Para mí, el Cantar de Mío Cid es un libro que siempre me ha llamado la atención, desde el mismo momento en que me enteré que mi pueblo, un pequeño pueblo diminuto de La Rioja, es nombrado en la tercera parte del libro. Porque el Crespo de Grañón (personaje histórico real y documentado fehacientemente) era acérrimo enemigo del Cid, igual que lo fueron los condes de Carrión. Y fue entonces cuando me quedé con aquella frase: "(...) No quisiéronse levantar el Crespo de Grañón ni todos los del bando de los de Carrión".
Reconozco que ya con quince años tuve que leerme el Poema de Mío Cid y tenía una edición bilingüe (en castellano antiguo y en castellano moderno) de la que no saqué mucho en claro y ni siquiera llegué a la parte en que aparece nombrado mi pueblo.
Más tarde, cuando estaba en la facultad de Filología fue otro cantar, porque no sólo lo leí, sino que además lo hice en castellano antiguo. Y, pese a las dificultades de comprensión, no es un libro que me desagradó.
El Cantar de Mío Cid es un cantar de gesta de carácter anónimo que narra las hazañas heroicas de los últimos años de la vida del caballero castellano, Rodrigo Díaz 'el Campeador'. La versión que se conserva fue compuesta alrededor del año 1200.
Se trata de la primera obra narrativa extensa de la literatura española y el único cantar épico conservado casi al completo; sólo se han perdido la primera hoja del original y otras dos en el interior del códice, aunque muchas de las lagunas existentes se deben por las prosificaciones cronísticas, especialmente la de la Crónica de veinte reyes. Además del Cantar de Mío Cid, hay otros tres textos del género que han perdurado en el tiempo: las Mocedades de Rodrigo (aprox. 1360, con 1700 versos); el Cantar de Roncesvalles (aprox. 1270, fragmento de unos 100 versos); y Epitafio épico del Cid (aprox. 1400, inscripción en un templo románico).
El poema consta de 3735 versos de extensión variable (anisosilábicos), aunque predominan los de 14 a 16 sílabas métricas, divididos en dos hemistiquios separados por cesura. La longitud de cada hemistiquio es normalmente de 3 a 11 sílabas, y se considera unidad mínima de prosodia del Cantar. Sus versos no se agrupan en estrofas, sino en tiradas; cada una es una serie sin número fijo de versos con una sola y misma rima asonante.
Se desconoce su título original, aunque probablemente se llamaría 'gesta' o 'cantar', términos con los que el autor describe la obra en varios versos.
El tema del Cantar de Mío Cid es el complejo proceso de recuperación de la honra perdida por el héroe, cuya restauración supondrá una honra mayor a la de la situación de partida. Implícitamente, se contiene una dura crítica a la alta nobleza leonesa de sangre o cortesana y una alabanza a la baja nobleza que ha conseguido un estatus por méritos propios, no heredados, y guerrea para conseguir honra y honor.
El poema se inicia con el destierro del Cid, primer motivo de deshonra, a causa de la figura jurídica de la ira regia ("el rey me ha airado"), injusta porque ha sido provocada por mentirosos intrigantes, y la consiguiente confiscación de sus heredades en Vivar, el secuestro de sus bienes materiales y la privación de la patria potestad de su familia.
Tras la conquista de Alcocer y Castejón, la derrota del conde don Remont, y la conquista final del reino de taifas y la ciudad de Valencia, gracias al solo valor de su brazo, su astucia y prudencia, consigue el perdón real y, con ello, una nueva heredad, el Señorío de Valencia, que se une a su antiguo solar ya restituido. Para ratificar su nuevo estatus de señor de vasallos, se conciertan bodas con linajes de mayor prestigio, que son los infantes de Carrión.
