
Hay veces, cuando terminas un libro, en que te queda una sensación extraña, ese ensueño que te balancea ante las historias que ya han terminado, pero sin embargo siguen vivas en tu mente... Un libro que te hace soñar, que te ha mantenido durante unos días a años-luz de la realidad.
Cuando me lo compré pensaba que el número trece, que siempre me ha dado mala suerte, llevaría consigo una historia mala, incluiría un montón de páginas que me provocarían un sueño febril, pero no... Fue, sin embargo, todo lo contrario.
Ahora, cuando empiezo a recordar, me doy cuenta de lo poco importante que es la presencia de los hombres en este libro y, sin embargo, son piezas importantes para que el argumento siga su curso. Si ha habido amor a lo largo de la historia no se menciona, aunque se insinúa.
No es un libro de amor. Es una historia de fantasmas.
"La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, el calor de su aliento, la carne y finalmente los huesos. Todo recuerdo vivo de ella termina. Es algo terrible y natural al mismo tiempo. Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, pues siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, el tono de su voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarte. Y todo eso pese a estar muertos".
Margaret Lea trabaja con su padre en la librería familiar, una exclusiva librería donde se venden libros antiguos y para coleccionistas. Ella escribía alguna vez artículos para revistas. Tiene una extraña sensación y un pequeño secreto: la cicatriz en forma de luna que cambia el color de su piel cuenta la historia de su vida.
Nunca conectó con su madre, ni siquiera ahora. La primera vez que se quedó sola en casa descubrió una caja donde había dos partidas de nacimiento, de su nacimiento, y un certificado de defunción. Aquel día descubrió que había tenido una hermana gemela y que había fallecido.
Un día recibió una carta de la escritora más famosa de Inglaterra, Vida Winter. A pesar de devorar cualquier libro que cayera en sus manos, Margaret no había leído nada de ella. La autora le pedía que fuera su biógrafa. La librera no sabía qué hacer así que escogió un libro escrito por aquella mujer, titulado Trece cuentos de cambio y desesperación. Y lo leyó entero, pero se dio cuenta de que allí sólo había doce cuentos. Imaginó que era un error de imprenta, pero realmente no era así, sino que ese era uno de los pocos ejemplares que se habían vendido con ese título, después el "Trece" se quitó y se retiraron los volúmenes del mercado.
Investiga sobre la escritora y descubre las más extravagantes y fantásticas en torno a su vida pasada, que nadie conoce en realidad.
Margaret coge un tren hacia la casa de campo de Vida Winter, una gran mansión victoriana con un bello jardín laberíntico. Cuando la joven conoce a la escritora le da la sensación de que es una arpía acostumbrada a dar órdenes, una mujer de hiel y acero, una anciana fría y casi inhumana. ¡Cuán equivocada está Margaret! Cuando descubra a la verdadera persona que hay en el interior de ese cascarón arrugado y seco la librera le habrá cogido un afecto inmenso, tanto que la costará desprenderse de ella.
Los primeros contactos no son buenos, puesto que la escritora trata a Margaret como una simple empleada, pero la chica sabrá ganarse un trozo de corazón de la anciana. Y entonces comienza la historia.
La familia March vivía en una gran mansión en Angelfield. Eran inmensamente ricos. Tenían un hijo, Charlie, al que no prestaban mucha atención. Entonces llegó la niña, Isabelle, pero en el parto falleció la madre. Esto supuso para el padre entrar en un estado de shock y desesperación, tanto que en su depresión llegó a encerrarse en la biblioteca para no salir más. Como todo parecía que empeoraría, el ama de llaves entró en la biblioteca con el bebé en brazos y se lo colocó al señor en los brazos. El hecho de tener a su hija recién nacida con él le alentó a cuidarla. Desde entonces padre e hija no se separaron. Cuando la niña creció, su hermano Charlie comenzó a verla como un posible objeto de sus travesuras, pero la inteligencia de la niña dio lugar a un entendimiento fraternal. El joven Charlie empezó a idolatrarla e incluso se enamoró de ella.
Cuando pasaron a la adolescencia, Isabelle y su hermano empezaron a ir a meriendas campestres y la joven se enamoró de un chico del pueblo. Poco tiempo después anunció que se marchaba, lo que causó la desesperación en su padre, que murió poco tiempo después, y la locura de Charlie, que no podía vivir con ella, y que pagaba con las aldeanas la tortura amorosa que le sobrellevaba, cogiéndolas en cualquier descampado o en cualquier corral. Las violaba sin importar el dolor de ellas, pero nadie se quejó jamás.
Cuando volvió Isabelle, no venía sola, sino que traía dos capazos sus hijas gemelas, Adeline y Emmeline. En su ausencia se había casado con el chico del pueblo y éste había muerto poco después, así que ella volvió a casa. Su hermano no se separaba de ella y el cuidado de las niñas estaba a cargo del ama de llaves y del jardinero, que iban envejeciendo.
Las gemelas crecieron y empezaron a hacer travesuras en el pueblo. Se comenta que una, Adeline, era muy inteligente y malvada, y que arrastraba a la otra, Emmeline, algo retrasada pero buena, con ella. Los vecinos empezaron a quejarse y el médico habló con su mujer para que fuera a la casa grande a hablar con la madre de las gemelas.
Cuando entró en la casa, que parecía deshabitada, alguien le golpeó con un violín. Pensando que había sido Isabelle, la mandaron a un manicomio donde moriría un tiempo después. Charlie se encerró en el cuarto de los niños y no salía nunca.
El médico mandó a una institutriz a cuidar de las chicas. Hester, que así se llamaba, enseguida puso orden y limpieza en la casa. Se ganó el afecto de Emmeline, pero no consiguió nada con Adeline. Y entre el doctor y ella descubrieron que podían hacer un experimento con las gemelas. En este proceso los dos se enamoran y Hester debe marcharse ante la vergüenza pública, pues era la esposa del médico la que les había pillado besándose.
Cuando las chicas se quedan solas sólo tienen al jardinero y al ama de llaves. El primero fue asesinado por Adeline, la segunda murió poco después. Aparece entonces un joven que venía a ayudar al anciano y se propone ayudar a las gemelas. Pero deja embarazada a Emmeline. Cuando ella tiene al bebé se lo dejan a una buena señora del pueblo, que lo educará como si fuera su propio hijo. Adeline odia a ese bebé porque su gemela no estaba tan unida a ella, lo había intentado asesinar y prende fuego a la casa. En la pelea una de ellas es salvada.
Ahora bien, la triste historia es que hay una tercera niña, una niña fantasma que fue abandonada a las puertas de la mansión por alguna aldeana a quien Charlie había dejado embarazada. Esa es la verdadera Vida Winter, la que aparecía y desaparecía, que tenía tal parecido con las gemelas que si se aparecía repentinamente todos pensaban que era un fantasma. Esa niña adoraba a su prima Emmeline, a quien intentó salvar del fuego.
Hay dos incógnitas no resueltas en el libro. Una es que no se sabe bien a quién de las dos gemelas salvó. Al final parece ser que fue Adeline y Emmeline murió entre las llamas. La otra pregunta es que tampoco está claro si Isabelle y su hermano cometieron incesto y por tanto las gemelas podrían ser hijas de Charlie y su madre huir y casarse rápidamente para que no surgiera ningún escándalo.
La niña fantasma adopta el nombre de Adeline mientras la otra supuestamente es Emmeline. Poco tiempo después Adeline se cambiará el nombre por el que le dio la fama literaria.
Esta novela me recuerda, en cierto modo, a los libros de Virginia C. Andrews que me leía cuando estaba en el colegio.