la ermita para empezar

Una cervecita en la ermita para empezar. No entiendo cómo sigo teniendo tantas ganas de fiesta. Y me acabo de enterar de que el lunes 25 es festivo.

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sábado, julio 09, 2011

La vuelta a la rutina

Después de la semana que está terminando, hay que volver a la rutina. Anoche llegué a casa a las tres, pero no me fui a dormir hasta las cuatro. Me costaba dormir en mi propia cama.
Pero vuelvo a estar en casa. Con mi familia, con mi gente, con lo de siempre. Un poco les he echado de menos.

Sin embargo, me quedan los buenos momentos, los grandes recuerdos, las risas, los instantes de complicidad, las intensas noches de fiesta, la confianza, los paseos junto a la catedral, los rincones inesperados... Y todos esos momentos... juntos... convierten a la semana en inolvidable.

viernes, julio 08, 2011

Algo llamado "proximidad"


Estar aquí significa estar más cerca de él. Él... hace tanto tiempo que no le veo que me resulta incluso extraño saber que podría estar tan cerca. Quizás una parte de mí quería venir a la oficina sólo para ver si me lo encuentro.
No he visto su coche al venir. Pero no importa. Es preferible que no me encuentre con él. Le echo de menos, pero he comprobado que puedo vivir sin él, que al final nadie es imprescindible. Esto lo digo porque llevo mucho tiempo sin verle. Será diferente cuando nos crucemos. Porque ya conozco la sensación de tartamudear en su presencia, de que me duela el corazón de pálpitos demasiado fuertes, de que le mire a los ojos y vea en ellos un mundo simplemente perfecto. Con él he llegado a creer en el amor, pero por nada del mundo voy a dejar que él pueda saber lo que siento.
Duele el corazón. Demasiado. Están bien las semanas como la que termina para desconectar y 'olvidar' durante unos días esta realidad que tanto escuece.

En varias horas pueden ocurrir muchas cosas. Como que él pase con el coche y haberme negado a pitar cuando pasaba ante mis ojos. Creo que no me ha visto.

Esta noche quizás nos encontremos. Pero no voy a evitarle más. Demasiado tiempo. En estos momentos siento una terrible curiosidad. Estos días se me ha fortalecido un poco el corazón.

En resumidas cuentas


Hay ciertos momentos en la vida que siempre se quedarán grabados en nuestras retinas y en nuestro cerebro. Y hay momentos en la vida que siempre dejarán una huella en nuestro corazón.
Esta semana he hecho cosas que habitualmente no suelo hacer, quizás lo diferente de estas circunstancias han convertido la semana en única. Pero para que algo se convierta en único y especial no sólo son las circunstancias, porque esas circunstancias dependen de las personas.
Cuando el primer año venía con mi maleta y hablaba con los de cursos superiores, pensaba que venir aquí sólo sería un mero trámite que había que pasar para obtener un fin. Había de hacerse y ¡cuánto antes pasara la semana mejor! Pero algo ocurrió entonces, en septiembre, que convirtió esta semana del año en algo esperado impacientemente.
Como seres sociales (y también sociables) terminamos dentro de un grupo con ciertas afinidades. Y de repente te das cuenta de que estás a gusto.
Otra ciudad, otra situación, otras gentes. Rostros a los que miras y te infunden cierta felicidad. Venir aquí es una completa desconexión, pero les miras y sientes que vuelves a estar en casa, cuando esa casa no es algo físico ni material, sino un grupo de gente con los que conectaste entonces y que el domingo yo tenía muchas ganas de ver. Les miras a los ojos y piensas: “Empieza una semana única, una semana cuya huella quedará grabada”.
De repente es jueves por la noche. La mayoría ya se han ido. Quedamos los últimos. Sabemos que estaremos en contacto durante los próximos meses… hasta la próxima. Quizás nos veamos antes del próximo año. Quizás…
En las horas previas a partir recuerdo la sensación de la lluvia del domingo en los dedos de los pies, el picor del pimiento en los labios durante unos minutos interminables, las fotos de las paredes de un bar con solera, las cervezas bajo el sol, las risas, los chistes (maravilloso, maravilloso) y un largo etcétera. Me va a tocar recuperar. Diablos, que he salido todos los días… menos esta noche. Y si volviera el domingo, estoy segura de que repetiría todas y cada una de las cosas.
Me da pena. Y si esto ocurre ahora, no lo quiero imaginar siquiera el año que viene.