Las hijas del Cid, de Ignacio Pinazo (1879). Doña Elvira y Doña Sol aparecen atadas en el robledo de Corpes, tras ser vejadas por sus esposos, los infantes de Carrión
Con ello se produce una nueva caída de la honra del Cid, por el ultraje que le infieren los infantes de Carrión en la persona de sus dos hijas, que son vejadas, fustigadas, malheridas y abandonadas en el robledal de Corpes para que se las coman los lobos. Este hecho supone, según el derecho medieval, el repudio de facto de éstas por parte de los de Carrión. Por ello, el Cid decide alegar la nulidad de estos matrimonios en un juicio presidido por el rey, donde además los infantes de Carrión quedan infamados públicamene y apartados de los privilegios que antes ostentaban como miembros del séquito real. Las hijas del Cid concertarán nuevos matrimonios con reyes de España, llegándose así al máximo ascenso social del héroe.

La estructura interna está determinada por unas curvas de obtención-pérdida-restauración-pérdida-restauración de la honra del héroe. En un primer momento, que el texto no refleja, el Cid es un buen caballero vasallo de su rey, honrado y con heredades en Vivar. El destierro con que se inicial el poema es la pérdida, y la primera restauración, el perdón real y las bodas de las hijas del Cid con grandes nobles. La segunda curva se iniciaría con la pérdida de la honra de sus hijas y terminaría con la reparación mediante el juicio y las bodas con reyes de España. La segunda curva supera en amplitud y alcanza mayor altura que la primera.
En cuanto a la estructura externa, desde la edición de Menéndez Pidal (1913), lo han dividido en tres cantares. Podría reflejar las tres sesiones en que el autor considera conveniente que el juglar recite la gesta.
Primer cantar - Cantar del destierro (vv. 1-1084)
Tras ser acusado falsamente de haberse quedado con las parias que fue a recaudar a Sevilla, el Cid es desterrado de Castilla por el rey Alfonso VI. Algunos amigos suyos deciden acompañarlo: Álvar Fáñez, Pero Ansúrez, Martín Antolínez, Pero Bermúdez. Antolínez aporta víveres y consigue un préstamo de los judíos Raquel y Vidas para poder financiar el viaje, empleando en su favor el rumor de que Rodrigo se ha quedado con las parias; así les deja en depósito y garantía dos cofres en realidad llenos de arena, sin siquiera decirles qué hay en su interior. El rey ordena que nadie los albergue mientras pasan hacia la frontera, como en Burgos; por nobleza el Cid se niega a aposentarse por la fuerza en una posada y acampa a las afueras. Para evitarles peligros, deja a su esposa e hijas bajo el amparo del abad Sancho, del monasterio de San Pedro de Cardeña, e inicia una campaña militar acompañado de sus fieles en tierras no cristianas. Conquista Alcocer y Castejón y derrota en la batalla de Tévar al catalán conde don Remont, quien, lleno de soberbia por haber sido capturado, se niega a comer hasta que la amabilidad del Cid le hace deponer su actitud. Con cada victoria, envía una parte del botín (el llamado "quinto real") al rey, a pesar de que no está obligado por haber sido desterrado, pero pretende lograr el perdón real.
Segundo cantar - Cantar de las bodas (vv. 1085-2277)
El Cid se dirige a Valencia, que se encuentra en poder se los moros, y logra conquistar la ciudad. Envía a su amigo y mano derecha Álvar Fáñez a la Corte de Castilla con nuevos regalos para el rey, pidiéndole que se le permita reunirse con su familia en Valencia. El rey accede a esta petición, y el Cid puede mostrar orgulloso la ciudad y su vega a su familia desde una alta torre. El rey lo perdona y levanta el castigo que pesaba sobre el Campeador y sus hombres, y tanta fortuna del Cid hace que los infantes de Carrión pidan en matrimonio a doña Elvira y doña Sol. El mismo rey pide al Campeador que acceda al matrimonio. El Cid, para congraciarse con el rey, accede, aunque no se fía de los infantes. Las bodas se celebran solemnemente.
