Esta obra narra la vida de Don Jaime Astarloa, un eminente maestro de armas, que se ve involucrado, sin saberlo, en una oscura trama política que pondrá en peligro su vida, en la que están involucradas también personas en las que tenía absoluta confianza.
Un día, Don Jaime y el marqués de Ayala, un conocido político retirado conocido por sus continuos enamoramientos, practican esgrima. Tras la lucha, Jaime Astarloa recibe una carta en la que una tal Adela de Montero requiere de sus servicios y desea concertar una cita.
Cuando Astarloa aparece en la casa de la mujer, preparado para aceptar a otro alumno más en su escuela privada, se entera, para su sorpresa, de que es la propia señora la que quiere recibir sus clases. Al principio se niega rotundamente, pero los encantos de ella no son pocos, llegando incluso a romper el muro de costumbres que el viejo maestro se había creado, convenciéndolo así para que le imparta algunas lecciones.
Don Jaime le da clases durante varios días y disfruta mucho al averiguar que Adela de Otero no es ni mucho menos una principiante.
Ella, aparte de pedirle que le enseñe el “golpe de los doscientos escudos”, de la creación del propio maestro, le pide también el favor de presentarle al marqués de Ayala.
Don Jaime acepta ambas peticiones enseñándole su golpe más famoso y presentándole al marqués. Tras el pago de sus honorarios no vuelve a saber de ella, y el marqués acude cada vez menos a sus visitas semanales. Don Jaime se deprime, ya que se había hecho algunas ilusiones acerca de su relación con su alumna, pero esto siempre es algo que ocurre en su vida normal, solitaria como de costumbre, pero ahora, por alguna razón, a él le da la sensación de que es más solitaria que nunca.
Un día, sin esperarlo, se presenta en su casa el marqués, que le cuenta una historia acerca de unos papeles, que le entrega, ya que el viejo maestro es la persona en la que más confía el ex político y él mismo no puede guardarlos. Le pide que no los abra bajo ninguna circunstancia, pero sabe, de antemano, que Don Jaime, siendo un caballero y una persona de honor, prefiere morir antes que abrir esos papeles secretos.
Poco tiempo después el marqués aparece muerto. Este hecho entristece al maestro de esgrima. Un inspector de policía aparece de inmediato en su vida haciéndole preguntas y buscando pruebas.
Don Jaime no entrega los papeles a la policía, ni da información interesante ya que, de todas maneras, él no tiene ni idea de quién quería matarle. Con su antiguo compañero muerto ahora , Jaime piensa que tal vez esos papeles pueden estar relacionados con el asesinato. Después de pensarlo un bien rato rato, al final abre el sobre que contiene los papeles y los lee detenidamente. Allí ve reflejadas noticias y hechos políticos, y nombres de personas implicadas, de las que conoce a algunas.
Decidido a averiguar más decide hacer una visita a un compañero de tertulias en un viejo café. Agapito Cárceles, un periodista que conoce de poco, pero que está siempre metido en asuntos de política. Lo lleva a su casa y le enseña los documentos. Éste parece sorprenderse y afirma que en esos papeles está la clave de un escándalo sin precedentes. Mientras leen los documentos, la policía llama a la puerta de Jaime y le piden que les acompañe. Dejando a Cárceles el cuidado de los papeles, Don Jaime acompaña al inspector que le había interrogado días antes hasta el depósito de cadáveres con la intención de reconocer un cuerpo. El inspector enseña el cuerpo desnudo y destrozado de una mujer morena que Jaime cree reconocer como el de la señora que le había contratado. Tras recuperarse del impacto, vuelve a su casa y descubre que el señor Cárceles ha optado por marcharse, olvidando dejar los papeles en su sitio.
En su lugar hay una nota en la que anima a Don Jaime a no preocuparse. Éste, enfadado de verdad, va por la noche a buscarlo a su casa donde entra, tras forzar una ventana, y se lo encuentra atado en la cama de pies y manos y sangrando abundantemente por muchas heridas abiertas en su piel. Allí mismo tiene que luchar contra dos matones armados con pistolas usando su bastón-estoque que siempre lleva con él, haciéndoles poner pies en polvorosa. Acto seguido llama a la policía que, tras ver el espectáculo, le dan la enhorabuena a Don Jaime por seguir vivo, ya que según ellos, tenia todas las papeletas para haber resultado herido por los desconocidos sicarios de alguien que deseaba esos papeles y que ha conseguido lo que buscaba.
La policía insta a Jaime a que regrese a su casa y vigile sus espaldas en todo momento y ya que está marcado y podría ser el siguiente implicado. Pero si alguien viene con malas intenciones, Don Jaime Astarloa sabe defenderse. Pistola y bastón-espada al alcance de la mano, se sienta en su escritorio a esperar, acompañado por el único y leve sonido de las patas de un ratoncillo arrastrándose por su complejo de corredores y galerías personales en el techo de la casa. Don Jaime se siente un poco mejor por no haber conseguido cazarlo días antes, cuando lo descubre mientras realizaba una incursión a la despensa, lejos de la seguridad de su pequeña fortaleza. Alguien entra en la casa. Jaime se pone tenso. Alguien llega a la puerta del estudio. Jaime se pone más tenso aún. Alguien entra en la habitación y Jaime descubre que se trata de la 'difunta' Adela de Otero, y como no es supersticioso ni cree en los fantasmas, pide a Adela de Otero que le explique con detalle que es lo que está pasando. Ésta procede a contarle toda su vida desde que era pequeña hasta el momento actual y le desvela todas las claves del misterio y de las muertes quitándose su disfraz de educada alumna de esgrima y dejando ver su personalidad de experimentada asesina implicada en un complot para acabar con la vida del marqués de Ayala. También le explica que está muy apenada por tener que matarle también a él, igual que hizo con el marqués y con su criada (el cuerpo del depósito). Tras esto, toman un estoque cada uno y se enzarzan en una singular lucha a muerte que acaba con la victoria de Don Jaime.
