Me autorregalé este libro en la última Navidad y ha pasado por mis hermanos y por mi cuñada, y entre risas hemos recordado cosas, anécdotas y objetos que creíamos olvidadas. Pero hasta esta tarde no he decidido cogerlo y leerlo de un tirón, porque no se trata de una novela típica, sino que hay cantidad de imágenes que nos llevan a los años de nuestra infancia, que nos recuerdan cómo éramos, esos momentos que conforman una pequeña parte de nuestro pasado y han creado algunas de las bases del pensamiento y nuestra forma de ser de hoy.
La generación de EGB ya es un hito. A veces, cuando leía pensaba en que tanto los niños de aquel entonces estábamos recortados por el mismo patrón, en ausencia de estas tecnologías que tenemos hoy en día, y cuando aún no conocíamos eso que se conoce como globalización. Y es curioso, porque el hecho de repetir ciertas pautas de comportamiento nos termina convirtiendo en partículas globalizadas por aquella tierna época. Y digo tierna porque enternece recordar.
Me ha hecho gracia recordar aquellos interminables viajes en verano, pues parece que los autores estuvieran describiendo mis experiencias del momento: que era el día que más temprano nos despertaban porque, aun siendo verano, era todavía de noche, cómo íbamos preguntando a cada pocos kilómetros cuánto faltaba por llegar, los juegos mentales que inventábamos mis hermanos y yo, contábamos los toros de
Osborne que veíamos por el camino, parábamos y buscábamos una cabina a media mañana porque nuestros padres querían hacer una llamada a la familia para decir que el viaje iba bien, otra parada para comer, el cenicero lleno de colillas, y aquel
Peugeot 504 que hizo tantos viajes al Mediterráneo. Si los autores hablan de ir a ver a los abuelos, nosotros teníamos la suerte de tenerlos cerca, pero también nos sentíamos afortunados porque adorábamos ir al mar, con el coche cargado de trastos, siempre preguntando cuándo íbamos a llegar y temiendo volver a preguntar. Miraba a mi hermano mayor y le decía: "Venga, ahora te toca a ti preguntar", y él me daba un codazo para decirme que no, que me tocaba a mí, y entonces nos volvíamos a centrar en algún juego imaginario. Mi hermano pequeño también iba en el coche, pero era muy pequeño para "juegos de mayores".
Después he recordado todas las cartillas, los cuadernillos
Rubio, aquel estuche
Pelikan sólo por el cual merecía la pena regresar al colegio tras las vacaciones, los rotuladores
Carioca, el famoso
Rotring, todos los juegos de infancia -que no eran pocos-, de entre los que sobresalían unos pocos... Y recuerdo haber comprado la
Superpop y, más tarde, la
Popcorn (que no aparece en el libro), así como la Vale no me gustaba. Amén de las manualidades de pinzas, de pintar escayola, los cuadros que raspábamos y salía un dibujo dorado, la costura que nos mandaban hacer las monjas -sólo a las chicas-, los primeros bocetos con arroz y lentejas... Era otra época. Creo que ahora se ha 'artificializado' todo de tal manera que queda poco espacio para la imaginación. Es que en nuestra época sí que tuvimos infancia, sí que había imaginación, y cuántas veces nos fuimos a dormir sin cenar. Aún recuerdo lo bien que sabían los chicles de peseta y los caramelos de cubalibre.
También he recordado la música que escuchábamos: Europe, Madonna, Bon Jovi... pero a mí estos ya me pillaron en la adolescencia. Muchos años antes cantaba
Había una vez un circo y
Un globo, dos globos, tres globos y todavía hoy tarareo canciones de dibujos animados de nuestra época, silbo la canción del inicio de
Barrio Sésamo y la de
Verano Azul. Y, como no podía ser de otra manera, los busco en el iPad y se los pongo a mi sobrina, que adora todos estos vídeos musicales.
Recuerdo las meriendas como la mejor comida del día, ese inmenso trozo de pan que quedaba en cualquier sitio, mientras nos comíamos las onzas de chocolate. Y recuerdo las 'merendolas' para celebrar algún cumpleaños, que eran una pequeña fiesta en sí, con una mesa larga dispuesta en la casa del celebrante, adonde acudían todos los amiguitos, y esas meriendas sí que nos gustaban, porque había
Kas y
Coca Cola, que entonces sólo tomábamos en ocasiones especiales. Por cierto, que de estas celebraciones no se habla en el libro.
Me he reído mucho con el capítulo que habla de la ropa que llevábamos: los chándals de táctel con colores estrambóticos que no congeniaban y que sonaban con cada paso, las camisetas grises que regalaba la empresa de lácteos
RAM y la colchoneta azul y blanca que una vez me tocó de premio con un
Phoskitos. Y de los helados que teníamos, adoraba el
Colajet, creo que como casi todos los niños de mi generación. Y, por supuesto, recuerdo que un viernes por la noche estaba viendo el
Un, dos, tres... cuando se me cayó el primer diente de leche. Ésa es una experiencia que no se me olvida, porque me gustaba el programa de Chicho Ibáñez Serrador, por lo que no quería dejar de verlo, pero el diente estaba ahí con un poco de sangre que me dio pánico.
