jueves, mayo 01, 2008

Un tesoro bajo una concha. Leyenda en tres versiones

La leyenda del supuesto tesoro bajo una de las vieiras de la fachada de la Casa de las Conchas es tal vez la más conocida por vecinos y visitantes de Salamanca. Tal vez por ello sea la que más versiones posee, muchas de ellas contradictorias.

Lo primero que se sabe de la construcción es que el doctor Rodrigo Arias Maldonado de Talavera compra al cabildo unas casas en diciembre de 1482. Hubo algunos problemas que retrasaron la adquisición de forma efectiva hasta 1486. Se pagan entonces quinientos mil maravedíes por las ocho casas del lote. A esto hay que sumar los ciento cincuenta mil que se pagan al zapatero Juan de Toriella por otros dos inmuebles que ocupaban el actual solar. El doctor Rodrigo Arias, más conocido por “el doctor Talavera” era catedrático, regidor de la ciudad, canciller y caballero de Santiago. Su vínculo con la orden santiaguesa justifica la decoración a base de vieiras que da nombre a la casa. Otra razón para esta decoración la encontramos en el hecho de que su hijo, Arias Maldonado, acababa de contraer nupcias con Juana, hija del importante linaje de los Pimentel, que llevan conchas en su escudo de armas. Los recién casados se instalarán en la casa y harán varias reformas hasta dejarla a su gusto.
Las obras datan de finales del XV, y en su trazado se mezclan una estructura gótica y un diseño de tendencias moriscas e italianas. Esta última se percibe, entre otras cosas, en el hecho de que las columnas del patio superior fueran traídas desde las canteras de Carrara y también en la disposición de las figuras heráldicas “a la italiana”. Entre los escudos predominan las cinco flores de lis de los Maldonado, de cuya adquisición encontraremos eco en una historia muy al uso de la época.
Al parecer, un impetuoso mozo salmantino apellidado Aldana paseaba por las calles de la villa cuando un desconocido le propinó un pisotón. Si fue éste voluntario o no, tuvo poca importancia para el orgulloso mancebo, que exigió disculpas a su “agresor”. Éste no se dignó a concedérselas y las palabras fueron creciendo de tono. En la disputa se evidenciaban las buenas maneras del desconocido y un marcado acento francés. Al final, como no podía ser de otra forma, se convoca un duelo. El salmantino elige el arma –espada- y el francés terreno. Cuando se decanta por el palacio de su padre, el mismísimo rey de Francia, se pinta la sorpresa en la cara de los presentes. Pero esto no arredra al agraviado y, con testigos y padrinos, emprende el camino a París. Llega el día de la confrontación y toda la corte del país vecino acude a presenciarla. El príncipe lucha con elegancia, caballerosidad y depurada esgrima, pero cede terreno ante los embates del joven Aldana. Al final, el francés pierde su arma y se encuentra con la del enemigo apoyada en su cuello. Su padre, el Rey, pide clemencia y promete conceder al extranjero lo que desee a cambio de la vida de su hijo. Sin dudar, llega la insólita petición: el cetro real y la licencia para usar sus regios emblemas en las armas de su familia. El monarca accede con desgana y en el momento de arrojar su cetro al campo del honor pronuncia las palabras: “C’est mal donné”, que significan “Está mal dado” o “Sea mal donado”. No sabemos si fueron ganas de burla por parte del vencedor, o simplemente un equívoco, pero el mozo fundó una noble casa obedeciendo al pie de la letra la frase del Rey. La casa de los Maldonado.
El rey de Francia

La historia es digna de oírse, y los expertos en genealogía efectivamente derivan el apellido Maldonado del de Aldana, aunque sitúan su origen en Galicia sobre el 1200. Otros, tal vez menos autorizados, lo suponen nacionalización de McDonalds, traído por alguna rama disidente del clan británico. El caso es que el palacio resistirá los tiempos mostrando las flores de lis del escudo de su fundador sin preguntar su origen, así como las armas de los Reyes Católicos y unas trescientas cincuenta conchas sobre su fachada. No había leyenda acerca de tesoro alguno hasta que a los jesuitas se les ocurre construir justo enfrente. Margarita de Austria cede a la Compañía de Jesús siete mil metros cuadrados en pleno centro de la ciudad, derribando dos iglesias y las casas de quinientas familias. Los jesuitas pretendían construir un enorme edificio que representara, según unos, la paloma del Espíritu Santo y, según otros, el águila de los Austria. Con los terrenos concedidos, solo pudieron levantar el cuerpo –lo que es la clerecía de San Marcos- y una de sus alas. La otra se hubiera extendido casi hasta rozar el orgullo de sus rivales dominicos. Las obras comienzan en 1617. La intermitencia de fondos prolonga la construcción durante más de ciento cincuenta años. Tras ese período, un gigante se ha alzado en el centro de Salamanca.
Desde su proyección, los propietarios del coloso se apercibieron de un grave problema. La calle a la que mira su grandiosa fachada es demasiado estrecha y los transeúntes no podrán tomar distancia para admirar su magnificencia. Para obtener el efecto deseado habría que crear una plaza ante ella. Bastaría con derribar un edificio: la Casa de las Conchas. Ahí nace la leyenda, de la que se ofrecen varias versiones conocidas, aunque tal vez haya una variante por cada persona que la cuenta.
Según una primera versión, la más simple, una de las conchas de la fachada oculta un tesoro. Su primera variante afirma que esto es falso y que no es más que un rumor extendido por los ambiciosos jesuitas para excitar la codicia popular. Mediante el bulo, tratan de conseguir que la plebe arranque las conchas, reduciendo el valor del palacio. Una vez devaluado, su demolición presentaría menos trabas. La segunda variante deja a los jesuitas en peor lugar aún: pagarán una moneda de oro a todo el que les entregue una concha de la casa. La finalidad es la misma: echar abajo el inmueble.
Buscando el tesoro

Todas estas especulaciones, probablemente malintencionadas, surgen de la certeza de que la Compañía de Jesús tuvo intención de comprar la casa para derribarla. En el origen de la leyenda estaría el peculiar modo de tasación que los jesuitas ofrecieron a los Maldonado, propietarios entonces del palacio. Prometían pagar una moneda de oro por cada una de las conchas que adornan su fachada. Un joven poeta salmantino calculó que la suma precisa ascendería a 373 monedas, contantes y sonantes. Por lo que parece, no bastaron.De todas formas, aun salvándose de la desaparición, la Casa de las Conchas no tuvo un destino halagüeño. Fue cayendo en un progresivo abandono y dividida en lotes. En ella se instalaron comercios como una pastelería, un bar, una carnicería, una hojalatería... Hace pocos años, las autoridades se interesaron por tan amenazado edificio, lo restauraron y lo convirtieron en una bonita biblioteca así que, de momento, parece que su supervivencia está garantizada, por lo que todos podremos seguir asomándonos a su pozo –de aguas milagrosas para males de la vista, se dice- e imaginar los tiempos en que el maestrescuela utilizó sus sótanos como cárcel de la Universidad.

Cosas acontecidas a moros y judíos. Atropellos varios

Dos veces fue destruida la ciudad en las horrendas luchas entre defensores de la Biblia y partidarios del Corán. La refriega termina con Salamanca en manos cristianas y, aunque la villa acoge a los hijos del Islam, nunca cederá la enconada desconfianza con la que se les contempla. A ellos se imputa popularmente la fundación de la escuela de nigromancia de la Cueva de Salamanca. Cervantes recoge una mención a ello algo ripiosa en un entremés que dedica a la Cueva:
“... en ella se hacen discretos los moros de la Palanca;
y el estudiante más burdo ciencias de su pecho arranca.
A los que estudian en ella, ninguna cosa les manca;
viva, pues, siglos eternos
la Cueva de Salamanca
”.
Los judíos, llegados a la villa a la vez que la Universidad, tampoco gozan de la pública aceptación, aunque tal vez disfrutan de mayor respeto por haber entre ellos muchos prestamistas y banqueros. Aunque se dedicaban a otros oficios, poseían éstos en exclusiva, así como el –también impopular- de recaudador de impuestos.
La judería de Salamanca estaba bien poblada, y en el siglo XV se extendía bordeando la muralla desde la vaguada de la Palma hasta la altura del Puente Romano. Tenía, por su importancia, categoría de aljama y llegó a tener rabinato, tres sinagogas, carnicería –adecuada a su credo-, cementerio y posada. Al igual que en el resto del reino, los judíos dependían directamente del monarca, y declaraban impuestos al rey sin pasar por sus habituales intermediarios: los nobles, los concejos y la Iglesia. Esto les otorgaba protección real, pero también una cierta vulnerabilidad local. Su desamparo se puso de manifiesto en varias persecuciones que modificaban a menudo la utilidad de los muros de las juderías. Unas veces protegían a sus ocupantes y otras les encerraban. En el fondo de estas oleadas antisemitas estaba el deseo de los vecinos de usurpar o destruir las cartas de crédito de los prestamistas, única prueba de las deudas contraídas.
La guerra de los Trastámara, que provocó la segunda crisis de la contienda de los Bandos, marca el declive de los hebreos en todo el reino. Cuando el llamado “drama de Montiel” se salda con la muerte de Pedro I de Castilla a manos del antisemita Enrique de Trastámara, la suerte queda echada. El hijo de Enrique, Juan I, compartirá su animadversión, y su nieto, Fernando I de Aragón, será un poderoso aliado de San Vicente Ferrer, que ostenta el récord de conversiones en los reinos peninsulares. Este santo dominico aconseja al rey Juan II que separe en barrios diferentes a árabes y hebreos, lo que hace en 1411. Además, los moros deberán llevar una caperuza verde con una luna clara y los judíos un tabardo con una señal roja.

San Vicente Ferrer, martillo de infieles

San Vicente Ferrer se acercó a Salamanca a predicar el año siguiente para, entre otras cosas, instar a los infieles a abrazar la fe de Cristo. No le debió bastar con sus fuerzas para la tarea, así que echó mano de las divinas. Estaban los judíos de la Sinagoga Menor en plenos oficios religiosos cuando el dominico irrumpió, crucifijo en mano, exhortándoles a la conversión. Los feligreses debieron quedar perplejos por la aparición y aún más al ver que de las alturas bajaba una lluvia de cruces de luz blanca que se situaron sobre sus cabezas. Según se dice, todos se hicieron bautizar de inmediato y la sinagoga se convirtió en la iglesia de la Vera Cruz.

