Era el último día en Bélgica y había que aprovecharlo. Me levanté a las 9.00h., sin saber muy bien la hora a la que había llegado la noche anterior. En esos momentos no noté el malestar que arremetería contra mí unas horas después. La noche anterior me quedé con los chicos de fiesta (después me dijeron que llegamos a las 4.30h. de la madrugada) y por la mañana tenía bastantes lagunas (consecuencia de los whiskies de la noche anterior, que después recordé que eran JB’s porque allí no tenían Ballantine’s en ningún sitio).
A pesar de la incipiente resaca que luego florecería en todo su esplendor, una vez más volví a marcharme de allí como alma que lleva el diablo, aunque esta vez me llevaba la maleta conmigo. Ya tenía claro que me iría a la Gare du Midi, porque junto a esa estación teníamos que coger el autobús del aeropuerto al mediodía (el avión salía a las 18.00h.). En cuanto dejé la maleta en consigna, que luego tendría que abrir por un sistema digital de código de barras. Es decir, en las consignas aquellas no había llave, sino que te imprimía un ticket con un código de barras que, para sacar la maleta, tenías que poner después sobre el cristal de una ventanita.
La ciudad de Bruselas está dividida en dos zonas perfectamente diferenciadas: la Ciudad Baja y la Ciudad Alta. La primera zona ya estaba más que vista, pues es todo aquello que rodea la Grand Place, donde se encuentran los enclaves más famosos. La Ciudad Baja fue el emplazamiento inicial de la ciudad. Por otro lado, la Ciudad Alta está separada de la zona baja por un escarpe que cruza de forma abrupta de norte a sur.
En la actualidad, las diferencias entre ambas zonas no son tan evidentes. En siglos anteriores, la Ciudad Baja, principalmente de habla flamenca, era un animado centro comercial, mientras que la Ciudad Alta acogía a la realeza y la aristocracia, de habla francesa.
De Midi cogí el metro hasta Schuman y lo primero que vi nada más alcanzar la calle fueron innumerables banderitas de estrellas amarillas sobre fondo azul. Estaba en el Barrio Europeo (Quartier Européen-Europese Wijk).
Me quedaban algunas cosas que ver: el Palais Royal, el Palais de Justice, los Musées Royaux des Beaux-Arts. Pero me parecía impensable estar en Bruselas y no hacer una visita al Parlamento Europeo. Por eso preferí ir directamente al Barrio Europeo, en detrimento de todos aquellos edificios de la realeza que, sin duda, estaban dotados de la magnificencia de la que hacen gala los aristócratas. Es más, en el Palais Royal sabía que no podría entrar porque es la residencia oficial de los reyes belgas.
Tenía capacidad para 20 fotos más en la cámara, así que tuve que racionar (y borrar algunas de los días anteriores).
El primer edificio de la Unión Europea con la que me encontré nada más salir del metro fue la de la Comisión Europea (Commission Européenne-Europese Commissie). Es el edificio Berlaymont, en forma de tricornio, que no hace mucho ha vuelto a abrir sus puertas tras retirar de su estructura la gran cantidad de asbesto(*) que se descubrió. Se trata del cuartel general de la Comisión Europea, cuyos trabajadores son, en efecto, empleados civiles de la UE.
Desde allí, después de pasar por enormes edificios acristalados, todos con las insignias de la UE, llegué al Parc Léopold, donde yo sabía que estaba el Parlamento Europeo.
El Parc Léopold ocupa los terrenos de una antigua finca. Nada más entrar me encontré con un lago lleno de patos. Mi cuerpo me pedía reposo, así que me tumbé allí un buen rato a contemplar ora el cielo ora los patos.
El paseo que rodea el lago corresponde con el cauce del antiguo río Maelbeek, cubierto en el siglo XIX por razones de higiene. A finales del siglo XIX el científico e industrial Ernest Solvay impulsó la idea de promover un parque científico. Solvay recibió el Parc Léopold y levantó en él cinco centros universitarios -yo sólo conseguí ver la Biblioteca Solvay (Bibliotheque Solway-Solway Bibliotheek), aunque sólo el exterior pues estaba cerrada-. Aquí se reunieron figuras preeminentes de la ciencia, como Marie Curie y Albert Einstein, para discutir los nuevos descubrimientos científicos.