Tercer cantar - Cantar de la afrenta de Corpes (vv. 2278-3730)
Los infantes de Carrión muestran su cobardía en la primera tirada del cantar ante un león que se ha escapado de su jaula y del que huyen despavoridos; después lo harán también en la lucha contra los musulmanes del rey Búcar de Marruecos, que quiere recuperar Valencia. Los capitanes de las mesnadas del Cid ocultan el deshonor de los infantes al Cid y se burlan de ellos. Sintiéndose humillados, los infantes deciden vengarse. Para ello, emprenden un viaje hacia Carrión de los Condes con sus esposas y, al llegar al robledo de Corpes, las azotan y abandonan, dejándolas desfallecidas para que se las coman los lobos. El Cid ha sido deshonrado y pide justicia al rey. Éste convoca Cortes en Burgos y el juicio comienza con la devolución de la dote que el Cid dio a los infantes: sus espadas Tizona y Colada, y culmina con el "riepto" o duelo en el que los representantes de la cauda del Cid (los mismos capitanes que habían ocultado la deshonra de los infantes), Pero Bermúdez y Martín Antolínez, retan con elocuentes discursos y los vencen dejándolos medio muertos y deshonrados. Se anulan las bodas y el poema termina con el proyecto de boda entre las hijas del Cid y los príncipes de Navarra y Aragón y, por tanto, con la honra del Cid en el punto más alto.
El Cantar de Mío Cid se diferencia de la épica francesa en la ausencia de elementos sobrenaturales (salvo la aparición en sueños del arcángel San Gabriel al protagonista, el episodio del león que se humilla ante el Campeador, el brillo de las espadas Colada y Tizona y la extraordinaria calidad de Babieca, la mesuración con la que se conduce su héroe y la relativa verosimilitud de sus hazañas. El Cid que ofrece el Cantar constituye un modelo de prudencia y equilibrio. Así, cuando de un prototipo de héroe épico se esperaría una inmediata y sangrienta venganza, en esta obra el héroe se toma su tiempo para reflexionar al recibir la mala noticia del maltrato de sus hijas y busca su reparación en un solemne proceso judicial; rechaza, además, como buen estratega, actuar precipitadamente en las batallas cuando las circunstancias lo desaconsejan. Por otro lado, el Cid mantiene buenas y amistosas relaciones con muchos musulmanes, como su aliado y vasallo Abengalbón, que refleja el estatus de mudéjar, y la convivencia amistosa y tolerante con la comunidad hispanoárabe, de origen ansalusí, habitual en los valles del Jalón y del Jiloca, por donde transcurre buena parte del texto. Además, está muy presente la condición de ascenso social mediante las armas, que se producía en tierras fronterizas con los dominios musulmanes, lo cual supone un argumento decisivo en favor de que no pudo componerse en 1140, pues en esa época no se daba ese "espíritu de frontera", y el consiguiente ascenso social de los caballeros infanzones de las tierras de Extremadura.
El propio Cid, siendo sólo un infanzón (es decir, un hidalgo de la categoría social menos elevada, comparada con condes y ricos homes, rango al que pertenecen los infantes de Carrión), logra sobreponerse a su humilde condición social dentro de la nobleza, alcanzando por su esfuerzo prestigio y riquezas (honra) y finalmente un señorío hereditario (Valencia) y no en tenencia como vasallo real. Se puede decir que el verdadero tema es el ascenso de la honra del héroe, que al final es señor de vasallos y crea su propia Casa o linaje con solar en Valencia, comparable a los condes y ricos hombres.
El enlace de sus hijas con príncipes del Reino de Navarra y del Reino de Aragón indica que su dignidad es casi real, pues el señorío de Valencia surge como una novedad en el panorama del siglo XIII y podría equipararse a los reinos cristianos, aunque el Cid del poema nunca deja de reconocerse él mismo como vasallo del monarca castellano.
El linaje de un señor feudal, como es el Cid, emparenta con el de los reyes cristianos, de modo que no sólo su casa emparenta con reyes, sino que éstos se ven más honrados y gozan de mayor prestigio por ser descendientes del Cid.
Respecto de otros cantares de gesta, en particular los franceses, el Cantar presenta al héroe con rasgos humanos. El Cid es descabalgado o falla algunos golpes, sin que por ello pierda su talla heroica. De hecho, se trata de una estrategia narrativa, que al hacer más dudosa la victoria, realza más aún sus éxitos.