En el marco de esta cruzada de carácter local se encuadra un hecho milagroso que da nombre a otra de las capillas de la Catedral: la capilla de la Virgen de la Verdad. El prodigio tiene como protagonistas a un cristiano y a un prestamista judío. El caso es que, si hacemos caso a la literalidad de la leyenda, un honrado cristiano, en un momento en el que atravesaba insalvables dificultades, pide un préstamo a un avariento judío. Con grandes trabajos el deudor junta la suma más los abusivos intereses y los entrega a su acreedor, saldando así la deuda. Pero el pérfido sayón no ha terminado aún de sangrar al pobre cristiano y lo denuncia ante la justicia real. Dice que el deudor no ha pagado. El astuto banquero urde una telaraña de intrigas que confunde a los jueces y alguaciles. El honrado y piadoso salmantino está a punto de dar con sus huesos en prisión. En el último momento propone un trato a las autoridades: acudir a la Catedral a rogar por la intercesión de la Santa Virgen. Van para allá en comitiva, el judío acusador tal vez con una sonrisilla irónica. Ante la imagen de Nuestra Señora cae el inocente y pregunta con devoción: “¿Señora, diríais vos que soy inocente?”. Para asombro de la concurrencia, la Virgen de madera movió la cabeza afirmativamente. Ante prueba de tal envergadura, se desecharon las acusaciones del malvado usurero. Esto es lo que se cuenta, aunque no es difícil de imaginar a un banquero judío asistiendo estupefacto a la farsa milagrera de quienes, más que hacer justicia, pretenden buscar la ruina a todos los de su condición.

En 1492, los Reyes Católicos destierran a los judíos que rechazan la conversión al cristianismo y poco después les seguirán los musulmanes. Se calcula que el año de la expulsión salieron por la frontera de Portugal entre cien mil y doscientos mil judíos. Muchas de sus propiedades pasan a manos de los vecinos de la ciudad o del Concejo. Es el caso de la Sinagoga Mayor, que es derribada para la construcción de viviendas. Así, poca memoria queda del paso de estas gentes por la ciudad salvo una casa en la calle Veracruz y una placa en un pasillo de la facultad de matemáticas, lugar en el que se alzaba una sinagoga. La losa exhibe una cita de los salmos: “Ésta es la puerta de Dios, por ella entrarán los justos”.

Pocas son también las historias que quedan sobre moros, fuera de las hazañas militares. No obstante, hay una digna de mención que tiene por espectral protagonista –como muchas otras leyendas en otros lugares- a una mora encantada. Se dice de esta mora que era un alma en pena condenada a hilar para siempre un copo de oro. Su fantasma aparecía en la torre de la puerta de Villamayor a medianoche, y se la veía sobre todo durante la noche de San Juan. Era una visión de ultratumba, pero aliviaba el pavor contemplar sus grandes ojos almendrados, sus negros cabellos, su escote de nácar. Trenzaba sus hilos con gran habilidad en una hermosa rueca mientras exhalaba dolorosos suspiros. Se cree que, al final del siglo XVIII, un tal Juan Iñigo quebró el encantamiento, al echar mano a la materia prima de la espectral hilandera. El tal Juan enloqueció y, encima, espantó a la encantadora fantasma.

La mora encantada

Como remate, recordaremos brevemente el relato de don Guzmán de Gonzaga, secretario del virrey del Perú, tal y como aparece en Relación del orbe planeta español, paisajes, semblanças y sus enclaves más fecundos y sus próceres, adereços y actos de fe, editado en Lima en el XVII. En el capítulo dedicado a Castilla, don Guzmán cuenta su viaje hacia Salamanca en un carruaje, acompañado de un clérigo y un judío. Mientras sus acompañantes dormían profundamente, nuestro viajero observaba el paisaje y tomaba notas en un cuadernito. De repente, el judío despertó y le pidió una mandarina. Inmediatamente, volvió a dormirse. Minutos después, el carro traqueteaba sobre el empedrado del Puente Romano.
Don Guzmán se apeó del carruaje en la Puerta de Aníbal, donde le esperaba un joven criado. Le contó al muchacho el suceso de la mandarina y dijo: “Tal vez, el judío estaba soñando”. El mozo, que era avispado, respondió: “O tal vez fuisteis vos quien soñó que el judío despertaba y os pedía la mandarina”. Ahí quedó la cosa hasta que, ya de noche, el criado se juntó con su enamorada. Le contó la historia del judío y el caballero: “El caballero pensaba que el judío soñaba, pero tal vez quien soñaba era él”. La moza, que era fácil de palabra, respondió: “Quizá fuiste tú quien soñó que el caballero te contaba que un judío, en sueños, le pidió una mandarina”. Y con una risotada jovial, la rapaza salió a atender unos asuntos. Esos asuntos se referían a ciertos tratos carnales que mantenía con un cura cuyo nombre omitiremos por piedad. La moza le contó el enredo y el cura respondió: “Con astucia respondiste a tu amigo pero, ¿cómo estarás segura de que no fuiste tú quien soñó que tu enamorado te dijo que su señor había soñado que un judío le había pedido, entre sueños, una mandarina?”. Mucha chanza hizo el cura de la ocurrencia y a la mañana siguiente la contó a su barbero. El barbero, que era discreto, fue oír y callar, pero le vino a las mientes si no sería el viejo sacerdote quien había soñado que su amante le contaba que su amigo había soñado que su amo había soñado que un judío, en sueños, le pedía una mandarina en su viaje a Salamanca.
Algo tardó el barbero en aclarar en su cabeza tal embrollo mientras preparaba las maletas. Iba a Zamora, a un entierro. Cuál no sería su sorpresa cuando, al subir en el carruaje, vio que viajaba a su lado un judío. Sin poderse contener, le contó el relato del cura. El judío contestó: “Es probable que lo hayáis soñado todo vos. Es más, es probable que sea yo quien ahora mismo sueña que un barbero me cuenta que un cura ha soñado con una moza que ha soñado que su amante ha soñado que su señor ha soñado que un judío –que bien podría ser yo- le ha pedido, entre sueños, una mandarina”. De pronto el judío despertó y abrió los ojos. El carruaje traqueteaba sobre el empedrado del Puente Romano. El judío despertó a don Guzmán, que iba dormido y le contó su sueño, para que lo apuntara en el cuadernito. Cuando don Guzmán terminó la redacción del sueño del judío, esa noche en la posada, pensó si no habría soñado todo aquello.

miércoles, abril 30, 2008

Cinco siglos de triunfos del Cristo de las Batallas. Más milagros: el Cristo del Humilladero

Tan grande ha sido la devoción con que Salamanca ha venerado a la Virgen María que muchas veces su figura ha eclipsado a la de su propio hijo. Muestra de ello es el patronato que una de sus advocaciones –la Virgen de la Vega- ostenta sobre la villa. Hablaremos ahora de una imagen de Jesús instalada en las vecindades de la capilla del Desagravio. A esta imagen se la conoce como el “Cristo de las Batallas”.
Demos un rodeo, antes de acercarnos a su alojamiento en la Catedral, para conocer un lugar próximo con ciertas peculiaridades. Es la Cruz de los Ajusticiados o Humilladero. Para llegar a ella, marquémonos un itinerario. Partiremos de la frustrante Puerta de Carros de la Catedral para bajar por la milagrosa cuesta de Tentenecio. Allí veremos la famosa cruz, en el lugar donde se abría la llamada Puerta de Aníbal en conmemoración de la visita del cartaginés. Podemos partir del Puerte Romano y escuchar dentro del toro de piedra el gran ruido que tanto enseñó a Lázaro de Tormes. Mirando al río recordaremos a los monstruos que de él salían y a los guardias ahogados por un brujo. Poco dicen sus mansas aguas del afán destructor que acabó con media ciudad en la riada de San Policarpo en 1626. Desde la Catedral, o desde el Puente, llegaremos a la Cruz de los Ajusticiados, lugar donde antaño se alzara el patíbulo y la picota de la ciudad. A esta cruz llevaban a los merecedores de la pena capital o a quienes habían sido condenados a azotes o al público escarnio. En el origen de este crucero también puede estar el deseo de las autoridades de evitar que los vecinos arrojaran desperdicios en el lugar. Confiaban en que el respeto por el sagrado símbolo les hiciera llevar la basura a otra parte. Esta curiosa costumbre tiene sus ecos en la docta Universidad: aún puede verse en el claustro superior la efigie de un santo, pintada en un rincón a baja altura, que evitaba que los estudiantes orinasen allí. Hay que pensar que no había servicios en aquel aulario –como en ninguno entonces-.
Después de este paseo que nos ha servido para conocer algunos datos pintorescos, entraremos por fin en la Catedral Nueva y nos acercaremos hasta el Cristo de las Batallas. Allí encontraremos –entre el follaje barroco- una imagen milagrosa que conoció los rigores de la batalla junto al Cid Campeador. El propietario de la imagen fue don Gerónimo, un benedictino del Perigueaux de Francia. Era el capellán de batalla del Cid y, según la leyenda, no dudaba en pedirle “las primeras heridas”, o el derecho a entrar en combate en primer lugar. Estamos, más o menos, en el año 1100. Gerónimo se mantuvo con el Campeador hasta que éste murió y fue su mano la que cerró los ojos del guerrero en su momento final. Fueron buenos camaradas, como demuestra el hecho de que fue Gerónimo quien ofició la boda de sus hijas doña Sol y doña Elvira. Fue un desgraciado matrimonio, como explica el Cantar de Mío Cid en el episodio de la afrenta de Corpes, aunque en su desenlace nada tuvo que ver la santa mano que lo fundara.

El Cid y Don Gerónimo

Tras la muerte del de Vivar, don Gerónimo se traslada a Salamanca, donde es nombrado obispo, y extiende su autoridad a la vecina Zamora. Muere el 30 de junio de 1120 y es enterrado en la Catedral en contra de su voluntad, pues él quería reposar junto a su compañero de batallas para toda la eternidad. Junto a su sepulcro se coloca el sagrado estandarte que le acompañó en el combate; el “Cristo de las Batallas” que las tropas cristianas rescataran de Valencia.

Pasan quinientos años en un suspiro. La Catedral Nueva está en plena construcción y, la Catedral “de siempre” en proceso de reformas. Una cuadrilla de albañiles repara las cubiertas del edificio, dañadas por siglos de intemperie. Entre los obreros se encuentra Alonso de Paz, un mozo de Orense que ha cobrado gran devoción por el Cristo de las Batallas, junto al que trabaja largas horas. Un día, de forma accidental, una de las piedras de la bóveda de la nave central del templo se desprende. La mole, de setenta y cinco kilos de peso, se precipita desde gran altura y golpea a Alonso en cabeza, hombro y espalda. El muchacho queda inerte en el suelo. Es trasladado a su posada y permanece inconsciente durante diez horas. Pasado ese tiempo, despierta totalmente ileso, y como prueba del accidente no hay más que una pequeña marca en el cogote. Al día siguiente, que era festivo, anduvo como si tal cosa y al siguiente acudió a su puesto en las obras y trabajó.
Consta en muchos registros la investigación a la que el obispo de entonces sometió el caso. En 1614 y 1615 son nombradas varias comisiones que dan un veredicto favorable: hubo prodigio en el asunto. Se incluirá por tanto el hecho en una serie de dieciocho pinturas –que aún hoy pueden verse en la Catedral Vieja- que narran otros tantos milagros atribuidos al Cristo guerrero. También se recoge abundante documentación acerca del regateo que el cabildo mantuvo con el pintor ejecutante.
En 1607 se trasladan los restos del obispo don Gerónimo. Quienes abrieron su sarcófago encontraron algunos huesos y un cerco de oro que rezaba: “Hieronimus Episcopus Servus Christus Fidelis”. En 1737 se vuelven a exhumar sus despojos. Estarán en depósito hasta 1744, momento en el que se depositan en su lugar actual: la capilla del Cristo de las Batallas, en la Catedral Nueva.