jueves, julio 07, 2011

Se acerca la hora de marchar

Mi mente lleva procesando canciones de despedidas desde las tres de la tarde (Cuando un amigo se va, Al partir un beso y una flor y toda una parafernalia). Me lo estoy pasando tan bien esta semana, que ahora, cuando está a punto de acabar, me encuentro melancólica. Sería mejor no pensar en ello, pero es muy difícil, porque les vemos partir.
Habrá más momentos geniales. Lo importante es no perder nunca estos contactos. Y con los medios que contamos no es complicado mantenernos en contacto, aunque sea de una manera virtual.

He de irme.

Se llamaban 'cojonudos'


Son las 6.15h de la madrugada. Es posible que mañana no me encuentre, aunque estoy mejor que ayer y peor que mañana. Cuál ha sido mi sorpresa al ir a cerrar la ventana y descubrir la claridad de la aurora que antecede al día.
Si por mí hubiera sido, aún estaría bebiendo whiskies en el centro, pero no sé por qué me encuentro aquí, y mejor que anoche, porque si puedo escribir aquí es porque aún me encuentro perfectamente.
Me da pena que esto acabe. Ha sido una semana productiva y enriquecedora en lo que se refiere a las relaciones sociales. Si por mí fuera, no me iría a dormir ahora, pero soy consciente de que mañana al menos debo hacer acto de presencia.
Algún día contaré cómo es la noche burgalesa, que es digna de mención. Pero ahora quiero hablar de los cojonudos.

Los cojonudos son unos pinchos típicos de Burgos. La imagen no tiene nada, pero a mí me recuerda ese momento. Cuando lo probamos y sentimos el picor en los labios durante un rato. Veré esta foto y siempre recordaré a las personas que estaban allí en ese momento preciso, que al final es lo importante.
Amanece y no quiero ir a dormir. Jueves significa que esto está llegando al final. Y, si pudiera, diría lo contrario, pero me da pena que esta semana termine.

Ni un alma

No se ve un alma por la calle. Rectifico: por estas calles. Seguro que hay más que no se ve desde aquí.
Hemos cenado de lujo.
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miércoles, julio 06, 2011

Cenando en El Morito

El morito es el reloj del teatro. Lo que sí que se es que aquí se cena de vicio.
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Museo de la Evolución Humana


Ayer visitamos el Museo de la Evolución Humana. Teniendo en cuenta que cada vez que he visitado Burgos he visto las diferentes etapas de construcción del edificio, fue impresionante entrar y visitarlo por primera vez. Con cuatro plantas la información que nos brinda el museo acerca de la evolución del hombre es vasta hasta decir ¡basta!



Lo más fascinante, obvio, es la planta inferior, donde se puede ver a Miguelón. Es una gran celebridad cuya característica más importante es que es el cráneo de Homo Heidelbergensis mejor conservado del mundo. Además, nos podemos encontrar otros restos humanos recogidos de la Sierra de Atapuerca, más antiguos que el Homo Neanderthal. Son todos originales y he de decir que el cráneo de Miguelón me puso la piel de gallina.


Homo Neanderthal

El resto de las plantas están dedicadas a la evolución humana, pasando por los estudios de Darwin, la evolución del fuego, el trabajo del cerebro y de la mente humana… Y hay unas magníficas reproducciones desde los primeros días hasta nuestra época.


Homo Somnolientus

No sólo nos podemos encontrar al Homo Neanderthal sino también al Homo Somnolientus.
Lo cierto es que merece mucho la pena. Es para volver.

Descanso

Hace un buen dia.
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martes, julio 05, 2011

Bonita ciudad

Es preciosa esta ciudad. Cervecita tras cervecita...
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Descanso de media hora

Esto es gloria. La media hora que va desde las 12.00h. a las 12.30h. bajo el sol de esta ciudad se agradece.
Lo cierto es que se agradece el buen día que ha salido, aunque me da la sensación de que a medida que van pasando los días me cuesta más levantarme. No estoy segura de aguantar hasta las dos de la tarde.
Debería tomarme otro café.