La verosimilitud se hace patente en la importancia que el poema da a la supervivencia de una mesnada desterrada. Los combatientes del Cid luchan para ganarse la subsistencia, por lo que el Cantar detalla por extenso las descripciones del botín y el reparto del mismo, que se hace conforme a las leyes de Extremadura (zonas fronterizas entre cristianos y musulmanes) de finales del siglo XII.
Con respecto a las fuentes, el Cantar de Mío Cid reaprovecha gran cantidad de noticias históricas, a menudo transformadas por las necesidades literarias de adecuar la historia al género de los cantares de gesta y a lo que se esperaba de un héroe épico, e inventa otra serie de pasajes, el más destacado es el de la afrenta de los infantes de Carrión, que es toda ficticia, pues ni siquiera se ha podido comprobar la existencia de estos condes.
La principal fuente del Cantar sería la historia oral y parcialmente pasajes que remiten a la Historia Roderici, aunque queda la objeción de que el cantar de gesta omite completamente el servicio de Rodrigo Díaz a los reyes taifas de Zaragoza, que en la biografía latina está relatado con considerable extensión, pero esto mismo sucede con el himno panegírico Carmen Campidoctoris, que también silencia este período en la selección que hace de los episodios narrados en la Historia Roderici.
Para los nombres de los personajes históricos, se pudo haber utilizado la documentación legal de la época, en su condición de letrado, y no acudiendo expresamente a archivos de diplomas sobre Rodrigo Díaz para documentar la obra que estaba escribiendo, lo cual es un planteamiento anacrónico, además de que este tipo de documentación no ofrece el material que sería necesario para componer un poema épico. Fue este procedimiento de composición en el que se fundamentaron las tesis de Colin Smith, que defendió que el autor era Per Abbat, un clérigo y jurista burgalés.
Aunque secundariamente el autor del Cantar pudo recibir información procedente de documentos jurídicos y de la Historia Roderici, la información histórica del Cantar de Mío Cid proviene, fundamentalmente de la historia oral, cuya vitalidad era mucho mayor en el siglo XII de lo que hoy se podría pensar.
Si existió una tradición de cantares de gesta hispánicos anteriores, éste heredaría el sistema métrico, que sería una romanización del hexámetro latino adaptado con acentos de intensidad, en lugar de cantidad. La más clara influencia se da con respecto a la épica francesa del siglo XII, en especial la Chanson de Roland, de la que adoptó el sistema formular.
Los rasgos más característicos del estilo del poema épico del Cid son su sobriedad retórica, su realismo y un uso consciente de una lengua arcaizante propia de los cantares de gesta y que constituyó, de hecho, una lengua artificial identificada con este subgénero narrativo hasta el siglo XIV, como muestra el tardío Cantar de las mocedades de Rodrigo.
El realismo es importante, ya que imprime un sello definitorio a toda la literatura española que vendrá después:
La Celestina, la novela picaresca, el
Quijote... Se refleja la concordancia y la descripción cuidadosa de todos los detalles; incluso se lleva en marcos de plata (la moneda del
Cantar) y en caballos la contabilidad de lo que gana el Cid como botín en cada una de sus victorias; se describen detalles tan prosaicos como que se cocinó en las bodas de las hijas del Cid e incluso los gestos que hacen los personajes.
La lengua arcaizante y convencional propia de los cantares de gesta ha provocado dificultades en cuanto a la datación del poema a partir solamente de sus rasgos lingüísticos. El lenguaje antiguo daba a este verso heroico un tinte venerable, de valor intrínseco por remitirse a una edad mítica, a un tiempo heroico. Constituiría un registro propio del estilo sublime o grave medieval. Pero además de los arcaísmos, en esta modalidad lingüística aparecen cultismos latinos e incluso arabismos.
En el plano fónico, se aprecian aliteraciones, rimas internas y otros efectos eufónicos, muy relacionados con la naturaleza oral, recitada o semicantada que tenían estos poemas.