Once años después, el 31 de octubre, un inesperado sobresalto conmovió los restos del obispo guerrero. Un temblor de tierras de gran magnitud estremeció la ciudad. Era el “terremoto de Lisboa”, que se sintió de tal manera en la ciudad que las gentes corrieron a refugiarse en la Catedral, temiendo lo peor. Al parecer, las campanas tañían por sí solas debido a los temblores. Aunque muchos edificios presentaron daños, no hubo víctima alguna. Como acción de gracias, el cabildo de la Catedral promulgó un edicto: todos los años, el mismo día del suceso, una persona subiría hasta la campana del reloj y la tocaría. Después habría de trepar al pináculo de la cúpula para comprobar la inclinación de la torre, que quedó torcida por el terremoto. De esta labor se encarcarían los “Mariquelos”, una familia que se alojaba en la Catedral.

Pasaremos solo de puntillas por otro episodio legendario que tiene por protagonistas a dos amantes y a una imagen de Cristo. Se trata del “Cristo del Humilladero”, que poco que ver tiene con la cruz de la Puerta de Aníbal. Esta imagen se albergaba en el interior de una ermita cerca de la Puerta de Zamora. Su leyenda es más bien una mezcla de muchas otras. Según cuenta, a finales del XVII, la ciudad se hallaba dividida en clanes rivales –al igual que en la época de los bandos- y dos enamorados –cómo no, uno de cada bando- vivían conflictivos amores. Un buen día la moza se dirige al Cristo del Humilladero para buscar una respuesta a su romántico penar. Pregunta al Cristo si debe dejar a su galán y éste –como hará la “Virgen de la Verdad”- asiente con la cabeza. Gran consternación causa en la joven el veredicto, tal y como le sucede al pretendiente de la marquesa que asesina a San Juan de Sahagún. Al igual que entonces, el amante despechado clama venganza y de noche, armado con un hacha, destroza la imagen del Cristo consejero. Este desenlace parece un eco de la historia de la imagen de la Virgen apuñalada. Al final del caso de toma la opción descartada en el caso de la Inmaculada: se alza un nuevo templo en el lugar consagrado al Santo Cristo “del Agravio”. El supuesto atentado tendría lugar en 1670, casi a la vez que el apuñalamiento de la Virgen en la calle Nevería.
El relato tiene un colofón –y moraleja- no muy original. El agresor vaga por los montes agrestes loco de arrepentimiento, hecho un Nabucodonosor, reducido a la condición de una bestia.


La locura de un pecador

martes, abril 29, 2008

Todo bajo el cielo

Hay que vivir aprendiendo a reconocer lo que hay de bueno en lo malo y lo que hay de malo en lo bueno”.



Resultado de imagen de todo bajo el cielo
Elvira, una pintora española afincada en París, acaba de quedarse viuda. Su marido ha muerto en China, donde trabajaba para la empresa familiar. Acaba de recibir de España a una sobrina de 17 años, Fernanda, que acaba de quedarse huérfana y con la que se lleva fatal.

Shanghai, 1923.
Elvira y Fernanda, dos parientes que se han conocido hace pocos meses y que no se llevan bien, descienden del barco francés en el puerto de Shanghai. El embajador francés las recibe y lleva a la casa donde vivía Rémy De Poulain. Elvira llevaba más de 20 años sin ver a su marido, al que había considerado un buen amigo. Allí, pensando que va a recibir una buena herencia, se queda anonadada cuando el abogado le dice que lo único que ha heredado son deudas, tan grandes como que se verá obligada a vender sus casas, incluida la de París. Elvira está horrorizada ante sus perspectivas de futuro.
En una fiesta de la embajada española, la viuda es abordada por un periodista irlandés, Paddy Tichborne, para que acuda a ver a un anticuario chino. Le informa, además, que su marido ha sido asesinado y que ellas están siendo vigiladas por la Banda Verde, una de las mafias más peligrosas de China. Y no pueden ir a la policía porque el jefe de la zona francesa de Shanghai, donde ellas viven, es la misma persona que dirige la Banda Verde.
Se reúnen en un Club selecto y masculino con Lao Jiang, un anticuario chino que le explica que su marido guarda un gran tesoro que ellas deben encontrar, pues ese tesoro les llevará hasta el Mausoleo del Primer Emperador, una tumba cuya ubicación todo el mundo desconoce y llena de inmensas riquezas.
Cuando Elvira y Fernanda encuentran el “Cofre de las Cien Joyas”, lo sacan de la casa disimuladamente y llega a manos del anticuario. En la siguiente cita les habla del jiance, un método de escritura dividido en tres, que pasó de dinastía a dinastía hasta que el Príncipe de Gui, conocedor de su funesta suerte, lo dividió en tres partes y les dijo a tres amigos los lugares idóneos para esconderlos.
Aquí comienza el viaje y la aventura de un grupo interracial: Elvira necesita encontrar el tesoro para saldar las deudas heredadas, Fernanda tiene que ir con su tía, a Lao Jiang les mueven las antigüedades y los documentos de la época del Primer Emperador, Paddy porque quiere contar la historia, Biao es un joven criado de 13 años que ofrecen a la joven española. En su viaje serán perseguidos, acosados y atacados por los sicarios de la Banda Verde, japoneses y por diferentes sectores de la política china, como las gentes del Kuomintang y del Partido Comunista. Paddy es herido en una pierna y tienen que dejarle en el camino. Después de encontrar los tres fragmentos del jiance en lugares insospechados y pasar una temporada con los monjes taoístas de Wudang, deciden por fin proseguir su camino hacia el monte Li, lugar donde se supone que está la tumba, según dicen los fragmentos de bambú que han encontrado. El abad les permite llevarse a dos gemelos: Jade Negro, especializado en artes marciales, y Jade Rojo, especializado en sabiduría.
En medio de las montañas, son asaltados y Jade Negro es herido, por lo que tiene que volver a Wudang, pero les ha salvado la vida.
Ya solo les queda encontrar el lago artificial para entrar en la tumba, pero con el paso de los siglos, se ha secado y solo les queda rodear toda la montaña para encontrar el Nido de Dragón, una mezcla de diferentes colores de tierra que forman el Yin y el Yang, es decir, un lugar donde se concentran energías. La sabiduría de Jade Rojo es inmensa.
Finalmente consiguen entrar, pero los seis niveles de la tumba, siempre hacia abajo, tienen muchas trampas, verdaderos retos para la inteligencia: ballestas que disparan por un pasillo donde deben pisar las baldosas de un baile especial, la oscuridad en una sala llena de metano donde deben seguir unas baldosas que no pueden ver, un laberinto de puentes con cadenas, una secuencia de antiguas campanas que deben reordenar, un cuadrado mágico de 81 casillas y sortear un mar de mercurio hasta la tumba real.
En todas las salas todos se llenan los bolsillos de riquezas, menos el anticuario, cosa que le extraña mucho a Elvira, sobre todo porque se ha hecho eco de un constante malhumor desde que entraron en el mausoleo. Cuando llegan a la última habitación se encuentran con que la tumba del Primer Emperador flota por los aires, sin duda gracias a las piedras magnéticas del techo.
Allí, Lao Jiang manifiesta sus verdaderas intenciones: volar la tumba para que nadie pueda aprovecharse de aquellas riquezas. Él es comunista y cree que con ello el pueblo estará más esclavizado y los ricos serán más ricos. Les urge que corran hacia la salida.
Justo cuando ven la luz del sol y se cruzan con los sicarios de la Banda Verde, el suelo empieza a contornearse como si fueran movimientos sísmicos.
Con los tesoros que llevan encima, deciden ir a Pekín a venderlos a los anticuarios, que les pagan bien. Ahora tienen una inmensa fortuna, a dividir entre Elvira y los niños, Jade Rojo y el monasterio Wudang y Paddy Tichborne. Allí se despiden del maestro taichi y regresan a Shanghai vestidos elegantemente y en compartimentos de lujo. Elvira salda las deudas y decide llevarse a Biao a París y adoptarle como hijo. Le entrega su parte a Paddy y ya no volverá a verle más. Ellos, mientras tanto, deciden embarcar en el primer barco que salga para Francia y disfrutar de su estado de nuevos ricos.

Tianlu y Bixie

Tianlu
El Tianlu (el emolumento divino) y el Bixie (el que dispersa el mal) son dos animales mitológicos chinos que anuncian la buena fortuna y mantienen el mal en las costas. Los dos se parecen a un león, excepto por las alas. El que tiene un cuerno en la cabeza es el Tianlu y el que tiene dos es el Bixie.
Durante la dinastía Han (206 a. n. e. –220 a. C.-), las imágenes de ambos animales se usaban como ornamentos. Sus esculturas se colocaban delante de las tumbas como símbolo de dignidad, poder y autoridad que el difunto había disfrutado en vida. Como símbolos de valor y de inmunidad contra el mal, los dos animales se llevan a los difuntos al cielo montados sobre sus cabalgaduras. Las imágenes del Tianlu y del Bixie fueron bordadas y talladas sobre telas, cintas y ganchos del ejército de Han, y también sobre sellos y campanas muy antiguas (Bian Zhong).
El Tianlu y el Bixie están representados en un par de gigantescas esculturas que están de pie junto a los pilares de piedra que se encuentran en el camino que conduce a una tumba de los suburbios de Nanjing. En la tumba están los restos de Hong-Kong Xiao, el hermano pequeño del Emperador Wudi, de la dinastía Liang.

Bixie

De cómo apuñalaron en la villa a la Virgen Inmaculada. Lo que sucedió después. La marquesa de Almarza

Mucho ha merodeado el crimen entre los pardos muros de la villa y muchos son los que han caído por causa de su siniestra acción. De la maldad y brutalidad de las gentes no se ha librado siquiera la mismísima madre de Jesucristo. Estamos en pleno siglo XVII, y anda en debate el asunto de la virginidad de María. Sabios y clérigos discuten este punto con pasión, y son enconadas las polémicas. Por supuesto, la Universidad de Salamanca no es ajena a la cuestión y la somete a voto. Triunfa en el referéndum la hipótesis de la inmaculada concepción, y se proclama públicamente el veredicto. Por si fuera poco, los catedráticos juran la defensa del dogma y al juramento se unen con entusiasmo el Cabildo y el Concejo. Esta defensa unánime por parte de los tres poderes de la ciudad provoca gran júbilo entre el pueblo, y se venera con exaltación a la –ahora ya oficialmente- Virgen Inmaculada.
Era costumbre en la época colocar en los portales de las casas imágenes de Cristo, de la Virgen y de santos, para que los transeúntes dirigieran a ellas sus oraciones. En la calle Nevería, perteneciente a la parroquia de San Martín, se exponía una de estas imágenes dedicada, precisamente, a la Inmaculada Concepción. Muchos devotos se acercaban a ella para orar y cada día su número iba en aumento, por las razones citadas. El portal de la calle Nevería, pues, se convirtió en un lugar muy transitado, con las lógicas molestias para los vecinos más inmediatos. Tal vez entre ellos se encontrara algún enconado detractor del dogma de la virginidad, irritado por la derrota. El caso es que, para tratar de menoscabar la fama de la Inmaculada, contrataron a un maleante para que diera cuenta de su imagen.