La vida de Jaime vuelve a su cauce natural a partir de entonces dejando atrás las oscuras redes de la política y las penurias sentimentales, concentrado en la búsqueda de su único y verdadero sueño: encontrar la estocada perfecta.
PERSONAJES DE LA NOVELA:
Don Jaime Astarloa es el protagonista del libro. Un hombre de delgadez extrema que le da un aspecto de fragilidad, pero que, a pesar de su edad, es capaz de moverse como en su juventud largas y nudosas extremidades y tiene una habilidad innata para manejar el estoque. A sus cincuenta y nueve años, es conocido por sus educados modales de renombrado caballero, maestro de armas más importante de Madrid y tranquilo y paciente contertulio en un viejo café llamado “El Progreso” y en el cual oye cada tarde la charla de sus compañeros de tertulia y sus discusiones sobre política.
Su vida ha sido muy monótona desde que se asentó en Madrid como maestro de armas, y su caudal siempre es el justo para llegar a fin de mes, aunque de vez en cuando se permite algún que otro capricho.
De joven su vida estaba encaminada al ejército. Tenía plaza segura en él, ya que era huérfano de héroe de guerra, pero un amor apasionado le llevó a batirse en duelo contra otro galante rival. Al derrotarlo tuvo que huir de allí y desde entonces su vida cambió para siempre. Su huida le llevó a París, lugar donde conoció al que sería su maestro, Lucien de Montespan.
Muy pronto el maestro descubre las ocultas habilidades que Jaime Astarloa posee para la esgrima. Le enseña todo lo que puede enseñarle y le permite acompañarlo por los viajes que hace frecuentemente por toda Europa. Al pasar por Roma deciden establecerse allí. Jaime se hace famoso por su habilidad y por sus clases, ya que su maestro le pasa los alumnos más novatos para que éste les inicie en las nociones básicas de la esgrima. Vuelve a enamorarse apasionadamente en Roma, pero esta vez el amor se marcha de forma natural. Sin embargo también se ve obligado a luchar para defender el nombre de su maestro, obteniendo más victorias y más fama.
Montespan empieza a notar los síntomas de la enfermedad que lo mataría años después y decide viajar a Madrid. Su fiel discípulo lo acompaña una vez más y se queda junto a él hasta el día de su muerte.
Poco antes de morir, Jaime tuvo que enfrentarse al que sería su contrincante más temido, un zurdo que impartía clases sin pertenecer a la academia legalmente, al contrario que Jaime que se había hecho socio tiempo atrás y poseía su propio título. La academia le mando a él para arreglar el asunto. Y lo arregló con creces. Desde la muerte de Montespan se asentó en Madrid, buscando un sueño, la estocada imparable, la perfecta, y aunque no lo conseguía llegó a crear un golpe muy efectivo al que llamó “el de los doscientos escudos” por el precio que ponía a todo aquél que deseara conocerlo.
Sus nociones sobre política son bastante pobres, como se demuestra cuando caen en sus manos unos documentos de alto secreto del estado y no es capaz de reconocer más que unos pocos nombres. Además, “a Jaime Astarloa le aburrían soberanamente las disputas sobre política que realizaban sus contertulios”.
Adela de Otero aparece en el libro tras mandar una carta a Jaime Astarloa citándolo en su casa para charlar sobre las clases de esgrima que ella desea recibir, alegando que desea aprender “el golpe de los doscientos escudos” y al principio el maestro dejaba bien claro no quería enseñarle. A pesar de todo, al final Adela de Otero le convence para que le imparta clases y acaba aprendiendo el golpe.
Pero esta misteriosa mujer de esbelta y delgada figura, complexión firme, paso decidido y decididos ojos violeta, no tiene por única intención sacarle el golpe a Don Jaime, también desea algo más del buen maestro. Un desengaño amoroso le hizo desear el suicidio siendo todavía muy joven, pero otro hombre entró en su vida, un hombre que, impulsado sólo por un sentimiento de piedad y sin pedir nada a cambio, cuidó a la niña, cerró sus heridas y se convirtió en el padre que nunca había conocido, en el hermano que jamás tuvo, en el esposo que ya nunca tendría. Durante dos años el hombre se encargó de educar a esta niña para convertirla en una verdadera mujer El hombre no reparó en gastos para educarla. Maestros de baile, esgrima, equitación. Un día, él tuvo que volver a su país, con su mujer y sus hijos, pero la dejó a ella en una casa donde podría vivir una vida libre y tranquila. Durante siete años y a distancia, este hombre se encargó de que nada le faltase. Ella se sentía atada por una enorme deuda que había contraído a costa del favor. Un día, ese hombre se metió en un problema relacionado con política y cometió un terrible error, el de financiar uno de los intentos revolucionarios de Prim. Pero al fracasar este movimiento y ser descubierto él como financiador del mismo, tuvo que traicionar a sus aliados para salvarse. De esto tenían noticia tres personas, dos de ellas murieron de muerte natural, pero la tercera seguía con vida: el marqués de los Alumbres, que decidió aprovecharse de la situación para sacar dinero. Para ello se apoderó de unos documentos que explicaban la situación y extorsionó al hombre que había cuidado de Adela durante la mayor parte de su vida. Ésta recibió el encargo de acabar con la vida del marqués.
Y usaron a Jaime Astarloa como medio para lograrlo. Al final del libro Adela le ofrece a Jaime un pacto por el cual él no hablaría sobre lo que había averiguado tras tan larga serie de acontecimientos y ella no solamente lo dejaría con vida sino que también se ofrecería ella misma como parte del trato. Pero Jaime aleja su deseo más inmediato y se niega a ocultar el nombre de un asesino. Adela comprende que no conseguirá convencerlo y triste por ello intenta matarlo. Pero es ella la que es derrotada por Don Jaime de Astarloa.
