sábado, abril 10, 2021

Era una tarde de tormenta

Recuerdo una tarde de verano. Yo tendría seis o siete años, no más porque mi hermano pequeño aún no había nacido. Recuerdo que de repente se puso muy oscuro y empezaron los relámpagos mientras yo intentaba concentrarme en los ejercicios de un cuaderno de verano de Anaya.
En mis retinas aún tengo grabada aquella tarde, quizás una de las peores tormentas que recuerdo, y posiblemente la culpable de que me gusten las tormentas de verano. Porque seré clara: en una tormenta de verano no me importa mojarme. El aire está cargado de electricidad, y como en las cataratas, siento que los iones negativos hacen desaparecer todo lo malo. Los iones negativos generan bienestar (así me lo explicaron en Niágara) y los relámpagos también generan iones negativos.
Hoy no es verano, y está muy oscuro. Hay una tormenta gigante y el cielo está encapotado.
Y por la base de la ventana veo pasar el mundo mientras me he enganchado a una lectura mágica...

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