El profanador

La mañana del 23 de junio de 1664, los vecinos de la parroquia desayunaron con una insólita noticia: alguien había mutilado horriblemente el popular cuadro de la Virgen. Con la complicidad de la noche, el delincuente había raspado los lemas del cuadro –que proclamaban la condición virginal de María-, había rayado el rostro de la imagen y había acuchillado su boca y desgarrado su cuello. Grande fue la consternación de muchos, y se llegó a contemplar la posibilidad de construir una capilla allí donde se cometió la profanación. Aunque se descartó esa posibilidad, la imagen fue trasladada en pública procesión, y sobre andas de plata, a la Catedral. Allí se restauró el cuadro y se inauguró una capilla, llamada “del Desagravio”, como muestra de esa intención por parte de las gentes de la ciudad. Todavía hoy se conserva allí el lienzo, y visibles son las huellas del atentado. Fue atrapado el bellaco autor que, probablemente, hablara demasiado en alguna taberna.
A raíz de este hecho se ordena la inmediata retirada de imágenes piadosas de la vía pública, aconsejando al rebaño la adoración de las mismas en los templos, cerca de sus amantes pastores. No debió de ser éste el único desmán que se produjera en torno al debate mariano. La misma fachada de la Catedral fue dañada cuando se arrancó la cartela que un ángel sostiene junto a la Virgen proclamando que “concibió por obra y gracia del Espíritu Santo”, o sea, sin concurso de varón.

Entre la iglesia y el palacio de San Boal hay una plaza pequeña sobre la que se recorta un breve fragmento de cielo. Ahora nos trasladaremos hasta un día en que la placita está atestada por la multitud; ha muerto María de Moctezuma, marquesa de Almarza, y todos los vecinos de la ciudad quieren rendirle un último homenaje. Conocida por todos era su benevolencia y su gran generosidad, y son muchos los elogios que la muchedumbre vocea. En el interior del palacio, la familia de la marquesa se ve obligada a tomar una impopular decisión: para seguridad del féretro y la comitiva se hará el traslado del cadáver a través de un pasaje subterráneo que comunica la casa con la iglesia contigua. Cuando el gentío recibe la noticia desde un balcón del palacio, comienza a dispersarse, defraudado. Poco tiempo después, quedan solo algunos curiosos. Al caer la noche, la plaza queda desierta y los familiares abandonan el templo para descansar en el más confortable palacio. Al cuidado del cuerpo de doña María quedan tres criados, que pronto buscan refugio en los confesionarios y se duermen profundamente.
En este momento entra en escena el sacristán. Mira con codicia hacia el alto catafalco, donde un gran anillo dorado brilla en la fría mano de la marquesa. Ignorando la severa mirada de San Boal, trepa sigilosamente por el túmulo susurrando obsesivamente el nombre del tesoro que ya imagina en su poder. Los criados roncan mientras el sacristán lleva sus temblorosos dedos hacia la sortija, que reluce a la luz de los cirios. Tira suavemente de la joya.
Los criados despiertan sobresaltados por un potente chillido y un golpe. Observan la siguiente escena: la marquesa está sentada en su ataúd mirando confusa el dedo anular de su mano izquierda. Junto a ella yace desmayado el sacristán, con el anillo entre los dedos. Doña María de Moctezuma desciende del ataúd y pregunta extrañada: “¿Qué hago yo aquí?”.
La señora marquesa de Almarza vivió largos años, siempre acompañada por los rumores de su extraña resurrección. Hizo gala de su proverbial generosidad y concedió al sacristán codicioso una pensión vitalicia. No sabemos si el anillo estaba incluido ni si esa paga sirvió para calmar el ansia de oro de sus largos dedos.

lunes, abril 28, 2008

Damas, heroínas, monjas, brujas, santas y alcahuetas. Algunas que hubo, y sus hechos

Celestina, remendona de honras

Suele decirse que la prostitución es el negocio más antiguo. No podemos datar cuándo se instituyó el gremio en Salamanca, pero seguramente fue poco después de colocarse la primera piedra. La fundación de la Universidad y su ejército de mozos en edad de gozar de la carne debieron de revolucionar el sector, y la afluencia de cortesanas a la villa debió de ser abundante, así como la profesionalización de algunas naturales. El caso es que el príncipe Juan, a finales del siglo XV, concede privilegio a Juan García de Albarrategui para instituir una “Casa de Mancebía” que albergara a todas las prostitutas de la villa. Es curioso que el príncipe Juan fuera el promotor de esta iniciativa; de él se dice que murió víctima de su fogosidad sexual en Salamanca, a los seis meses de contraer nupcias con Margarita de Austria –aunque ella negó ese punto-. La propuesta del príncipe, que tenía antecedentes en Valencia y otras villas, prospera y en 1497 el Concejo de Salamanca entrega unos terrenos en el arrabal con el fin de construir un burdel de cuarenta habitaciones. Además de edificio, se provee a las fulanas de un reglamento que rija su labor. En primer lugar, estarán obligadas a ejercer dentro de un horario fijo –desde oración a maitines-, a recibir al médico una vez por semana y a llevar sayas amarillas y cubrirse con un mantón de picos pardo. El acceso al oficio estaba vedado a mulatas, casadas y a toda otra mujer con padre residente en Salamanca. El encargado de hacer cumplir estas directivas era el llamado Padre de la Mancebía, mal llamado “Padre Putas”. El Padre Putas era elegido democráticamente por las prostitutas, aunque requería la aprobación del Concejo de la ciudad. Tenía licencia para prohibir la actividad de las desobedientes e incluso podía expulsarlas de la villa.

En 1570, una directiva de Felipe II añadirá límites adicionales al oficio: prohíbe la prostitución en días de fiesta, durante las cuatro témporas, en cuaresma y en vigilia. A partir de entonces, y para asegurar el cumplimiento de la orden durante un período “tan largo” como la cuaresma, el Padre Putas llevaba a su alegre rebaño a Tejares, evitando así tentaciones entre las gentes de la ciudad. El día elegido para el regreso era el lunes siguiente a Pascua. Ese día, muchos mozos cruzaban el río agitando ramos en señal de alegría –puede que de ahí “rameras”- y las devolvían a suelo urbano. El tránsito de vuelta se realizaba en barca, para evitar que semejantes pecadoras se toparan en el puente con los buenos cristianos purificados por la penitencia cuaresmal. Una vez en la villa acudían a la Catedral para confesarse e, inmediatamente, volvían a pecar. El ritual del retorno de las prostitutas convocaba espectadores año tras año, hasta el punto que se hizo tradicional festejar este “Lunes de Aguas” junto al río con provisión de buen vino y una contundente empanada de embutido: el querido hornazo. No perduró tanto el Padre Putas en el cargo como su nombre en boca de las gentes. Con el más prudente término de “Padre Lucas”, aún se nombra a quien comanda la tropa de cabezudos que persiguen a los niños por las calles en tiempos de fiesta.
En 1618 la Iglesia hace cerrar las casas de mancebía, sin conseguir –a buen seguro- reducir el negocio, pero aumentando la marginalidad y la precariedad de aquéllas que lo practicaban. Respecto a estas mujeres de pecado, acabaremos diciendo que arrepentidas las hubo y que de ellas las más iban a parar a la “Casa de Aprobación” o “las Recogidas”. Hasta hace cien años, toda puta contrita o desahuciada encontraba allí reposo y aires más puros. Estaba tras la iglesia de Sancti Spiritus y en su última etapa la regentaron las Adoratrices.

Después de olvidar esta panorámica de hembras pecaminosas, pondremos nuestras miras sobre la casta, la pura sor Teresa Juliana de Santo Domingo, más conocida como “la Negrita de la Penitencia” y más aún como “la Santa Negrita”. Su nombre natural era Chicaba, y nació en África Occidental alrededor de 1676. A los diez años fue raptada de su tierra natal y esclavizada por un buque español. Una vez llevada a Sevilla por la tripulación, es entregada al rey Carlos II como una rareza exótica, ya que sus joyas y abalorios atestiguan que es hija de un notable entre los suyos. Ella confirmó este punto, declarando ser hija del rey de un país llamado “La Mina Baja del Oro”. Carlos II, a su vez, se la regala al marqués de Mancera, antiguo virrey de México. Tras rechazar proposiciones de matrimonio bastante extravagantes y librarse de varios intentos de asesinato –uno de ellos en el estanque del parque del Retiro de Madrid-, decide ingresar en un convento. El marqués le concede la libertad, pero muchos monasterios cierran sus puertas a una mujer de raza negra. En 1704 consigue ingresar en el convento de la Penitencia, en Salamanca, donde entra bajo condiciones especiales. Los que fueran sus dueños tuvieron que abonar una dote completa y algunas tasas extraordinarias y aun así Chicaba no fue admitida como novicia, sino como sirvienta de las monjas, y era apartada de ellas en los rezos y las comidas. Se le prohibió incluso acostarse en el dormitorio y lo hacía en la enfermería. La Santa Negrita soportaba cada humillación a la luz de un intenso misticismo.
Una de las más penosas tareas que se encomendó a Chicaba fue tutelar a una monja endemoniada, que de continuo se quejaba de ser cuidada por una negra. Un día en que iba a peinarla, la Santa Negrita escupió sobre el peine para facilitar la labor y su saliva quemó la cabeza de la poseída como un hierro al rojo. Su extática beatitud va seduciendo al resto de las monjas, admiradas por sus ayunos –una vez casi muere ante la visión del chocolate- y su extrema generosidad. Destaca también en su adoración del sufrimiento; como otros místicos, Chicaba asocia el dolor físico con la presencia de su amado Jesús. Su saliva y sus manos comienzan a considerarse medicinas milagrosas y ya se empieza a hablar de milagros. Los rumores se confirman cuando varios salmantinos presencian la espectacular escena expuesta a continuación.
Estamos en plena Guerra de Sucesión, y los enemigos portugueses han puesto cerco a la ciudad e instalado piezas de artillería en los contornos. Comienzan a sonar los estampidos de los cañones y los habitantes de la ciudad buscan refugio. Chicaba sale a una ventana del convento y alza una estampa. Las bombas se detienen y se desvían, errando sus blancos por la milagrosa actuación de la monja. No cabe duda de la santidad de esta mujer africana, de la que se afirma que llega a levitar. La tacha de su nacimiento en tierras paganas es difícilmente salvable, pero se sabe que en su país natal Chicaba tuvo un encuentro con Jesús, un “niño blanco” al que prometió ser su esposo. Amó a su divino marido con esa misteriosa intensidad carnal de los místicos, como declara por su propia pluma en sus versos.

