jueves, abril 04, 2024

Un paseo por Burgos

Plaza Mayor de Burgos

El Viernes Santo decidimos marchar a Burgos, donde llovía a raudales. En el Puerto de la Pedraja, incluso, nos encontramos con la nieve de frente. Pero no nos íbamos a detener. Creo que el catarro que tengo estos días lo pillé en Burgos, porque nos mojamos bien.

Reconozco que a mí Burgos, antes, no me gustaba mucho. Los primeros recuerdos que tengo es cuando mi tío Pepito me llevaba con él y me compraba un vestido en la Plaza Mayor, y sobre todo íbamos a ver al Papamoscas a las doce del mediodía, cuando la entrada a la catedral era libre y cuando la catedral aún tenía la piedra negra. Son dulces recuerdos, porque mi tío Pepito sólo se prodigaba de esa manera conmigo, al ser su única sobrina (todos los demás son chicos). 

Catedral de Burgos

Mi tío Pepito conocía muy bien Burgos, ya que durante años estuvo ejerciendo de secretario en algunos pueblos de la provincia e incluso trabajó en Burgos. Mi tío Pepe falleció el 24 de enero de 2012, pero le recuerdo con mucho cariño, como ahora, cuando he rememorado aquellos días que nos escapábamos a Burgos. Hoy en día, cuando busco la raíz de las palabras, de dónde provienen, me acuerdo del amor con que él trataba a las palabras, ese amor que seguramente me inculcó a mí. Hoy en día, ya no existe la tienda de ropa infantil donde me compraba vestidos, la piedra de la catedral se limpió y ahora hay que pagar entrada para ver al Papamoscas. Siempre nos quedarán los recuerdos.


Con el paso de los años, Burgos se convirtió en una ciudad de paso, cuando estudiaba en Salamanca, y quizás por eso no me gustaba, aunque he pasado horas allí, me he paseado por El Corte Inglés (que ya no existe), por infinitas librerías donde siempre he terminado comprando algún libro, y esperaba que las horas pasaran rápido para coger el autobús de vuelta a casa o el tren que me llevara a Salamanca. Ni siquiera la estación de tren está donde yo la conocí, sino a las afueras. 

Casa del Cordón

Después me saqué el título de Administradora de Fincas, un curso que impartía la Universidad de Burgos, concretamente la Facultad de Derecho y donde todo era telemático, excepto una semana al año que teníamos que presentarnos allí porque era presencial, eso durante tres años. Generalmente esa semana presencial caía en el mes de julio, nos alojábamos en una residencia universitaria frente a la Facultad de Derecho. Y entonces conocí Burgos de otra manera.


Allí hicimos nuestro grupo de amigos de toda España: unos vascos que San Sebastián, unos catalanes de Girona, uno de Zaragoza, una de Valladolid y yo. Salíamos todas las noches, cenábamos en el Morito la mayor parte de las veces, nos íbamos de fiesta, y al día siguiente era otro cantar. Recuerdo cuando pusimos nuestras firmas por si no podíamos ir a las clases, de manera presencial también. Y nos reincorporábamos cuando el cuerpo nos permitía, generalmente a la hora del almuerzo. Entre fiesta y fiesta, allí pasamos unos días geniales e hicimos buenas migas. 

El Viernes Santo regresé a Burgos por enésima vez. Esta vez iba con mi novio, y daba igual el tiempo, daba igual el frío. Al final lo más importante es la persona con la que vas. Y con él todo es perfecto siempre. 

Decidimos ir a la catedral, pero claramente no pudimos entrar. Si había un día en Semana Santa que permanecía cerrada todo el día, fue el Viernes Santo, pero no importa, porque eso será motivo suficiente para que volvamos a ver al Papamoscas otro día. Al fin y al cabo, Burgos no nos pilla muy lejos. 

Morcilla típica de Burgos

Después de entrar en una tienda de recuerdos (mis sobrinas siempre tienen algo que pedir), decidimos marchar al Morito a comer. Y aunque lo típico del bar son las tostas, optamos por pedir sobre todo morcilla...

Seguía lloviendo y nos tomamos un café en un bar típico de la Plaza Mayor, uno de estos bares que aún conservan las fachadas de madera y cristal con letras doradas de principios del siglo XX. 

Museo de la Evolución

Y terminamos en el Museo de la Evolución. Lo cierto es que nunca me canso de entrar a ver a Miguelón. Seguimos la trayectoria de la evolución humana, donde no nos importó pasar horas y horas, porque al menos allí dentro no nos mojábamos.


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