En el ámbito léxico, destaca el uso de expresiones de variedad lingüística clerical y jurídica, como "curiador" (avalista), "rencura" (querella), "entención" (alegato) o "manfestar" (confesar). Destaca también el empleo de dobletes de sinónimos o el uso de parejas léxicas que incluyen la referencia a un todo mediante la conjunción de dos términos que se complementan. En general, se aprecia un recurso recurrente a las estructuras sintácticas bimembres, que en ocasiones suponen un oxímoron.
En cuanto a la sintaxis, es notable el empleo de las "frases físicas", que realzan la gestualidad. Abundan las expresiones pleonásticas, los paralelismos sintácticos y semánticos y es frecuente encontrar anáforas y enumeraciones.
Entre las figuras retóricas, cabe mencionar el uso de la interrogación y la exclamación. Son escasas las figuras de pensamiento. Cabe mencionar algunas metáforas sencillas, con valor simbólico y basadas en la tradición y la lengua oral. Hay un símil que se repite, utilizado para comparar la separación del Cid y su familia ("commo la uña de la carne"). Más extendida está la metonimia, sobre todo en su variedad de sinécdoque (expresar la parte para aludir al todo).
La tradición épica posee un recurso expresivo característico consistente en utilizar determinadas expresiones convertidas en frases hechas, que eran utilizadas por los juglares como recurso que ayudaba a la recitación o la improvisación, y que se convierten un un estilema propio de la lengua de los cantares de gesta. El sistema formular del Cantar de Mío Cid está fuertemente influido por el de la chanson de geste del norte de Francia y Occitania del siglo XII, aunque con fórmulas renovadas y adaptadas al ámbito espacio-temporal hispánico del año 1200.
El recurso consiste en la repetición estereotipada de frases hechas y, a menudo, deslexicalizadas, que ocupan habitualmente un hemistiquio y, en su caso, aportan la palabra de la rima, por lo que, en su origen, tendrían la función de solventar las lagunas de recitado improvisado del juglar. Con el tiempo se convirtió en un rasgo de estilo de la variedad lingüística particular (Kunstsprache) propia del género épico.
Otro recurso es el epíteto épico. Se trata de locuciones o perífrasis fijas usadas para adjetivar positivamente a un personaje protagonista que se define e individualiza con esta designación. Puede estar constituido por un adjetivo, oración adjetiva o una aposición al antropónimo con función especificativa y no únicamente explicativa. Es el Cid quien mayor número de epítetos épicos tiene; los más numerosos son: el Campeador, el de la barba vellida (barba poblada, vellosa), el que en buen hora nasció, el que en buen hora cinxo espada (ciñó su espada, es decir, fue armado caballero).
Pero no sólo el Cid recibe epítetos, también sus afectos y allegados, e incluso la legendaria montura del Cid, Babieca.
El discurso o relato está emitido desde la voz de un narrador omnisciente que usa de forma libre los tiempos verbales con función estilística. Habitualmente proporciona más información de la que tienen los personajes, creando un desfase entre las expectativas del público y la de los protagonistas, que conduce a lo que se conoce como 'ironía dramática'. Esto puede crear comicidad o hacer surgir tensión conflictiva.
El narrador se posiciona siempre en favor del Cid y contra sus antagonistas, como el Conde de Barcelona, a quien tilda de petulante. Para buscar la complicidad con el auditorio, el narrador abandona en ocasiones la tercera persona para dirigirse a los oyentes con fórmulas apelativas en segunda persona o refiriéndose a él mismo en primera persona.