La Negrita, escudo milagroso

También cuenta Chicaba cómo fue bautizada por unos ángeles, junto a un cauce, en sus tierras natales. Ya le dieron éstos el nombre de Teresa, que después le darían también en su otro bautismo, al arribar al puerto de Santo Tomé.
Sor Teresa Juliana murió el 6 de diciembre de 1748. En el momento de expirar, su piel se volvió blanca y la estancia se inundó de exóticos y desconocidos aromas. Fue enterrada sin pompa ni ceremonia alguna en el claustro del convento y no ante su Sacramentado Esposo, como ella había solicitado. Pocos asistieron al sepelio. Sin embargo, la multitud irrumpió en su celda y se disputó sus objetos personales: cada cuenta del rosario, cada jirón de su hábito, sus estampas y sus papeles fueron dispersados por manos ávidas de reliquias. Éste fue el fin de Chicaba, de quien aún se conservan recuerdos en el convento en que habitó –hoy conocido como “las Dueñas”-. Le podemos otorgar otro mérito: fue la primera escritora africana en lengua española. Además, se dice que las oraciones dirigidas a ella curan a los niños herniados.
Otra monja levitadora y amiga del éxtasis pasó por Salamanca: la más famosa de ellas, Santa Teresa de Jesús. Se alojó en la villa y aún se conserva la fachada de la casa donde escribió aquello de “vivo sin vivir en mí”. Parece que, entre transverberación y transverberación, era de carácter alegre, tranquilo y confiado. Una noche en que la Santa se alojó en la ciudad, fue acomodada en una posada ocupada por estudiantes. Para más comodidad de Teresa y su acompañante, los posaderos desalojaron a todos los mozos, con las lógicas protestas. Su compañera no pegaba ojo, por temor a los desahuciados. La Santa la tranquilizó y se puso tan tranquila a dormir, refugiada tal vez en su “castillo interior”.
Otra monja más. Menos notable y seguramente menos mística fue sor Beatriz, una hija ilegítima del duque de Terranova que profesó, ya en los albores del pasado siglo, en las Franciscas Descalzas. La moza, antes de ser monja, se enamoró locamente de un apuesto mozo sin que éste tuviera noticia. Era un amor de juventud, por el que la muchacha estaba dispuesta a todo. Cuando el galán, que no sabe nada, se traslada a Salamanca a cursar algunos estudios –o tal vez a alistarse en un cuartel-, su enamorada le sigue y para ello no se le ocurre otra cosa que fingir una gran vocación. Ingresa pues en el convento de las Franciscas. Su plan extravagante no iba a funcionar. Cuando llega el momento de tomar los hábitos, las monjas, armadas de grandes tijeras, le cortan su hermosa mata de pelo desoyendo sus llantos y protestas. “¿Dónde iré yo así, trasquilada como una borrega?”, gritaba. Si sus proyectos de amor comenzaban de esta forma a hacer aguas, naufragaron del todo cuando su amado murió poco tiempo después. “La Borrega”, que así fue conocida desde entonces, no encontró ya motivos para abandonar la compañía de sus santas esquiladoras y permaneció en el convento hasta su muerte que –si Dios le concedió larga vida- debe haber acontecido hace poco.

Había mujeres ansiosas de penitencia –y alguna necesitada de caridad- que eludían los rigores conventuales para emprender otra vida de sacrificio religioso. Eran las emparedadas y se las llamaba así porque se hacían encerrar en unas minúsculas celdas adosadas a los muros de las iglesias. Solían permanecer allí de por vida. Se cree que la costumbre de emparedarse la inauguró la hija de un cruzado francés muerto en combate y se extendió luego por toda la cristiandad. Víctor Hugo habla de las que hubo en Notre-Dame, que serían muy parecidas a las que aquí se instalaron en Sancti Spiritus, San Esteban, Santa María, San Sebastián y en San Juan de Barbalos. Una que tenía su encierro en esta última iglesia fue muy popular, y sus privaciones impresionaron al propio San Ignacio de Loyola, que la visitó en 1541. Estas prisioneras de la penitencia vivían con gran austeridad, comunicadas con el mundo por dos pequeños ventanucos: uno hacia el interior del templo, de forma que pudieran oír misa, y el otro orientado a la calle, para asegurar el alimento y las mínimas atenciones higiénicas. No había puerta.

Sin apartarnos demasiado de la escena religiosa –nada distaba mucho de ella hasta hace poco-, hablaremos ahora de Juana Pimentel, amante del arzobispo de Santiago, Alonso II de Fonseca, patriarca de Alejandría. A finales del tormentoso siglo XV, acudió la corte en pleno a Salamanca. Con ella venían el arzobispo y su manceba. Las gentes de la ciudad, escandalizadas por el asunto, negaron alojamiento a Juana Pimentel. El arzobispo Fonseca montó en cólera y juró erigir en la villa el palacio más hermoso con una galería para que pudiera pasearse su querida Juana. Así lo hizo, y mandó esculpir, en las ménsulas que sostienen esa galería, grotescas caricaturas de los nobles salmantinos que habían rehusado acoger a la Pimentel en sus hogares. En uno de los medallones hizo tallar la efigie de la hermosa Juana, mostrando un pecho en desenfadada actitud. Por ser así de salerosa, la gallega fue apodada “la Salina” y pronto su mote pasó a ser el nombre del edificio: el Palacio de la Salina.
Por desgracia, los historiadores han dado buena cuenta de estos hermosos hechos y los tachan de falsos. Según ellos, la casa fue alzada por Gil de Hontañón y Machín de Sarasona por encargo de Rodrigo Messía Carrillo y su esposa, Mayor de Fonseca y Toledo en 1546. Dicen que la muchacha que muestra un seno es Cleopatra y que el palacio toma su nombre de haber sido un vulgar almacén de sal hasta 1859. El lector es libre de elegir la versión que prefiera.

María Lozano protagoniza otro suceso relacionado con una casa de la villa: la muy conocida Casa de las Muertes. Fue Juan de Álava quien levantó esta residencia señorial en el siglo XVI, y Diego de Siloé quien esculpió bajo las ventanas unas pequeñas calaveras. Los más escépticos afirman que semejantes motivos en la decoración bastan para que la casa se conozca con tan macabro nombre. Puede ser verdad, pero desde siempre se han rumoreado secretas tragedias y misteriosos crímenes entre los muros del lugar. Hay incluso una leyenda, muy vaga, sobre el funesto fin que allí conocieron los amores entre un Monroy y una Manzano. Lo que cuenta con el frío respaldo de las actas de un tribunal es el hecho de que allí asesinaron en 1836 a la dicha María Lozano, y que sus asesinos nunca fueron prendidos. Si hubo más tragedias antes que dieran fama a la casa, no podemos asegurarlo, ya que los hechos se desdibujan en la memoria de las gentes. Impreciso es el contorno de las leyendas y su misterio aumenta si las protagonizan misteriosas mujeres.

Luo P'an

De origen chino y nacido en la tradición Feng Shui, este extraño objeto no es más que una brújula china.
El Luo P'an marca el Sur, y no el Norte, como ocurre en las brújulas occidentales.
Es peculiar por la cantidad de símbolos que contiene, y es que esta brújula no solo marca los puntos cardinales sino que informa sobre las diferentes energías de la Tierra.

domingo, abril 27, 2008

Soñé que podía volar... y volaba...

Cuando cerré los ojos volaba. No sabía que era lo que me mantenía suspendida en el aire, pero allí estaba, con dos inmensas alas blancas despegadas hacia el horizonte, una línea que veía fugazmente, porque el sol, de frente, me cegaba.
Cuando era pequeña soñaba en innumerables ocasiones que volaba, que en la espalda comenzaban a nacer unas pequeñas alas de plumas blancas y, al salir a la calle, incontrolables, se elevaban hacia las alturas. Y todo lo veía desde arriba. Todo se había desvirtuado desde aquella mirada en las alturas, una mirada de niña inocente que era incapaz de posarse en tierra.
Era solo un sueño, aunque acudió a mí tantas veces que se me quedó grabado.

Ahora creo que lo que en el fondo sentía eran las ansias de libertad.

Dos bandos, un santo y una cesta de sardinas. Vida y milagros de San Juan de Sahagún. Historia verdadera de María “la Brava”