Luis de Ayala, marqués de los Alumbres es un hombre de fuerte complexión, risa poderosa y simpática locura, es uno de los pocos que mantienen una relación más o menos estrecha con Jaime Astarloa. Tiene el cabello abundante y crespo, y rebosa vitalidad, propenso al gesto ampuloso y a los arrebatos de pasión y de alegre camaradería. A sus cuarenta años, posee una notable fortuna según afirman. Soltero y apuesto, es un jugador arriesgado e impenitente mujeriego, el marqués es el prototipo de aristócrata calavera que no ha leído un libro en su vida, pero que puede recitar de memoria la genealogía de cualquier caballo de los hipódromos de Londres, París o Viena. Es objeto de murmuraciones de medio Madrid, y se cuentan de él todo tipo de historias, aunque no todas son ciertas. De su vida política se murmura poco, ya que ha sido fugaz, pero sus historias de faldas corren de boca en boca por la ciudad, rumoreándose que algunos encumbrados esposos tienen sobrados motivos para pedirle satisfacción, pero que lo hagan, eso es ya otro cantar. Cuatro o cinco le han mandado sus padrinos, más por "el que dirán" que por otra cosa, y eso, aparte del madrugón, les ha costado invariablemente amanecer desangrándose sobre la hierba. Incluso afirman las lenguas de doble filo que en la lista de esos esposos se encontraba el mismísimo rey consorte. Tiene por costumbre enamorarse varias veces al mes y es un gran conocedor de los placeres de la vida.
Ocupó durante una corta época el puesto de ministro junto a su tío Vallespin. Fue ahí donde tuvo contacto con los oscuros asuntos que rodean a la política y ganó el acceso a los archivos del ministerio, de donde sacó cierta información que perjudicaba a cierto hombre. El marqués usó estos documentos para extorsionarle y sacar una buena tajada.
Varios años después, su acción sumada a la facilidad con que se entregaba a las mujeres le hacen caer en manos de Adela de Otero, la cual durante una cena en su apartamento, intenta sustraerle una especie de confesión y al no conseguirla lo mata con un estoque en su propia casa, en su propio salón, sin que el enorme corpachón de Luis de Ayala pueda reaccionar de forma defensiva ya que estaba algo embriagado por el buen sabor del vino y los extraños juegos de su estupenda acompañante, que sería la última que conocería.
EN EL CAFÉ "EL PROGRESO"
Es un oasis de frescor en medio de la canícula madrileña en veranoy, en invierno, huele constantemente a humedad y grandes manchas amarillean las paredes y techos.
Allí se reune asiduamente un grupo singular para tratar diversos temas que acaban siempre en disputas motivadas por la política.
Agapito Cárceles tiene pinta de cura exclaustrado, y es uno de los primeros miembros del grupo y el que participa más activamente. Este hombre malvive dando sablazos a los conocidos y escribiendo artículos en periódicos casi desconocidos con el seudónimo “El patriota embozado”, nombre que hace reír al grupo.
Se autoproclama republicano y antifederalista relatando sonetos antimonárquicos compuestos por él mismo por medio de varios ripios.
Don Lucas Rioseco es un hombre tranquilo, un caballero de buena familia venido a menos, misántropo, frisando los sesenta y cuya mayor afición es la de sacar de quicio al señor Cárceles, pues son de diferentes ideologías políticas. Es viudo, sin hijos ni fortuna y es sabido por todos vive gracias a la caridad de sus buenas vecinas.
También está Marcelino Romero, que es profesor de piano en una escuela de señoritas, tísico, sensible y melancólico. Su mayor deseo es granjearse un nombre en el campo de la música profesional. También se reúne con ellos Antonio Carreño, funcionario de abastos. Pelirrojo y flaco, con barba cobriza muy curtida, semblante adusto y amigo de pocas palabras
El más importante de todos ellos en la novela es, sin duda, Agapito Cárceles ya que es el elegido por Jaime Astarloa para descifrar el verdadero contenido de los documentos que se le entregan. Al descubrir los secretos de estos papeles y viendo marcharse a Don Jaime, coge los papeles para sí. Pero al igual que al marqués de los Alumbres, la avaricia rompe el saco, y es asesinado en su propia casa por dos maleantes contratados para encontrar uno de los papeles, uno que Agapito Cárceles no tiene en su poder.
MARCO HISTÓRICO
El argumento del libro se desarrolla en el año 1868. Para comprender mejor los sucesos políticos de ese año, conviene explicar algunos asuntos de años anteriores, partiendo de la regencia de Isabel II y de Espartero.
Regencias de María Cristina y de Espartero
Durante los treinta y cinco años del reinado de Isabel II , se consolidó el difícil tránsito en España de un estado absolutista a otro liberal-burgués con una serie de cambios que afectaron al régimen político y al sistema económico y social. Su reinado se inició con la semi-concesión liberal de una carta otorgada, el Estatuto Real (1834). El definitivo impulso liberal se abrió en 1836 tras el golpe de Estado de los sargentos de La Granja.
Tres son las medidas principales que se pusieron en marcha de manos del presidente de gobierno Juan Álvarez Mendizábal: la desamortización de bienes de la Iglesia, la creación de un Ejército capaz de doblegar al carlismo y la institucionalización del régimen. Pero la medida más importante fue, en este arranque del reinado de Isabel II, la elaboración de una constitución acorde con la ideología triunfante. Oficialmente se hizo una adaptación de la idealizada Constitución de Cádiz de 1812, pero el resultado real fue una nueva Constitución (1837), mucho más ceñida a la realidad social. El progresismo, que además lograba un relativo éxito contra el carlismo (Convenio de Vergara, 1840), alcanzó su momento culminante de la mano del militar que capitalizó la victoria, el general Espartero. Entre 1840 y 1843 Espartero llegó incluso a desplazar de la regencia a la misma reina madre, con una línea de gobierno claramente autoritaria que provocó el rechazo de una parte del progresismo, lo que acabó por abrir las puertas al conservadurismo.