Esto me recuerda a la famosa foto del Congreso Solvay en la que 3/4 partes de los científicos que aparecen en la misma ganaron el Premio Nobel.
El parque aún acoge muchas instituciones científicas y supone un remanso de paz (¡que me lo digan a mí!).
El Parc Léopold es como una especie de montículo de laderas empinadas, en la cúspide del cual se encuentra una de las tres sedes del Parlamento Europeo (Parlement Européen-Europees Parlementt), elegida por la UE. Su sede permanente está en Estrasburgo (Francia), donde se celebran una vez al mes las sesiones plenarias. El centro administrativo se halla en Luxemburgo y las reuniones del comité se celebran en Bruselas.
El Parlamento Europeo es un enorme complejo de acero y vidrio. El moderno edificio cuenta con muchos admiradores, como los trabajadores y los propios parlamentarios, que se sienten orgullosos del que en su día fue el edificio mayor de Europa. Pero también tiene sus detractores, que lamentan que para construir el nuevo complejo se perdiera gran parte del animado barrio Léopold.
La enorme estructura abovedada aloja el hemiciclo donde se sientan los más de 700 parlamentarios europeos. Cuando los parlamentarios no están aquí, el edificio no permanece vacío, ya que se utiliza para las reuniones de los comités de la Unión Europea.
Para entrar al Parlamento Europeo había que pedir cita previa y yo no tenía ganas más que de relajarme en la hierba del parque donde me encontraba. Sin embargo, había visto un magnífico arco de triunfo en el horizonte que no me permitió detenerme mucho. De vez en cuando miraba el reloj, porque no podía dormirme. Así llegué al Parc du Cinquantenaire.
El Palais y el Parc du Cinquantenaire, los más bellos de los proyectos de Leopoldo II, se construyeron para celebrar los 50 años de independencia belga. El parque se levantó sobre un terreno pantanoso que no se utilizaba. El palacio debía tener un arco de triunfo y dos grandes zonas de exposición, pero para la apertura de la Exposición Internacional de Arte e Industria, de 1880, sólo se terminaron las dos zonas de exposición. Sin embargo, se encontraron nuevos fondos y las obras continuaron durante 50 años más. Antes de convertirse en museo, los grandes espacios situados a cada lado del arco triunfal se utilizaron para albergar ferias industriales; la última se celebró en 1935. También ha servido para acoger carreras de caballos y para guardar palomas mensajeras. Durante la IIª Guerra Mundial el parque se utilizó como zona de cultivo.
A mí la cuádriga que corona este arco triunfal me recuerda a la que hay en la Puerta de Brandeburgo de Berlín, aunque el arco está inspirado en el Arco de Triunfo de París. Éste se concluyó en 1905.
Lo cierto es que antes de llegar al centro del parque, fui por un lateral y entré en los Musées Royaux d’Art et d’Histoire. No presté mucha atención a lo que había en su interior, si bien es cierto que me llamaron la atención una serie de trineos de lujo de siglos pasados, tan lujosos que en un principio me parecieron carrozas con capacidad para una o dos personas.
Aparte de este museo, hay otros en los que no entré, como el Musée Royal de l’Armée o Autoworld con una magnífica colección de coches.
Vi el parque entero, que estaba lleno de estatuas e incluso había una mezquita. Allí me despedía de Bélgica, porque no quedaba mucho para volver a la parada de Schuman y coger el metro hasta la estación de Midi, donde a las 15.00h., ya reunida con los demás, cogimos el autobús que nos llevaría hasta Charleroi.
Au revoir, Bruxelles!
(*) Asbesto (Del lat. Asbestos, y éste del gr. ἄσβεστος, incombustible, inextinguible). 1.m. Mineral de composición y caracteres semejantes a los del amianto, pero de fibras duras y rígidas que pueden compararse con el cristal hilado.