Salamanca vista desde la otra orilla del Tormes

Si duendes, magos y brujas dieron tormento a los vecinos de Salamanca, fueron superados con creces por otras huestes más terrenales que durante parte del siglo XIV y todo el XV convirtieron la villa en un sangriento campo de batalla. Llamaron a este período “la Guerra de los Bandos” y fue una época de escaramuzas, venganzas, intrigas, traiciones y algún que otro milagro. Los bandos eran dos: uno se agrupaba en torno a la parroquia de Santo Tomé y el otro alrededor de la de San Benito. Eran parejos en seguidores, y se calcula que cada uno de ellos contaba con unos ocho mil hombres. Aunque las rencillas podrían hacerse remontar hasta la época de la repoblación de la ciudad trescientos años atrás, el clímax de la refriega se hace coincidir con el envío de regidores a Salamanca por parte de los Reyes Católicos. Estos regidores, investidos para limitar la autoridad de las casas nobiliares, se ven obligados a apoyarse en ellas para consolidar su poder. Se forma el Concejo que, entre otras atribuciones, controla la propiedad de la tierra, causa de rivalidades seculares entre los nobles. Así comienzan los pactos, prebendas y alianzas que desembocarán en una guerra abierta en las calles.
Pero no solo la alta nobleza entra en disputa, ya que los grandes señores movilizan a su alrededor a cientos de caballeros de la baja nobleza. Todos ellos tienen parentela entre los clérigos, y sus criados forman una notable porción del pueblo llano de la ciudad. La Universidad también acoge las disputas, y sus autoridades se ven obligadas a dictar penas de suspensión de sueldo para los catedráticos, y de expulsión y destierro para los estudiantes que militaran en cualquiera de los bandos. Las rivalidades, pues, se extienden a todos los estratos y pronto los sentimientos empiezan a polarizarse en torno a las dos parroquias. Alrededor de San Benito se alineaban los linajes de Acevedo, Anaya, Figueroa, Fonseca, Godínez, Maldonado, Manzano, Paz, Pereira, Ribas, Sotomayor, Hontiveros y Nieto. Los “tomesinos” eran los Almaraz, Monroy, Puertocarrero, Solís, Tejeda, Valdés, Varillas, Vázquez Coronado, Garci Grande, Rodríguez, Enríquez, Ovalle, Flores, Montesino, Miranda, Villafuerte y Araujo.
La ciudad está erizada en torreones y mansiones defendidas como fortalezas y hay zonas por las que los viandantes no osan pasar. La Plaza del Corrillo recibe su nombre en estos momentos, con la designación de “Corrillo de la Hierba”. Allí crecía sin que nadie la pisara, pues era punto fronterizo entre los bandos. La tensión solía desbordarse y estallar violentamente en muchas ocasiones, aunque hubo cuatro momentos en los que la refriega adquirió cariz de auténtica guerra. La primera de las ocasiones se produjo cuando el bando de Santo Tomé decidió apoyar la política del condestable Álvaro de Luna en contra de las opiniones de los de San Benito, favorables a los Infantes de Aragón. Los bandos reabrieron las hostilidades directas con motivo del enfrentamiento entre Pedro I “el Cruel” y su hermano, el sublevado Enrique II. Los de Santo Tomé apoyaban a Pedro y los de San Benito al bastardo de los Trastámara.
En la segunda mitad del siglo XV, el bando de San Benito participará en las revueltas nobiliarias contra Enrique IV. Los de Santo Tomé apoyarán al rey y éste concede la ciudad al Duque de Alba. Esto provocará más revueltas que culminan con la revocación de la cesión de la casa de Alba y con la destrucción parcial del Alcázar de San Juan, refugio de rebeldes y desafectos al monarca.
Ya en este momento se adivinaba el motivo para una nueva guerra pues los de Santo Tomé, siempre fieles al rey Felipe IV, tienen muy claro que su hija Juana, mal llamada “la Beltraneja” sucederá a su padre en el trono. Cuando éste muere, en 1474, los de San Benito apoyarán la causa de su tía y opositora Isabel “la Católica” por considerar que Juana no era realmente hija del rey, aunque sí de la reina y su favorito, Beltrán de la Cueva.
Con el triunfo de Isabel llega el reinado de los Reyes Católicos. Éstos, acosados por mil problemas –en muchos casos similares al que sufría Salamanca- no consiguen investir una autoridad que ataje los incidentes. La Iglesia toma cartas en el asunto en la forma de un modesto fraile agustino: fray Juan de Sahagún.
Juan nace en las tierras leonesas de Sahagún después de varias intentonas estériles por parte de sus padres, que no acertaban a fructificar. En 1429 nace un muchacho de salud quebradiza y carácter apacible que rápidamente comienza a predicar a sus compañeros y a mediar en sus berrinches. Pronto se traslada a Burgos, donde consigue el afecto de las gentes de iglesia y cierta popularidad como predicador. Aunque no sabemos la fecha exacta de su llegada a Salamanca, se sabe que en 1457 estaba ya matriculado en Decretos, donde cursaría durante cuatro años. A la vez que avanza en sus estudios se va extendiendo su fama y pronto pasa a ser predicador oficial del Colegio Mayor de San Bartolomé. Desempeña su labor con tal maestría que recibe el cargo de capellán interno del Colegio, por lo que se le otorga la posibilidad de residir en él. Destaca entre sus alumnos por su gran devoción y ya en esos días comienza a manifestarse su milagrosa beatitud. Ocurrió lo siguiente: un día, tras la oración, Juan se dio cuenta de que había olvidado parte del oficio. Sobresaltado, regresó a la capilla, pero los cirios estaban ya apagados. Quedó muy compungido por su falta, pero un ángel vino en su auxilio alumbrándole con su blanca luz desde la punta de un ciprés, árbol cuya figura, a partir de entonces, fue usada como enseña de ese colegio.
Ya en estos primeros momentos, Juan arremetió contra los bandos y su violencia impía desde el púlpito, recibiendo tantas y tan feroces amenazas que se vio obligado a renunciar a su cargo de capellán. Abandona San Bartolomé y se traslada a casa del canónigo Pedro Sánchez, que observa estupefacto como el joven fraile toma por cama un haz de ramas secas y por almohada una dura roca. Asombra también su extrema generosidad, pues reparte todo lo que tiene entre los mendigos y conserva solo su pobre hábito. Estas ejemplares costumbres debilitan su frágil salud y cae enfermo de la temida enfermedad de la piedra. Los doctores Medina y Recio le extraen los cálculos en una operación que podemos imaginar brutal. Tras una larga convalecencia, y como prueba de su agradecimiento, toma el hábito en el convento de San Agustín en 1463, donde profesará al año siguiente. Durante ese año de noviciado fue nombrado refitolero –encargado del comedor-, labor que convirtió en milagrosa, pues el ecónomo del convento y el prior advirtieron que la cuba de vino de la que Juan abastecía a sus hermanos no menguaba en contenido.
Continúa con la predicación. Fustiga desde el púlpito a los responsables de la contienda de los Bandos. Ofende a gentes importantes. Una noche oscura, dos sicarios armados con garrotes le esperan en un callejón, a la salida de la iglesia de San Martín. Cuando se aprestan a descargar sus golpes sobre el fraile, quedan paralizados por una fuerza misteriosa y caen al suelo presas del terror. Juan se arrodilla junto a ellos y les da consuelo. Algo parecido le sucedió después de mofarse públicamente de las amenazas del propio don García de Toledo, duque de Alba, en sus propias tierras. Los hombres del duque le dan alcance en el camino de vuelta a Salamanca. Fray Pedro de Monroy, su acompañante, recoge piedras para defenderse. Juan le tranquiliza: “Ya luchará Dios por nosotros”. Las fuerzas misteriosas vuelven a actuar, pero esta vez no solo son los matones los que quedan paralizados y aterrados; el propio duque, en su palacio de Alba de Tormes, siente los síntomas. El de Sahagún restablece la salud y la tranquilidad a todos, haciéndose de este modo con la amistad de la casa de Alba.
Juan fatigó muchos caminos y tuvo accidentes y contratiempos. En una ocasión en que el fraile viajaba en burro cayó al Tormes, que venía crecido. Las aguas turbulentas se tragaron jinete y montura, y los presentes ya le daban por muerto cuando apareció en el camino. Tanto él como su pollino estaban en perfecto estado y, además, totalmente secos.
Los milagros se suceden y la fama del santo de Juan se extiende deprisa, ante su preocupación. Pero todo lo sucedido quedará pequeño a partir del día en que, al pasar junto al llamado “Pozo Amarillo”, oye los angustiosos gritos de una mujer. El fraile se dirige al lugar y ve a una multitud congregada en torno al brocal. Un niño había caído dentro y el agujero es profundo. Juan desata el cíngulo de su hábito y lo descuelga al interior del pozo. Murmullos escépticos; el cordón es obviamente demasiado corto. Pero en ese momento se produce el milagro. Las aguas comienzan a subir y el muchacho puede asirse al cordón y escapar de una muerte segura. Tras un momento de mudo asombro, la concurrencia estalla en vítores y avemarías. Besan la mano a Juan y no falta quien, con unas tijeras, trata de cortar un jirón de su hábito. El fraile se ve asaltado por la inmodestia así que, para despistar, agarra una cesta de sardinas, se la pone sobre la cabeza y grita: “Al loco, al loco”. Los presentes quedan estupefactos y Juan aprovecha para escapar a la carrera por las calles, tal vez con alguna pedrada como propina del pescadero.

Un milagro de fray Juan

El revuelo fue tan grande que el prior prohibió a Juan que hiciera más milagros que conmocionaran a la ya de por sí agitada Salamanca. El fraile aceptó con su proverbial obediencia, pero el destino quiso ponerle a prueba. Va Juan caminando por la calle cuando, en un andamio cercano, un albañil pierde pie y se precipita al vacío. Grita: “¡Válgame fray Juan!”. El de Sahagún se disculpa explicando la prohibición de hacer milagros, pero pide al albañil licencia para acudir al prior y solicitar su permiso. Acude al convento, logra el acuerdo del prior, y vuelve al lugar donde el albañil le espera milagrosamente suspendido en el aire. Con suavidad, Juan tiende los brazos, recoge al obrero y lo deposita, intacto, en el suelo.
Algún tiempo después paseaba Juan por la calle de Santa Catalina sumido en piadosas meditaciones cuando escuchó un pesado galope y un potente bramido. Al levantar la vista del suelo, observó como un enorme toro embestía contra él. Con toda tranquilidad, levantó la mano y dijo: “Tente, necio”. El toro se detuvo con súbita mansedumbre. Pronto se cambiará el nombre de la vía por el de “calle Tentenecio”.
En 1471 Juan de Sahagún es ya prior del convento de San Agustín, del que se dice que todos sus frailes fueron santos, aunque ninguno pueda igualar la marca del futuro patrón de la ciudad: más de doscientos milagros certificados y una vida de ayuno y penitencia que le llevaba al límite de sus fuerzas. Encontró de forma milagrosa libros robados de la biblioteca de la Universidad y continuó con sus fueros e interminables sermones, en los que lloraba y reía, preso del éxtasis, pues mientras predicaba veía al hijo de Dios encarnado que le mostraba llagas como luceros resplandecientes. Temía por encima de todo una muerte súbita, por lo que se confesaba a diario declarando amargamente sus pecados.
Su esfuerzo en el intento de pacificación de los bandos de Santo Tomé y San Benito dio sus frutos tras doce años de sermones en los que llegó a instalar púlpitos ante las casas de los litigantes y a mezclarse en las reyertas. El 30 de noviembre de 1476 consigue reunir a varios caballeros de ambos bandos en la hoy llamada Casa de la Concordia, en cuyo pórtico aún hoy podemos leer el lema: “Ira odium generat, concordia nutrit amorem”. En esa reunión se asientan las bases de la paz definitiva, que llegará diecisiete años después, con el reparto de oficios entre los bandos y la distribución rotativa de cargos. Él no vivirá para verlo, pues murió en 1479 en condiciones harto misteriosas.
En efecto, la muerte del –entonces- futuro patrón de la ciudad sigue sin aclararse aún hoy. Se cree que San Juan de Sahagún, que pudo sobrevivir a las mareas de hombres armados de San Benito y Santo Tomé, pereció por causa del odio de una sola mujer. Muchas veces había manifestado Juan su piadosa cólera hacia las actitudes exhibicionistas y casquivanas de algunas damas de la ciudad. Objeto de sus iras era, especialmente, la costumbre de llevar escotes generosos. Castigó en sus prédicas a aquellas que los usaban, consiguiendo arrancar a muchas de ellas lágrimas de arrepentimiento y, a otras muchas, insultos y alguna que otra pedrada. En una ocasión retiró la mano cuando una mujer intentó besarla. El santo había leído un oscuro pensamiento de la dama: se disponía a asesinar al hombre que había abandonado a su hija. Aún adivinó más, pues vaticinó la solución del problema y la pronta boda de los muchachos. Y así fue.
Mas fue otra mujer la que acabó con la vida del fraile al que todos amaban: la marquesa Isabel. Solo el nombre conocemos de esta mujer noble, que vivía amores ilícitos con el joven Iñigo, uno de los mozos más apuestos de la ciudad. Sucedió que, en uno de sus exaltados sermones en la iglesia de San Blas, Juan de Sahagún arremetió contra aquellos que andaban amancebados, amenazando sus corazones con las llamas infernales y la negra condenación. Gran mella hizo el discurso en el pobre Iñigo que, presa de terribles remordimientos, resolvió abandonar a la marquesa, su amante, de inmediato. Lo hizo mediante una misiva que explicaba su contrición. La marquesa Isabel resolvió con fría cólera tomar venganza hacia el fraile de Sahagún, que acababa de arrebatarle el más exquisito de sus caprichos. Así obró. Sabido por todos era que fray Juan sufría desarreglos gástricos que le procuraban grandes molestias, y conocido era también su médico. La marquesa Isabel acudió a casa del doctor y le ordenó mezclar un potente veneno entre las medicinas que suministraba a su paciente. El médico, horrorizado, se negó. Días más tarde, el médico fue avisado de una urgencia en un domicilio. Al personarse en el lugar no halló enfermo alguno y sí a tres embozados que lo obligaron, bajo amenazas para él y su familia, a firmar unos documentos. Según ellos, el pobre galeno aceptaba una orden real de traslado a Córdoba, y cedía puesto y pacientes a un tal López. Una vez cerrado el forzoso trato, uno de los secuaces se largó con las cartas y los otros dos “ayudaron” al doctor y su familia a empaquetar sus cosas y les condujeron a su nuevo destino. Por supuesto el tal López no demoró su tarea y preparó a fray Juan una infusión ponzoñosa. No acabó el fraile de tomarla, cuando se sintió fallecer. Poco después moría. De inmediato, comenzó a llover torrencialmente como, por cierto, él había pronosticado para el día de su muerte. Era once de junio de 1479.
La marquesa Isabel prepara el crimen