La 'década moderada'
De la mano del Partido Moderado, a partir de 1844 y durante una década, se consolidó un liberalismo muy restrictivo (sólo una minoría de ciudadanos tenía derechos políticos). El caciquismo, en buena medida, empezó a tejer sus redes a partir de 1844. El nuevo sistema se plasmó en la ciertamente conservadora Constitución de 1845. El hombre fuerte del período, el general Ramón María Narváez, consiguió evitar en 1848 la oleada revolucionaria extendida por gran parte de Europa, en buena medida, más por la falta de una estructura social afín que por las medidas de dureza adoptadas. Esta fase se cerró con el 'tecnócrata' Juan Bravo Murillo, quien llevó a cabo una amplia labor administrativa y hacendística.
El 'bienio progresista'
Entre 1854 y 1856 de nuevo el Partido Progresista se volvió a hacer con el poder —toda vez que el sistema político adoptado le excluía en la realidad— mediante un acto de fuerza, el pronunciamiento de Vicálvaro (la denominada Vicalvarada de 1854). El principal dirigente progresista, Espartero, volvía así al primer plano. De este período lo más trascendente resultó, sin duda, la desamortización civil llevada a cabo por el ministro Pascual Madoz.
La supremacía de la Unión Liberal
Narváez volvió a conseguir el poder durante un bienio más (1856-1858); sin embargo, los cambios sociales terminaron por abrir el camino a un sistema más templado, el de la Unión Liberal (1858-1863), en torno a otro militar, el general Leopoldo O'Donnell. Un periodo de relativa estabilidad social, durante el cual O'Donnell jugó un activo papel en el exterior, hasta el punto de poder hablarse de una etapa neo-imperialista: guerra en Marruecos (Paz de Wad-Ras, 1860), intervención en México (junto a franceses e ingleses), en Indochina, en Annam (con los franceses), anexión de Santo Domingo y presencia activa en el Pacífico (bombardeo del puerto de El Callao).
Crisis definitiva
La última etapa del reinado de Isabel II (1864-1868) fue de clara descomposición política. Junto a la crisis económica, aparecieron reiteradas sequías y problemas de adaptación de una economía que no había comenzado su desarrollo verdadero. Los nuevos grupos sociales en ascenso (clases medias y obrerismo) exigían un cambio en profundidad. La respuesta del régimen no fue otra que resistir mediante la fuerza. En el último momento, con Luis González Bravo, el régimen rozó el sistema dictatorial. El final llegó con la incruenta batalla de Alcolea (1868), que abrió las puertas de la Revolución de 1868, la cual supuso el destronamiento definitivo de Isabel II, quien en 1870 abdicó en su hijo Alfonso XII para favorecer la vuelta de la monarquía Borbónica a España. Isabel II murió en 1904 en París, ciudad donde vivió desde su derrocamiento.
INSTITUCIONES ESPAÑOLAS DEL SIGLO XIX
Congreso de los Diputados.- Denominación de la cámara baja del Parlamento español. El origen del término se remonta al Título IV de la Constitución española de 1837, promulgada durante la minoría de edad de la reina Isabel II por decreto de su madre, la regente María Cristina de Borbón. Su precedente inmediato fue el estamento de procuradores de 1834. Más remoto es el de las Cortes estamentales de los diversos reinos de España.
Las Cortes surgieron cuando los representantes elegidos por los municipios fueron admitidos en las deliberaciones sobre ciertas materias de la Curia Regis, en concreto cuando la Corona necesitaba una ayuda económica superior a la proporcionada según la tradición y por falta de un derecho legal a imponer gravámenes adicionales sin la aprobación de los municipios. El Congreso de los Diputados se compone de un número variable de miembros que, en todo caso, no puede ser inferior a 300 ni superior a 400, elegidos por sufragio universal, libre, igual, directo y secreto. La Ley de Régimen Electoral de 1985 fija su número en 350.
Las funciones y objetivos asignados al Congreso de los Diputados se cumplimentan a través de los siguientes órganos: la presidencia, la mesa, la junta de portavoces, las comisiones, la diputación permanente, los grupos parlamentarios y la secretaría general.
El 24 de julio de 1834 las Cortes Generales del Reino se congregaron por vez primera en el emplazamiento en que ahora tiene su sede el Congreso, reconstruida tras el violento incendio sobrevenido cuando sirvió de residencia al duque de Angulema en 1823, que restauró el absolutismo al frente de los Cien Mil Hijos de San Luis. Correspondía entonces al convento e iglesia de padres clérigos menores del Espíritu Santo, fundado por Jacobo de Gratis (Caballero de Gracia).
En mayo de 1841 el Congreso de los Diputados inauguró las sesiones en su sede provisional del Salón del Teatro de Oriente.
El 10 de octubre de 1843 Isabel II colocó la primera piedra del nuevo edificio sobre el sitio mismo que ocupaba el antiguo. La construcción, bajo la dirección y planos del arquitecto Narciso Pascual y Colomer, quedó concluida en 1850 y el 3 de noviembre se celebró la solemne apertura de Cortes. Luego se le incorporarían los famosos leones, fundidos con el bronce de los cañones capturados a las tropas de Marruecos en la guerra de 1859.
LAS CORTES DE CÁDIZ
Tras las abdicaciones de Bayona de Carlos IV y Fernando VII, España mantuvo entre 1808 y 1814 una dualidad de poderes donde convivieron traumáticamente los partidarios de la solución oficial encabezada por el rey José I, hermano de Napoleón Bonaparte, y un pueblo alzado en armas contra el invasor francés. El contexto bélico de la guerra de la Independencia y la tenue reforma política inherente al Estatuto de Bayona de 1808, no impidieron que una minoría de españoles intentara aprovechar la delicadeza del momento para, en lugar de reclamar el retorno de Fernando VII y del Antiguo Régimen, acabar de una vez con él y dar auténtica réplica constitucional a la aludida Carta otorgada napoleónica.
