Cuando era universitaria, las clases empezaban en octubre, así que septiembre era un mes tranquilo.
Muchas tardes, cuando aún no hacía frío antes de cenar, mi madre y yo salíamos a la calle con sendas novelas en las manos y leíamos. A veces hablábamos y a veces comentábamos nuestras lecturas.
Y ahí estaba yo, leyendo Septiembre de Rosamunde Pilcher, cuando Chini paso y saludó. Y me envolvió su magia.
También fue un mes de septiembre el que se lo llevó.
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