El cadáver de fray Juan de Sahagún, mortificado por sus piadosas privaciones, su escasa salud y los efectos del veneno, fue objeto de una auténtica oleada de devoción. Durante el velatorio hubo que proteger el cuerpo con una verja para evitar ciertos excesos de sus admiradores. Fue sepultado en el convento del que había sido prior. De inmediato, comienza a producirse en torno a su sarcófago un auténtico rosario de milagros, penitencias y conversiones. Pero a los frailes agustinos les surge una duda. ¿Es realmente fray Juan el autor de los milagros? Es difícil averiguarlo, pues junto a la tumba de Juan se hallan las de otros santos hijos de la congregación. Así, los monjes toman una curiosa decisión: trasladarán los restos del fraile a otro lugar más apartado de la beatífica influencia de sus hermanos. Los milagros se repiten; era él.
Ciento veintidós años después, fray Juan de Sahagún conversa su fama y es beatificado por el Papa Clemente VIII. Pasarán otros noventa años hasta que, en 1691, es canonizado por Inocencio XII. Por fin, en agosto de 1868, es elevado a patrón de la ciudad de Salamanca.

Ya se ha hablado de la marquesa Isabel, y ahora se hablará de María de Monroy, otra mujer hija del turbio siglo XV que no dudó en vengarse de sus enemigos, aunque por medios mucho más feroces que la asesina de San Juan. Era María de Monroy viuda de Enrique Enríquez, señor de Villalba de los Llanos, vecina de Salamanca y, por más señas, del bando de Santo Tomé. Ya su difunto marido había tenido pleitos por apropiarse de forma ilícita de ciertos terrenos del campo de Muñodono, cerca de la ciudad. Y más pleitos debía tener la familia, puesto que Enrique Enríquez había sido corregidor de la villa en esos tiempos revueltos. Como ejemplo de ellos se sabe que, en 1466, un ballestero de Enrique IV debía tanto dinero a la viuda doña María que tuvo que vender su término de Calzada de Valdunciel para poder pagar. En las fechas de las que hablaremos, rondaría la de Monroy los cincuenta años. Había parido tres hijos: Alonso –que murió joven-, Pedro y Luis. Podemos imaginarla como un ama castellana enjuta y enlutada, tal vez de rancio carácter, aún vigorosa. Podríamos ponerle un moño de pelo gris.
Sucedió que, un funesto día, su hijo Luis, que no alcanzaba la veintena, se encontraba jugando a la pelota con Gómez y Alonso Manzano, hijos del bando de San Benito. No podía acabar bien la diversión entre mozos de bandos rivales y pronto se armó una disputa. Los Manzano, con ayuda de algunos de sus criados, rodearon a Luis Enríquez y le dieron muerte. Llenos de temor hacia Pedro, el hermano de su víctima, se ocultaron en una calleja para emboscarle. El mayor de los Enríquez cayó en la trampa y, sin tener tiempo siquiera de desenvainar, fue herido con un chuzo y rematado en el suelo. Después, Gómez y Alonso Manzano tomaron sus monturas y huyeron de la ciudad.
Cuando María de Monroy recibió la noticia no vertió una sola lágrima, ni se lamentó, ni reclamó los cuerpos sin vida de sus hijos. Dijo a sus parientes que hicieran con los cadáveres lo que les viniera en gana. Más tarde, ordenó preparar equipaje para retirarse a llorar a su señorío de Villalba de los Llanos, lejos de la ciudad que era fuente de su dolor. Mandó a veinte de sus criados que la acompañaran, alegando que temía recibir el mismo fin que sus hijos. Sale la comitiva de la ciudad y, no bien la pierden de vista, María se vuelve a sus criados y con gran fiereza les exhorta a la venganza y declara sus verdaderas intenciones: ni ella ni ninguno de los veinte descansarán hasta dar caza a los asesinos.
Algunos de sus sirvientes más avispados actúan como espías, indagando sobre el paradero de Gómez y Alonso Manzano. Un mes dura la búsqueda, pero por fin dan con ellos en una posada de Viseu. Algunos hombres de María vigilan las salidas de la fonda, mientras otros derriban las puertas con una gran viga. Después entran en tropel. Los Manzano aún están adormilados cuando los asaltantes irrumpen en sus habitaciones. La de Monroy, rodeada de sus gentes, ordena ejecutar y decapitar a Gómez y a Alonso. Después recoge sus cabezas “con la mano siniestra, para no manchar la diestra” y desaparece en la noche con sus secuaces.
En solo un día y medio regresa a Salamanca y, con macabra teatralidad, entra en la ciudad con las cabezas de los dos mozos ensartadas en sendas picas. Después las deposita sobre la tumba de sus hijos, aunque puede que antes las exhibiera como trofeo en la fachada de su palacio, colgadas de dos grandes clavos. Las gentes, a partir de entonces, la conocerán con el mote que ha perdurado hasta hoy: María “la Brava”.
María de Monroy y su funesto trofeo

Por supuesto, la venganza de “la Brava” produjo una respuesta de sus enemigos, y no fue más que un eslabón –por insólito más conocido- de la larga cadena de atrocidades cometidas en la contienda que tiñó de sangre durante siglo y medio la ciudad. San Juan de Sahagún –o Hércules, o Helman el vacceo- nos libre de los desaires de la guerra, que son crueles, estériles y ciegos a la hora de golpear.

El bachiller, el Diablo y la tinaja. Misterios y saberes de la Cueva de Salamanca y algunas supersticiones más