Estos doceañistas, y de manera especial Agustín de Argüelles, fueron los responsables de la redacción y puesta a punto del texto aprobado por las Cortes de Cádiz el 19 de marzo de 1812, mítico arranque del constitucionalismo en España. Frente a la representación orgánica consustancial al viejo ordenamiento, allí se defendió por vez primera y siguiendo los postulados liberales de E. Joseph Sieyès el carácter inorgánico proporcional a la población, que identificaba a los diputados a Cortes con los intereses generales y no con los de un estamento concreto. La proclamación del sufragio universal para los varones mayores de 25 años con vistas a la elección del Parlamento unicameral, aunque se reguló mediante un sistema indirecto a cuatro grados (electores de parroquia, de partido, de provincia y diputados) que desvirtuaba en parte la generalidad del proceso, supuso un vuelco transcendental con el pasado. Lo mismo ocurría con el reconocimiento de principios políticos tales como la soberanía nacional y la división de poderes en la terna ejecutivo, legislativo y judicial, sin ningún tipo de interferencias (incompatibilidad entre el cargo de diputado y el de secretario de Despacho, equivalente a ministro), junto a otras novedades que configuran este abultado corpus (384 artículos) de gran calado constitucional y que, de forma intencionada, preveía su propia reforma de manera muy rígida, en aras de su estabilidad.
A pesar de las precauciones aducidas, la realidad del país discurrirá por otros derroteros. La monarquía limitada derivada de esta regulación nada tendrá que ver con el absolutismo imperante en España tras el retorno de Fernando VII en 1814. Hasta su fallecimiento acaecido en 1833 y salvo el breve paréntesis del Trienio Liberal (1820-1823), la Constitución gaditana no gozó de aplicación práctica alguna y sus más significados valedores sufrieron los rigores de la represión y el exilio. Durante la minoría de edad de Isabel II y ante la preocupante situación del país en plena conflagración civil (primera Guerra Carlista), la regente María Cristina de Borbón sancionó en abril de 1834 el Estatuto Real, una Carta otorgada a la vieja usanza y no propiamente una Constitución mediante la cual la Corona se desprendía de algunas atribuciones en un alarde altruista impelido por la adversidad circundante. Estos 50 artículos se limitaron a regular de manera escueta los requisitos para la convocatoria a Cortes, su estructura bicameral (Cámara de Próceres y de Procuradores) y funcionamiento, sin abordar compromisos políticos de mayor envergadura por expresa voluntad regia fielmente asumida por Martínez de la Rosa y Javier de Burgos, sus principales inspiradores.
Fase de consolidación del régimen liberal (segundo tercio del siglo XIX)
La inoportunidad del momento en que surgió el constitucionalismo en España resulta evidente, en plena invasión francesa, donde todo lo proveniente del otro lado de los Pirineos era tachado a nivel popular de antiespañol, incluyendo en dicho lote tanto a las personas físicas como a su propia ideología, sintetizada en el liberalismo político. La monarquía absoluta de Fernando VII se encargó de apuntalar este proceso involucionista, de ahí que su muerte sobrevenida en 1833 simbolice el final del Antiguo Régimen y el advenimiento del nuevo orden liberal bajo la disputada Corona de Isabel II. Dentro del reinado isabelino, que se prorroga hasta la revolución de 1868, recibieron su aprobación las constituciones de 1837, 1845 y 1856, si bien esta última careció del margen suficiente para su puesta en vigor, de ahí su histórico apodo de nonata.
El motín filoliberal de los sargentos en La Granja (Segovia, verano de 1836) desembocó de forma un tanto accidentada en la nueva Constitución de 1837, redactada por el veterano Argüelles y por Salustiano de Olózaga, joven valor del Partido Progresista. Su contenido denotaba un carácter transaccional visible en la combinación de elementos progresistas (soberanía nacional, división de poderes, determinados derechos y libertades), junto con rasgos sustanciales del moderantismo político (Parlamento bicameral, fortalecimiento del poder real). Esta intencionada versatilidad de cara a las dos facciones liberales (progresistas y moderados), en unos momentos difíciles con la Guerra Carlista al fondo, se unió a su flexibilidad en el procedimiento de reforma, clave para entender el nacimiento pacífico y excepcional en la España de la época del texto constitucional de 1845, circunscrito estrictamente en su gestación a los trámites legales previstos en la normativa anterior.
La Constitución promulgada el 23 de mayo de 1845, una de las más estables del panorama nacional al dilatar su vigencia hasta 1868, salvo un pequeño corte intermedio (1854-1856), recogía en su interior los postulados políticos del moderantismo en el poder, la tendencia dominante en la vida pública española durante el segundo tercio del siglo XIX (la llamada Década Moderada y el gobierno de la Unión Liberal). Entre sus principios básicos cabe destacar la soberanía conjunta Rey-Cortes, que reforzaba el papel ejecutivo del monarca y le añadía competencias legislativas de cariz decisorio (veto absoluto, disolución de las Cortes, nombramiento y separación de los ministros), así como el carácter conservador del Senado (ilimitado, vitalicio y designado por el rey) y la restricción de las libertades ciudadanas perceptible, entre otros indicadores, en un mayor recorte del sufragio.
En este sentido, el texto nonato de 1856, de signo progresista y fraguado a raíz del pronunciamiento de Vicálvaro (la Vicalvarada), contrario al liderazgo conservador, intentará por primera vez aunque de manera infructuosa ensayar una tímida libertad de conciencia frente a la confesionalidad del Estado y una composición electiva del Senado en términos similares a la Cámara de los diputados. La escasa duración del Bienio Progresista (1854-1856), clausurado militarmente por Leopoldo O'Donnell en el verano de 1856, impidió la plasmación práctica de estas novedosas medidas y del restante articulado constitucional.