Con respecto al manuscrito, existe un ejemplar único que actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional en Madrid, que se puede consultar en la Biblioteca Digital Hispánica y en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
En el siglo XVI se guardaba en el Archivo del Concejo de Vivar. Después estuvo en un convento de monjas del mismo pueblo. Ruiz de Ulibarri realizó una copia manuscrita en 1596. Eugenio de Llaguno y Amírola, secretario del Consejo de Estado, lo sacó de allí en 1779 para que lo publicase Tomás Antonio Sánchez. Cuando se terminó la edición, el señor Llaguno lo retuvo en su poder. Más tarde pasó a sus herederos. Hacia 1858 lo vio y consultó Damas-Hinard. A continuación fue enviado a Boston para que lo viera Ticknor. En 1863 ya lo había comprado el primer marqués de Pidal y, estando en su poder, lo estudió Florencio Janer. Con posterioridad lo heredó Alejandro Pidal y en su casa lo estudiaron Vollmöller, Baist, Huntington y Ramón Menéndez Pidal. Finalmente fue adquirido por la Fundación Juan March el 20 de diciembre de 1960, que lo donó al Ministerio de Cultura, quien lo adscribió a la Biblioteca Nacional.
Se trata de un tomo de 74 hojas de pergamino grueso, al que le faltan tres. Otras dos hojas le sirven de guardas. El manuscrito es un texto seguido sin separación en cantares, ni espacio entre los versos, los cuales se inician siempre con letra mayúscula. En muchas de sus hojas hay manchas de color pardo oscuro, debidas a los reactivos utilizados ya desde el siglo XVI para leer lo que, en principio, había empalidecido y, después, se hallaba oculto a causa del ennegrecimiento producido por los productos químicos previamente empleados. De todos modos, el número de pasajes absolutamente ilegibles no es demasiado alto y, en tales casos, además de la edición paleográfica de Menéndez Pidal, existe como instrumento de control la copia de Ulibarri del siglo XVI y otras ediciones anteriores a la de Pidal.
La encuadernación del tomo es del siglo XV. Está hecha en tabla forrada de badana y con orlas estampadas. Quedan restos de dos manecillas de cierre. Las hojas están repartidas en 11 cuadernos.
La letra del manuscrito es clara y cada verso empieza con mayúscula. De vez en cuando hay letra capital. Los últimos estudios aseguran que, tras analizar todos los aspectos pertinentes, el códice pertenece a la primera mitad del siglo XIV, concretamente entre 1320 y 1330, y es posible que fuera elaborado o encargado por el monasterio de San Pedro de Cardeña a partir de un ejemplar preexistente del Cantar tomado en préstamo.
Solamente se conserva en una copia realizada en el siglo XIV (esto se deduce de la letra del manuscrito) a partir de otra que data de 1207 y fue llevada a cabo por un copista llamado Per Abbat, que transcribe el texto compuesto probablemente pocos años antes de esta fecha.
Folio 74 recto del Cantar de Mío Cid, donde se puede leer el éxplicit: "Quien escrivió este libro de Dios paraíso, amén / Per Abbat le escrivió en el mes de mayo en era de mil e. CC XLV años"
La fecha de la copia efectuada por Per Abbat en 1207 se deduce de la que refleja el éxplicit del manuscrito: "MCC XLV" (de la Era Hispánica, para la datación actual hay que restar 38 años).
Este colofón refleja los usos de los amanuenses medievales, que cuando finalizaban su labor de transcribir el texto añadían su nombre y la fecha en que terminaban su trabajo.
Los críticos literarios atribuyen la autoría del Cantar a un autor culto, con conocimientos precisos del derecho vigente de finales del siglo XII y principios del XIII, que podría estar relacionado (por sus conocimientos de la microtoponimia) con la zona aledaña a Burgos, Medinaceli, la zona fronteriza de Castilla con Aragón, la Alcarria o el valle del Jiloca. Algunos filólogos se apoyan en la existencia de una versión previa, lingüísticamente más arcaica, que podría haber sido escrita a mediados del siglo XII.
La lengua utilizada es la de un autor culto, un letrado que debió trabajar para alguna cancillería o al menos como notario de algún noble o monasterio, puesto que conoce el lenguaje jurídico y administrativo con precisión técnica, y que domina varios registros, entre ellos, el estilo propio de los cantares de gesta medievales, que necesitaban ciertos estilemas exclusivos, como el epíteto épico o el lenguaje formular.