Espero que los autores nos deleiten con más tomos, ya que he echado en falta algunas cosas, pero entiendo que tenían que hacer una selección, ya que si tuvieran que poner todo de aquella época, se convertiría en una enciclopedia. Como resumen de la época está muy bien, hace recordar con emoción, e incluso con nostalgia, porque de esa época ya sólo nos quedan los recuerdos y la nostalgia. Y el hecho de haber vivido y disfrutado con ello... de haber tenido una infancia de verdad.
He disfrutado con el libro, me he reído mucho y está contado tal cual lo vivieron los autores, lo que muchas veces nos identifica con ellos, sobre todo al ser conscientes de que hemos compartido tantas cosas, y que al final todas esas cosas, anécdotas, objetos, experiencias son parte de una época que está a años luz de la actualidad.
"Y es que hay muchas cosas que antes nos parecían normales y ahora no tanto. Y no estamos hablando de que antes todo fuese mejor o que ahora esas cosas ya no son tan buenas como cuando éramos niños, simplemente algunas han dejado de ser como eran y casi las hemos olvidado.No obstante todavía recordamos que hubo un tiempo en que para llamar por teléfono teníamos que girar una ruletita, y que si tenía muchos nueves aquello podía ser desquiciante, o que debíamos comprar la leche por bolsas o el papel higiénico por unidades (algo inquietante). Tampoco nos extrañaba que para escuchar música tuviésemos dos caras de tiempo muy limitado que teníamos que cambiar, o no tener localizados a los amigos hasta que nos los encontrábamos por la calle (¿os lo imagináis ahora?). También antes era muy frecuente buscar cualquier información en los diccionarios y enciclopedias en lugar de hacerlo en internet (¿una vida sin internet?), que los profes fumaran en clase, tener que tratarles de usted, que nos dieran algún que otro cachete o aquellos golpecitos con la regla en las yemas de los dedos, jugar en la calle hasta que nuestras madres nos gritaban 'a comer' desde las ventanas, o verlas bajar con cuchillos y tijeras al patio cada vez que llegaba el afilador con su armónica, ver a un trompetista y a otro tipo con un teclado junto a una cabra subiendo una escalera".
LOS AUTORES:

Javier Ikaz nació siendo aún muy pequeño, concretamente un abril de 1978, pero con la total convicción de que no le gustaría ir a clase. Cuando llegó el momento de ponerse la bata y acarrear una pesada mochila descubrió que aquello tampoco estaba tan mal, a pesar de las matemáticas. Hizo muchos amigos de los que se alejaba cuando se ponían a jugar al fútbol, ocasión que aprovechaba para leer y escribir. De hecho la afición la mantiene y le ha permitido publicar varios libros, y gracias a su cinefilia ha dirigido numerosos cortometrajes y un documental. No era mal estudiante y mucho menos bueno, pero finalmente acabó con el libro de escolaridad en un cajón del mueble del salón, junto a un montón de cartas del banco sin abrir y un título de informático sin ejercer.
Desde bien joven desarrolló un oído musical nefasto, a pesar de tener la casa llena de cassettes de todo tipo. Una vez se encontró una moneda de cien pesetas en la calle y descubrió que la vida merece la pena. Desde entonces lee y escribe como si no hubiese mañana. A veces hasta de manera profesional.
Jorge Díaz nació en Bilbao en abril de 1971 y hubiera pasado totalmente desapercibido durante los ocho años de su EGB de no ser por aquellos cuadernos de matemáticas en los que utilizaba la regla hasta para hacer el símbolo 'más' y aquella dichosa canción que un profe les mandó inventar y que a punto estuvo de convertirse en el himno del colegio. Siempre suspendía gimnasia, calcaba los dibujos y se ponía rojo como un tomate cuando tenía que hablar en público. ¡Imaginaos el día que tuvo que pasar por todas las clases cantando su canción!
Se aficionó a llegar tarde por las mañanas y enseguida descubrió que el pasillo no era ningún castigo. No ganó ni una sola medalla, pero sí un montón de amigos que todavía conserva y a los que sigue llamando por su mote del cole.
De la universidad salió con un título en Ciencias de la Información (Publicidad) que le permitió trabajar como creativo en varias agencias de publicidad hasta que hace un par de años decidió montar la suya propia, Pentsaleku, ese lugar al que mandan a los niños a pensar cuando se portan mal. Además de diseñar, bloguea y, durante los últimos ocho años, ha escrito en un montón de publicaciones hasta hacer de los blogs su profesión y conseguir hablar de música sin necesidad de tener que cantar. Hace muy poco descubrió que ya no se pone colorado.
EL LIBRO:
Título original:
Yo fui a EGB
Autores: Javier Ikaz y Jorge Díaz
Edición: Plaza & Janés (5ª edición, diciembre 2013)
Número de páginas: 255
ISBN: 978-84-01-34671-2
Valoración: 9/10
RETOS:
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Reto de la A a la Z, como son dos autores, me faltan las dos iniciales y sólo se puede escoger una, voy a escoger que ocupe la I, ya que sea posiblemente más complicada de encontrar que la otra inicial.
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Reto 25 españoles.
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Reto 14.000 páginas, con 255.
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Reto "Sumando 2014", con 9 caracteres.
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Reto 100 libros.