En la España isabelina los levantamientos militares fueron el principal detonante de los cambios constitucionales, que giraron siempre en torno a las dos opciones liberales en liza y con un neto protagonismo del sector moderado. A la paz social de la época coadyuvaron otros instrumentos de signo coactivo (creación de la Guardia Civil en 1844), o de influencia más sutil (Concordato de 1851, símbolo de la reconciliación entre la Iglesia y el Estado), cómplices valiosos en el mantenimiento de la tranquilidad ciudadana. Ahora bien, garantizar el orden público resultaba menos complejo que lograr una estabilidad política en un país donde la participación popular brillaba por su ausencia, en virtud del sufragio censitario (derecho al voto sólo para determinados propietarios) defendido por moderados y progresistas con ligeras variantes en el cómputo de exigencias, y donde no existía un sistema de partidos ya que el juego político discurría al compás de los avatares domésticos de unos grupos de notables, liderados por militares (Narváez, O'Donnell, Espartero) y carentes de cuadros técnicos, bases sociales y arraigo popular. Esta manifiesta endeblez del sistema político es una de las lacras de la España del siglo XIX, hipotecada por las interferencias entre el poder civil, militar y religioso, y resistente a todo conato sólido de modernización.
Primer intento de acceder a un Estado democrático (1868-1874)
El pronunciamiento encabezado por el almirante Juan Bautista Topete en Cádiz a mediados de septiembre de 1868 consiguió, en pocos días y con el inestimable apoyo de Juan Prim, enviar al exilio a la reina Isabel II e introducir al país por una sinuosa senda regeneracionista. Durante el Sexenio Democrático comprendido entre 1868 y 1874, se vivió una intensa etapa de cambios políticos donde tuvieron cabida nuevas fórmulas democráticas de índole monárquica (Amadeo de Saboya) y republicana (I República), junto a ópticas territoriales del Estado de cuño descentralizador, federal, cantonal y, una vez más, fuertemente unitario. Militares como Manuel Pavía y Martínez Campos, autores materiales de los levantamientos consumados en enero y diciembre de 1874, junto al político conservador Antonio Cánovas del Castillo, serán los responsables del doble retorno en 1875 a la forma de gobierno monárquica y a la dinastía borbónica de la mano de Alfonso XII, hijo de la destronada Isabel II.
Todas estas instituciones son nombradas varias veces durante las charlas que mantenia Don Jaime de Astarloa con sus contertulios en ”el progreso”. Allí, se contaban las últimas noticias acerca de la guerra que se veia venir por motivo de la subida al trono. España estaba dividida y eso traería consecuencias que definirían el camino que iba a tomar la historia. Los avances de Prim, la preocupación de Narváez por los avances de Prim, las noticias de un inminente ataque por parte de este que estaba tomando posiciones para entrar en el país. Todo ello tiene su referencia en el libro en los capítulos en que aparece Jaime y sus compañeros en su café preferido. Por ejemplo: 25,26,27, donde se menciona que Prim y sus compañeros están en el destierro, lo que preocupa a muchos, ya que también se dice que prepara un movimiento llamado “la España con honra” y las dos partes especulaban decantándose una por la inminente abdicación de Isabel II y la otra parte formada por los liberales que se inclinaban mas hacia la llegada del sueño republicano. Luego se menciona algo en las páginas 100,101 y 102 donde los conversantes caballeros siguen especulando sobre la persona que reinara España cuando ya no lo haga Isabel II. En la 104 siguen opinando que Isabel dejara pronto su puesto actual, ya que sólo posee el apoyo de los moderados ahora y que Prim esta a punto de llegar al país. En estos textos y en muchos otros fragmentos que les siguen se habla del cambio que se esta efectuando en las opiniones de todos. En las páginas 151 y 152, triunfalmente Carreño anuncia la llegada de los lideres que tomaran partido en la guerra al país, afirmando “Es hora de elegir sitio en las barricadas”
Luego, la trama del libro descubre los documentos que Luis de Ayala dejó a su amigo Jaime de Astarloa. En ellos salen a relucir las intrigas políticas de Vallespín Andréu y Narváez, implicados en un asunto referente a las minas de plata de Cartagena. Por último, esta la carta que encuentra Jaime en su casa y que era el objetivo de Adela de Otero y de quien la mando. En ella se descubre el nombre de Cazorla Longo implicado en el asunto de las minas y agente infiltrado en las filas liberales a favor de Narváez y Vallespín. Toda esta historia terminara pronto, pues la revolución esta a la vista, como diría nuestro amigo Cárceles cuando aún podía.
PERSONAJES HISTÓRICOS QUE APARECEN EN LA NOVELA
Ramón María Narváez (1800-1868), político y militar español, presidente de gobierno en repetidas ocasiones desde 1844 hasta 1866, representante del Partido Moderado y una de las figuras claves durante el reinado de Isabel II.
Nació en 1800 en Loja (Granada). Durante el Trienio Liberal (1820-1823), participó en la neutralización de la sublevación absolutista de la Guardia Real, en 1822. Muerto el rey Fernando VII, participó en la primera Guerra Carlista, durante la cual se enemistó con el progresista Baldomero Espartero. Vivió exiliado en París durante la regencia de éste (1840-1843) y contribuyó a formar la Orden Militar Española, que promovía la sublevación contra el regente.
En mayo de 1844, declarada mayor de edad la reina Isabel II, fue nombrado presidente del Consejo de Ministros. Promovió la elaboración de una nueva Constitución, la moderada de 1845. Narváez fue siempre fiel a la reina y al sistema moderado. En su primer gobierno figuraron hombres como Alejandro Mon, ministro de Hacienda y promotor de una reforma fiscal que suprimió algunos tributos de carácter local; o Luis Mayans, que preparó el Concordato con la Santa Sede de 1851, en el que se llegó a un acuerdo respecto a la desamortización.
