Mia vuelve a su pueblo natal en Italia, Lecce, para cuidar de su madre que tiene demencia senil y se está muriendo. Hasta entonces, Titina siempre ha cuidado de la familia pero ahora tiene que ir a cuidar de su propia madre.
En Lecce, Mia intenta reconciliarse con su madre, pero la mujer sólo tiene afecto para una arisca gata, Cavalli. La madre no habla, Mia intenta acercarse a ella cantando. La lleva al cementerio a limpiar la tumba de su padre.
Y Mia recuerda trazos de su infancia y de su adolescencia, cuando quería ser mujer en un cuerpo de niño, cuando se sentía atraída por otros hombres, cuando sus padres no aceptaban su homosexualidad.
Y describe todo con una pureza y una ternura impresionantes, porque aún siente que su madre prefiere la compañía de la gata a la suya propia.
Las alusiones a la leche son numerosas en la novela. Concretamente, el momento en que Mia, por hacer la gracia ante sus padres, derrama adrede la leche por la barbilla, ellos se ríen y comienzan a decir que es un "torpe muchachito", algo que le acompañó durante toda su vida, y odiaba que la llamaran "muchachito". Además habla de la leche que desprende una mujer que ha perdido a su bebé, de la gata que da de mamar a su lechero, de la leche que trae a casa el lechero...
Lecce, Italia
En la literatura, como en tantas otras áreas, también hay modas. Una que está de vuelta es la de recuperar a los personajes de la tercera edad para más papeles que el del abuelo adorable. Por fortuna, cada vez más escritores están dando protagonismo a ancianos o ancianas en historias que serían la envidia de más de un veinteañero. De detectives incansables a agentes secretas listas para volver de la jubilación, de solitarios feroces a parejas capaces de redefinir la generosidad, esta nueva tendencia hace justicia a todo lo que puede conseguir alguien cargado de experiencia. Ya lo dijo el refranero: más sabe el diablo por viejo que por diablo.
La lectura de Leche cruda nos hace transitar por tantos cambios de lugar que lo pone todo cabeza abajo. Entrar en esta novela es como hacerlo en uno de aquellos laberintos de espejos de un antiguo parque de atracciones: todo se deforma y se invierte para mostrarnos nuevas perspectivas. Comenzamos con una Mia volviendo a Lecce -lo que fue huida es ahora retorno- y nos encontramos con una hija que toma el papel de su madre y una madre que parece regresar a la infancia. Por si fuera poco, Cavalli, símbolo de ferocidad animal, toma voz humana en el relato, mientras que la protagonista aprende a despojarse de su humanidad y abrazar sus instintos salvajes.
Aunque empezamos el libro con un reencuentro, durante mucho tiempo Mia y su madre han estado separadas por una distancia que no sólo se mide en kilómetros. La lejanía geográfica se combate con facilidad con un viaje en avión, pero ¿y la distancia táctil? "Quiero abrazarla", dice Mia, "pero el corazón me da un vuelco y me detengo". Algo parecido ocurre con la distancia oral, cuando se encuentra con una madre que ya no habla, aunque quizá madre e hija nunca conversaron de verdad. A través de todas estas separaciones, quizá Néstore esté queriendo decirnos que los afectos no pueden darse por sentados y que, igual que una verdadera amistad no se detiene en la distancia, un amor sano no aparece si no se construyen puentes que nos acerquen.
Quizá porque Ángelo Néstore es un artista multidisciplinar, también su libro nos invita a pensar en otras vías de comunicación más allá de las palabras. Como personas que amamos los libros, valoramos muchísimo la palabra escrita, pero existen caminos diversos para conectar con quienes nos rodean, y algunos de ellos están brillantemente reflejados en estas páginas. La presencia, aunque sea silenciosa, a veces es el mayor de los consuelos, así como la música puede construir puentes donde la conversación pierde su fuerza. Una caricia, cuidar del cuerpo del otro, una comida preparada, un maullido acogedor... son otras formas de cariño para cuando las palabras nos dejan a solas.
Habiendo nacido y crecido Ángelo Néstore en Italia ha escrito su primera novela directamente en castellano. Es, por supuesto, una lengua que domina a la perfección -¡también edita y escribe poesía en este idioma!- pero esta maestría no es lo único que importa. De alguna forma, escribir en un idioma que no es su lengua materna le permite expresarse mejor, liberarse de ataduras y abrirse a lo que siente sin censurarse a sí misma. En una entrevista, contó que la filósofa Chantal Maillard supo resumir esto en una frase: "Escribir en otro idioma te permite escribir desde una lejanía, desde un yo que es otro que tú te has podido construir".
EL AUTOR:
Ángelo Néstore Ferrante (Lecce, 1986) es una artista no binaria italo-española afincada en Málaga desde 2007. Explora lo poético como un territorio queer donde la escritura se hibrida con la música o la performance. Desde 2017 codirige el festival de poesía Irreconciliables y en 2020 fundó la editorial de poesía Letraversal. Compagina su actividad artística con la docencia en Traducción e Interpretación en la Universidad de Málaga. Sus últimos libros de poesía son Deseo de ser árbol (V Premio Espasa, 2022), Hágase mi voluntad (XX Premio de Poesía Emilio Prados, Pre-Textos, 2020) y Actos impuros (XXXII Premio de Poesía Hiperión, 2017). Su poesía ha sido traducida y publicada en Italia y Estados Unidos. Ha musicalizado sus poemas en las canciones Poeta Cíborg Pecador, Incógnito y Sección de caballeros, y adaptado al formato teatral con las obras Lo inhabitable y Sacramento. En 2024 editó Antología de poesía queer (Espasa), la primera compilación publicada en España.
EL LIBRO:
Título original: Leche cruda
Autora: Ángelo Néstore Ferrante
Editorial: Reservoir Dogs (1ª edición, en septiembre de 2025)
Número de páginas: 204
ISBN: 9788410352285
Valoración: 8/10
RETOS:
* Reto "Todos Locos": Título con comida.
* Reto "Oca Literaria": Libro LGTB.


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