El Diablo a la puerta de sus pagos
De tener que elegir una leyenda como estandarte de Salamanca, a la fuerza deberíamos olvidarnos de milagros de santos, gestas de valor o prodigios de sabiduría gestados en su Universidad. La mayor fama de la villa viene de más abajo, de su diabólica trastienda: la Cueva de Salamanca. No es exageración elevarla a esta categoría, pues es sabido que en muchos lugares de todo el mundo, la palabra “Salamanca” no es sinónimo de cátedra o de lugar piadoso, sino de aquelarre o reunión de brujas.
Si nos fiamos de la leyenda, en Salamanca existe una cueva donde antaño el diablo enseñaba oscura arte mágica. Esta cueva se encuentra aún hoy bajo los restos de la iglesia de San Cebrián –o San Cipriano- y fue en realidad su sacristía. El maligno dictaba desde el fondo de la oquedad tomando la forma de una mano sobre una silla, de un macho cabrío e incluso de una cabeza de alambre. Como todo lo oscuro es incierto, otros aseguran que el arcano maestro no era otro que el sacristán del templo, un truhán llamado Clemente Potosí. Las asignaturas que se ofrecían eran: arte mágica, astrología judiciaria, geomancia, hidromancia, piromancia, aeromancia, quiromancia y la repugnante nigromancia. Los estudios duraban siete años y siete era el número de los alumnos. Al finalizar los estudios uno de ellos, elegido al azar, pagaba por todos con su libertad, quedando al servicio del diabólico profesor. Uno de los alumnos que allí cursó estudios fue don Enrique de Aragón, marqués de Villena. Destacó en sus oscuros estudios y sacó provecho a todas las lecciones. Tanto que consiguió burlar a su propio maestro.
Don Enrique era nieto bastardo de Enrique II de Castilla. Nació en 1384 y muy pronto rehusó seguir la carrera militar para dedicarse a asuntos más excéntricos. Se dirigió a Salamanca y aceptó el trato del infame sacristán, asistiendo a las abominables clases subterráneas. Tras siete años de macabras enseñanzas llegó la hora del pago, y la suerte –o la astucia de sus compañeros- hizo que fuera Enrique quien debiera pagar con su libertad y permanecer encerrado en la cueva al servicio de las fuerzas del averno. No debió complacer a don Enrique aquel pronóstico, así que ideó un plan para liberarse. En la sacristía había una gran tinaja vacía y agrietada cubierta de extraños bártulos y utensilios. El fugitivo, aprovechando un momento de soledad, se metió en la tinaja y usó sus artes para volver a colocar encima todos los cacharros. Además, colocó sobre un atril un poderoso libro de conjuros –tal vez el mismísimo Libro de San Cipriano- y esperó.
El sacristán, al regresar, comprueba que don Enrique ha desaparecido, lo más seguro con ayuda de las artes del grimorio del atril. Rápidamente parte a buscar al fugado dejando la puerta abierta. Don Enrique sale de la tinaja y sube las estrechas escaleras hasta la iglesia. Temiendo que el astuto sacristán no ande lejos, se esconde tras las cortinas que cubren un altarcillo. El perseguidor regresa y cierra las puertas del templo, pues ya es tarde. Enrique pasa toda la noche en su escondrijo. Por la mañana, el sacristán abre las puertas para que algunas mujerucas hagan sus primeros rezos. El fugitivo, con mucho disimulo, se arrodilla entre ellas y, cuando ve la ocasión, corre hacia las puertas y la luz del día. El sacristán no es lo suficientemente rápido para atraparlo, pero con su peluda mano agarra la sombra de Enrique, que se desliza sobre el enlosado de piedra de la capilla.
El marqués de Villena logra escapar, pero pierde su sombra –su alma, tal vez- en el intento. Todavía dará mucho que hablar, pues será el autor de volúmenes como Especies de adevinança, Tratado de aojamiento o fascinología, Ángel Raziel, y otros que merecieron las iras de la Inquisición y tuvieron como destino el fuego. Compuso también obras de temas más respetables como Arte de trovar, Arte cisoria y tratado de arte de cortar con cuchillo o Tratado de la lepra. Tradujo a Dante y a Virgilio. Llegó a ser maestre de la Orden de Calatrava, pero fue desposeído por su mala fama. Algunos rumorean que uno de los secretos que aprendió en la sacristía maldita fue el de la inmortalidad, y que aún pasea por las calles de la ciudad sin una sombra que lo acompañe. Otros dicen que murió en Madrid en 1434 y que a su muerte Juan II ordenó al obispo de Segovia quemar su biblioteca.
La fundación de la Cueva es atribuida por algunos a Hércules, que llamaría “Helmantiké” a la ciudad por ser lugar de presagios y adivinaciones. Para otros, el demonio y sus prácticas son traídos a la cueva por los sarracenos que poblaron la ciudad intermitentemente a partir del siglo VIII. A los celtas también se les atribuye su fundación como lugar de culto. No falta quien dice que Salamanca entera se asienta sobre una gran caverna en forma de laberinto. Para ellos, ésta sería la auténtica academia del demonio, y la sacristía de San Cebrián una entrada a la misma, ni más ni menos importante que los accesos situados en la cueva de la Múcheres, en la de la Peña Celestina y en la de la Peña Pobre –que, por cierto, visitó el mismísimo Amadís de Gaula-. La sacristía de San Cebrián recibió su espaldarazo esotérico definitivo al ser incluida en 1600 en De disquisitionum magicarum, obra del jesuita Martín del Río y referencia inexcusable en el mundillo nigromántico.
Sea una pequeña sacristía o una inmensa gruta laberíntica, lo cierto es que los poderes maléficos se han manifestado muy frecuentemente cuando la noche cubre la ciudad. Un vecino cuya casa estaba cerca de la cueva declaró haber visto cómo se abría el suelo de una de sus cuadras y se tragaba su mejor mula. Al parecer el agujero era profundísimo y muy oscuro. Al poco tiempo, el animal bajó flotando en las aguas del Tormes, vivo e indemne. Además, había obtenido la facultad del habla, aunque no hay registros de lo que pudo contar de su viaje. Otro vecino del lugar presenció en varias ocasiones cómo unos gigantes salían de debajo de las casas que rodeaban la iglesia de San Cebrián. Después contempló, estupefacto, cómo los colosos bajaban al río para sacar horribles demonios y engendros de sus aguas. Se cuenta también que una niña, no sabemos cómo, quedó encerrada en la Cueva. Al poco tiempo apareció en casa de su madre una criatura con el rostro de una muchachita y el cuerpo de una enorme y horrible culebra. La madre se acercó y el monstruo la descuartizó sin piedad.
Si bien fue don Enrique el más famoso alumno de la Cueva, se sabe de otros que protagonizaron hechos sorprendentes, casi siempre reprobables. Uno de ellos quitó un ojo al puente y se lo puso a una lavandera tuerta, aunque luego lo restableció. Otro, enojado con una patrulla que le había requisado una bota de vino, alzó las aguas del río. Los guardias vieron el cauce seco y lleno de peces y corrieron hacia allí. Estaban en el centro de la cuenca recogiendo truchas a manos llenas, cuando el estudiante dejó caer las aguas, que arrastraron a los desdichados. Los alumnos de la diabólica sacristía, aparte del don de la adivinación y del aojamiento –o mal de ojo-, poseían gobierno sobre las tempestades, los sapos y los lobos y con unos y con otros amenazaban a agricultores y ganaderos. Las más de las veces todo se solucionaba con el pago de una buena suma al nigromante. Otro chantaje muy al uso era recurrir a sus artes para sacar el feto del vientre de las embarazadas. Exigían un rescate por el nonato y una propina por volver a colocarlo en el lugar del que no debió salir. Walter Scott, reputado erudito de la época, cita a los moradores de la Cueva y afirma que era tal su poder que, agitando una varita en las profundidades de la gruta, hacían tañer las campanas de Notre-Dame.
Sin querer usurpar a la Cueva su protagonismo en asuntos de hechicería, no podemos dejar de lado a la bruja salmantina. Egoísta, cartomante, alcahueta, casamentera y remendadora de virgos desvirgados, la temida bruja salmantina encuentra una ilustre representante en la famosa Celestina. Estas brujas urbanas no son vagabundas y marginales, como sus primas del campo; al contrario, son verdaderas profesionales de su oficio y quitan y ponen el mal de ojo a cambio de unas monedas. Se relacionan con los bajos fondos y las altas esferas con igual desenvoltura y tejen a su alrededor redes de intrigas, pasiones y amores turbulentos. No tienen afición a transformarse en animales o remolinos de polvo, como las hechiceras rurales, aunque comparten con ellas su afición al vuelo previa unción de pócimas y filtros varios. Se sabe que las brujas de Salamanca volaban en una noche hasta los arenales de Sevilla, donde se juntaban con Satán. Allí danzaban en torno a la hoguera y renovaban su juramento al diablo por el clásico procedimiento de besarle en el culo. Otro lugar muy frecuentado por las brujas de la ciudad era el teso de San Cristóbal, cerca de Villarino de los Aires, donde podían departir a su gusto con los espíritus de los celtas antiguos. La fórmula más usada para emprender el vuelo hacia el aquelarre era: “Sin Dios ni Santa María, por la chimenea arriba”. Consta en acta un proceso que en 1591 se estableció contra dos brujas. Una era local, la otra de Aldeadávila de la Ribera.
Son también conocidos un par de episodios que tienen como protagonistas a los traviesos y molestos trasgos. Estos demonios juguetones dieron lugar a algunos informes de la autoridad. Citaremos dos. En el primero de ellos tenemos noticia de una vecina de Salamanca que regentaba una casa con cuatro mujeres a su cargo, dos de ellas mozas, sonrientes y mollares. Un trasgo se coló allí y tomó como diversión hacer caer piedras de variado tamaño desde los tejados con gran riesgo para las cinco damas. Además, profería obscenidades y groserías a las dos jovencitas, que andaban sobresaltadas de continuo. El corregidor de la ciudad toma cartas en el asunto con la certeza de que el origen del trastorno se debe a que las mozas ocultan en el desván a sus enamorados. Se pone vigilancia a la casa y no hay rastro de amantes escondidos. Además continúa la lluvia de piedras con más saña incluso que antes. Consta en el informe que, en un momento dado, el alguacil de la villa tomó del suelo una de las piedras y la lanzó a unos tejados contiguos diciendo: “Si eres demonio o trasgo, vuelve aquí esta piedra”. El pedrusco volvió volando de los tejados y alcanzó al alguacil en pleno cogote, quitándole la gorra y dejándolo en el suelo medio descalabrado. Ante la ineficacia de la acción de la justicia seglar, se manda llamar a un clérigo del pueblo de Torresmenudas que conjura y expulsa al trasgo juguetón. El segundo informe, más escueto, hace referencia a otro duende –tal vez el mismo en nueva residencia- que vivía bajo la cama de un estudiante. Interrumpía y turbaba su reposo causándole graves molestias.
Por la cuantía de estos sucesos, que alcanzan el registro de las instancias oficiales, podríamos deducir que en esta Salamanca había tantos cristianos como habitantes del trasmundo. Pero no estaban del todo indefensas las gentes contra las legiones del Malo. La protección más aconsejada eran las oraciones piadosas y recitadas con fe. Ahora bien, contra el aojamiento, nada como llevar una higa –amuleto en forma de puño con el índice cruzado sobre el pulgar- de azabache. Otros amuletos de gran prestigio eran las hojas de San Pedro de Verona –elaboradas por las monjas-, la Cruz de Caravaca, la Regla de San Benito, la pezuña de la gran bestia –en realidad, de alce-, el tronco de Nochebuena, la ruda y la piedra del rayo, que aparece en el lugar donde ha caído el relámpago y protege contra ellos.

Una bestia sale de la Cueva a beber

Aun así, es normal que tanta actividad necromántica aletargara a las autoridades, que investigan el asunto hasta que Isabel “la Católica” ordena tapiar los accesos a la Cueva. En 1580 se abandona por ruina la iglesia de San Cebrián y cuatro años más tarde se desmantela y sus piedras se aprovechan en la construcción de la Catedral Nueva. Es entonces cuando queda al descubierto la célebre sacristía, que aún se conserva, asomada entre fragmentos de muralla de distintas épocas. Y aunque ahora la luz penetre en la estancia sin obstáculo que la detenga, y no haya tinaja, ni sacristán, ni cabeza de alambre, la Cueva sigue hechizando a todo el que no sigue la despejada senda de los descreídos.

El juego del ángel

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Carlos Ruiz Zafón se ha convertido en uno de los escritores más leídos de los últimos años. El jueves 17 de abril salió su último libro y, al igual que La sombra del viento, engancha con tal rapidez y se lee con tal fluidez que en cuatro escasos días ya lo he terminado.
Creo que debería releer La sombra del viento. Cuando apellidos de personajes te llaman la atención porque ya los has escuchado antes de la mano del autor, te das cuenta que es una historia encadenada, pues el final de El juego del ángel se une al principio de La sombra del viento, Daniel Sempere, y se unen los libros con tal maestría que merece aquel ejemplar que yo leí en 2005 unos minutos de reflexión sobre el argumento:
"Un amanecer de 1945, un muchacho es conducido por su padre a un misterioso lugar oculto en el corazón de la ciudad vieja: el Cementerio de los Libros Olvidados. Allí, Daniel Sempere encuentra un libro maldito que cambiará el rumbo de su vida y le arrastrará a un laberinto de intrigas y secretos enterrados en el alma oscura de la ciudad."
La sombra del ángel transcurre en la Barcelona de los años 20, una ciudad oscura y fría, la ciudad de los malditos.
David Martín es un joven escritor de un periódico catalán de mala muerte. Su estancia en el periódico se ve engrandecida por la pluma de oro del mismo, Pedro Vidal, un noble que raras veces aparece en su mesa más que para escribir su columna de opinión semanal. El sueldo de Martín le permite agenciarse una cama en una pensión barata de la parte vieja de Barcelona, siempre viste la misma ropa y come poco y mal. Todo esto cambia cuando el subdirector le llama a su despacho para encargarle una historia en el suplemento dominical, gracias a la cortesía de don Pedro Vidal. Es la oportunidad de Martín y éste escribe una historia que multiplica las ventas del periódico los fines de semana, lo que crea las envidias de sus compañeros.
David es despedido del periódico, pero una editorial le contrata durante bastantes años para que escriba novelas policíacas con un pseudónimo: Ignatius B. Samson. El joven escritor se atiene a su compromiso con los dos editores, pese a saber que se están enriqueciendo a su costa. A su vez, deja la pensión y alquila una inmensa casa junto a la que pasaba cuando trabajaba en el periódico. La casa de la torre lleva tantos años vacía... A pesar de que a todos les resulta oscura y lúgubre, a David le gusta vivir y escribir allí.
Un hombre que dice ser editor francés, Andreas Corelli, se interesa por él y le hace una oferta extraña: una novela capaz de crear una nueva religión en el mundo. David recibe del editor una inmensa fortuna.
David Martín se ve envuelto en una Barcelona llena de intrigas, y rodeado de unos personajes que le quieren asesinar para que no haga resucitar el pasado y otros que le ayudarán a salir del atolladero en el que se ha metido: Cristina Sagnier, la joven de la que está perdidamente enamorado; el librero Sempere, quien le regalaba libros para alimentar su imaginación y sus sueños...
No quiero contar el final. Solo comentaré que Martín tiene que salir huyendo porque se ha dado cuenta que no envejecerá nunca.