La obra del gobierno moderado de Narváez se aprecia en la racionalización administrativa, basada sobre todo en la centralización. En este sentido, es fundamental la ley de 8 de enero de 1845, relativa a la administración provincial y local. Para mantener el orden público, fue creada la Guardia Civil en 1844.
En 1851, después de su cuarto gobierno (1849-1851), Narváez fue sustituido por Juan Bravo Murillo. No participó en la revolución de 1854 ni en el gobierno del Bienio Progresista. Con el regreso de los moderados al poder presidió otros tres gabinetes (1856-1857;1864-1865 y 1866-1868), caracterizados por llevar a cabo una política represiva de cualquier movimiento revolucionario.
Murió en mayo de 1868 en Madrid, dejando al Partido Moderado sin su hombre fuerte y a la reina sin su principal valedor. Unos meses después, la denominada Revolución de 1868, articulada por progresistas y demócratas, provocaría la caída de Isabel II.
Juan Prim y Prats (1814-1870), militar y político español, presidente del gobierno (1869-1870). Participó en varios pronunciamientos y encarnó la figura del militar liberal conspirador. Nacido en Reus (Tarragona) en una familia liberal, su fama de hábil militar se fraguó en la primera Guerra Carlista. Después de esta, fue elegido diputado progresista por Tarragona (1841), identificándose con Baldomero Espartero, contra quien se levantó en armas en 1843. La caída de éste propició su nombramiento como gobernador militar de Barcelona y la represión contra los radicales le otorgó fama de moderado. Después de ejercer de capitán general de Puerto Rico (1847-1848), se reincorporó a la vida parlamentaria y defendió el proteccionismo de la industria catalana. Fue nombrado capitán general de Granada durante el Bienio Progresista (1855-1856). Próximo a la Unión Liberal, en 1856 ascendió a teniente general y fue nombrado senador. Durante la guerra de Marruecos (1859-1860) intervino en las batallas de Castillejos y Tetuán, que le valieron el título de grande de España y el marquesado de Castillejos. En 1861 dirigió la participación española de la expedición europea a México. En 1862 abandonó la Unión Liberal e ingresó en el Partido Progresista. A partir de su destierro a Oviedo (1864) rompió con Ramón María Narváez y con Leopoldo O'Donnell y se dedicó a conspirar. Propugnó el Pacto de Ostende (1866) con los demócratas para derribar a la reina Isabel II. El 19 de septiembre de 1868, después de proclamar el manifiesto España con honra apoyado por Práxedes Mateo Sagasta y Manuel Ruiz Zorrilla, con la ayuda de Francisco Serrano Bedoya y Juan BautistaTopete, desembarcó en Cádiz. Mientras una parte del Ejército se dirigía a Madrid Prim conseguía las adhesiones de las ciudades de Andalucía, Cataluña y Levante. El gobierno provisional, presidido por Francisco Serrano, duque de la Torre, le encargó el Ministerio de Guerra. En junio de 1869 Prim asumió la presidencia del gobierno, sin abandonar el Ministerio. Defendió la monarquía constitucional e hizo gestiones para encontrar un rey. Presentó la candidatura de Amadeo de Saboya, que las Cortes aceptaron (noviembre de 1870). No pudo asistir a su llegada, ya que el 27 de diciembre de 1870 sufrió un atentado del que moriría.
Luis González Bravo (1811-1871), político español, presidente del gobierno (1843-1844; 1868). Nació en Cádiz, progresista en su juventud, escribió en El Guirigay (1837-1838), desde el que atacó con saña al Partido Moderado y a la regente María Cristina de Borbón. Participó en la Revolución de 1840 pero se distanció de Baldomero Espartero, contribuyendo al movimiento que provocó su caída en 1843. Ya entonces había virado hacia el moderantismo y, con el apoyo de Ramón María Narváez, presidió el gobierno español entre diciembre de 1843 y mayo de 1844. Ejerció el poder de forma autoritaria, encarcelando a las oposiciones y desarmando a la Milicia Nacional. Creó también la Guardia Civil. En la última etapa de Isabel II dirigió el ministerio de Gobernación con métodos expeditivos (Noche de San Daniel, 1865) y, fallecido Narváez, asumió la presidencia del gobierno en abril de 1868 impulsando una política de ciega represión que no logró sino unir toda la oposición al régimen.
Francisco Serrano Bedoya (1813-1882), militar y político español. Nacido en Quesada (Jaén), combatió en la I Guerra Carlista junto a Baldomero Espartero, de quien fue estrecho colaborador durante su regencia (1841-1843). Al caer Espartero, se exilió y conspiró contra los gobiernos moderados. Regresó a España en 1849 y, después de la revolución de 1854, fue diputado y ascendió a mariscal de campo. En 1855 fue nombrado gobernador militar de Madrid. Con los gobiernos de la Unión Liberal ocupó distintas capitanías generales. El gobierno conservador de Luis González Bravo lo confinó a Canarias en julio de 1868, pero escapó y se trasladó a Cádiz para participar en la Revolución de 1868. Durante el Sexenio Democrático (1868-1874) fue primero, nuevamente, director general de la Guardia Civil (cargo que ya había ocupado desde finales de 1865 hasta junio de 1866) y, más adelante, ministro de Guerra. Acabó aceptando la monarquía de Alfonso XII, quien lo nombró senador vitalicio. Falleció en 1882 en Madrid.
Baldomero Fernández Espartero (1793-1879), militar y político español, regente del reino (1840-1843) y presidente de gobierno (1837; 1840-1841; 1854-1856). Hijo de un carretero de La Mancha, nació en Granátula (Ciudad Real) y estudió en el Seminario de Almagro. Militar con la guerra de la Independencia (1808), se hizo ingeniero en Cádiz (1810). Marchó posteriormente a luchar contra la independencia colonial americana (1815-1824). De regreso a España, se casó con una rica heredera de Logroño, María Jacinta Martínez, y ocupó varios destinos militares.