Con respecto a la geografía, el hecho de que Medinaceli aparezca como plaza castellana, y no como ciudad fronteriza en litigio entre varios reinos fronterizos, sólo puede remitir a la segunda mitad del siglo XII.
La sociedad reflejada en el Cantar testimonia la vigencia del "espíritu de frontera", que sólo se dio en la extremadura aragonesa y castellana a finales del siglo XII, pues las necesidades guerreras en las fronteras permitió a los infanzones las condiciones de rápido ascenso social y relativa independencia que tenían los hidalgos de frontera que vemos en el Cantar y que se dieron históricamente a partir de la conquista de Teruel. Es histórico el estatus de "moros en paz" del Cid (primeros mudéjares), necesarios en territorios con poca población cristiana, como la extremadura soriana y turolense.
El derecho muestra que la descripción técnica detallada de las cortes o vistas remiten al "riepto" o juicio con combate singular, institución influida por el derecho romano, y sólo introducida en España a finales del siglo XII. La presencia de la legislación de la extremadura aragonesa y castellana (los fueros de Teruel y Cuenca datan de fines del siglo XII y principios del XIII) nos llevan a 1170.
La sigilografía nos dice que el sello real sólo está documentado bajo el reinado de Alfonso VIII de Castilla (a partir del año 1175).
Desde el punto de vista de la heráldica, que llega a la Península Ibérica hacia 1150, aparece en el Cantar un uso simbólico (sobreseñal) con el ornato en la sobreveste de los caballeros, una túnica que se ponía en la vestimenta. Esta utilización emblemática tiene su testimonio más temprano en un sello de Alfonso II de Aragón en 1186.
Desde la sociología y la lexicografía diacrónica, el testimonio más antiguo del término "fijodalgo" (hidalgo) remite a 1177, y el de "ricohombre" a 1194.
En la Edad Media, "escribir" significaba sólo "ser el copista". Esto invalida la teoría de Colin Smith de que el autor fuera Per Abbat.

Los personajes principales de la obra son todos reales, como Rodrigo Díaz de Vivar, Alfonso VI, Diego y Fernando González (infantes de Carrión), García Ordóñez, Yúçef ben Texufín o Álvar Fáñez (conquistador de Toledo e históricamente un héroe casi tan grande como el propio Cid), así como muchos secundarios: Jimena Díaz (prima de Alfonso VI), el Conde don Remont (Berenguer Ramón II), el "moro de paz" Abengalbón, el obispo don Jerome (Jerónimo de Perigord), Muño Gustioz, Diego Téllez, Martín Muñoz, Álvar Salvadórez, Galín García, Asur González, Gonzalo Ansúrez, Ákvar Díaz, etc. De otros no se sabe si son reales o ficticios, como Pero Bermúdez, Martín Antolínez, Félez Muñoz, Raquel e Vidas; otro son ficticios, como los moros Tamín, Fáriz, Galve; y unos pocos aparecen con el nombre equivocado: las hijas del Cid, Elvira y Sol, son en realidad Cristina y María; Sancho, abad de Cardeña, se llamaba Sisebuto; Búcar, rey de Marruecos, es en realidad el general almorávide Sir ben Abu-Béker.

El héroe, Rodrigo Díaz, el Cid, está más caracterizado por sus actitudes y personalidad que por su físico, del cual sólo se destaca su gran barba, que se ata con un cordón y promete no cortarse hasta que vuelva a la Corte, y su fortaleza. Es un fuerte y diestro guerrero, piadoso, buen padre, fiel al rey hasta la humillación.
