Si en septiembre elegí ir a Lisboa era porque quería conocer uno de los lugares más visitados de Portugal, que se encuentra en Sintra. Se trata del famoso Palacio da Pena. En el punto de encuentro, en la plaza de Fernando IV, frente al Teatro Nacional, empezó a llegar muchísima gente. A mí me resultaba extraño ver a tanta gente anglosajona porque mi excursión era en español, y es que desde allí salieron dos autobuses: uno lleno de gente de habla inglesa y otro lleno de gente de habla española. Desde el primer momento se hicieron notar tres mexicanas, que terminarían adoptándome a lo largo del viaje. Se trataba de Patty, la joven, que viajaba con su madre y su tía. La tía era genial, era de estas mujeres de mundo que parecen alocadas y terminan siendo geniales. No recuerdo los nombres de la madre y la tía, y a Patty la tengo de amiga en Instagram.
El guía se llamaba Pedro y había palabras en castellano que no controlaba. Ahora bien, era un tío muy culto, tenía tanto que contar que sus explicaciones sabían a poco. Explicó todo magistralmente, haciendo uso de sus conocimientos arquitectónicos, literarios, históricos y filosóficos, entre otros.
Nada más bajar del autobús, llegamos al Palacio Nacional de Sintra. Propiedad del Estado portugués es un claro ejemplo de arquitectura urbana, con sus altísimas chimeneas, que llaman la atención en un palacio. Tiene mezcla de varios estilos arquitectónicos: mudéjar, gótico, manuelino y renacentista, que se puede apreciar en las ventanas.
De allí fuimos caminando por una sinuosa carretera a través de un paisaje boscoso, junto a una mansión que estuvo a punto de comprar Madonna, y llegamos a la magnífica Quinta da Regaleira. Debo decir que disfruté más aquí que en el Palacio da Pena, quizás porque no había tanta gente, pero también porque es un lugar cargado de simbolismo y fantasía.
El terreno de la Quinta da Regaleira fue adquirido en el siglo XX por el filántropo millonario Antonio Carvalho Monteiro, que junto al arquitecto Luigi Manini, construyó lo que podría ser el mundo de La Divina Comedia de Dante si lo trasladáramos a lo terrenal. La finca incluye un palacio, un lago, un invernadero, varios torreones, cuevas y pasadizos secretos y el pozo iniciático (que fue utilizado incluso por los masones).
Carvalho Monteiro encargó a Manini que viajase por Europa, tomara nota de las diferentes corrientes estéticas y plasmase aquí el resultado, que aúna elementos manuelinos (como homenaje al reinado de Manuel I), neogóticos (vidrieras de la capilla) y mitológicos (Paseo de los Dioses).
La Quinta da Regaleira está llena de motivos que nos llevan a los masones y a los templarios. Predomina el estilo manuelino en casi todos los edificios.
Lo más impresionante son los contrastes de luz y oscuridad, cuando paseas por el parque entre magníficos edificios y de repente te adentras en las cuevas, casi laberínticas, guiño especial al infierno de Dante.
Obviamente, lo más vistoso es el pozo iniciático, donde se echaban las almas de los muertos.
También es impresionante el palacio, de estilo manuelino, con muchos motivos mitológicos. Dentro es un espacio pequeño cuyas pinturas murales están restaurando.
Después de comer visitaríamos el edificio más concurrido de Portugal. Con 40.000 visitantes diarios, el Palacio da Pena es un lugar fantástico. Predomina el color amarillo que allí es símbolo de realeza. Y en este Palacio no hay un estilo arquitectónico único, sino siete, y ninguno predomina más que los otros.
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, el Palacio se ubica en lo alto del Monte da Pena, es un palacio romántico que tiene cantidad de símbolos fantásticos y mitológicos. Fue residencia de la familia real portuguesa durante el siglo XIX y aquí nunca se han librado batallas, aunque partes del palacio se tuvieron que reconstruir tras el terremoto de Lisboa de 1755.
Son impresionantes las vistas, el tritón que decora una de las puertas, el antiguo monasterio y los contrastes de colores. Ahora bien, es un incordio porque hay demasiada gente, y por ello no se disfruta tanto. Pero el edificio es bestial.
Es tan impresionante lo que hay en Sintra (y sé de más lugares que no visitamos), que bien merecería otra vuelta a la ciudad. Pero de allí nos fuimos a Cascais.
Cascais es una localidad marítima y pesquera, con calles adoquinadas y quizás donde los lisboetas van a alejarse de la gran ciudad, al ser una de las poblaciones costeras más cercanas a la capital. No tiene mucho. El guía llevó a todos a la playa y yo me fui a tomar un café, que este año estoy ahíta de playas.
Nada más que decir. Terminé tomando tequilas con mis nuevas amigas mexicanas.







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