De ideas liberales, luchó contra los carlistas en la primera Guerra Carlista. Nombrado general en jefe del Ejército del Norte, dirigió el levantamiento del sitio de Bilbao (victoria de Luchana), por lo que la reina le recompensó con el título de conde de Luchana. Desde agosto a octubre de 1837 presidió un fugaz gabinete gubernamental. Fomentó hábilmente las divisiones entre los mandos carlistas, atrajo a Rafael Maroto hacia conversaciones de paz que terminaron en el Convenio de Vergara (31 de julio de 1839), que puso fin a la primera Guerra Carlista. Por este triunfo recibió el título de duque de la Victoria. Pacificó después el Maestrazgo, derrotando a Ramón Cabrera (1840).
Desde ese momento utilizó su prestigio y popularidad al servicio del progresismo. Nombrado presidente de gobierno en septiembre de 1840 (Ministerio-Regencia), con lo que sustituía a María Cristina de Borbón como regente; desde mayo del año siguiente, tras ser elegido por las Cortes, pasó a desempeñar la regencia hasta la segunda mitad de 1843. Buen militar, pero carente de talento político, reprimió duramente conspiraciones moderadas y republicanas. Expulsado del poder, vivió en Londres y en Logroño. Reapareció en la vida política junto a Leopoldo O'Donnell, con quien compartió el liderazgo político durante el Bienio Progresista (1854-1856), años en los cuales no en vano fue presidente del gobierno (desde julio de 1854 hasta julio de 1856).
Desde su retiro en Logroño fue un espectador pasivo de los acontecimientos, respetado por todos. Contempló el destronamiento de Isabel II (1868) y rechazó ocupar el trono de España ante el ofrecimiento de Juan Prim. El rey Amadeo I le concedió el título de príncipe de Vergara. La I República le respetó sus títulos. Restaurada la monarquía Borbónica, Alfonso XII le visitó en Logroño a su vuelta de las campañas victoriosas contra los carlistas del norte durante la tercera Guerra Carlista.
Isabel II (1830-1904), reina de España (1833-1868). Hija de Fernando VII y de su cuarta esposa, María Cristina de Borbón. Su nacimiento provocó problemas dinásticos, ya que hasta entonces el heredero era el hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro, que no aceptó el nombramiento de Isabel como princesa de Asturias y heredera del trono, pese a que el rey hubiera derogado la prohibición de reinar a las mujeres (Ley Sálica).
Durante su minoría de edad fueron regentes su madre María Cristina, reina gobernadora hasta 1840, que se apoyó en los liberales para hacer frente al carlismo (primera Guerra Carlista, 1833-1839, provocada por el mencionado conflicto sucesorio), y el general Baldomero Espartero hasta 1843. A los trece años fue declarada mayor de edad. A los 16, después de numerosas conversaciones con potencias extranjeras, se la casó, contra su deseo, con su primo Francisco de Asís. Tuvo nueve hijos, algunos de los cuales murieron al nacer.
Salustiano de Olózaga (1805-1873), político y abogado español, presidente de gobierno (1843). Nació en Oyón (Álava). Perteneció a la Milicia Nacional de Madrid durante el Trienio Liberal (1820-1823). En 1834 fue nombrado jefe político (gobernador civil) de Madrid. Militó dentro del Partido Progresista. Diputado en varias ocasiones, participó en la elaboración de la Constitución de 1837. Embajador en París en 1840 y 1854. En 1843 fue presidente de Congreso y luego presidente de gobierno, cargo en el que duró unos días (desde el 20 de noviembre hasta el 5 de diciembre de 1843), acusado de coaccionar a la reina niña, Isabel II, para disolver las Cortes (Parlamento). Conspirador nato, estuvo detenido y desterrado en varias ocasiones. Su radicalismo democrático se acentuó a partir de 1855. Tras la Revolución de 1868, elegido diputado, presidió la comisión encargada de redactar la Constitución de 1869. De nuevo embajador en París, lugar donde murió.
Napoleón III (1808-1873), emperador de los franceses (1852-1870), creador del II Imperio Francés a mediados del siglo XIX, que gobernó hasta su derrota en la Guerra Franco-prusiana.
Carlos Luis Napoleón Bonaparte nació en París el 20 de abril de 1808. Era el menor de los tres hijos de Luis Bonaparte (rey de Holanda) y Hortensia Beauharnais, y sobrino de Napoleón I Bonaparte. Su familia había sido desterrada de Francia después de la caída de su tío, por lo que el joven se educó en Suiza y Baviera. Su madre le instruyó en la gloria de la leyenda napoleónica y orientó su camino para que restableciera el poder de los Bonaparte. El joven Luis escribió ensayos y tratados con el propósito de adquirir popularidad y exponer su programa político, en el que se presentaba como un reformador social de talante liberal, un militar con experiencia y un firme promotor del desarrollo agrícola e industrial. Encabezó entonces dos rebeliones destinadas a derrocar el régimen del rey Luis Felipe I de Orleans en 1836 y 1840. Fue condenado a cadena perpetua tras ser capturado en la última revuelta, pero consiguió escapar de prisión en 1846, atrayendo nuevamente la atención del pueblo sobre su persona.
Estos personajes participaron activamente en la historia de España configurándola de la forma que ya conocemos. Sus nombres aparecen en El maestro de esgrima en distintas ocasiones ya que conforman el trasfondo histórico de una novela con un argumento de misterio y asesinatos relacionado estrechamente con dicho trasfondo, que va absorbiendo a los personajes inventados por Arturo Pérez-Reverte.