Estatua del Cid Campeador en Burgos
Pero lo que realmente define al Cid es la mesura, un rasgo propio del modo de ser castellano, que apenas puede traducirse por "serenidad", "equilibrio" o "contención": el Cid nunca pierde la fe en sí mismo aun en las circunstancias más duras y se prevalece de un fundamental optimismo, rechazando incluso los malos agüeros en una época en que la superstición era lo normal y mucho más común que hoy. Su venganza es más jurídica que violenta: exige Cortes al Rey, quien las convoca en Burgos, y reclama la devolución de la dote que les dio a los infantes a cambio del casamiento de sus hijas; asimismo, para no mancharse con la vileza de los infantes y, como los verdaderos responsables de la deshonra son los capitanes de sus mesnadas, quienes le han ocultado la cobardía de los infantes, deja en sus manos la resolución del conflicto de honor mediante el "riepto" o duelo para lavar su propio deshonor, en señal de respeto al del Cid. El Cid no es un personaje invulnerable a los sentimientos ni engreído: se emociona y reza cuando es oportuno y, al soltarse un león, no lo mata para exhibir su fuerza, como haría cualquier bárbaro caballero, sino que respeta la nobleza del león y lo devuelve a su lugar, la jaula, porque es lo correcto y lo que también él debe hacer: estar en su sitio. El Cid es un hombre honrado que posee mala conciencia: se siente incómodo cuando Antolínez engaña a los judíos Raquel y Vidas y se intenta calmar pensando que se ha visto forzado a ello; cuando en el futuro Álvar Fáñez se los vuelva a encontrar, la respuesta no será precisamente la devolución de los fondos: Álvar Fáñez les da largas, algo que el Cid sería incapaz de hacer.
La caracterización de Álvar Fáñez es la de un digno lugarteniente que participa de todas las virtudes del Cid, pero hay una que sobresale: es un gran diplomático, por lo cual el Cid lo escoge siempre para enviar sus embajadas ante el rey Alfonso VI con los regalos que son parte proporcional del botín. Martín Antolínez destaca como un personaje leal y generoso (provee de víveres a Rodrigo cuando éste es empobrecido por el rey), pero también es el astuto que idea la trapacería de los cofres con que estafa a los judíos Raquel y Vidas, un episodio del cual algunos críticos han aducido antisemitismo. Es un gran guerrero que se enfrenta a los infantes en los duelos finales.
Pero Bermúdez, sobrino del Cid, es tartamudo y se le caracteriza como un hombre fogoso, impaciente y lleno de entusiasmo y empuje, hasta el punto de que, sorteado entre los capitanes el honor de cruzar el acero en primer lugar en la batalla, olvida que a él no le ha tocado esta distinción y es el primero en hacerlo. Los demás capitanes de las mesnadas del Cid bromean por su tartamudez llamándole "Pero Mudo", pero pierde, con un gran golpe de efecto, este freno lingual cuando debe retar a uno de los infantes en un potente discurso, empezando su alocución con el primer refrán que se ha transmitido en la literatura española: "lengua sin manos, cuemo osas fablar".
La atención hasta los más pequeños detalles en la caracterización se percibe incluso en el cuidado que se da a personajes menores o episódicos, como Félez Muñoz, el paje pariente lejano del Cid que no duda en estropear el pobre sombrero que se ha regalado con la miserable parte que le ha correspondido por el botín valenciano llenándolo de agua para socorrer a sus primas, vejadas y abandonadas en el robledal de Corpes. Este acto lo define como "noble", aunque también subraya esta actitud la generosa sangre del Cid que corre por sus venas. Doña Jimena es bosquejada como una madre piadosa y como una mujer orgullosa, que ha tenido que soportar una gran vergüenza en su obligada reclusión en el monasterio de San Pedro de Cardeña.
Los infantes de Carrión están descritos con un realismo y una penetración tales en los motivos de la vileza que se llega al escalofrío. Los detalles de sadismo refleja a un poeta creador que ha penetrado hondamente dentro de la misma psicología de la maldad, despojándola de toda posible justificación. Los malos carecen de nobleza y de grandeza, y aun incluso de humanidad. Otro de los personajes negativos, el conde catalán don Remont, aparece como un fatuo y engreído cortesano que se avergüenza de haber sido vencido por los castellanos. Se niega a comer hasta que, apiadado más por los pitorreos que ejercen sobre él sus mesnaderos que por el hambre que pueda sufrir el personaje, el Cid logra con su condescendencia que transija en alimentarse.